El golpe de Estado más remoto del mundo: la caída del Reino de Hawaii

Estados Unidos es el país que más golpes de Estado ha impulsado a lo largo y ancho del planeta, en todos los continentes. Este gigante buscó expandir su influencia en el océano Pacífico antes que en cualquier otro lugar. Traigo aquí la historia de uno de los primeros golpes de Estado modernos y también el más remoto: Hawaii, la estrella número cincuenta de la bandera norteamericana, antiguo reino soberano, colonia luego.
 
Por Ignacio Liziardi para La tinta
Erase una vez...19 de julio de 2026 La Tinta desde Argentina

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El último rincón del mapa

En la segunda mitad del siglo XIX, el Pacífico era disputado por numerosas potencias. Gran Bretaña comenzó a colonizar Australia, Nueva Zelanda y las innumerables islas dispersas que los holandeses y portugueses habían abandonado. Francia ocupó la Polinesia. Japón se posicionaba como fuerza naval al mismo tiempo que los rusos, en su búsqueda de control del anillo ártico, extendieron su influencia en las Aleutianas y Alaska (hasta su venta a EE. UU. en 1867). Fue una carrera por los últimos espacios no colonizados del planeta, que hasta el momento solo habían sido parte de las rutas comerciales transoceánicas. En este escenario, donde los depredadores de islas acechaban, el archipiélago de Hawaii logró una modesta soberanía bajo una monarquía local.

La soberanía de Hawaii

En 1779, el capitán y explorador estrella de Gran Bretaña, James Cook, recaló en Hawaii. En el encuentro con los hawaianos, secuestró al rey Kalaniʻōpuʻu para recuperar una barca de la flota británica robada. La jugada no salió bien: los ingleses fueron fuertemente atacados y el mismo Cook fue asesinado en la huida. Este golpe al orgullo de la metrópoli disuadió a Londres de intentar ocupar las islas, al menos por un tiempo. Entre 1795 y 1810, como resultado de la unificación de pequeñas jefaturas de Oʻahu, Maui, Molokaʻi, Lānaʻi y Hawaiʻi, se fundó oficialmente el Reino de Hawaii bajo el Rey Kamehameha I. Trasladó la corte y la capital a Honolulu, en la isla de Oʻahu (capital del estado hoy en día). Allí recibía ―con gran desconfianza― a quienes recalaban para hacer aguada (reponer agua dulce, en la jerga marinera). 

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Durante las décadas siguientes, el archipiélago debió afrontar diversas amenazas como pequeño Estado independiente. La realeza optó por “modernizarse y occidentalizarse”, antes de que su forma de vida y gobierno fuera excusa para que las potencias coloniales los invadieran, tal como los reyes de Siam habían hecho en Tailandia, de manera exitosa. Se convirtieron en una monarquía constitucional, sancionando diversas leyes fundamentales a partir de 1840. Construyeron un palacio estilo francés, lo amoblaron a la moda de la época, se vistieron con ropa occidental y recibieron mandatarios europeos en pie de absoluta igualdad. 

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Permitieron la presencia de iglesias cristianas venidas de Norteamérica y formaron una pequeña fuerza armada y un gobierno de características europeas en toda regla. Y pusieron la Union Jack (bandera tricolor británica) en la esquina superior izquierda de su propia bandera, en busca de la protección británica en la formalidad. Para la década de 1880, el Reino de Hawaii representaba una piedra en el zapato de diversas potencias. El advenimiento del barco a vapor había acortado las distancias en el Pacífico y Japón comenzaba a construir una armada temible. 

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Intereses crecientes

Hacia 1863, las islas hawaianas se transforman en un punto caliente para los diversos aparatos diplomáticos de las costas pacíficas, dado que se establecieron como un enclave de comercio transoceánico. La gigantesca migración que iba desde China a la costa oeste norteamericana pasaba obligatoriamente por las islas. Muchos de estos asiáticos se quedaban allí (unos veinte mil hacia 1890), lo que alertaba a los norteamericanos, pues, al igual que ellos, buscaban beneficios y hacían lobby para su comunidad nacional. Lo mismo sucedió con la población japonesa, que entre 1885 y 1894 ascendió a treinta mil.


El historiador y militar estadounidense, Alfred Mahan, teórico de la geoestrategia naval, hacia 1890, expresó que ninguna nación moderna con una flota global podría apuntalar su hegemonía sobre el Pacífico sin poseer las islas hawaianas. En Oahu, a escasos kilómetros al noroeste de Honolulu, se encontraba un puerto natural protegido de enormes dimensiones; Mahan proyectó allí una base naval, que hoy conocemos como Pearl Harbor.


