Ignorar las realidades demográficas

Este es un artículo de opinión de Joseph Chamie, demógrafo, consultor independiente y exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas.
Opinión19 de julio de 2026 IPS Inter Press Service

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PORTLAND, Estados Unidos  – Las realidades demográficas están ampliamente documentadas y los gobiernos conocen desde hace tiempo los profundos cambios demográficos que ya están en marcha. Sin embargo, muchos responsables de formular políticas siguen restándoles importancia o, directamente, las ignoran.

Esta reticencia suele reflejar la tensión entre las prioridades políticas de corto plazo y las realidades demográficas de largo plazo. Como consecuencia, los gobiernos con frecuencia se muestran reacios a reconocer la verdadera magnitud de las transformaciones demográficas que están reconfigurando sus sociedades.

En algunos casos, el negacionismo demográfico sirve para proteger intereses políticos o económicos consolidados. Sin embargo, con mayor frecuencia refleja la falta de voluntad para afrontar decisiones políticamente difíciles, como aumentar los impuestos, ampliar la inmigración, elevar la edad de jubilación o destinar más recursos a las pensiones, la atención sanitaria y otros programas de protección social.

Como los cambios demográficos suelen producirse de manera gradual, los dirigentes políticos suelen priorizar medidas que ofrecen beneficios políticos o económicos inmediatos en lugar de reformas orientadas a enfrentar desafíos de largo plazo, como la disminución de la población y el envejecimiento demográfico. Los incentivos electorales y las consideraciones políticas de corto plazo suelen pesar más que la necesidad de adaptarse a una realidad demográfica en constante transformación.

Los gobiernos también pueden minimizar las tendencias demográficas porque hacerlo les permite avanzar con prioridades políticas e ideológicas inmediatas mientras postergan los ajustes fiscales y de políticas públicas que esos cambios exigen.

Además, algunos responsables de formular políticas continúan impulsando medidas destinadas a recuperar los patrones demográficos del pasado reciente, pese a que las probabilidades de éxito son escasas.

Las condiciones demográficas del siglo XX fueron históricamente excepcionales. El crecimiento de la población, las tasas de fecundidad, la estructura por edades, la disminución de la mortalidad y el aumento de la esperanza de vida alcanzaron niveles sin precedentes, especialmente durante la segunda mitad del siglo.

Estas condiciones fueron el resultado de una combinación única de factores históricos, económicos, tecnológicos y de salud pública, difícilmente repetible. En lugar de intentar recrear el contexto demográfico del pasado, los gobiernos deberían concentrarse en adaptar sus instituciones, políticas y finanzas públicas a las realidades demográficas actuales.

La población mundial casi se cuadruplicó durante el siglo XX: pasó de 1600 millones de habitantes en 1900 a 2500 millones en 1950 y alcanzó los 6200 millones en el año 2000.

En la actualidad, la población mundial ronda los 8300 millones de personas, más de cinco veces la registrada en 1900. Aunque se prevé que continúe creciendo, el ritmo de ese crecimiento se desaceleró de manera considerable. Según las proyecciones actuales, la población mundial alcanzará un máximo cercano a los 10 300 millones hacia mediados de la década de 2080 y luego disminuirá levemente hasta alrededor de 10 200 millones hacia finales del siglo (Tabla 1).

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La tasa de crecimiento de la población mundial, que era del 1,7 % en 1950, alcanzó un máximo cercano a 2,3 % a comienzos de la década de 1960. Hacia finales del siglo XX había descendido hasta aproximadamente 1,4 %. En 2026 se estima que el crecimiento demográfico mundial será de alrededor de 0,8 % y las proyecciones indican que continuará disminuyendo hasta llegar a aproximadamente -0,1 % hacia finales del siglo.

Además, muchos países ya experimentan una disminución de la población, con más defunciones que nacimientos. En 63 países, donde vive cerca de 28 % de la población mundial, el número de habitantes ya alcanzó su máximo. Durante los próximos treinta años, se espera que otros 48 países y territorios también lleguen a ese punto antes de iniciar un descenso demográfico.

Los niveles de fecundidad también disminuyeron de forma drástica respecto de los elevados valores registrados a mediados del siglo XX. La tasa mundial de fecundidad, que a finales de la década de 1950 superaba los cinco hijos por mujer, se redujo aproximadamente a la mitad al comienzo del siglo XXI.

Para 2026, se estima que la fecundidad mundial será de alrededor de 2,2 hijos por mujer. Además, más de la mitad de los países ya registran niveles inferiores al de reemplazo generacional, situado en torno a 2,1 hijos por mujer.

El envejecimiento de la población constituye otra de las tendencias demográficas que definen nuestra época. En 1950, apenas alrededor de 5 % de la población mundial tenía 65 años o más. En 2026 esa proporción ya se duplicó con creces y alcanzó casi 11 %. El porcentaje de personas de 85 años o más aumentó todavía con mayor rapidez, al pasar de apenas 0,2 % en 1950 a cerca de 1 % en 2026.

