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title: "La familia tradicional en debate: Libros, series y películas para pensar la ofensiva contra las mujeres"
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description: "En los últimos años la derecha y los sectores más conservadores impulsan viejas ideas bajo una estética renovada. Frente a esta ofensiva, disputar los sentidos que circulan en la cultura también forma parte de la lucha. No porque el arte pueda reemplazar la acción política, sino porque tiene la capacidad de volver visible aquello que la clase dominante intenta naturalizar. Por Milagros Moreno"
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date_published: "2026-09-08T08:38:00+02:00"
date_modified: "2026-08-10T12:44:53+02:00"
tags:
  - "Derechos"
  - "Derechos Civiles"
  - "IZQWEB"
  - "Mujer"
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  - "Sociedad"
author_name: "IZQWEB"
category_name: "Opinión"
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# La familia tradicional en debate: Libros, series y películas para pensar la ofensiva contra las mujeres

![ChatGPT-Image-7-ago-2026-07_45_57-p.m-1068x853](/download/multimedia.normal.ab15562184dcf008.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Louise Bourgeois y sus obras “mujer-casa”.

En los últimos años la derecha y los sectores más conservadores encontraron en las redes sociales terreno fértil para reimpulsar viejas ideas bajo una estética renovada. El fenómeno tradwife, el cuestionamiento al voto de las mujeres y la reivindicación de la familia tradicional como supuestos pilares de una sociedad “ordenada”, forman parte de la ofensiva política de estos sectores que buscan reinstalar un modelo de organización social funcional a un capitalismo en crisis.

Sin embargo, aquello que hoy se presenta como una novedad ya fue objeto de una profunda crítica por parte de escritoras, cineastas y artistas de distintas épocas que, mucho antes de que en Tik Tok se romantizara la figura de la esposa dedicada exclusivamente al hogar, ya creaban obras que denunciaban y exponían que, detrás de la imagen idílica de la familia, se escondían relaciones de dependencia económica, jerarquías de género, violencia y renuncia a la autonomía de las mujeres.

En la siguiente nota analizaremos producciones que ayudan a comprender que el avance reaccionario actual no pretende recuperar un mundo más feliz, sino reforzar instituciones que históricamente garantizaron la reproducción de un orden social basado en la explotación y la opresión.

# **El hogar también es un campo en disputa**

Uno de los postulados básicos del patriarcado es presentar a la familia como una institución natural, eterna y ajena a los conflictos sociales. La idea de que siempre existió un modelo familiar basado en un varón proveedor y una mujer dedicada al trabajo doméstico oculta que la familia, lejos de ser una realidad inmutable, adopta formas distintas según las necesidades de cada sociedad y de cada modo de producción.

Esta idea bajo el capitalismo toma la forma de una organización de las tareas domésticas, en la que la crianza y el sostenimiento cotidiano de la vida son labores que recaen sobre la figura femenina y, que en gran medida, no son remuneradas. Este trabajo resulta indispensable para que el sistema capitalista pueda reproducir diariamente la fuerza de trabajo de la que obtiene sus ganancias. Por eso, cada vez que la derecha reivindica la «familia tradicional», no está defendiendo únicamente un determinado modelo moral, sino una forma específica de organizar ese trabajo y de sostener relaciones de dependencia funcionales al orden capitalista.

No resulta casual que la ofensiva reaccionaria tome cada vez más fuerza en un contexto en el que comienza a resquebrajarse el viejo orden y el sistema capitalista mundial parece hundirse cada vez más en una situación de inestabilidad y crisis. Los discursos de romantización de la esposa abnegada, de la maternidad como destino inevitable o del sacrificio doméstico expresan un proyecto político que intenta disciplinar a las mujeres y reforzar un orden social cada vez más cuestionado.

Muchas novelas, películas y obras de arte rompieron con el relato idealizado de la familia para mostrar aquello que permanecía oculto detrás de sus paredes: la pérdida de autonomía, la violencia cotidiana, la carga invisible del trabajo doméstico y las contradicciones de una institución presentada como sinónimo de amor y protección. Es desde esa tradición crítica y en nuestro esfuerzo de ver la realidad con los dos ojos sin dejarnos llevar por las impresiones de este mundo en combustión, que vale la pena recuperar algunas obras que dialogan con una actualidad marcada por el intento de reinstalar viejos mandatos opresivos bajo nuevas formas.

