Va muriendo la naturaleza, ese bien preciado que no nos hemos cansado de exprimir, sin corresponder debidamente a su cuidado y protección. “Hace años que es deprimente vivir rodeados de mar y no poderte bañar con seguridad”, escribe la polifacética Graciliana Montelongo Amador, al borde del desespero, viendo pasar el tiempo sin que lleguen, por parte de quien corresponda, la soluciones, perdidas a menudo en esos vericuetos interadministrativos (por cierto, treinta entidades incumplen la evaluación de Transparencia y otras dieciocho la suspenden), cuando no en los jeroglíficos políticos que sirven para entretenerse, cada quien con sus razones y sus incompetencias, pero no para desatar los nudos y atender, por consiguiente, las demandas de la población, ya descreída al máximo.