A medida que las poblaciones envejecen, las personas también viven más tiempo que nunca. La esperanza de vida al nacer aumentó considerablemente en todo el mundo: pasó de unos 46 años en 1950 a aproximadamente 74 años en 2026.

La esperanza de vida a los 65 años también creció de forma significativa. A escala mundial pasó de unos 11 años adicionales en 1950 a aproximadamente 18 años adicionales hacia mediados de la década de 2020. En muchos países, sin embargo, ese aumento fue aún mayor y supera los 20 años. En Japón y Francia, por ejemplo, una persona de 65 años puede esperar vivir alrededor de 23 años más (Imagen 1).

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En lugar de adaptarse a la persistencia de la baja fecundidad, el envejecimiento de la población y el menor crecimiento de la fuerza laboral, muchos gobiernos siguen impulsando políticas destinadas a revertir estas tendencias y restablecer condiciones demográficas más propias de mediados del siglo XX.

En numerosos países con baja fecundidad, los gobiernos destinaron importantes recursos públicos a medidas pronatalistas, como transferencias monetarias, incentivos fiscales, guarderías subvencionadas y asistencia para el acceso a la vivienda. Si bien estas políticas pueden aliviar las dificultades económicas inmediatas de las familias, en general solo produjeron aumentos modestos y, muchas veces, temporales de la fecundidad.

Al mismo tiempo, pese al aumento de la tasa de dependencia de las personas mayores y a la persistencia de la escasez de mano de obra, las políticas migratorias siguen siendo políticamente controvertidas y, en algunos países, muy restrictivas. Esto ocurre en un contexto de creciente presión fiscal sobre los sistemas previsionales de reparto y de una demanda cada vez mayor de servicios de salud y cuidados de larga duración.

Aunque la esperanza de vida continúa aumentando, especialmente en las edades más avanzadas, reformas como el incremento gradual de la edad de jubilación, la ampliación de la base tributaria, la reestructuración de los sistemas previsionales y la adaptación del financiamiento sanitario suelen avanzar con lentitud debido a la resistencia política.

Como consecuencia, los ajustes fiscales suelen quedar rezagados respecto de los cambios demográficos, lo que incrementa las presiones presupuestarias y, en algunos casos, agrava las tensiones entre generaciones.

En algunos países, los dirigentes políticos respondieron a tendencias demográficas incómodas debilitando la independencia de los organismos estadísticos, reduciendo el financiamiento destinado a la investigación demográfica y a la recopilación de datos, despidiendo estadísticos, desplazando a especialistas o cuestionando públicamente evidencia demográfica ampliamente aceptada.

Estas acciones pueden dificultar que tanto los responsables de formular políticas como la ciudadanía evalúen con precisión los cambios demográficos, analicen las distintas alternativas y desarrollen respuestas eficaces de largo plazo.

Del mismo modo, en lugar de modernizar los sistemas públicos de protección social, diversificar las fuentes de ingresos o aplicar reformas graduales en los sistemas de jubilaciones y pensiones, muchos gobiernos postergan las decisiones más difíciles para reducir el costo político en las urnas.

Sin embargo, esas demoras prolongadas pueden poner en riesgo la sostenibilidad financiera de los programas públicos y aumentar la probabilidad de que los fondos de pensiones y de seguros sociales se vuelvan insolventes o requieran medidas correctivas drásticas.

Otra forma de evasión política consiste en mantener políticas migratorias restrictivas a pesar de la persistente escasez de trabajadores. En muchos países, la inmigración contribuyó históricamente a compensar la disminución de la población provocada principalmente por una fecundidad sostenidamente inferior al nivel de reemplazo.

Sin una inmigración suficiente, es probable que tanto la reducción de la población como el envejecimiento demográfico se aceleren en estas sociedades.

Los grandes cambios demográficos del siglo XXI, entre ellos la disminución de la población, el envejecimiento demográfico, la fecundidad persistentemente inferior al nivel de reemplazo, el aumento de la longevidad, la migración, los desplazamientos de refugiados y las presiones sobre los sistemas de asilo, están ampliamente documentados y son reconocidos.

Aun así, muchos gobiernos siguen priorizando los esfuerzos por revertir estas tendencias, mientras dedican comparativamente menos atención a adaptar sus instituciones y políticas públicas a las realidades demográficas de largo plazo.

En lugar de concentrarse principalmente en restaurar las condiciones demográficas del pasado reciente, los responsables de formular políticas podrían obtener mejores resultados si pusieran mayor énfasis en adaptar las instituciones económicas, fiscales y sociales a las realidades demográficas del presente y de las próximas décadas.

Este enfoque reconoce que el cambio demográfico no constituye un desvío temporal respecto de las normas históricas, sino una característica estructural que define al siglo XXI y que exige una adaptación institucional sostenida, más que intentos por restaurar las condiciones demográficas del pasado.

Joseph Chamie es demógrafo y consultor, exdirector de la División de Población de las Naciones Unidas y autor de numerosas publicaciones sobre temas de población, incluido su libro más reciente: “Niveles de población, tendencias y diferenciales».

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