
Cuidar por amor, cuidar por dinero

“Cuando sea mayor, me voy a una residencia y punto”, me repetía mi madre siempre. Y lo sigue diciendo. Entonces lo veía bien. He tenido cuatro abuelas fruto de dos divorcios y tres matrimonios. La vejez me obsesiona desde los 13 años, cuando me quedé sola con mi madre y siendo hija única. Así que la propuesta futura de tener que cuidar a mi madre y ver las alternativas de mis cuatro abuelas hizo que la cabeza me petara un poco con el tema. Una de estas abuelas, la Sole, había decidido irse a una residencia donde tenía varias amigas. Cerca de su casa, en Bilbao, donde, como era autónoma, podía salir y entrar como quisiera. Cuando la visitaba, solía estar jugando a las cartas con sus amigas, feliz. No sé qué habría pasado si hubiera estado peor. Murió de un día para otro, cuando todavía era una mujer lúcida y con mucha autonomía, o así lo recuerdo. Dejaba a su hija soltera, la única mujer de tres hermanos, sin quehacer. Habían vivido juntas siempre. Ella la visitaba en la residencia, pero en el momento en que mi abuela se fue, tuvo que comenzar a vivir sola. Quedan pocas de esas mujeres solteras y sin criaturas dedicadas exclusivamente al cuidado de las personas mayores de la familia. La mayoría trabajamos. Muchas no tendremos descendencia que nos cuide.
Después le llegó el momento a otra de mis abuelas, la Tere, la más mayor de las cuatro, a la que la familia decidió ingresar en una residencia porque no podía seguir viviendo sola y aquella parecía la mejor opción. Que la cuidaran por dinero. La residencia también estaba cerca de su casa, en Haro, La Rioja. Pero, cuando iba, la perspectiva era muy diferente. Mi abuela tenía entonces principio de alzheimer. Las mujeres con las que compartía mesa en la hora de la comida, por ejemplo, tenían demencia o situaciones similares y estaban ahí, aparcadas, comiendo como podían. Cuando iba era la nieta de todas. Todas me sonreían, todas querían afecto, no hablaban mucho. Las trabajadoras no daban abasto. Mi abuela se deterioró rápidamente en ese entorno y, por ello –y porque económicamente era viable–, se decidió llevarla de nuevo a casa y que la cuidara la mujer de mi padre, auxiliar de enfermería. Que la cuidara “por amor”, se entiende, pero en realidad ese amor era “el rol establecido como mujer de la casa”.
Aquello era duro para ambas. Cuidar a alguien con una enfermedad como el alzheimer es muy complicado, así que la situación duró poco tiempo. Se decidió que volviera a su casa y se contrataron varias cuidadoras. Lo digo en plural por dos motivos: primero, porque se contrataban a través de una empresa, así que los fines de semana y festivos solían venir cuidadoras de relevo que no eran la habitual. Segundo, porque por aquella casa pasaron al menos cuatro trabajadoras internas distintas. Ser interna es un trabajo esclavo, duro, complicado, más con una mujer que tenía brotes y cada vez menos capacidades; gestionando, además, a sus tres hijas y a su hijo que, aunque no vivían en la casa, pasaban por allí y daban su opinión. A veces, parte de la familia se quedaba a dormir: hijas, maridos, nietos y nietas. Es la casa del pueblo, todo el mundo tiene acceso.
“Yo no quiero que me cuiden por amor, prefiero que lo hagan por dinero”, me dijo una activista feminista, ya jubilada. Habíamos estado hablando también sobre la huelga de trabajadoras de residencias de Bizkaia. Cubrir la lucha de estas obreras de los cuidados había reavivado mi obsesión por la vejez. En resumen, el modelo neoliberal de cuidados se basa en megaconstrucciones, residencias grandes de varias plantas para poder atender a más gente con el mínimo número de trabajadoras, ubicadas todas en ese megaedificio. Esto amplía las ratios –número de personas a atender por cada trabajadora– disminuyendo la calidad asistencial y abaratando los costes de personal. Además, al ser construcciones grandes, se sitúan a las afueras de las ciudades, lo que complica las visitas de familiares y amistades. Pero a quién le importa, la vejez es sin agencia, sin gustos, sin relaciones, sin amores, ni amantes ni noviazgos.
"Para sacar beneficio, las residencias liberalizadas reducen la inversión en personal, salarios, maquinaria y hasta comida"
Las residencias han sido liberalizadas en muchos casos, lo que quiere decir que se pagan con el dinero público y las pensiones de sus residentes –o de sus familias si la pensión no llega–, pero las gestionan empresas privadas. Para sacar beneficio reducen la inversión en personal, salarios, maquinaria y hasta comida. Lo de la comida de las empresas de cáterin en las residencias da para otro artículo de terror. Total, pagamos lo mismo y recibimos un servicio peor.
