La paradoja de la muralla biónica: el proteccionismo mediocre y la auto-cuarentena hegemónica

Sainete (del lat. sagina, engorde; fig. pieza cómica y corta): Obra dramática de carácter grotesco, ridículo y exaggerated que busca la risa fácil mediante la caricaturización de sus personajes. Puesta en escena ruidosa, de gran solemnidad fingida pero de nula sustancia, utilizada habitualmente para disimular la torpeza o la falta de argumentos de sus protagonistas.
Por Claudia Aranda
Mundo04 de septiembre de 2026 Pressenza

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(Imagen de Claudia Aranda)

Dicen que la historia no se repite, pero a veces rima con una falta de imaginación conmovedora. En el último capítulo del sainete geopolítico de Washington, la administración del presidente Donald Trump ha decidido que el gran enemigo a vencer en la frontera de la seguridad nacional no son los misiles hipersónicos ni los ciberataques invisibles, sino… los perros robóticos y los androides chinos que últimamente inundan TikTok sirviendo té boba, haciendo el aseo o preparándole la cena al perro de algún millonario excéntrico en Dubái.

A través de una maniobra de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) cargada de solemnidad burocrática, la Casa Blanca prohibió la importación y certificación de nuevos modelos de robots humanoides y cuadrúpedos procedentes de China —esos mismos que se despachan por miles desde el puerto de Shanghái—. El argumento: son troyanos de silicio listos para espiar. La realidad: es el recurso desesperado del mediocre que, viéndose incapaz de ganar la carrera tecnológica en la pista abierta, decide cambiar las reglas del juego y decretar que correr despacio es la nueva política oficial.

El mito del «diseñado en California» y la aceleración desmembrada

A los teóricos del reshoring y la soberanía tecnológica les encanta vender la fantasía del unicornio industrial: un mundo ideal donde el Norte Global diseña con la mente pulcra y el Sur/Oriente ejecuta con la mano sumisa. Es la nostalgia colonial reempaquetada en clave de microchip. Sin embargo, cuando se intenta trasladar el mito de Cupertino a la robótica encarnada (embodied AI), el chiste se cuenta solo.

Byung-Chul Han (2015), en La sociedad de la transparencia, plantea que el capitalismo contemporáneo ha mutado hacia un régimen donde la eficacia depende de la hipertransparencia, la fluidez y la eliminación de toda fricción en los procesos. Para Han, el valor ya no reside en la posesión estática de un bien o en el almacenamiento rígido de patentes, sino en la velocidad de circulación y la inmediatez operacional.

El modelo norteamericano, centrado en la especulación financiera y la propiedad intelectual pura, se topa aquí con una pared infranqueable: la robótica es una disciplina material. No se puede acelerar el software si el hardware no itera al mismo ritmo.

Es en esta grieta donde se evidencia el desfasaje. Mientras en Silicon Valley un prototipo de articulación o reductor armónico para un humanoide tarda diez semanas en pasar del render 3D al taller debido a la fragmentación de la cadena de suministros, en el Delta del Río Perla —esa gigantesca colmena mecatrónica entre Shenzhen y Dongguan— un ingeniero rediseña un motor a las nueve de la mañana y prueba el componente mecanizado a las cinco de la tarde. En términos de Han, China ha construido un ecosistema «transparente» a la innovación física: sin las fricciones logísticas transoceánicas ni la burocracia de patentes que asfixia a Occidente, permitiendo que la velocidad del proceso devore la acumulación estática.

Esta brecha se agrava cuando analizamos lo que Bernard Stiegler (2015) conceptualiza como la «proletarización» de la sociedad hiperindustrial. En La miseria del símbolo, Stiegler sostiene que la proletarización no es simplemente la explotación salarial, sino la pérdida sistemática del saber hacer (savoir-faire) cuando este es extraído del trabajador y delegado enteramente a máquinas o externalizado fuera de la matriz cultural y productiva.

Al deslocalizar la manufactura avanzada durante más de cuatro décadas para inflar las ganancias de Wall Street, Estados Unidos no solo exportó chimeneas y empleos de ensamblaje; regaló la memoria técnica de la especie. El saber hacer mecatrónico —el conocimiento tácito de cómo moldear aleaciones ligeras, calibrar sensores de par en masa o ajustar tolerancias de micras en un servomotor— ya no habita en Detroit ni en Massachusetts. Habita en Asia. Pretender recuperar ese know-how de la noche a la mañana a golpe de decreto o prohibiendo la entrada de robots chinos es el equivalente a pretender aprender a tocar la guitarra clásica prohibiendo la entrada de guitarras españolas en el país: una negación infantil de la curva de aprendizaje.

