El trabajo infantil en el mar en los años veinte

Tradicionalmente, cuando se trata del trabajo infantil desde la época de la Revolución Industrial nos fijamos en el que se realizó en las fábricas, talleres, minas y en el campo, pero también en el mar existieron niños...
Erase una vez...12 de febrero de 2026 Eduardo Montagut
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Niños trabajadores en una mina de carbón, fotografía de Lewis Hine (1911).

Tradicionalmente, cuando se trata del trabajo infantil desde la época de la Revolución Industrial nos fijamos en el que se realizó en las fábricas, talleres, minas y en el campo, pero también en el mar existieron niños que tuvieron que trabajar duramente. Algunos lo hacían como grumetes o “motiles” en pataches o barcos de vela, que hacían el recorrido costero en el mar Cantábrico, expuestos a muchos peligros, y en ambientes no muy propicios para ellos.

Pero peor fue la situación de los niños que trabajaban en barcos o lanchas de pesca en ese mismo Cantábrico, sufriendo un trato muy duro con poco descanso, estando casi permanentemente de guardia.

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Conocemos, en este sentido, los distintos trabajos que realizaban los niños en la pesca del Cantábrico:

-Pesca costera del besugo: comenzaba a finales de noviembre y duraba hasta marzo o abril. En la primera época se salía a la mar entre las tres y las cuatro de la madrugada, y en la segunda entre diez y doce de la noche. El “cho” (muchacho) tenía que estar preparado una hora antes de la salida para llamar a los pescadores de la dotación de su barco en sus respectivos domicilios. Pero aún antes había tenido que consultar al patrón y avisar al encendedor para que estuviera en presión la lancha a la hora de salir. Además, tenía que ayudar a “alzar” el anclote o arpeo que retenía la embarcación, preparar las luces de situación y “bitacon”, y ya en el mar libre, a cada momento, subir a cubierta a arranchar lo que el balanceo había trastornado, todo en medio del movimiento producido por las olas, y en noches de intenso frío.

Media hora antes de llegar al sitio de la pesca, se disponía con sus compañeros a preparar las sondas y aparejos para la faena del día, y en la madrugada invernal sus pies en contacto con el agua que barría la cubierta eran presa de los sabañones.

Después, estaría el trabajo brutal de recoger el aparejo, y que podía durar hasta bien mediada la mañana, en que, terminada la pesca, el barco volvía a puerto.

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El muchacho ayudaría a los compañeros a desenredar el aparejo para que pudiera ser usado al día siguiente. Al llegar a puerto tenía que estibar la pesca en capachos para ser llevados a la casa-venta. Mientras los pescadores regresaban a sus casas para descansar, aún le quedaba la tarea de baldear y limpiar el barco, arrancharle y fondearle en condiciones para que no se produjeran averías. Por fin, tenía que acudir al patrón para recibir las órdenes pertinentes para el siguiente día. Solamente se descasaba si se producía un fuerte temporal que impedía salir a la mar.

-Pesca del bonito: también era muy duro el trabajo para el muchacho de la embarcación, sin descanso, y en una pesca más alejada del puerto, a 100 o más millas de distancia, con el aparejo, de guardia, etc. Los muchachos que se dedicaban a la pesca en la costa de Santander recibían a mediados de los años veinte el 50% del jornal de un pescador, aunque en algunos casos podía llegar al 75%, pero, sin lugar a dudas, realizaban un trabajo agotador como si se tratase de adultos.

Sabemos del trabajo de estos chicos en la pesca del norte gracias a un artículo donde se denunciaba esta situación y se apelaba a la necesidad de que se reglamentase dicha labor, y que se publicó el 4 de febrero de 1925 en El Socialista.

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