Quién decide qué significa el hijab

Una mujer camina por la calle con un velo que cubre su cabello. A su alrededor, las miradas se detienen, interpretan, suponen. Lo que para ella puede ser una elección personal, para otros se convierte rápidamente en un símbolo cargado de sentidos. En escenarios de conflicto, esas lecturas suelen intensificarse y volverse aún más simplificadoras.
Por Micaela Rafaniello
 
Mundo05 de junio de 2026 Ornitorrinco

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Su uso estuvo profundamente atravesado por procesos políticos: en Irán, por ejemplo, el velo fue prohibido en la década de 1930 durante el gobierno de Reza Shah, y tras la Revolución Islámica de 1979 pasó a ser obligatorio en el espacio público. En Turquía, en cambio, su uso fue restringido desde la década de 1980 hasta principios del 2000 en instituciones estatales en nombre del laicismo, hasta que esas limitaciones comenzaron a revertirse en los últimos años.

Aun así, con el paso de las décadas su significado fue cambiando. Hoy, muchas mujeres lo eligen por motivos que van desde la fe y la moda hasta la reafirmación cultural frente a la discriminación.

Cómo cambió el significado del hijab

Muchas mujeres quedan atrapadas en el centro de la escena de conflictos armados, y en situaciones de extrema vulnerabilidad. Esto es lo que ocurre en Afganistán desde 2022, cuando los talibanes retomaron el poder. Desde entonces, se han vulnerado sistemáticamente los derechos adquiridos por mujeres y niñas en el país.

Si bien existen países donde la vestimenta está regulada, para millones de mujeres el velo es un símbolo de identidad cultural y devoción personal. En las últimas décadas, algunos países occidentales intentaron restringir su uso en nombre de la modernidad y la laicidad, como ocurrió en Francia con la prohibición del velo en escuelas públicas en 2004 y del niqab en espacios públicos en 2010, o en Suiza, donde en 2021 se aprobó mediante referéndum la prohibición de cubrirse el rostro. Estos debates también tuvieron fuerte repercusión en otros países europeos como Bélgica y Dinamarca, que adoptaron medidas similares. Sin embargo, estas políticas y controversias muchas veces ignoran que, para muchas mujeres, usar el velo es un acto de resistencia y una forma de cuidar su propia historia.

Vanesa Vázquez Laba es socióloga,y señala a partir de su investigación con mujeres migrantes en su libro Voces desde los márgenes. Mujeres inmigrantes, violencia y ciudadanía en Mallorca-España, que “ese símbolo es parte de la identidad. Esas mujeres usan esos atuendos como forma de preservar su cultura y su identidad en países occidentales”. En su texto, Laba explica que “la decisión de las mujeres no implica necesariamente pasividad u opresión; ya que se expresa como resultado de una reflexión personal, en lugar de presentarse como una imposición. Cuando las mujeres hablan, el hijab se vuelve una elección personal y para nada una obligación patriarcal o fundamentalista”.

Melody Amal Khalil Kabala es creadora del Podcast “En tus zapatos”, y vicepresidenta de Islam para la Paz. En línea con esto, explica que  “el hijab es una prenda que es tanto un símbolo espiritual como un símbolo político y también tiene sus controversias a través de cómo lo usamos los seres humanos, no únicamente las mujeres porque hay leyes determinadas por los hombres en donde hablan de que hay una obligación de usarlo y si no, se sancionan a estas mujeres por no vestirlos”. Y agregó: “Quedan muy pocos países en el mundo en donde es obligatorio en su totalidad. Por eso yo digo, si lo vemos desde el sentido islámico, desde la visión, desde la misericordia divina, el hijab es visto como una elección. Es visto como una protección, como una recomendación”.

***

En 2013 se creó el Día Mundial del Hijab, que se celebra cada 1 de febrero, con el objetivo de visibilizar y apoyar el derecho de las mujeres musulmanas a decidir sobre el uso del velo. La iniciativa fue impulsada por Nazma Khan, una inmigrante que sufrió episodios de acoso en una escuela de Nueva York debido a su hijab. A partir de esa experiencia, promovió un espacio para compartir historias y mostrar distintas formas de usar esta prenda, buscando generar mayor comprensión y respeto en torno a su significado. Actualmente, World Hijab Day cuenta con una página web muy activa con información disponible y una sección que funciona como blog donde hay una serie de notas, artículos.