Y, si las tías solteras dedicadas al cuidado ya no existen, si el de interna nos parece un trabajo esclavo y si el modelo residencial es este, ¿qué nos queda?
La independencia radical, la robótica y la soledad
En la pantalla se ven dos imágenes. Por un lado, una mujer de unos 30 años tumbada en una cama. Las piernas en alto. Sola. En un espacio de paredes y puertas blancas. Acaba de ser inseminada. En la otra, un hombre hace movimientos repetitivos con el brazo frente a una pantalla en la que se intuye una película porno. Está en un banco de semen. Se oye una voz en off de hombre diciendo que le parece una buena idea ganar algo de dinero y ayudar a una mujer que quiera ser madre sola.
La imagen es del documental La teoría sueca del amor. En él se explica que en Suecia se entienden los cuidados como una carga para las mujeres que ahonda en la desigualdad de género. Para liberarlas, se propuso emanciparlas radicalmente de estas tareas. La teoría sueca del amor entiende la independencia absoluta como el paradigma de la felicidad. El documental cuenta cómo esta independencia se sostiene de forma pública y profesional –un ejemplo de “cuidar por dinero” – y termina transformándose en soledad. Un anciano ha muerto solo en su casa. Los servicios sociales quieren buscar a su hija, saben que la tiene, pero no consiguen dar con ella. El vínculo se ha roto por completo.
El documental da a entender que el modelo de la independencia total no ha sido lo exitoso que se podría pensar. Aun así, no parece que el modelo global de cuidados vaya a ir por otros derroteros, sino a un paradigma similar, pero basado en la robótica.
“El mayor problema, probablemente, será la soledad”
“El mayor problema, probablemente, será la soledad”, dice un experto en el documental Límites éticos para la inteligencia artificial. La cinta muestra un robot que algún día podrá ser el encargado de los cuidados. Esta tecnología, dicen, se utilizará en residencias de personas ancianas; y en Japón, cuentan, los robots y la inteligencia artificial se dan por sentado. Robots de asistencia. Birgit Graf, del Instituto Fraunhofer, otra experta que aparece en el documental, explica que no le gusta el nombre porque no asisten. No proporcionan cuidados del cuerpo ni atención médica. “Creo que estas son actividades que incluyen las relaciones interpersonales, las emociones. Y un robot no puede reemplazar esto”, sigue Graf. En el documental, de hecho, se dice que los robots son más bien personas que asisten a quienes cuidan, no cuidadores en sí. Pero auguran otro futuro. Así que pongámonos en el escenario futurista más avanzado. Uno en el que las máquinas mantienen relaciones interpersonales. Un filósofo que sale justo después en la película señala esa dicotomía entre cuidar por amor o cuidar por dinero, pero la plantea en otros términos. ¿Qué prefiere la gente: que le limpie el culo un robot o que lo haga una persona? ¿Le parece degradante que lo haga su hijo, por ejemplo, o le parece peor que un robot le pregunte por las medicinas que tiene que tomar?
Si voy a envejecer sola rodeada de thermomixes y rumbas pululando por mi casa, pues no lo veo
Si me imagino un mundo ideal, es un lugar donde las máquinas hacen el trabajo que nadie quiere hacer y donde el resto vivimos haciendo lo que nos place con una renta básica universal. Claro que en ese mundo tecnoptimista no estoy teniendo en cuenta las limitaciones que el medioambiente pone a la tecnología: no podemos producir tanto. Pero, incluso en el supuesto de que pudiéramos y tuviéramos robots suavecitos y agradables que cocinaran, nos leyeran las noticias y nos cambiaran el pañal, habría todavía un vacío por llenar: no se trata tanto de que te cuiden por amor, sino de que te quieran. Es decir, si me cuida un robot, en el mejor de los escenarios, pagado por los impuestos de todas, y ya no hay nadie que tenga que trabajar de interna o correr frenética entre pasillos y escaleras para duchar y vestir a cientos de personas en cinco minutos, me parece estupendo. Pero si vamos a sustituir por completo las relaciones de amor por cuidados pagados a la sueca, aunque sean mediante la compra de robots, y voy a envejecer sola rodeada de thermomixes y rumbas megavanzadas pululando por mi casa, pues no lo veo.
Quizá el asunto esté en qué entendemos por cuidar. Cuidar es que te limpien cuando no puedes hacerlo, pero también es tener una conversación, reír, llorar, beber juntas, ver una peli y comentarla, dar un paseo, hacer una caricia y dar un abrazo. Y si todo esto algún día lo pudieran hacer máquinas, no lo harían porque quieren, sino porque están programadas para ello. Y el mayor cuidado que necesitamos es saber que alguien nos quiere. Que nos aprecia y nos sonríen porque sí, no por una programación familiar que les obliga a cuidarnos, ni por una programación económica que les obliga a ser la trabajadora interna, ni por una programación robótica superdesarrollada. Si esos robots fueran tan avanzados que pudieran elegir querer, quizá querrían otras cosas, reivindicarían sus derechos y estaríamos en las mismas, la verdad.
