"El Tao de los números" - Primera entrega

1ª Entrega del libro "El Tao de los números" de Antonio Morales
Cajón de Sastre21 de junio de 2026 Antonio Molaresl

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EXORDIO



Recuerdo que de pequeño no era muy proclive al cálculo matemático. Todo me costaba un enorme esfuerzo entenderlo. Mi mente no estaba predispuesta, adiestrada, para captar símbolos y conceptos numéricos, así en frío tal cual. Conjuntos, subconjuntos, intersecciones, uniones, correspondencias unívocas o biunívocas eran conceptos que venían a representarse con letras torcidas. Para mí eran correspondencias equívocas. O sea todo un código alfabeto- numérico que luego vendría ordenado en griego conforme te adentrabas en más profundidades. Pero si no estaba preparado para tales códigos, tampoco lo estaba para estudiar latín con 11 años que era una de las materias de obligado cumplimiento en esa época.

Las matemáticas me producían dolor de cabeza, inestabilidad, y mucha ansiedad. Sentía pavor, perdía sueño y apetito, me irritaba, en ocasiones me provocaba somnolencia por aburrimiento en las clases o durante el estudio. De todo menos interés científico. Pero no tuve más remedio que amoldarme muy a regañadientes -y diría que de forma contraproducente para mí y mi entorno- porque aún me quedaban algunos años más en contacto con las matemáticas en general. En aquel llamado Bachiller Superior (quinto y sexto) tuve que hacerles frente y muy a pesar mío. Luego el COU fue un año de respiro porque opté por las letras con las asignaturas de filosofía e historia. Más tarde, al hacer el llamado Magisterio me reencontré con ellas (las matemáticas) aunque, quizá, con un punto de madurez mayor pero aún no el deseado. Me costaba entenderlas y necesitaba ayuda. Lo mío era un fracaso de sentimientos o falta de empatía con los números, y frustrante ver que no eras brillante o “suelto” como te exigen los cánones sociales. Pero, paradójicamente, me sirvieron después para dar clases a alumnos con los mismos problemas que yo tenía de pequeño: el divorcio con los números y esa experiencia le fue válida a esos alumnos míos.

A la postre me encontré de alumno, nuevamente, con una variedad de las matemáticas. Esta vez al hacer otra diplomatura (Graduado Social o Relaciones Laborales o como se le quiera llamar), me topé con la materia de Estadística. Casi se me atragantan, aunque esta vez pude vencer. Mi edad me permitía dominar lo que antes era incapaz, porque mi mente ya estaba más trabajada. Entonces contaba con 32 años cuando inicié estos estudios últimos. Creo que aquel profesor de la susodicha materia no guardó un buen recuerdo de mi paso por “su aula” aun habiendo aprobado finalmente. Quizá porque era preguntón, indagador, y eso molesta cuando el ego está demasiado presente en ambas partes. Luego me pasó factura al entender que no era idóneo en la empresa municipal que él dirigía por entonces, no pasando el “corte” de la entrevista. Quizá fuera para bien, para el suyo seguro que sí.

Siempre manifesté una cierta resistencia interna al guarismo académico, aún teniéndome que ganar la vida con ellos. Algo curioso, sí señor.

Tras muchos años, quizá más de los deseados, he decidido girar en otro sentido. Hablar o escribir de los números desde la distancia y la reflexión. La “meditación despierta”, sobre todo, es la que me ha llevado a analizar y comprender lo que antes no podía o no quería ver hasta el punto de tener la sensación de flotar con el pensamiento.

Y no sólo encajar el número en sí mismo sino acoplarlo a la evolución alfabética. Y he de decir que lo que se desarrolla a lo largo de las líneas que suceden es un acto de afirmación sobre la no comprensión de las cosas cuyo origen puede estar en el miedo. La luz no se ve porque se lo impide la oscuridad. Ésta puede venir representada, algunas veces, por la propia razón esquematizada plagada de rigidez mental, de inflexibilidad, de deformidades en el aprendizaje. Con los años he aprendido que el mejor maestro es el que sabe enseñar y es que cuando primamos el título por encima del saber verdadero, entonces algo está fallando.