Pensar el hijab como símbolo implica aceptar que no tiene un único significado universal. En contextos donde su uso es libre, puede representar pertenencia, identidad o incluso una forma de habitar el espacio público desde una identidad propia. Para muchas mujeres, además, su uso se vincula con la noción de modestia presente en el islam. Sin embargo, cuando su utilización es impuesta, ese mismo símbolo se vacía de elección y se transforma en una imposición política. La tensión aparece justamente en ese límite: cuándo es decisión y cuándo es mandato.

Esta ambigüedad también se ve reflejada en el terreno de la moda. En los últimos años, grandes marcas de lujo incorporaron el hijab a sus colecciones, especialmente en líneas orientadas a mercados de Medio Oriente. Lejos de ser un gesto puramente inclusivo, esta incorporación abre nuevas preguntas: ¿es una forma de visibilización o una apropiación comercial de un símbolo cultural y religioso? 

Algunas figuras impulsaron su visibilización dentro de la industria, como Ibtihaj Muhammad, primera atleta olímpica de Estados Unidos en competir con hijab, lo que contribuyó a ampliar su aceptación en el espacio público. Algo similar sucede con la influencer Mariah Idrissi, quien promueve el modest fashion como una forma de expresión personal y cultural. Sin embargo, también existen voces críticas. Otras mujeres señalan que la industria puede vaciar de sentido al hijab al incorporarlo como tendencia, desligando de su dimensión religiosa y cultural. Estas tensiones muestran que, mientras para algunas mujeres musulmanas ver su forma de vestir representada en la industria global implica un avance en términos de reconocimiento, para otras constituye una banalización que lo convierte en un accesorio más dentro de una lógica de consumo.

Un claro ejemplo es la firma italiana Dolce & Gabbana, que en 2020 presentó su colección primavera-verano de hijabs y abayas estampadas con margaritas, limones y rosas rojas. En esa misma línea, marcas deportivas como Nike lanzaron hijabs especialmente diseñados para atletas musulmanas, incorporando materiales técnicos que permiten compatibilizar la práctica deportiva con la vestimenta religiosa. A su vez, en 2019, Michael Kors presentó su primer hijab como parte de una colección primavera-verano orientada al mercado de Medio Oriente, consolidando la presencia de esta prenda en el universo del lujo global.

El crecimiento de este segmento dentro de la industria es importante: el mercado de la llamada “modest fashion” alcanzó los 327 mil millones de dólares en 2023 y se proyecta que supere los 433 mil millones para 2028, lo que explica el interés creciente de las grandes marcas por este tipo de prendas.

La incorporación del hijab en colecciones de lujo y líneas deportivas marca un cambio en la forma en que esta prenda es percibida a nivel global: ya no aparece únicamente asociada a la religión o a la política, sino también al consumo, la estética, la tendencia, y el estatus social.En redes sociales, por ejemplo, muchas creadoras de contenido muestran distintas formas de usarlo, combinándolo con estilos urbanos, deportivos o de alta costura.

Un caso representativo es el de Nesma Elgohary, quien comparte en sus redes distintas formas de integrar el hijab a looks contemporáneos, combinando prendas tradicionales con tendencias actuales. Sus publicaciones generan miles de interacciones y comentarios, reflejando el interés que despiertan estos contenidos y cómo el uso del hijab circula y se resignifica también en el entorno digital.

Es así como comenzó a consolidarse lo que se conoce como “modest fashion”, una tendencia que propone formas de vestir que cubren el cuerpo sin dejar de lado el diseño, la estética y la expresión personal. Lejos de una imagen uniforme, esta moda incluye estilos diversos y adaptables, que responden tanto a elecciones culturales como a búsquedas individuales dentro de la moda contemporánea.

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En los últimos años, la industria de la moda comenzó a mostrar ciertos cambios en sus formas de representación, incorporando nuevas identidades y cuestionando sus estándares tradicionales. Algunas pasarelas internacionales se convirtieron en escenarios de transformación: frente a un público acostumbrado a una estética homogénea, la aparición de Halima Aden con hijab generó sorpresa y atención, marcando un punto de inflexión.

Su trayectoria refuerza este cambio: fue la primera mujer en usar hijab en el certamen Miss Minnesota USA 2016 y luego ganó visibilidad internacional al participar en campañas y editoriales, incluyendo la edición de trajes de baño de Sports Illustrated, donde posó con hijab y burkini.

Su presencia en pasarelas internacionales y campañas publicitarias contribuyó a ampliar su representación. Diseñadores y modelos como ella, llevaron estos estilos a desfiles realizados en ciudades como Nueva York, Milán o Tokio, desafiando los estándares tradicionales de la industria y promoviendo nuevas formas de inclusión.

