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description: "“¿La garra guaraní o el mito que busca romantizar la pobreza?”, titula. No es un libro, no es una tesis doctoral... Por Joaquín Benitez Demark"
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# Paraguay nunca se rinde

![Captura de pantalla 2026-09-02 104013](/download/multimedia.normal.b4a3e979bfe40dcf.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

“¿La garra guaraní o el mito que busca romantizar la pobreza?”, titula. No es un libro, no es una tesis doctoral. Es un [reel de Instagram](https://www.instagram.com/p/DaOKn3HvoMa/). Mejor dicho, la versión instagrameable de un comentario en un programa de radio. El que habla es Camilo Soares, a quien ahora nos conformaremos con llamar periodista. Horas atrás la selección albirroja, dirigida por el DT argentino Gustavo Alfaro, había dejado afuera del Mundial a la tetracampeona Alemania en un partido que quedará en la vitrina grande del fútbol paraguayo. Semejante victoria, incluso, llevó a que el presidente Santiago Peña decretara feriado nacional mediante un posteo en X: “¡PARAGUAY NUNCA SE RINDE! ¡¡FERIADO CARAJO!!”

Mientras tanto, Soares sintetiza la historia de una contradicción: “Nos enseñaron que jugar descalzos, entrenar con menos recursos, crecer en la precariedad y sacrificarse más que los demás era parte de nuestra identidad. Que justamente esas carencias nos hacían más fuertes. Pero vale la pena hacerse una pregunta incómoda. ¿Y si ese relato, además de reconocer el esfuerzo, termina justificando una realidad que nunca debió existir? (En la conferencia de prensa post partido) Gustavo Alfaro dejó una reflexión muy potente. Reivindicó el sacrificio de nuestros jugadores, pero al mismo tiempo dejó en claro que Paraguay necesita mejores academias, mejor infraestructura, más formación y las mismas oportunidades que tienen las grandes potencias del fútbol. Porque el objetivo no puede ser seguir formando futbolistas en la precariedad. El objetivo tiene que ser que ningún niño necesite sufrir más que otro para desarrollar su talento”.

**Soares es, además de periodista, sociólogo. Fue uno de los fundadores del Partido del Movimiento al Socialismo (P-MAS) y ocupó el cargo de ministro-secretario de Emergencia Nacional, algo así como lo que en Argentina sería Defensa Civil, durante el gobierno de Fernando Lugo.** Mi idea inicial era desgranar con él esta cuestión de los mitos fundacionales, de los relatos que los países se cuentan a ellos mismos, acaso para vanagloriarse o, en el peor de los escenarios, para divinizar sus condenas. Para comprender eso, me explicaba Soares, era necesario elaborar una tesis doctoral, y ahora puedo decir que tenía razón. De alguna manera lo intentamos, pero llegar hasta ahí requirió hacer un repaso por la reciente -y algo ignorada en Argentina- vida política paraguaya.

Por motivos familiares, la vida me llevó a visitar Paraguay en más de una ocasión. La última vez que estuve ahí intenté prestar un poco más de atención a cuestiones que otras veces había dejado pasar por alto. Me sorprendió, por ejemplo, que nadie pudiera asegurarme si el gobierno de Peña era bueno o malo. La sensación que me dio es que eso no importaba demasiado, si total “siempre va a ganar el Partido Colorado”, si total “son todos corruptos”. La mayor parte de mi familia vive en Itá, una pequeña ciudad a las afueras de Asunción. Para hacer una comparación argento-centrista, la distancia entre Itá y Asunción es similar a la que hay entre el partido de Tigre y el microcentro porteño. Mi tía Rocío me contó que para llegar a su trabajo en la capital a las siete de la mañana tenía que despertarse antes de las cuatro porque si la agarraba el tráfico de las 5 o 6 podía llegar a tardar tres horas. Siempre en auto, claro, porque el transporte público ni siquiera era una opción viable. Entendí de lo que hablaba cuando yo mismo me subí a un auto y tuve que hacer ese recorrido. La única forma de llegar a Asunción es a través de una ruta doble mano, un solo carril de ida y uno solo de vuelta. Simplemente era parte del hábitat cotidiano.