Los planes con amigas, cohousings seniors y otras expresiones de comunidad
“Yo sí quiero cuidar a mi padre y a mi madre. Volverme al pueblo cuando toque”, me dijo una amiga. Cuidar por amor, en el pueblo, con base en una familia, sigue siendo la opción para algunas. No tiene criaturas ni se plantea, por ahora, tenerlas. Así que, aunque el modelo más clásico le convenza, es consciente de que no le serviría para ella: “Que me cuiden mis sobris, mi hermana ha tenido tres, alguien me tocará”, dice riéndose. El caso es que, aunque el modelo por amor pueda seguir funcionando en muchos casos, algunas ya sabemos que es inviable.
El edificio está entero vacío y pone se vende. Parece que necesita una reforma. “Esta casa la deberíamos comprar ya entre varias”, me dijo otra amiga. Era un deseo más que una propuesta firme, porque sabemos que ahora mismo no podemos invertir dinero en comprar un bloque de pisos donde convivir. Nos interesa el cohousing, que se llama ahora a lo que siempre ha sido vivir en comunidad o compartir casa. Sabemos que ya hay ejemplos. En Pikara Magazine publicamos el reportaje ‘Cohousing senior, el sueño de la vejez dorada hecho realidad’. Shirley Meredeen contaba cómo había conseguido, después de una lucha contra el paternalismo y el machismo, hacer realidad el sueño que había comenzado con unas amigas, de las que solo queda ella. Meredeen comparte ahora con otras mujeres una especie de urbanización: las fotos muestran una hilera de chalets que dan a un jardín común, habitaciones luminosas y amplias y un huerto. La idea es estupenda, pero lo único blanco no es el espacio. Todas ellas lo son. Es cierto que las casas son de alquiler social, lo que les costó muchas conversaciones con las instituciones. Aun así, pienso en qué pasa con quienes no tienen, ya no dinero para invertir en ese sueño de la vejez dorada, sino tampoco una red estable de gente con la que comprometerse que, a su vez, también tenga recursos para pelear por un espacio así.
Todas las respuestas de mis amigas fueron que querían vivir con colegas
De hecho, al plantearme este artículo lancé esta pregunta en varios grupos de WhatsApp: ¿cómo os planteáis vuestra vejez cuando necesitéis asistencia?
Todas las respuestas de mis amigas –solteras o en pareja, pero sin criaturas ni idea de tenerlas– fueron que querían vivir con colegas. Unas en el campo, otras en la ciudad. Unas compartiendo una casona, otras, teniendo cada una su casa o su espacio cerca de las otras para compartir gastos y tener lugares comunales donde encontrarse.
Ninguna nos hemos comprometido aún con nadie. Probablemente, no tenemos claro dónde vamos a vivir cuando llegue el momento y de quién nos vamos a rodear para entonces o con qué recursos contaremos. La vida, hoy en día, es inestable y el trabajo y la ciudad pueden cambiar. Ninguna hemos empezado un plan de ahorro para ese futuro. No sé si lo vemos cerca o lejos, pero la mayoría –entre los 30 y los 50 años– no puede permitírselo ahora mismo.
Mi amiga S y yo nos planteamos tomar un barrio. Bueno, dos. Están muy cerca el uno del otro, en Bilbao. Es donde, por ahora, vivimos la mayoría de nosotras, de las que formamos esta red de amigas y conocidas que nos encontramos en los espacios, en los bares, en los conciertos, en las exposiciones y en los mercadillos. Si asumimos que seguiremos viviendo aquí, nos planteamos una red de cuidados: contratar a personal entre varias para que nos atienda pudiendo pagar así contratos estables y dignos. Vivir cada una en nuestra casa –unas solas, las otras, como ahora, compartiendo–, pero encontrarnos juntas en los lugares del barrio o en nuestras casas. Como ahora, pero con gente cobrando por cuidarnos. Nos cuidarían por dinero, pero en condiciones dignas. El amor sería, como ahora, entre nosotras.
Somos conscientes de que esta opción tampoco es viable para todas. Hay quien no puede permitirse pagar los cuidados ni compartiendo gastos. Hay quien no tiene esta red. Por eso, seguiremos peleando por un sistema público de cuidados de calidad, uno que no esté orientado al beneficio sino a la vida, como pide el movimiento feminista vasco. Lo seguiremos pidiendo, pero tenemos que seguir pensando, también, cómo queremos que sea ese sistema en el que el cuidado por dinero y por amor se conjuguen. Donde podamos tener agencia, afectos, relaciones de todo tipo. Un sistema no paternalista donde seguir disfrutando hasta el final con amigas, familia y amantes. Y para el que no sea necesario invertir un dineral ni sacrificar a las trabajadoras de residencias o del hogar.



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