En 2016 la periodista estadounidense de origen libio Noor Tagouri se convirtió en la primera mujer en aparecer con hijab en la revista Playboy, en una edición que buscaba ampliar las formas de representación femenina.

Pero esta transformación no se interpreta de la misma manera por todos. Las opiniones sobre la incorporación del hijab en la moda global son diversas y, en muchos casos, dependen de la experiencia directa de quienes lo usan.

Desde adentro de la comunidad musulmana, estas incorporaciones no siempre son leídas como problemáticas. “La verdad que en relación a la incorporación del hijab en la moda global, yo no lo veo como una apropiación cultural. A mí me parece que justamente le está dando la posibilidad a las mujeres que visten el velo o ropa recatada, para poder vestirse con ropa, con vestimenta a la moda, si ellas quisieran, incluso adaptada a sus actividades”, opina Kabalan.

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Vázquez Laba propone correrse de una lectura simplificada y observar los cambios generacionales y culturales. “Lo saca de la carga de ser un símbolo de la opresión, y estas mujeres se lo han apropiado y lo han resignificado en estos tiempos”.

En sociedades donde las mujeres enfrentan discriminación por su origen o religión, usarlo puede convertirse en un acto político en sí mismo: una forma de reafirmar su identidad frente a la presión por asimilarse. Así, el mismo gesto de cubrirse el cabello puede ser leído de maneras opuestas según el contexto en el que ocurre.

Nuevas lecturas de una prenda global

En distintos países se avanzó con regulaciones que prohíben el uso del velo en espacios públicos, instituciones educativas o edificios estatales. Estas medidas suelen justificarse en nombre de la laicidad, la seguridad o la igualdad de género. Francia fue pionera en este camino al aprobar en 2010 una ley que prohíbe el uso del velo integral, como el burka o el niqab, en la vía pública, en línea con su tradición de laicidad estricta. A partir de entonces, otros países europeos como Bélgica, Austria, Dinamarca, Países Bajos, Alemania y Bulgaria implementaron prohibiciones totales o parciales, en general centradas en impedir cualquier prenda que cubra completamente el rostro.

 En Alemania, por ejemplo, no existe una prohibición general, pero sí restricciones específicas para funcionarias públicas o en determinados ámbitos como la conducción o algunas instituciones educativas. Italia, por su parte, aplica limitaciones basadas en una ley previa que impide ocultar el rostro en espacios públicos, mientras que en España el debate sigue vigente con iniciativas políticas que buscan avanzar en esa dirección.

En este punto, la socióloga Karina Bidaseca advierte que muchas de estas lecturas están atravesadas por lo que define como una “retórica salvacionista”, es decir, una narrativa que “consistía en pensar desde incluso el feminismo blanco hegemónico, supremacista que es funcional a las invasiones colonialistas de Occidente en Oriente, como alegando que van a salvar a las mujeres oprimidas de Oriente de sus varones”.

Más allá de Europa, este tipo de restricciones también aparece en distintos contextos, aunque con fundamentos diversos. En algunos casos, se justifican en razones de seguridad; en otros, responden a disputas políticas, tensiones internas o a la intención de definir qué prácticas religiosas son consideradas propias y cuáles ajenas dentro de una tradición local.

Sin embargo, todas estas medidas comparten un mismo punto de tensión: al intentar “liberar” a las mujeres de una supuesta imposición, terminan restringiendo su capacidad de elegir. En lugar de ampliar derechos, establecen nuevos límites sobre qué pueden o no pueden hacer con su propio cuerpo.

Este tipo de políticas refuerza la idea de que la autonomía femenina puede ser intervenida tanto por imposición como por prohibición. En ambos casos, la voz de las mujeres queda desplazada por decisiones externas que buscan definir qué es lo mejor para ellas. El problema, entonces, no es únicamente el velo, sino quién tiene la autoridad para decidir sobre su uso.

Volver a poner el foco en la autonomía permite salir de las simplificaciones. Ni todas las mujeres que usan hijab están oprimidas, ni todas las que no lo usan son necesariamente libres.

Bidaseca cuestiona esa asociación automática entre vestimenta y opresión: “Las mujeres árabes no son oprimidas porque lleven un velo, porque vistan de tal manera, porque tampoco si nosotros pensáramos en que esa vestimenta es símbolo de opresión, tendríamos que pensar en otras vestimentas también de otras religiones”.

En ese entramado de sentidos, el hijab continúa desplazándose entre distintos significados, atravesado por contextos, miradas y experiencias diversas.

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