## **La mujer rota, de Simone de Beauvoir**

Publicada en 1967*, La mujer rota*reúne tres relatos en los que Simone explora distintas experiencias de mujeres enfrentadas a las contradicciones de los mandatos de género. El más conocido, y el cual le da nombre al libro, sigue el diario íntimo de Monique, una mujer que ha dedicado su vida al matrimonio, a la crianza de sus hijas y al sostenimiento del hogar. La aparente estabilidad de esa existencia comienza a resquebrajarse cuando descubre que su marido mantiene una relación con otra mujer, a partir de ese acontecimiento acompañamos a la protagonista en un proceso de cuestionamiento de toda su existencia, Beauvoir construye el derrumbe de una identidad edificada casi exclusivamente sobre el rol de esposa y madre.

Lejos de presentar a Monique como una heroína o una víctima pasiva, la autora la convierte en una narradora profundamente contradictoria, el lector acompaña, casi sin intermediarios, el modo en que intenta justificar a su marido, aferrarse a una normalidad que ya no existe y sostener una idea de sí misma que depende por completo del reconocimiento masculino. La fuerza literaria del relato reside justamente en esa intimidad: Beauvoir no necesita grandes acontecimientos para mostrar cómo una vida aparentemente ordenada puede transformarse en una prisión cuando toda la identidad de una mujer queda reducida a su función dentro de la familia.

> *“Esta mañana he tenido una iluminación: todo es culpa mía. Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa. Pasaba y yo estaba pasmada en la actitud de la ideal esposa de un marido ideal. […] Me imaginaba haber conservado mi rostro y mi cuerpo de treinta años, en lugar de cuidarme, de hacer gimnasia, de acudir a un instituto de belleza. Dejé que mi inteligencia se atrofiara; ya no me cultivaba, me decía: más tarde, cuando las niñas se hayan ido. […]  
> Sí, la joven estudiante con que Maurice se casó, que se apasionaba por los acontecimientos, las ideas, los libros, era muy diferente de la mujer de hoy cuyo universo cabe entre estas cuatro paredes. Es verdad que tenía tendencia a encerrar entre ellas a Maurice. Creía que su hogar le bastaba, creía tenerlo todo para mí. En conjunto, daba todo por acordado: eso debió molestarlo, a él, que cambia y que cuestiona todas las cosas. La irritación es algo que no perdona. No debería tampoco haberme emperrado en nuestro pacto de fidelidad. Si hubiera devuelto a Maurice su libertad (y quizás utilizado la mía) Noëllie no se habría beneficiado de los prestigios de la clandestinidad.”*(La Mujer Rota, Simone de Beauvoir)

La novela conserva una vigencia sorprendente en pleno siglo XXI, la mujer rota revela aquello que esa imagen cuidadosamente construida deja fuera de cuadro: cuando la autonomía económica, los proyectos personales y la construcción de una identidad propia son desplazados en favor de un único rol, la vida de las mujeres queda atada a una estructura profundamente desigual. No es una crítica a la maternidad ni a los vínculos afectivos, sino a un modelo social que convierte esas experiencias en el único horizonte posible.

Esta obra novela permite comprender que esa dependencia no es simplemente emocional. La división sexual del trabajo, sobre la que descansa la familia burguesa, asigna históricamente a las mujeres el trabajo doméstico como una obligación naturalizada y no remunerada. La figura de Monique muestra las consecuencias subjetivas de esa organización social: una mujer cuya existencia ha sido moldeada para sostener la vida de los demás descubre que, cuando esa estructura se rompe, también se desmoronan las bases sobre las que construyó su propia identidad. Beauvoir recuerda que la subordinación rara vez aparece bajo la forma de la imposición explícita, muchas veces se construye a través del amor, del deber, de la entrega y de la idea de que cuidar a los otros basta para realizar una vida. Es precisamente esa naturalización la que *La mujer rota* desmonta con una lucidez que sigue incomodando hasta hoy.