Embajadores y azucareros

Muchos personajes jugaron roles importantes para desarmar, ladrillo a ladrillo, el Estado independiente: Stanford Dole, político de ascendencia norteamericana nacido en Honolulu, fue el jurista más influyente en el proceso. El rey Kalākaua nombró a Dole juez de la Corte Suprema del Reino de Hawaii en 1887. A la muerte del monarca, lo sucedió su hermana Liliʻuokalani, quien es conocida como la última reina nativa de las islas. Ella incluyó a Dole como miembro de su Consejo Privado. Por otra parte, John Leavitt Stevens, quien era ministro (embajador, en el lenguaje de la época) de los Estados Unidos ante el Reino de Hawaii, advirtió al presidente la supuesta urgencia de anexionar las islas, con énfasis en la supuesta amenaza que sufría la población blanca en las islas.

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Lentamente, comenzó a gestarse un complot. A Dole y Stevens se sumaron los plantadores azucareros, que mantenían a trabajadores japoneses y chinos en condiciones cercanas a la esclavitud. El máximo exponente del brazo empresarial fue Lorrin A. Thurston, quien tenía intereses en el sector azucarero y formó, junto con los anteriormente nombrados, el denominado Committee of Safety (Comité de Seguridad), compuesto por numerosos sectores que provenían del Partido Misionero, integrado por los descendientes de los primeros pastores protestantes blancos en las islas. Este Comité no surgió de la noche a la mañana, sino que fue resultado del aluvión —en la segunda mitad del siglo XIX— de población blanca con intereses estratégicos, religiosos y comerciales, seguidos de embajadores plenipotenciarios. Esta clase, de la que hemos nombrado los personajes más importantes, comenzó a disputarle el poder político a la realeza hawaiana desde el primer momento.

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El golpe

El 17 de enero de 1893, Honolulu amaneció ocupada por tropas estadounidenses, provenientes del USS Boston, que estaba en el puerto. El desembarco había sido bajo orden expresa de Stevens, quien pidió “cuidar los intereses y propiedades norteamericanos en las islas”. Los golpistas entraron en el Palacio ‘Iolani y apresaron a la reina, que fue conducida a sus aposentos. Primero, se formó un gobierno provisional, que no era más que un gobierno de facto. Inmediatamente, comenzaron las tratativas con Washington. Sin embargo, el presidente demócrata Grover Cleveland se opuso —al menos, públicamente— al grosero golpe de Estado en las islas. Dole y sus secuaces formaron la República de Hawaii, que fue una ficción estatal a la espera de una nueva administración en el continente. En febrero de 1893, John Tyler Morgan (senador de Alabama, ex poseedor de esclavos y defensor a ultranza de la segregación racial) comenzó a presionar en el Congreso y los medios de comunicación para que las islas hawaianas fueran anexadas de una vez por todas a los Estados Unidos, ante la supuesta amenaza de un poder externo. 

Tal como esperaban, al asumir William McKinley la presidencia de los Estados Unidos en 1897, el affaire con Hawaii siguió su curso. El mandatario intentó hacer pasar la anexión por el Congreso, pero todo cambió en 1898, cuando Estados Unidos puso sus ojos en la más descompuesta de las potencias: España. Mediante la guerra hispano-estadounidense, que duró tres meses,  la nueva potencia desmanteló por completo el antiguo imperio en que no se ponía el sol. La isla de Guam (cercana a Hawaii), las Filipinas y Puerto Rico pasarían a manos estadounidenses, que conseguía, al mismo tiempo, una presencia aplastante en Cuba. Al terminar este desguace, McKinley reactivó la anexión de Hawaii, donde Dole fue nombrado presidente del nuevo territorio hasta que la Ley Orgánica de las islas fue sancionada en 1900.

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Liliʻuokalani, por otra parte, fue liberada en 1896, cuando ya no representaba una amenaza, aunque intentaron condenarla a trabajos forzados por un supuesto intento de contragolpe. Mientras las islas eran oficialmente anexionadas, la antigua mandataria llevó a cabo varios intentos de recuperar el trono por la vía legal, aunque infructuosamente. Murió en Honolulu en 1917, anónimamente, bajo la ocupación del país de las águilas. 

Recomiendo leer Race Over Empire: Racism and U.S. Imperialism, 1865-1900, de Eric Tyrone Lowery Love.

*Por Ignacio Liziardi para La tinta / Imagen de portada: A/D.

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