Si alguien te muestra cómo superar tus miedos con las matemáticas, aunque subjetivamente creas que no estás para aprobar terminarás por hacerlo pero, esta vez, de una forma más libre, menos enajenada, más consciente, asumiendo que el número parte de ti mismo, está en el interior esperando manifestarse porque la idea es lo no creado aún. Me sucedía charlando con mi hija mayor -cuando cursaba segundo de bachiller- que escogió “letras”, porque no quería saber mucho de matemáticas. No logré que viera “la parte amable” de las matemáticas…

Ahora, bien, el diálogo con la Fuente del Saber a través de la meditación, la reflexión, el acto sereno, hace que crezca en uno la inteligencia sutil, la percepción, la intuición como “herramienta” de aprendizaje y enseñanza. Y es sorprendente cómo la aversión se convierte en alianza, lo invisible se torna visible, lo oscuro luminoso. Quizá sea éste el camino. En el viaje alquímico todo es posible. Nada escapa a la Sabiduría. Por eso mismo, quizá, desde aquí tenga que invitar a la superación de las frustraciones que generan la no visión del “fenómeno numérico”, inducir a la gestación de nuevas actitudes hacia nosotros mismos para el aprendizaje en la vida que es lo que, en definitiva, nos va a ir guiando sin someternos a limitaciones lo cual, de otro lado, no quiere decir que acabemos todos con un doctorado en ciencias exactas.

Desde los albores de la Humanidad ha estado presente el número, siendo un lenguaje que se nos presenta oculto, misterioso a veces y, por ello, sagrado otras tantas. Una forma de comunicación que ha pasado de lo simple a lo complejo, de lo racional a lo irracional, de lo cercano a lo lejano. Durante milenios el ser humano transmitió mediante dígitos y así ordenó el tiempo en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, estaciones, años, siglos, milenios y así por siempre. Su visión de los fenómenos cosmológicos le dio pautas para establecer los usos horarios, el calendario (la organización de las calendas), porque tenía necesidad de conjugar los días con las noches, el sol y la luna, el estío y las lluvias, con la pretensión de vivir y subsistir a través de la agricultura, la ganadería, la caza y la pesca. Eran hacedores de almanaques, magos. Esa misma cosmovisión les posibilitó detectar las casas zodiacales, estrellas, planetas, su aparición, destrucción, o la evolución desde el inicio en el “punto cero cósmico”. También formular predicciones, entre ellas las climáticas así como las tendencias oraculares que afectaban a relaciones personales, situaciones de guerra, orientación para resolver conflictos etc., cuyos instrumentos naturales usados eran variopintos y de entre los cuales se encontraban los tallos de milenrama, caparazones de tortugas, piedras o semillas por seguir algunos ejemplos.

La Madre Naturaleza siempre ha marcado las pautas y el ser humano las ha conjugado. Desde que comenzamos a creernos un ser poseedor absoluto de la Naturaleza nos hemos ido alejando progresiva e inexorablemente de la esencia comunicativa hasta perder el rastro de nuestro origen primero y esencial. Pero lo que es peor aún, el único modo de comunicarnos que utilizamos es el de la agresión permanente, el maltrato continuo hacia los seres vivos que nos rodean y hacia nosotros mismos. Es el lenguaje de la destrucción muy alejado del lenguaje creativo o constructivo del Amor como principio motor de todo lo existente visible o invisible.