## **El empapelado amarillo, de Charlotte Perkins Gilman**

> *“«¡Por fin he podido salir, a pesar tuyo y de Jennie, he arrancado casi todo el tapiz, por lo que no podrás encerrarme de nuevo, allí dentro!».”*

Publicado en 1892, *El empapelado amarillo* es un relato de apenas unas pocas páginas, pero de una potencia difícil de agotar. Inspirada en una experiencia personal de la autora, Charlotte Perkins Gilman narra la historia de una mujer que, luego del nacimiento de su hijo, es sometida por su esposo, un médico de profesión, a la llamada “cura de reposo”. Aislada del mundo, privada de escribir, trabajar y tomar decisiones sobre su propia vida, permanece encerrada en una habitación cuya inquietante decoración, un papel tapiz amarillo de formas caóticas, termina convirtiéndose en el centro de su obsesión.

Gilman construye el relato desde la primera persona y nos introduce directamente en la conciencia de la protagonista, acompañando el progresivo deterioro de su estado psicológico. La escritura se vuelve cada vez más fragmentaria y desordenada, hasta hacer difícil distinguir aquello que sucede de aquello que la protagonista imagina, pero esta confusión no funciona únicamente como representación de su quiebre mental. A medida que avanza el relato, aquello que podría leerse como una alucinación comienza a revelar una verdad más profunda: la mujer que la protagonista cree ver atrapada detrás del empapelado funciona como una representación de sí misma, de una existencia que busca desesperadamente salir de los límites que le fueron impuestos.

El papel amarillo deja entonces de ser un simple elemento de la habitación para convertirse en el núcleo simbólico del cuento. Detrás de sus formas enredadas, la protagonista distingue primero una figura y luego una mujer que intenta escapar. Cuanto más encerrada se encuentra ella, más evidente se vuelve aquella presencia detrás de la pared. La obsesión no nace en el vacío: aparece dentro de una vida en la que escribir, trabajar, salir, pensar y decidir por sí misma le han sido prohibidos. El empapelado funciona como una metáfora de una frontera entre la mujer que la sociedad espera que sea y aquella que intenta recuperar la posibilidad de existir más allá de ese mandato.

El encierro nunca aparece como un acto de violencia evidente. John, su esposo, asegura actuar por amor y convencido de saber qué es lo mejor para ella. Es médico, es hombre y posee la autoridad social y científica suficiente para convertir sus decisiones en verdades incuestionables. La violencia se presenta, entonces, bajo el lenguaje de la protección: él decide porque supuestamente sabe; ella obedece porque se supone que necesita ser cuidada.

El problema no es solamente que la protagonista sea encerrada, sino que se le arrebata incluso la posibilidad de reconocer ese encierro como una forma de violencia, la protagonista no es golpeada para permanecer en la habitación; es convencida de que permanecer allí es por su propio bien. No se le prohíbe pensar porque alguien declare abiertamente que las mujeres no deben hacerlo, sino porque su propia palabra es considerada una amenaza para su recuperación. Su deseo de escribir es tratado como una actividad perjudicial, su percepción como una exageración y sus decisiones como algo que otros están mejor preparados para tomar por ella.

Más de un siglo después, esta dimensión del relato adquiere una vigencia particular frente al fenómeno *trad wife* y a los intentos contemporáneos de romantizar el regreso de las mujeres al hogar. Estas ideologías reaccionarios presentan la domesticidad como refugio frente al supuesto caos del mundo moderno: la cocina, la maternidad, el matrimonio y el cuidado aparecen convertidos en espacios de realización personal, mientras la autonomía económica y la participación en la vida pública son presentadas como fuentes de estrés, conflicto o pérdida de feminidad. *El empapelado amarillo*permite mirar esa promesa desde el reverso. No porque el trabajo doméstico o los vínculos familiares sean en sí mismos una prisión, sino porque la posibilidad de elegirlos desaparece cuando se convierten en el destino obligatorio de las mujeres.

