
SOCIALDEMOCRACIA, GESTORA DEL CAPITAL (1)

Nace en el seno del movimiento obrero bajo el paradigma del reformismo, o lo que es lo mismo retocar algo el sistema para que no cambie nada de lo sustancial, en contraposición al marxismo revolucionario. El nacimiento de la corriente reformista en el movimiento obrero parece que fue una operación del propio capital para desarticular los ideales de liberación autónoma de la clase trabajadora respecto al capital explotador, una especie de quintacolumnista para frenar cualquier proceso de transformación real. Solo hay que ver cómo operan las organizaciones socialdemócratas (o lo que se le parezca), desde el lenguaje hasta la acción política. Sus puestas en escena pueden ser de izquierdas (el traje de pana de Felipe González, por ejemplo) en momento puntuales pero su compromiso es el mantenimiento del estatus quo, del orden establecido bajo el paraguas de la democracia liberal nacida en el S. XVIII. Cuando la clase trabajadora comienza a organizarse comienza a verse las costuras del sistema que, a su vez, necesita de un elemento aglutinador que embride a esa clase que clama por la autonomía de la propia clase frente a la clase explotadora. El pensamiento revolucionario del tándem Marx-Engels estaba dando sus frutos entre los parias de la tierra, entre los don nadie, la gente desposeída de los bienes y derechos más básicos que debían organizarse para hacer frente al capital. La conciencia de pertenencia de clase era esencial para organizarse bajo un mismo paraguas político-sindical, bajo un mismo movimiento que trascendiera cualquier división en el seno de la clase obrera. Era vital la cohesión como clase, el establecimiento de objetivos comunes para hacer frente a los patronos y sus organizaciones de pistoleros. Pero la clase de los de arriba, la explotadora, sola no podía hacer frente a una marea revolucionaria que estaba recorriendo Europa y que había dado el salto hacia el continente americano donde, por un lado, en los EEUU ya se produjo en su momento la liberación colonial durante el S. XVIII al igual que los procesos de emancipación de Latinoamérica durante el S. XIX, si bien los procesos son diferentes por la forma en cómo el capitalismo se estaba desarrollando en el Norte y en el Sur de América. Esa conciencia de clase tiene como base el concepto de lucha para arrancar derechos, conquistas sociales, impensables hasta ese momento. La idea central de emancipación de la clase trabajadora frente al poder opresor del capital se basaba en una estructura de movimiento político-sindical en la que las luchas obreras debían tener su correspondiente expresión política. Esto mismo que era el elemento nuclear del incipiente movimiento obrero organizado fue lo que entendió el capital que debía hacer desde dentro del mismo movimiento para frenarlo, para que no avanzara en sus posiciones y llegara un momento irreversible en que los privilegios de los que gozaban no sufrieran apenas un rasguño. Las “concesiones” del capital no fue gratuita porque costaron vidas humanas, y aún así el movimiento empujaba con fuerza a través de mecanismos desconocidos hasta el momento en que llegaron llamados huelga, acción informativa (piquete), acción callejera a través de la propaganda pero, también, de las revueltas populares que eran duramente reprimidas. El capital necesitaba reventar el movimiento, puentearlo, en sus tesis revolucionarias. Domesticarlo en una palabra para que, llegado el momento, hubiese una interlocución válida con quien sentarse que no pusiese en peligro eso que pomposamente conocemos como Estado de Derecho, o democracia liberal, que es el mecanismo que tiene el capitalismo para incidir en la vida política sin presentarse a elecciones de forma directa. Necesitaba la colaboración desde dentro del mismo movimiento obrero y es ahí donde nace el reformismo obrero conocido como socialdemocracia que no cuestiona al sistema capitalista como tal sino que va a intentar dulcificarlo, humanizarlo si cabe la expresión sin tocar los privilegios esenciales de la clase capitalista. Legitima el sistema, introduce elementos que son el barniz que se le pueda dar a un mueble viejo y ello conlleva, en la práctica, a seguir la lógica del mercado, a fortalecer la institucionalidad que proporciona el mismo sistema y a establecer “reglas de juego” en las que, como podemos comprobar, el rico no deja de ganar y el pobre no deja de perder, claro está que no pierde al ritmo que podría hacerlo con un sistema de liberalismo salvaje. Así, pues, la socialdemocracia se convierte en un perfecto aliado para el capital por su talante “negociador” que, por otro lado, conlleva ejercer de freno para que los de abajo no se desmadren más de la cuenta. Pero un partido socialdemócrata necesita, asimismo, de interlocutores sociales válidos con lo que, a la par, hay que dar salida negociada a los reclamos de la clase trabajadora a través de sindicatos que, igualmente, tampoco incomoden en demasía. La operación de co-optación del movimiento obrero por parte del sistema fue un éxito, de forma que entre la segunda mitad del S.XIX (en plena efervescencia del movimiento obrero revolucionario) y los primeros años del S, XX se estructuran los principales partidos socialdemócratas europeos





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