
Un modelo socialista español para el urbanismo y la arquitectura

Francisco Azorín (1885-1975) fue un arquitecto con un intenso compromiso socialista que, aunque turolense de nacimiento, desarrolló una intensa labor en Córdoba, además de pertenecer a la Masonería, y defender la expansión del esperanto. Fue uno de los arquitectos socialistas más destacados de la historia del PSOE, llegando a ser miembro de su Comité Nacional por Andalucía y diputado. También se preocupó del desarrollo sindical de su profesión junto con los otros arquitectos socialistas como Antonio Fernández Bolaños, Gabriel Pradal, etc.
En esta pieza reflexionamos con este personaje sobre la vinculación entre socialismo y arquitectura a través de un texto que publicó en el número del primero de mayo de El Socialista de 1918.
El socialismo no era solamente el advenimiento de una política nueva sino la creación de una nueva civilización. Luchar por un nuevo tipo de propiedad suponía una mayor producción de riqueza, pero, sobre todo, una mejora en la distribución para conseguir una humanidad más sana, más fuerte, más buena, más inteligente, y también más artista.
El nuevo ambiente que crearía el socialismo influiría en el surgimiento de personalidades artísticas más completas y humanas.
La extensión de la cultura debía influir en el arte que se iba a crear. El socialismo liberaría a los artistas de la esclavitud que padecían por parte de la burguesía, una esclavitud que fingían no padecer para poder continuar con la leyenda de su “orgullosa independencia espiritual”. Los arquitectos, maestros y albañiles ya no tendrían que seguir despilfarrando su tiempo, dinero y energía. Con la liberación del artista y con la transformación social la arquitectura, que siempre es expresión fiel de cada civilización, se transformaría.
En la nueva civilización variarían las ciudades, su trazado. Dejarían de ser la manifestación de las divisiones sociales del pasado, de la época feudal y de la del capitalismo de la burguesía, donde, en este caso, se desarrollaba una clara diferencia entre barrios. La ciudad del porvenir debería atender al principio de la igualdad social y en la que todos podrían participar de la higiene, la comodidad y la belleza.
Azorín era partidario del modelo de ciudad-jardín, seguramente por la conexión entre urbanización y naturaleza. Dentro de las ciudades destacarían las escuelas, pero también los centros sindicales con instalaciones para la discusión y el estudio, museos y bibliotecas profesionales, salones para exposiciones. Esas Casas del Pueblo concentrarían el movimiento y la acción. Serían importantes, por lo demás, las edificaciones relacionadas con el ejercicio físico y la higiene, como los gimnasios, los baños públicos y los campos de juego. Muchos edificios cambiarían de forma y aspecto. Así las cárceles, que eran lugares de tortura, cambiarían para ser verdaderos reformatorios. Los hospitales perderían su aspecto repulsivo. En los cementerios se terminaría la desigualdad existente tan aparatosa y antihigiénica, además de fomentarse los crematorios. Por fin, en los teatros se terminarían las preferencias.


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