La diferencia es fundamental. El problema no es que una mujer quiera cuidar, cocinar, criar o permanecer en su casa. El problema aparece cuando esas tareas dejan de ser elecciones entre múltiples formas posibles de construir una vida y pasan a presentarse como la expresión natural de lo que una mujer debe ser. Allí la habitación deja de ser simplemente una habitación y se convierte en el límite de un mundo social que determina qué puede hacer una mujer, qué puede desear y hasta qué punto puede intervenir sobre su propia existencia.

El cuento también permite comprender que este confinamiento nunca fue únicamente un problema individual ni psicológico. La separación entre un espacio público asociado al trabajo productivo y un espacio privado destinado a la reproducción de la vida cotidiana fue fundamental para la organización de la sociedad burguesa. El hogar se construyó como el lugar “natural” de las mujeres, mientras su trabajo doméstico, indispensable para sostener la vida y reproducir cotidianamente la fuerza de trabajo, permanecía invisibilizado y sin reconocimiento económico. La dependencia material, la división sexual del trabajo y la exclusión de las mujeres de distintos ámbitos de la vida social reforzaron así una misma estructura de subordinación.

Gilman convierte todo esto en una imagen difícil de olvidar: una mujer arrancando desesperadamente el empapelado de las paredes para liberar a otra mujer que permanece atrapada detrás. Al final, la figura que intenta liberar y la protagonista parecen confundirse hasta volverse inseparables. *La mujer detrás del papel* no es solamente una aparición; es la imagen de todas las posibilidades de una vida que fueron encerradas junto con ella.

## **La vegetariana, de Han Kang**

> *“[…] —Estoy cansada…De verdad que estoy cansada.*
> *Entonces él le susurró:*
> *—Aguanta un poco.*
> *En ese momento lo recordó. Recordó que había escuchado esas palabras innumerables veces mientras dormía. Recordó que se decía, sin despertarse del todo, que si aguantaba ese instante, todo estaría bien por un tiempo. Recordó que borraba el dolor y la vergüenza que sentía con la letargia que le proporcionaba el sueño. Recordó que en la mesa del desayuno, a la mañana siguiente de esas noches, sentía el impulso de clavarse los palillos en los ojos o de echarse sobre la cabeza el agua hirviendo de la tetera. […]”*(La vegetariana, Han Kang)

Ganadora del Premio Booker Internacional en 2016, *La vegetariana,* de Han Kang, parte de una premisa aparentemente insignificante: Yeong-hye deja de comer carne después de comenzar a tener sueños perturbadores, sin embargo lo que podría parecer una elección alimentaria termina desatando una crisis que atraviesa todas las dimensiones de su vida. Su marido, su padre y el resto de su familia interpretan su decisión como una anomalía que debe ser corregida. A partir de allí, la novela abandona progresivamente cualquier apariencia de normalidad y construye un mundo cada vez más inquietante, donde el cuerpo de la protagonista se convierte en el escenario de una transformación que nadie a su alrededor parece capaz de comprender.

Yeong-hye llevaba una existencia perfectamente compatible con aquello que se esperaba de ella por parte de su entorno: estaba casada, realizaba las tareas domésticas y ocupaba un lugar silencioso dentro de su familia. La ruptura comienza con su negativa a comer carne, pero rápidamente comprendemos que el rechazo no se limita a la comida. Los sueños que la persiguen introducen imágenes de sangre, animales muertos y violencia que comienzan a alterar su percepción del mundo. De manera gradual, la protagonista empieza a rechazar no solo determinados alimentos, sino todo aquello que asocia con la violencia y la condición humana. Su transformación adquiere así un carácter cada vez más radical, deseando dejar de ser un cuerpo humano que siente, que sufre la opresión y violencia cotidiana para convertirse en algo que no mata, no desea y no consume. Una planta.

Uno de los elementos más brillantes que Han Kang utiliza para esta novela consiste en mantener a Yeong-hye fuera del centro de la narración. La novela está dividida en tres partes y ninguna de ellas está narrada directamente desde su conciencia. Primero conocemos los acontecimientos a través de su marido; luego, mediante la mirada de su cuñado; finalmente, desde la perspectiva de su hermana, In-hye. La protagonista aparece siempre mediada por otros, como una figura que los demás observan, interpretan y reconstruyen sin llegar nunca a conocer qué es lo que siente y piensa Yeong-hye realmente.

