El pueblo palestino no permitirá que el genocidio destruya sus esperanzas

Sostiene su resistencia frente al genocidio y la ocupación israelí, haciendo del arte y la cultura espacios vivos de memoria, dignidad y esperanza incluso en medio de la devastación.
Una mirada atras... Hemeroteca El Sol Noticias07 de abril de 2026 Instituto Tricontinental de Investigación Social
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Queridas amigas y amigos,

Saludos desde las oficinas del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

En la Actualización de la situación humanitaria n.º 340 de la Organización de las Naciones Unidas sobre la Franja de Gaza (12 de noviembre de 2025), se incluye una sección dedicada a la angustia que sufren más de un millón de niñas y niños palestinos en Gaza. Entre ellxs, los síntomas más frecuentes observados según esta evaluación son: “conductas agresivas (93 %), violencia hacia niñas y niños menores (90 %), tristeza y retraimiento (86 %), alteraciones del sueño (79 %) y deserción escolar (69 %)”. Las niñas, niños y adolescentes constituyen cerca de la mitad de la población de Gaza, donde la edad promedio es de 19,6 años. A muchas y muchos de ellos les llevará muchísimo tiempo superar estos síntomas. No se vislumbra un final para las condiciones concretas que los producen, es decir, el genocidio y la ocupación ininterrumpidos.

Las niñas, niños y adolescentes se enfrentan a ataques extremos por parte de las fuerzas israelíes, algunos de ellos documentados en un informe reciente de Defense for Children International [Defensa Internacional  de los niños, niñas y adolescentes]. Por ejemplo, el 22 de octubre de 2025, Saadi Mohammad Saadi Hasanain, de 16 años, y un grupo de otras y otros menores fueron a la casa destruida de Saadi para recoger algunas de sus pertenencias y leña. Los cuadricópteros israelíes abrieron fuego contra ellxs, forzandolxs a dispersarse. Dos de los chicos escaparon del ataque. Saadi y otro niño no pudieron hacerlo. A la mañana siguiente, la familia de Saadi encontró el cuerpo del otro niño, con la cabeza aplastada. A su lado hallaron el teléfono de Saadi, sus zapatos y sus pantalones. Su camisa estaba amarrada al cuerpo del niño asesinado. No hay noticias de Saadi y su familia teme que haya sido capturado por las fuerzas israelíes.

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Nuestro último dossier, A pesar de todo: resistencia cultural por una Palestina libre, incluye una afirmación poderosa del joven artista gazatí Ibraheem Mohana, de 18 años, quien alcanzó la edad adulta en medio del genocidio: “Comenzaron la guerra para matar nuestras esperanzas, pero no lo permitiremos”. No lo permitiremos. Esa negativa es de una sensibilidad poderosa.

El título del dossier hace referencia a las palabras del actor y cineasta palestino Mohammad Bakri: a pesar de todo, incluido el genocidio, la cultura palestina perdurará y florecerá. La cultura palestina no solo sobrevivirá al genocidio. Serán los recursos culturales del pueblo los que ayudarán a sanar a las y los niños y ofrecerles un camino de regreso a cierto grado de cordura. El arte es un refugio seguro, una práctica que permite a un pueblo enfrentar un trauma que no puede asimilarse en su vida colectiva. El trauma impuesto al pueblo palestino no es necesariamente un acontecimiento, es un proceso, toda una forma de vida. La vida palestina, de hecho, está marcada por el trauma. El arte es un refugio frente a ese trauma. No es casual que tantas niñas y niños que sobreviven a la guerra y a los estragos sobre sus cuerpos y mentes encuentren una medida de sanación a través de terapia artística.

Hace algunos años, en Palestina, entablé una conversación con artistas sobre el papel del arte en un pueblo comprometido en una lucha por la libertad. El tema central de nuestro intercambio era si todo el arte palestino debía tratar sobre la ocupación o si podía abordar otros asuntos. El consenso fue que las y los palestinos no tienen ninguna obligación de “humanizarse” ante quienes son cómplices de la ocupación ni tampoco de producir solo arte sobre la ocupación. “¿Por qué no puede la o el artista crear arte para su propio placer, o para quienes disfrutan del arte, o para mostrar que podemos sobrevivir frente a la aniquilación?”, preguntó Omar, un joven artista de Jenin.

El arte puede ser una negativa a ser borradxs, un testimonio contra los relatos imperialistas y un intento de mantener viva la memoria histórica. “Lo que sea que pueda usar para protegerme —pincel, pluma, arma— son herramientas de autodefensa”, escribió el fallecido novelista palestino y militante del Frente Popular para la Liberación de Palestina, Ghassan Kanafani. Varias y varios artistas palestinos señalaron que en Sudáfrica se produjeron murales, música, poesía y teatro como parte de la lucha contra el apartheid (que documentamos en nuestro dossier sobre el Medu Art Ensemble). La impronta de la lucha por la dignidad humana no solo está presente en los campos de batalla de la liberación nacional, sino también en los corazones de los pueblos que aspiran a conquistar su libertad, incluso cuando otros buscan negarles ese derecho. La lucha de lxs oprimidxs por su libertad es una lucha por revitalizar los recursos culturales en una fuerza democrática propia.