El conocimiento del número como lenguaje se nos ha dado para el orden, para conjuntar y no sólo para dispersar. Su expresión se nos ha transmitido no para usarlo crípticamente sino para conocer la Verdad que nos hace libres. No solamente para contar el dinero que gano, sino para contar también los pobres que hay. Pero es obligación como acto de generosidad y sacrificio que quien sabe haya de enseñar alguna vez en la vida algo aunque sea sin nada a cambio, porque la Luz está para exhibirla y no para guardarla a fin que todos puedan hablar de ella y acercándose puedan admirarla y compartir su energía con la creación. Quizá se vaya acercando el momento de hacer caer los velos de la ignorancia, de decir qué es cada cosa, dónde ha de situárselas, cuándo sucedieron y cómo realmente, además de hablar claro sobre lo no visto pero que puede verse, sobre lo no hecho pero que puede hacerse, sobre lo que es y está desde siempre. Es hora, quizá, de una conciencia emergente que desvele los secretos revelados pero ocultos porque todos tenemos derecho a saber. Explicar llanamente el significado de lo oculto, convertir lo esotérico en exotérico. Dar luz a los cuerpos para que sus sombras puedan verse. Así aparece el Sol y no pregunta cómo ha de alumbrar. Hemos de ser libres como la misma creación, tan solo sujetos a las reglas de la armonía que inducen a la belleza.

En cualquier civilización lo simple numérico fue un enunciado adecuado a la vida que comprendía el universo aparentemente limitado entre los campos del 1 al 9. En términos absolutos portadores cada uno de ellos de la dualidad intrínseca Yin y Yang, negativo y positivo, femenino y masculino, oscuro y luminoso, débil y fuerte pero que conforman una totalidad. Las combinaciones entre ellos dan origen a todos los demás campos numéricos. Así el ser humano comenzó a captar de lo simple lo bello, del número el orden y de éste la armonía, de lo finito lo infinito, de lo concreto lo abstracto, de lo visible lo invisible pero es que al revés también ya que la belleza, simplicidad, orden, armonía, finitud e infinitud, concreto y abstracto, visible e invisible ya existían antes que el ser humano viera la luz en la casa Tierra. Nosotros somos portadores de todo ello.



“El TAO engendra al Uno.

El Uno engendra al Dos.

El Dos engendra al Tres.

El Tres engendra todas las cosas”



(Fragmento del Tao Te Ching capítulo XLII, atribuido a Lao Tze)



Esto es un ejemplo de cómo otras culturas han empleado la idea numérica para comunicarnos un saber, para transmitirnos “algo” que –además- es coincidente con otras formas de pensamiento. Léase, por ejemplo, la Teología Católica con el concepto “Trinidad” cuya representación numérica es el 3 y que, por cierto, no es una aportación nueva ni mucho menos sino la asimilación desde otras culturas.

Pero antes que suceda la dispersión de ideas, es conveniente amarrar algunas de ellas. Sobre todo para centrar y precisar el pensamiento en lo simple. Nada más que fijarnos en nosotros mismos cuando éramos muy pequeños, o en otros niños. En sus pautas. Así, pues, cuando nos iniciamos en el arte de la representación de escritura y números y nos observamos a nosotros posteriormente, tan sólo tendríamos que cerrar los ojos y retrotraer el pensamiento a muchos miles de años atrás para aprender o “recordar” cómo representaban aquellos seres humanos. Siempre existió la idea proyectada en signos, en símbolos, en trazos rectos, cuadrangulares, rectangulares, numéricos en una posición u otra según para qué valor concreto. Cada signo tenía una cualidad, teniendo el número la cualidad de cantidad. Y valga nuestro juego de palabras. Pero la reflexión personal inicial de todo este entramado partió del examen de los alfabetos, de su evolución y de su contemplación donde observé que en el alfabeto proto- cananeo (de raíz semítica) para representar un envío de 54 reses inscribían 00000 (cinco círculos) en una línea superior y lo que parecen 4 ▼ triángulos invertidos en su línea inferior junto con una cabeza de res. Me llamó poderosamente la atención esa forma de expresar números. Luego me acordé que de niño me enseñaban la numeración romana, la cual era representada por letras. Cifras y letras, bajo el mismo techo. Hasta no hace mucho tiempo se usaba esta forma en algunos eventos como, por ejemplo, en las vueltas ciclistas de cierto prestigio. Así, para decir que es la 75ª vuelta se expresaba LXXV. También en algunas películas, al indicar el año de rodaje y depósito legal se expresaba en esta “numeración”, un título de monarquía o dinástico en general. Al final estás viendo el número como figura, la figura como letra y la letra como medida del mundo.