Esta estructura produce un efecto particularmente inquietante: cuanto menos sabemos de lo que Yeong-hye piensa, más intentamos leer sus gestos, sus silencios y sus transformaciones, la autora nos coloca en la misma posición que los personajes que la rodean; queremos comprenderla, encontrar una explicación racional para aquello que hace, pero la novela se resiste constantemente a entregarnos una respuesta definitiva. Yeong-hye no es convertida en un personaje transparente para el lector; permanece parcialmente inaccesible, indescifrable, y es esa falta de conocimiento parte fundamental de su potencia.

El lenguaje de Han Kang acompaña esta progresión ya que la narración comienza en un registro cotidiano, casi frío, que contrasta violentamente con las imágenes que aparecen en los sueños de Yeong-hye. La sangre, la carne, los animales y la violencia irrumpen en escenas breves y perturbadoras, como fragmentos de una pesadilla que poco a poco comienza a contaminar la realidad. El límite entre ambos mundos se vuelve cada vez más frágil, los sueños dejan de funcionar únicamente como recuerdos nocturnos y pasan a convertirse en una vía para expresar aquello que la protagonista no consigue formular mediante el lenguaje.

Ese desplazamiento también puede observarse en el propio cuerpo de Yeong-hye. Primero deja de comer carne; después restringe progresivamente su alimentación; finalmente comienza a imaginar que puede vivir como una planta, su cuerpo va abandonando aquello que lo vincula con la vida humana convencional hasta convertirse en una imagen casi surrealista. Han Kang lleva esta transformación hasta un punto en el que resulta imposible separar enfermedad, deseo, delirio y resistencia. La novela se resiste a darnos una única interpretación y, justamente allí, reside buena parte de la fuerza que logró que impactará tanto en los lectores.

La naturaleza adquiere entonces una presencia cada vez mayor, las plantas simbolizan una alternativa a la violencia humana en la lógica de la protagonista: no cazan, no consumen carne, no participan de las relaciones de dominación que atraviesan a los personajes. Cuanto más Yeong-hye intenta aproximarse a ese estado vegetal, más se deteriora físicamente y más desesperadamente los demás intentan devolverla a aquello que consideran normal.

También resulta fundamental la manera en que Han Kang construye la mirada sobre el cuerpo, es decir cómo es interpretado y observado el cuerpo de la protagonista, cada una de las tres partes introduce una forma diferente de observar a Yeong-hye. Para su marido, ella es principalmente una esposa que ha dejado de cumplir con sus funciones habituales. Para su cuñado, se convierte en una imagen estética y erótica sobre la cual proyectar una fantasía. Para su hermana, finalmente, aparece como alguien cuya experiencia comienza a revelar algo de su propio pasado y de las violencias que ambas han atravesado. Yeong-hye cambia porque cambia quien la mira, y la novela demuestra así que ningún relato sobre un cuerpo es completamente inocente.

La violencia de *La vegetariana* tampoco necesita aparecer siempre de forma explícita, la narración juega con los silencios, escenas fragmentarias, imágenes oníricas y momentos de una quietud casi insoportable. El horror muchas veces surge precisamente de esa distancia: los acontecimientos más brutales pueden ser narrados con una sobriedad que los vuelve todavía más perturbadores, no hay grandes discursos que expliquen lo que debemos sentir durante el relato, la autora deja que las imágenes permanezcan suspendidas y que sea el lector quien tenga que soportar su peso.

Por eso la novela resulta tan difícil de encerrar en una única lectura, puede ser entendida como una historia sobre la violencia, sobre la enfermedad mental, sobre el deseo, sobre la opresión, sobre los mandatos familiares o sobre el rechazo de las convenciones sociales. Pero ninguna de esas interpretaciones termina de agotarla. Han Kang construye una protagonista que se vuelve progresivamente ilegible para quienes la rodean y, al hacerlo, nos deja preguntas, inquietudes que no encuentran respuestas fácilmente.