Hanan Wakeem, vocalista principal de la banda Darbet Shams [Insolación], dijo a Tings Chak en una entrevista para el dossier que durante los primeros meses del genocidio ella y otrxs palestinxs “estuvieron marcados por un shock total. Muchxs artistas no podían cantar, moverse ni crear. Hubo preguntas constantes sobre el rol del arte en un tiempo de genocidio”, añadió. “¿Es apropiado hacer música? Si la canción no es sobre la guerra, ¿debería siquiera compartirse?”. Estas preguntas persisten y se repiten una y otra vez cuando el espacio y el tiempo se desmoronan en un genocidio.

Justo antes que comenzara el genocidio, Darbet Shams lanzó una canción llamada Raqsa (رَقْصة), que significa “danza”. La letra es sublime:

Pies arraigados en la tierra,
cabeza levantada hacia las estrellas.
Ojos que hacen que la tristeza se desvanezca,
corazón grabado en la luz del sol.

Vivimos del aliento que nos sostiene,
para iluminar caminos que se han oscurecido.
Un pensamiento moldeado por la mirada del pueblo,
una sonrisa que oculta su dolor.

Despierta la historia que vive en nosotrxs
y la llena de héroes.
Soplamos una melodía en las costillas de la tierra
y forjamos una patria que refleja quiénes somos.
Pensaba en esta canción mientras leía el dossier, en lo profundamente poética y política que permanece, incluso anticipando un genocidio que parece ser la condición permanente del pueblo palestino desde 1948.

Desde el 7 de octubre de 2023, las bombas israelíes han caído sobre los espacios de reproducción social palestina (panaderías, botes de pesca, campos agrícolas, hogares, hospitales) y sobre las instituciones de la vida cultural palestina (universidades, galerías, mezquitas y bibliotecas). Una de estas instituciones es la Biblioteca Pública Edward Said en el norte de Gaza, que recibía a decenas de visitantes cada día. El poeta Mosab Abu Toha fundó la biblioteca en 2017, y en 2019 decidió recaudar fondos para abrir una segunda sede en la Ciudad de Gaza, que contaba con un laboratorio de computación donde niñas, niños y personas adultas podían aprender a usar programas informáticos y diseñar sitios web.

En noviembre de 2023, las fuerzas israelíes bombardearon la Biblioteca Municipal de Gaza. En los meses siguientes bombardearon también las universidades públicas, destruyendo sus bibliotecas. Para abril de 2024, 13 bibliotecas públicas habían sido arrasadas. La destrucción de bibliotecas en Gaza llevó a la formación de Librarians and Archivists with Palestine [Bibliotecarios y archivistas con Palestina], organización que ha trabajado para documentar la devastación. Meses después, las fuerzas israelíes bombardearon la Biblioteca Pública Edward Said y la destruyeron. En su declaración, Abu Toha escribió: “Todos los sueños que amistades en Gaza y en el extranjero y yo mismo estábamos trazando para nuestras niñas y niños han sido quemados por la campaña genocida de Israel para borrar Gaza y todo lo que respira vida y amor”.

Mientras escribíamos La alegría de leer, sobre bibliotecas públicas en Kerala (India), China y México, pensábamos también en las bibliotecas similares de Gaza, muchas de ellas construidas y administradas por voluntarixs. El ataque de Israel contra las bibliotecas públicas no es un accidente: destruye espacios que rescatan la vida colectiva, que fomentan el pensamiento crítico, el orgullo por el patrimonio palestino y una conciencia que brinda la confianza para soñar con el futuro. Como nos dijo Paloma Saiz Tejero, de la Brigada para leer en libertad, para ese dossier: “Los libros nos permiten entender la razón que nos constituye, nuestra historia y hacen crecer nuestra conciencia más allá del espacio y el tiempo que fundamenta nuestro pasado y presente. […] Gracias a los libros aprendemos a creer en lo imposible, a desconfiar de lo evidente, a exigir nuestros derechos y a cumplir con nuestros deberes”. La ocupación no quiere que el pueblo palestino crea en lo imposible. Así como se propone destruir sus hogares, hospitales y vidas, se pretende destruir su capacidad de soñar.

Abu Toha construyó la Biblioteca Pública Edward Said después del bombardeo de Gaza que duró 51 días en 2014. Durante el bombardeo, el poeta Khaled Juma escribió quizás una de las elegías más poderosas sobre la supervivencia palestina:

Oh, niñas y niños traviesos de Gaza.
Ustedes que constantemente me molestaban con sus gritos bajo mi ventana,
ustedes que llenaban cada mañana de prisa y caos,
ustedes que rompieron mi jarrón y robaron la flor solitaria de mi balcón,

Regresen –
y griten cuanto quieran,
y rompan todos los floreros,
roben todas las flores.
Regresen.
Solo regresen.
Solo regresen.

Cordialmente,

Vijay

Instituto Tricontinental de Investigación Social

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