“Mientras todos aplauden la ‘garra guaraní’”, concluye Soares “muchas veces dejamos de exigir aquello que realmente puede cambiar las cosas: inversión en el deporte, infraestructura, formación y políticas públicas que permitan que el talento paraguayo compita en igualdad de condiciones”. No voy a mentir, el fútbol terminó siendo una excusa. Al final, pensé, el deporte puede ser uno más de los lenguajes con los que intentamos explicarnos día a día, subsistir. ¿Qué tanta noción tenemos de la presión con la que esos lenguajes moldean todo a nuestro alrededor?:

**-La idea de romantizar el aguante, dejando el rol del Estado ahí al margen, ¿dónde creés que tiene sus orígenes, su mito fundacional? ¿La Guerra de la Triple Alianza? ¿La dictadura de Stroessner?**

-Lo que sucede es que la dictadura militar de Alfredo Stroessner fue una dictadura muy larga, más de treinta y cinco años, del ‘54 al ‘89. Pero había un elemento que hacía que fuera una dictadura larga, dura, sin alcanzar los niveles de violencia que tuvieron Chile o Argentina. La sociedad paraguaya de 1954 era inmensamente rural, mucho más rural que la de cualquier otro país de la región. Incluso hoy Paraguay sigue siendo el país con mayor proporción de población rural de Sudamérica, aunque eso cambió muchísimo en las últimas décadas. Desde la caída de Stroessner hubo una transformación sociodemográfica enorme: Paraguay pasó de ser un país predominantemente rural a ser un país mayoritariamente urbano. Pero es una urbanización muy reciente. Esta es la primera generación nacida en la ciudad. La mayoría de sus padres son migrantes campesinos. Entonces tenés una transición cultural muy fuerte. Los padres viven en una especie de limbo: dejaron de ser campesinos, pero todavía no terminan de ser aceptados plenamente por la ciudad. Y los hijos tampoco terminan de pertenecer a ninguno de los dos mundos. Conservan costumbres heredadas del campo, pero ya no son campesinos; al mismo tiempo, tampoco forman parte de la cultura urbana tradicional de las viejas élites paraguayas.

**-¿Y cómo dialoga esa clase trabajadora con la política?**

-Acá todo el mundo explica los problemas del país diciendo que todo es culpa de la corrupción. Punto. Se termina ahí. La corrupción aparece como un problema exclusivamente moral: quién es honesto y quién es deshonesto. Entonces pareciera que, si reemplazás a los corruptos por gente honesta, el problema desaparece. Eso impide hacer una lectura más profunda de la estructura social y política del Paraguay. Además, históricamente los conflictos sociales paraguayos nunca estuvieron organizados alrededor del movimiento obrero, como ocurrió en otros países. Paraguay nunca tuvo una clase trabajadora industrial importante. El gran sujeto social siempre fue el campesinado. Y el campesinado tiene características muy particulares. Es una sociedad dispersa, atomizada, cada familia en su pequeña parcela. Por eso los conflictos históricos fueron conflictos por la tierra: ocupaciones, desalojos, cierres de rutas, ese tipo de luchas.

**-Siguiendo tu lógica, algo debería cambiar con esta creciente urbanización de Paraguay…**

-En los últimos diez o quince años los conflictos campesinos fueron perdiendo centralidad, eso sí. Cambiaron profundamente las bases materiales del campo paraguayo. Hay un dato que para mí es muy ilustrativo: la Federación Nacional Campesina, que es la organización campesina más importante del país, realiza desde 1994 una gran marcha sobre Asunción todos los meses de marzo. Era un acontecimiento político ineludible. Movilizaban veinte mil, treinta mil, cuarenta mil personas. Y la marcha se hacía, sin excepción, con lluvia, tornados o terremotos. Este año, sin embargo, fue la primera vez desde 1994 que los campesinos no marcharon sobre Asunción. El gobierno dice que eso demuestra que consiguió la paz social. No es cierto. Lo que ocurrió es que las bases materiales del campesinado cambiaron dramáticamente durante los últimos treinta años, especialmente en la última década. Porque la economía paraguaya sí atravesó una transformación enorme. Si tomás como referencia el año 2003, el Producto Bruto Interno (PBI) paraguayo rondaba los seis mil millones de dólares, lo mismo que una sola provincia argentina. Hoy supera los sesenta mil millones. Es un crecimiento extraordinario, difícil de encontrar en otro país de la región. Ahora bien, ese crecimiento produjo algo muy particular: permitió que las élites tradicionales y algunos nuevos sectores enriquecidos alcanzaran niveles de vida propios del primer mundo, mientras el resto del país siguió viviendo en condiciones profundamente precarias.