En última instancia, *La vegetariana* no parece preguntarnos únicamente qué le ocurre a Yeong-hye, sino qué sucede cuando una persona intenta romper con los mandatos que organizan su existencia. Incapaz de encontrar una salida dentro del mundo que la oprime, la protagonista lleva ese rechazo hasta un extremo tan poético como trágico: imagina que solo dejando de ser humana podrá escapar de la violencia que la atraviesa. Allí reside, quizás, una de las preguntas más incómodas que deja Han Kang. Si la única forma de huir parece ser desaparecer, el problema ya no es individual, sino el orden social que vuelve esa fuga imaginable. Precisamente por eso, la emancipación no puede pensarse como una salida solitaria, sino como una transformación colectiva de las condiciones que producen esa opresión.

En última instancia, La vegetariana no parece preguntarnos únicamente qué le ocurre a Yeong-hye, sino qué sucede cuando una persona intenta romper con los mandatos que organizan su existencia. Incapaz de encontrar una salida dentro del mundo que la rodea, la protagonista lleva ese rechazo hasta un extremo tan poético como trágico: imagina que solo dejando de ser humana podrá escapar de la violencia que la atraviesa. Allí reside, quizás, una de las preguntas más incómodas que deja Han Kang. Si la única forma de huir parece ser desaparecer, el problema ya no es individual, sino el orden social que vuelve esa fuga imaginable. Precisamente por eso, la emancipación no puede pensarse como una salida solitaria, sino como una transformación colectiva de las condiciones que producen esa opresión.

### ***The Handmaid’s Tale***

En [notas anteriores](https://izquierdaweb.com/lecturas-distopicas-para-un-mundo-en-combustion/) analizamos el libro de Margaret Atwood que, desde 2017, cuenta con una adaptación televisiva que conserva el mismo impacto de la obra original. *The Handmaid’s Tale* trascendió el terreno de la ficción para convertirse en uno de los principales ejemplos de la cultura popular utilizados para debatir sobre el avance de los discursos reaccionarios y las amenazas contra los derechos conquistados por las mujeres.

La serie imagina el surgimiento de Gilead, un régimen teocrático que, bajo el argumento de enfrentar una crisis de fertilidad, elimina las libertades democráticas y reorganiza toda la sociedad sobre una estricta jerarquía patriarcal. En ese nuevo orden, las mujeres pierden su identidad jurídica, su autonomía económica y el derecho a decidir sobre sus propios cuerpos. Las criadas son reducidas a una única función: reproducir. Sus nombres desaparecen y son reemplazados por aquellos de los hombres a los que pertenecen, June deja de ser June para convertirse en Offred (De Fred) .

Uno de los mayores aciertos de la adaptación televisiva que generó que se popularizara tanto en redes consiste precisamente en no construir un universo completamente separado de nuestra realidad, por el contrario, la serie insiste en incorporar elementos reconocibles, desde la arquitectura de las casas hasta la ropa, las instituciones y las formas cotidianas del lenguaje. Gilead no aparece como un mundo fantástico habitado por personas radicalmente diferentes a nosotros; se construye sobre instituciones, discursos y comportamientos que resultan familiares. Esa proximidad vuelve mucho más inquietante la posibilidad que plantea la ficción, Gilead no surge de un día para otro, sino a partir de una sucesión de medidas que restringen derechos conquistados. La pérdida del acceso al trabajo, de las cuentas bancarias, de la posibilidad de leer o de participar en la vida pública suceden como un proceso gradual que vuelve aún más perturbadora la historia. La violencia no comienza con las ceremonias de las criadas; comienza cuando la subordinación de las mujeres deja de percibirse como una excepción y pasa a convertirse en ley.

La serie también construye su crítica a través de aquello que decide no mostrar, la posibilidad de representar en formato audiovisual la historia habilita que los gestos, los silencios, las miradas y los espacios adquieran una importancia enorme. Las mujeres de Gilead viven rodeadas de puertas, muros, cámaras y fronteras que delimitan constantemente sus movimientos. Incluso cuando aparentemente no ocurre nada, existe una sensación permanente de vigilancia. La puesta en escena convierte así el espacio cotidiano en una herramienta de control: una casa o el barrio se transforman en espacios de violencia y opresión.