En el supuesto de una película estrenada en 1.999 sería MCMXCIX. Es una codificación alfabética para expresar “otra” numérica. Las imágenes de antes son figuras geométricas, o sea trazos, para expresar el concepto cantidad.

De esta observación había algo que ya me “inquietaba” y comencé a acordarme, nuevamente, de aquel niño que todos fuimos para aprender otra vez y abrí la mente de “mayor” para acoger a la del “pequeño”. Efectué un trazo recto (llamado familiarmente palote) y lo fui “vistiendo”, añadiéndole otros trazos que dejo reflejado en las imágenes de más abajo (1 y 2). Me percaté cómo de un trazo recto o palote creaba el número 1 y una L, y una L invertida ┐. Seguí pensando que un trazo más sobre la L invertida me daba un número 7 según la grafía convencional, pero que si a la L le baja un trazo desde su esquina inferior derecha me originaba un 4 (pero no como éste de máquina, cerrado), y si a esa misma L convertida en 4 le hacía prolongar su esquina inferior izquierda además, me originaba una H (mayúscula). No me conformaba y seguí jugando como lo hace el crío. La L me daba posibilidades: una L es un ángulo recto, si esa L la pongo enfrente de otra que se refleje como un espejo me da una figura geométrica uniendo sus puntos inferior y superior: un cuadrado . Si hago que la L se una en sus puntos inferior y superior origino un triángulo. Si la L es atravesada por un pequeño trazo recto en la mitad me da una t, la misma T (mayúscula) si “cubro” el trazo inicial recto. Si el trazo recto inicial │ además de cubrirlo por arriba lo soporto por abajo origino una columna (que es la representación de una imagen arquitectónica), lo que denominamos en español una I latina. Luego comencé a trazar rectas para unirlas en triángulos, rectángulos, rombos, cubos y pirámides que se pueden observar en la imagen 2.

Comprendí que una recta, un simple trazo podía originar múltiples formas y representaciones: numéricas, alfabéticas o grafías, geométricas o espaciales. Pero algo faltaba, su complementario. Si un trazo recto indica lo abierto, faltaba lo “cerrado”. El símbolo circular, que igual da para una “o” que para un “cero” (0). Este, a su vez, me podía dar la imagen de lleno o vacío, de plenitud o nada. De este trazo arcaico que usaban los cananeos, por ejemplo, para indicar que cinco ○ expresaban un “5” adopté la idea posterior que tan primitivo trazo encerraba, igualmente, su particular magia.

Proseguí el juego y comencé añadiendo o quitando según el caso. Una “a” escrita a mano es un trazo circular con un “rabito” añadido. Si al círculo le añadía un trazo recto por detrás y de arriba abajo me daba b, pero de desde el círculo por detrás hacia abajo me origina p. Si corto por delante d. Si abro el círculo una c. Si la c la “escondo” me origina una e. Si la p la invierto como en un espejo me da q que me asocia al 9 escrito a mano. Pero es que el 9 y el 6 son un reflejo, como mirando al revés. La letra griega sigma (σ) ¿acaso no me recuerda a un 6? Si al círculo le añado por detrás una p invertida me origina g a mano.

El signo o número 8 si lo colocamos horizontal -∞- me dice que me sitúo en el “infinito” en términos matemáticos de “mayor” nivel.

Esto es tan sólo un ejemplo del movimiento de cifras y letras, partiendo de trazos simples, sencillos, primitivos. Desde lo recto y circular, de lo que suspende en el infinito y lo que encierra (totalidad o vacío) llegamos al ∞. No se trata de “comprenderlo” porque eso es tanto como intentar definir el Tao. Se trata únicamente de asociar el movimiento permanente de la ley natural a la representación de grafías, y números. Y, probablemente, podríamos estar situados ante la Geometría de las letras.

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