**-Cuando uno recorre los barrios más ricos de Asunción o ve la dimensión de los *shoppings*más nuevos encuentra un nivel de lujo incluso mayor que en espacios similares de Argentina. Pero después salís de ahí y seguís viendo rutas colapsadas, gente que tarda tres horas para llegar a trabajar, un transporte público muy deteriorado…**

-Exactamente. Y ahí volvemos al punto inicial. Paraguay nunca había sido un país urbano como lo es ahora. Entonces, para las élites, ni siquiera era necesario desarrollar algo parecido a un Estado de bienestar. No existían grandes concentraciones urbanas ni una clase trabajadora que presionara por ese tipo de políticas. Recién ahora el Estado empieza a recibir la presión de una población urbana cada vez mayor, de trabajadores industriales y de servicios que empiezan a reclamar infraestructura, transporte, salud, educación. El problema es que toda esa transformación social convive con un sistema político que prácticamente no cambió.

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**El partido-Estado**

**-Claro, el país crece pero la política es la misma. Ahí aparece inevitablemente el Partido Colorado…**

-Exactamente. El Partido Colorado construyó una hegemonía muy profunda en la sociedad paraguaya. Tiene redes clientelares monumentales. Si uno quisiera buscar alguna comparación con Argentina tendría que pensar, más o menos, en algunas provincias del norte, como Formosa, para entender ciertas dinámicas políticas. La diferencia es que incluso en un lugar como Formosa, por formar parte de un movimiento nacional más amplio, el gobierno termina obligado a construir determinados niveles de bienestar. Acá ni siquiera eso ocurrió, porque tampoco existió una protesta social permanente que presionara en ese sentido. Durante mucho tiempo el Partido Colorado sostuvo su poder sobre el funcionariado público, pero después fue perfeccionando el sistema. El control de los principales recursos económicos del Estado quedó históricamente en sus manos.

**-Y, además, desde 1947 solo perdió una vez…**

-Hay que pensar una cosa: después de la guerra civil paraguaya, solamente dejó el gobierno entre 2008 y 2012, durante la presidencia de Fernando Lugo. Estamos hablando de un partido que lleva casi ocho décadas administrando el Estado. Pero hay otro problema igual de importante: enfrente del Partido Colorado nunca apareció una alternativa verdaderamente distinta. El principal partido opositor es el Partido Liberal Radical Auténtico. Sin embargo, si uno mira el proyecto social, la concepción económica o incluso la cultura política, encuentra enormes similitudes con el Partido Colorado. Son la cara y la cruz de una misma moneda. Es más: muchas veces las élites liberales son incluso más anticomunistas que las propias élites coloradas. Conservan muy viva toda esa tradición heredada de la Guerra Fría, del enemigo interno, del anticomunismo. Entonces la población termina diciendo algo muy sencillo: “¿Para qué voy a votar una copia si puedo quedarme con el original?” Y así nunca consiguió desarrollarse una fuerza verdaderamente contrahegemónica.

**-¿Y por qué creés que eso nunca ocurrió? ¿Por qué prácticamente no quedaron rastros del gobierno de Lugo?**

-Yo tengo una hipótesis. O, mejor dicho, una conjetura. Por un lado, tiene mucho que ver con la propia estructura social paraguaya. Durante muchísimo tiempo no hubo grandes ciudades ni una clase trabajadora urbana numerosa. Eso dificulta enormemente la construcción de organizaciones políticas de masas que disputen la hegemonía. Recién ahora empiezan a existir esas condiciones. Y ahí aparece otra confusión bastante extendida, sobre todo vista desde afuera: mucha gente cree que Fernando Lugo fue un presidente de izquierda. Yo no comparto para nada esa lectura. Lugo no fue un gobierno de izquierda. Él provenía de una familia colorada. Logró articular una coalición muy amplia de sectores opositores y consiguió algo histórico, que fue derrotar electoralmente al Partido Colorado. Pero eso no significó que impulsara un programa transformador. Lugo era un obispo progresista, eso es cierto. Pero una cosa es ser un obispo progresista y otra muy distinta es construir un proyecto político. No había esa racionalidad. De hecho, cuando era presidente siempre repetía: “Yo no soy de izquierda”. Recién después de que lo destituyeran empezó a reivindicarse como un dirigente de izquierda. Para nosotros era bastante absurdo. El sistema político paraguayo nunca consiguió construir una alternativa duradera al Partido Colorado. Mi conjetura es bastante pesimista: en términos estrictamente electorales, casi utilitarios, hoy no existe una forma real de derrotarlo.

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