Frente a esta maquinaria, la serie introduce pequeños gestos de resistencia que adquieren una enorme fuerza precisamente por su dimensión cotidiana, una mirada sostenida, una palabra dicha a escondidas, un mensaje, una lectura clandestina o la decisión de conservar un nombre pueden convertirse en actos de desobediencia. En un sistema que intenta controlar incluso la forma en que las personas se piensan a sí mismas, conservar la propia identidad ya constituye una forma de resistencia.

Por eso volver a *The Handmaid’s Tale* en un contexto de avance de discursos que reivindican una vuelta a los roles tradicionales de género resulta particularmente significativo. La obra no funciona como una predicción literal de lo que sucederá, sino como una advertencia sobre la fragilidad de derechos que muchas veces parecen definitivos. La ficción de Atwood nos obliga a mirar el proceso antes del desenlace: las pequeñas renuncias, las justificaciones, las excepciones y los silencios que permiten que una sociedad vaya aceptando como normal aquello que antes parecía imposible.

***La casa de los espíritus***

Basada en la novela homónima de Isabel Allende, *La casa de los espíritus* recorre varias generaciones de una familia chilena atravesada por los secretos, las desigualdades sociales y la violencia política. La adaptación combina drama familiar, romance y elementos sobrenaturales para construir un relato donde lo íntimo y lo histórico se encuentran de manera permanente, los espíritus, las premoniciones y aquello que escapa a la lógica conviven con una sociedad marcada por las diferencias de clase, el autoritarismo y la represión, sin que lo fantástico funcione como una fuga de la realidad, por el contrario, permite narrarla desde otro lugar.

La casa constituye el corazón de ese universo, sus habitaciones guardan generaciones enteras, pero también aquello que sus habitantes preferirían olvidar. El espacio doméstico se transforma en una suerte de archivo vivo: allí quedan las huellas de los vínculos, los secretos familiares y las violencias que atraviesan el tiempo, las habitaciones de la casa no son simplemente el escenario de la historia; conservan una memoria que los personajes no consiguen borrar. De allí que lo sobrenatural se mezcle de manera tan natural dentro de la narración: los muertos continúan formando parte de la vida de los vivos porque el pasado tampoco ha dejado de hacerlo.

A través de Clara, Blanca y Alba, la historia construye una genealogía femenina en la que cada generación establece una relación diferente con las normas de su época. Clara desarrolla una sensibilidad que la coloca al margen de muchas de las convenciones sociales; Blanca intenta construir su propia vida en medio de las restricciones de su familia y de su clase; Alba hereda un mundo atravesado por conflictos políticos que terminarán transformando por completo su existencia. Sus experiencias no son idénticas, pero existe entre ellas una continuidad: cada una recibe un conjunto de mandatos, violencias y silencios que deberá resistir o transformar.

La figura de Esteban Trueba concentra buena parte de las tensiones de la novela, ya que su autoridad económica, política y familiar se encuentra profundamente vinculada. El poder que ejerce sobre los trabajadores y sobre quienes dependen de él encuentra su prolongación dentro de la casa, donde la jerarquía familiar se organiza alrededor de su voluntad. La violencia patriarcal y la violencia de clase no constituyen, entonces, dos conflictos independientes, sino que proceden de una misma concepción del poder: la idea de que algunos tienen derecho a decidir sobre la vida, el trabajo y el cuerpo de otros.

Esta conexión resulta particularmente potente porque impide pensar el hogar como un territorio aislado de la sociedad, las relaciones que se establecen dentro de la familia están condicionadas por las posiciones que sus integrantes ocupan fuera de ella. El matrimonio, la maternidad y las expectativas sobre las mujeres se encuentran atravesados por la riqueza, la herencia y las jerarquías sociales, incluso los vínculos más íntimos cargan con el peso de una estructura mucho más amplia.