El «Efecto Boomerang»: Capitalismo de vigilancia y dispositivos de enclaustramiento

La historia económica es despiadada con la soberbia tarifaria. Ya lo vimos con los paneles solares y los vehículos eléctricos: la imposición de aranceles exorbitantes y barreras regulatorias para frenar la marea asiática no salvó a la industria local; la volvió indolente, cara e ineficiente. Las automotrices de Detroit continuaron fabricando SUVs a gasolina de 50.000 dólares mientras el resto del planeta aprendía a moverse en autos eléctricos chinos de 12.000. Con la robótica, la patética comedia se repite paso a paso.

Al bloquear a fabricantes de vanguardia y costo eficiente como Unitree Robotics, DEEP-Robotics o UBTECH —firmas chinas que hoy concentran entre el 70% y el 80% del mercado global de cuadrúpedos y androides comerciales de serie—, la administración norteamericana no está sofocando la innovación de Beijing; está condenando a sus propias universidades, laboratorios de IA y Pymes a pagar el triple por hardware menos evolucionado.

Aquí opera la tesis de Shoshana Zuboff (2020) sobre La era del capitalismo de vigilancia. Zuboff describe cómo la extracción y el minado continuo de datos conductuales se han convertido en la lógica dominante del poder económico moderno. Lo irónico es cómo Washington distorsiona esta tesis para sus propios fines: invoca el fantasma de la «extracción de datos» por parte del rival para justificar una intervención estatal autoritaria sobre su propio mercado.

En su afán por evitar que un perro robot chino mapee el suelo de una fábrica estadounidense, el Estado proteccionista establece un régimen de vigilancia y censura sobre sus propios ciudadanos, empresas y universidades. Zuboff advierte que el capitalismo de vigilancia no solo despoja la autonomía del usuario, sino que subordina la innovación a la lógica de la anticipación y el control.

Al prohibir la entrada de estas plataformas abiertas y económicas que hoy dominan casi todo el mercado mundial, la Casa Blanca no está protegiendo la privacidad de su gente; está privando a su comunidad científica del insumo básico para investigar, forzándola a someterse a los precios de monopolios locales protegidos.

Por su parte, Achille Mbembe (2011), en sus reflexiones sobre la Necropolítica y el gobierno de las fronteras, analiza cómo los imperios en declive recurren obsesivamente a la creación de «zonas de enclaustramiento» y muros institucionales cuando pierden la capacidad de proyectar su hegemonía de forma orgánica.

Para Mbembe, las fronteras modernas han dejado de ser meros límites geográficos para convertirse en dispositivos móviles de separación que intentan congelar el tiempo y contener los flujos globales que el propio imperio ya no puede dominar.

La prohibición de los androides y cuadrúpedos no es una demostración de fuerza imperial, sino la escenificación regulatoria de un enclaustramiento. Es el levantamiento de un muro biónico que pretende frenar la física del comercio internacional. Pero mientras Washington fortifica su frontera normativa, la realidad económica del resto del planeta sigue su curso.

Firme en su lógica, la industria china impedida de comercializar sus últimas iteraciones en suelo norteamericano no se detendrá a llorar. Reorientará su artillería comercial hacia Europa, América Latina, el Sudeste Asiático y Oriente Medio, ofreciendo sus plataformas a precios aún más agresivos. Mientras un gran almacén en Ohio intentará amortizar durante una década un robot local de 80.000 dólares que apenas camina con soltura, una planta logística en Brasil, Alemania o Vietnam automatizará sus operaciones con tecnología asiática de 15.000 dólares, capaz de correr, esquivar obstáculos y operar durante tres turnos seguidos.

Sentencia para un imperio atrincherado

Los muros nunca han servido para detener el viento; solo sirven para crear un microclima viciado dentro de ellos. La administración Trump, atrapada en la ilusión de que el mundo sigue respondiendo a la hegemonía del garrote y la patente, acaba de firmar una sentencia que la historia registrará con sarcasmo.

Al final de este sainete de vetos, paranoia y chovinismo regulatorio, la potencia que levantó el muro bajo la bandera triunfalista de la soberanía y la seguridad descubrirá una verdad incómoda: no aisló al rival del mercado mundial; se aisló a sí misma de la frontera de la eficiencia global. Y cuando decida asomarse por encima de su costosa e inútil muralla biónica, se dará cuenta de que el resto del planeta ya no habla su idioma, no usa sus precios y, sobre todo, camina a un ritmo que sus protegidos robots jamás podrán alcanzar.

 PRESSENZA

Referencias

* Han, B.-C. (2015). La sociedad de la transparencia. Herder Editorial.

* Mbembe, A. (2011). Necropolítica. Editorial Melusina.

* Stiegler, B. (2015). La miseria del símbolo: 1. La época hiperindustrial. Libros del Zorzal.

* Zuboff, S. (2020). La era del capitalismo de vigilancia: La lucha por un futuro humano en la nueva frontera del poder. Ediciones Paidós.

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