
El optimismo ante la República

Las señales negras se estaban desapareciendo. El conflicto de Andalucía parecía que se había apaciguado, no habría sido mas que “un meteoro fugaz” donde se había unido la “mala voluntad de unos pocos y la alucinación de muchos infelices, que, maltratados por la injusticia social, fueron presa fácil de los primeros”.
Pero, además, el “problema catalán” parecía más dúctil, según podía desprenderse de las declaraciones del ministro de Instrucción y de las manifestaciones públicas de Companys en las que había afirmado que se seguiría cooperando a la paz pública y al fortalecimiento de la República.
También había temor porque la heterogeneidad de las Cortes terminara por convertirse en un lugar de conflictos, pero dicho miedo parecía disiparse en esos momentos cuando se había puesto de manifiesto la seriedad y la responsabilidad en los prolegómenos de la actuación de las Constituyentes. El artículo afirmaba que el pueblo se había convencido de que los perturbadores y fanáticos de la política sobraban en el Parlamento.
La culminación de este proceso de calma o de optimismo había sido la sesión parlamentaria en la que se habían confirmado los poderes del Gobierno, al que se elogiaba por haber mantenido durante todo el tiempo provisional un “equilibrio inestable sin sufrir el vértigo de las alturas”. Hasta el momento no se había podido exigirle mucho porque su autoridad no procedía de una delegación explícita de los titulares de la soberanía, es decir que no provenía de unas elecciones o del poder legislativo (por eso, como bien sabemos, era Provisional), pero la confirmación parlamentaria ya le habría otorgado, en nuestra interpretación, la legitimidad.
Ahora comenzaba el proceso de cambio, con un poder ejecutivo compenetrado, por el bien de España, con el legislativo y con la nación misma, que estaría esperando, en la interpretación socialista, una renovación profunda de sus legítimos representantes. Además, se opinaba que la nación no se sentiría defraudada. Los que trabajaban desde el extranjero o desde dentro estaban perdiendo el tiempo. Ahora, Gobierno, Cortes y España “eran uno y mismo, ¡por primera vez en España!
En aquel verano parecía cundir el optimismo entre los socialistas, a pesar de los primeros problemas conocidos. En todo caso, ya llegaría el otoño con sus dificultades derivadas de las discusiones parlamentarias para elaborar la Constitución.
Hemos empleado como fuente el número 7014 de El Socialista, del 2 de agosto de 1931


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