Machacar la lengua

Conclusión: deconstruir no es destruir, sino desmontar la realidad social, para descubrir sus mecanismos engañosos. En un sentido amplio significa criticar, desactivar prejuicios, poner a la luz privilegios, pero en un sentido más técnico, remite a la obra de uno de los autores más valorados por el pensamiento woke: Jacques Derrida. La aparente sencillez de ese estilo o filosofía -que tiene origen en justos movimientos reivindicativos- se complica en la obra de sus teóricos, que asumen el sofisticado y con frecuencia difícil lenguaje de la filosofía posmoderna.
Una mirada atras... Hemeroteca El Sol Noticias31 de agosto de 2026Salvador García LlanosSalvador García Llanos
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Dos cuestiones previas.

Una: el artículo 3 de la vigente Constitución española comienza así: ·”El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla”.

Otra: La deconstrucción del lenguaje postula que el significado, tal como se accede a través del lenguaje, es indeterminado porque el lenguaje mismo es indeterminado. Es un sistema de significantes que nunca puede significar plenamente: una palabra puede referirse a un objeto, pero nunca puede ser ese objeto.

Conclusión: deconstruir no es destruir, sino desmontar la realidad social, para descubrir sus mecanismos engañosos. En un sentido amplio significa criticar, desactivar prejuicios, poner a la luz privilegios, pero en un sentido más técnico, remite a la obra de uno de los autores más valorados por el pensamiento woke: Jacques Derrida. La aparente sencillez de ese estilo o filosofía -que tiene origen en justos movimientos reivindicativos- se complica en la obra de sus teóricos, que asumen el sofisticado y con frecuencia difícil lenguaje de la filosofía posmoderna.

Hasta dónde alcanza el citado derecho,  el deber es una cuestión que sobrevuela el ambiente en cualquier época del año que nuestras plazas y calles acogen a comerciantes de la pluma y el papel y a lectores ávidos de vivir más vidas que la unitaria que les es propia.

Los datos son, a todas luces, positivos: el 68,5 por ciento de la población española lee con frecuencia, porcentaje que va en aumento respecto de la última década. Además, durante el confinamiento más duro, parece que casi la mitad de los ciudadanos de nuestro país afirmó ocupar parte de su tiempo libre entre libros. Algo bueno tenía que traer aquella pandemia…

Sin embargo, una bruma neblinosa tiñe de gris tan alegre panorama. Y nos empaña la perspectiva desde varios frentes. Por un lado, tenemos un nuevo capítulo que se ha estrenado de la cansina serie a la que nos hemos abonado –esperemos que sin contrato de permanencia- con una parte de nuestra clase política, titulado “Todas, todos, todes”. Hasta hace no tantos años nos sorprendíamos cuando, más allá de la lógica economicista del lenguaje, se empezó a generalizar el “todos y todas”, “niños y niñas”. Y desde una perspectiva ideológica o política se podrá estar o no de acuerdo con esta deriva lingüística, pero desde la base morfológica y sintáctica propia de nuestra lengua, parece haber un mayor consenso: esta duplicidad en el lenguaje ignora fundamentos elementales de nuestro idioma y tampoco contribuye a solucionar el problema social al que busca dar respuesta.

Pero da igual, ya hemos dado un paso más en esta frenética carrera del absurdo: vamos a por el tercer género o “género neutro”. Y alguno dirá: es necesario visibilizar otras realidades. Pues muy bien. ¿seremos más tolerantes y empáticos a base de machacar la lengua de Cervantes y quedarnos sin saliva y sin tiempo cuando queramos referirnos a una generalidad tan diversa como lo es la del ser humano? Porque si ese es el precio a pagar, parecería asumible. Pero el problema es que todo esto no parece más que una patraña electoralista para entretener al público enviándose memes por whatsapp, mientras volvemos a desenfocar  lo sustancioso, lo trascendente.. Y disculpen si a estas alturas no creamos en la magia ni en los demagogos…

Pero si este asunto no causa ninguna inquietud, digan cómo se les queda el cuerpo con este otro titular del que la prensa internacional se ha hecho eco hace unas fechas días y que se encuentra intrínsecamente vinculado al mismo maltrato: “Varias universidades británicas piden que no se penalicen las faltas de ortografía para no ser <<elitistas>>». Es para echarse a temblar, ¿verdad? Ahora bien, los amigos británicos no han hecho otra cosa que formalizar lo que la universidad española lleva años aceptando de forma subrepticia. A fin de cuentas, y siguiendo con el argumento anterior, alguno pensará: el lenguaje está vivo, ¿qué más dará escribir bien o mal? ¿Para qué sirve una correcta ortografía o una gramática cuidada? Todos, todas, todes debemos expresarnos como queramos, en plena libertad, ¿no era así? El problema es que para pensar primariamente necesitamos el lenguaje; luego, si el lenguaje está viciado, nuestro razonamiento mental tampoco podrá construirse adecuadamente ni, mucho menos, transmitirse. Y es en ese punto donde corremos el riesgo de involucionar y que algún lumbreras nos encandile con su lenguaje inclusivo y otras pamplinas varias.  

Menos mal que siempre nos quedará la foto con el libro en las manos para celebrar el Día del Libro en... las redes sociales, claro.

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José Chueca fue un intenso personaje en la Zaragoza de las primeras décadas del siglo XX. Vendedor de periódicos, fue un activo anarquista desde la Juventud Libertaria, y colaborando en distintas publicaciones, como Acción Libertaria, Cultura y Acción, Vía Libre, Solidaridad Obrera, Tierra y Libertad, entre otras.
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