La adaptación audiovisual potencia esta dimensión mediante una puesta en escena que convierte los espacios y los objetos en portadores de memoria. Los cambios de época, así como la escenificación de cada una, la arquitectura de la casa y la caracterización de los personajes permiten percibir el paso de las generaciones sin romper la continuidad familiar. El tiempo y los hechos históricos que le dan contexto a cada protagonista, modifican las relaciones, transforma las posibilidades de cada personaje y termina irrumpiendo violentamente en sus vidas.

El elemento fantástico introduce otra forma de trabajar esa temporalidad, las premoniciones de Clara desarman la idea de un tiempo completamente lineal, mientras la presencia de los muertos establece una comunicación constante entre aquello que ocurrió y aquello que todavía está ocurriendo, el pasado no queda detrás de los personajes como algo terminado, regresa en forma de recuerdos, fantasmas, heridas y silencios heredados. Clara, Blanca y Alba no son solamente mujeres que atraviesan distintos momentos de la historia chilena; funcionan también como depositarias de una memoria familiar que se transmite de generación en generación. Lo que una no pudo nombrar puede ser recuperado por otra, lo que una generación sufrió puede convertirse, para la siguiente, en una experiencia que exige ser comprendida y contada.

*La casa de los espíritus* nos permite pensar la memoria no como una mirada nostálgica hacia el pasado, sino como una herramienta para disputar aquello que se intentó borrar, poder aprender de las experiencias del pasado para pensar un presente distinto y luchar por construir un futuro mejor. Entre fantasmas, secretos familiares y acontecimientos históricos, la serie recuerda que ningún pasado queda verdaderamente enterrado cuando todavía existen quienes puedan contarlo y transmitirlo a futuras generaciones.

### **La literatura también disputa una concepción del mundo**

Las obras que recorrimos fueron realizadas en momentos históricos, países y contextos muy diferentes, pero todas parecen insistir sobre una misma cuestión: aquello que se presenta como natural también tiene una historia. Una habitación puede convertirse en una prisión, un cuerpo puede transformarse en territorio de disputa, una familia puede reproducir dentro de sus paredes las jerarquías de toda una sociedad. La literatura y el audiovisual tienen la capacidad de hacer visible aquello que se intenta naturalizar.

Por eso volver hoy sobre estas historias no implica buscar en ellas una predicción, no intentamos hacer futurología con base a obras literarias, pero sí es fundamental reconocer que todas ellas fueron producidas con las influencias y contradicciones de sus épocas, y que por eso mismo nos ofrecen una interpretación del mundo. La ofensiva reaccionaria intenta presentar la familia tradicional como refugio frente a un mundo atravesado por la incertidumbre, y convertir en elecciones individuales, relaciones sociales construidas históricamente bajo el yugo de la explotación y la desigualdad. Pero detrás de esa imagen ordenada persisten preguntas que ninguna estética puede resolver: quién cuida, quién trabaja, quién decide y quién sostiene materialmente esa vida que se vende como ideal.

Frente a esta ofensiva, disputar los sentidos que circulan en la cultura también forma parte de la lucha. No porque el arte pueda reemplazar la acción política, sino porque tiene la capacidad de volver visible aquello que la clase dominante intenta naturalizar. Si la derecha busca reinstalar la familia tradicional como un horizonte deseable al que retornar, estas obras recuerdan que ese modelo nunca fue un refugio idílico, sino una institución atravesada por relaciones de dependencia, jerarquías de género y profundas contradicciones que escritoras y artistas vienen denunciando desde hace más de un siglo.

La emancipación de las mujeres no puede reducirse a conquistar espacios individuales dentro de un orden capitalista que continúa reproduciendo desigualdad, ni a encontrar una versión más amable de las mismas estructuras de opresión. Estas obras permiten comprender las raíces históricas y sociales de esa subordinación y desmontar los discursos que hoy pretenden presentarla como una elección libre o un destino natural, no obstante la transformación de esas condiciones no pertenece al terreno de la ficción: requiere de la organización consciente y de una lucha anticapitalista y socialista capaz de poner en cuestión las bases materiales que sostienen tanto la explotación como la opresión de las mujeres y el conjunto de les trabajadores.

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