La era de la “heredocracia”: el motor oculto de la desigualdad

La brecha generacional asoma una nueva cara: la herencia de los ‘boomers’, que ampliará las diferencias entre los hijos que reciban más, menos o nada. Pero no son sólo ahorros o viviendas en el futuro, también las actuales posibilidades de estudiar, trabajar y arriesgar. Es el derrumbe de la meritocracia. Por Raquel Rero - Gráficos por Celia Hernando

General18 de enero de 2026 El Orden Mundial
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Fuente: Macrovector (Freepik)

Lo llaman la “Gran Sucesión”. Es la mayor transferencia intergeneracional de riqueza de la historia. Los cálculos varían, pero el mensaje es el mismo: las herencias de la generación del baby boom sacarán a la luz una sociedad más rica y envejecida, pero sobre todo más desigual. En unas economías desarrolladas que se ralentizan, las herencias están desplazando al trabajo como motor de riqueza y determinan cada vez más el nivel socioeconómico por encima de los ingresos laborales.

En estos países se heredarán este año unos seis billones de dólares, un 10% del PIB, según cálculos de The Economist. A mediados del siglo XX era el 5% del PIB. Los flujos hereditarios se han duplicado en Francia, Alemania, Reino Unido o Japón. Sólo en Estados Unidos, unos 84 millones de dólares pasarán de los boomers a sus herederos milenials y de la generación X hasta 2045. España no se libra: casi el 70% de la desigualdad de la riqueza se debe a las herencias. Además, la herencia media en el país supera los 100.000 euros, una de las más altas en la OCDE. Pero no es un caso aislado. La mayoría de la riqueza heredada se concentrará en el 10% de los hogares más ricos del mundo.

El auge de la “heredocracia” no es casual. Detrás hay varios factores que están cambiando las reglas del juego. Por un lado, la acumulación de una mayor riqueza en pocas manos y unas economías desaceleradas y menos productivas, donde el trabajo ya no garantiza la prosperidad. Por otro, el envejecimiento de la población, la eliminación o exenciones de impuestos y que las herencias se reparten entre menos hermanos. Heredar ya no será el desenlace de una vida próspera, sino el punto de partida de una ventaja estructural.

Así será la “Gran Sucesión”
Las herencias han dejado de ser un asunto familiar: son uno de los principales motores de desigualdad. Un estudio de 2022 en el que participa el investigador español Juan César Palomino estima que las herencias y donaciones explican entre el 26% y el 36% de la desigualdad de la riqueza en Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Alemania, considerando su relación con el origen familiar.

En España también se nota. Según otra investigación de 2020 de los economistas Pedro Salas-Rojo y Juan Gabriel Rodríguez, medida con el coeficiente de Gini, casi el 70% de la desigualdad de la riqueza viene asociada a las herencias y casi el 75% sumando la riqueza no financiera, como viviendas o terrenos. Eso agrava una movilidad social ya estancada y una desigualdad donde el 1% de los hogares más ricos ya tiene el 22% de la riqueza, de acuerdo con una encuesta de 2022 del Banco de España. “Cada vez es más difícil que alguien llegue arriba partiendo desde cero estilo Amancio Ortega”, señala Palomino a El Orden Mundial. “Nos encontramos ante mercados más maduros y con costes de entrada mayores […], y sólo el que tiene más capital y está mejor posicionado puede entrar”. Un panorama que favorece a los grandes herederos.

El fenómeno también se ve entre los más ricos. Un informe de UBS, la mayor gestora patrimonial del mundo, revela que la riqueza de los multimillonarios ha crecido un 121% en la última década, y que en los próximos quince años los herederos de los boomers multimillonarios recibirán unos 6,3 billones de dólares. Además, aumentan los “multimillonarios multigeneracionales”: personas que heredan una fortuna construida en generaciones anteriores, de 582 registrados en 2015 a 805 en 2024. De ese modo, cada vez más ultrarricos lo son por nacimiento y fortunas heredadas y no por emprendimiento o éxito propio.

La bonanza de los ‘boomers’
El origen del auge hereditario es la bonanza de la segunda mitad del siglo XX. Muchas familias acumularon riqueza gracias al crecimiento que impulsó los ingresos, el valor de los bienes raíces y los mercados financieros. “La generación del baby boom es la primera generación rica en Europa, sobre todo en España o Italia. Es la primera gran clase media en la que todo el mundo tiene ahorros y una casa que vale cierto dinero, y van a transmitirlo a sus herederos a partir de los próximos diez o veinte años”, explica Salas-Rojo. En el Reino Unido, Alemania o Francia, el patrimonio heredado también ha aumentado en las últimas décadas después de una caída abrupta durante las guerras mundiales. En Estados Unidos, menos afectado por ambos conflictos, la proporción fue más estable y ha aumentado más en décadas recientes.

El caso de España viene desde la dictadura. Muchas familias accedieron a vivienda en propiedad gracias al crecimiento económico de los años sesenta y a la política franquista que tenía este objetivo. En las décadas posteriores consolidaron ese patrimonio, en especial tras la entrada en la Unión Europea y la expansión del mercado inmobiliario. De acuerdo con un informe de la OCDE de 2021, un 30% de la población había recibido una herencia o un regalo sustancial —una vivienda, dinero o un terreno familiar—. La organización estima que la herencia media en España es de 105.000 euros, sólo por detrás de Italia y Austria entre las economías avanzadas. Asimismo, en 2024, los notarios tramitaron más de 348.000 sucesiones en España, frente a los 292.000 de 2015, según datos del Consejo General del Notariado confirmados a El Orden Mundial.

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Las herencias aumentan entre los más ricos de la población: heredan más a menudo y también cantidades mucho mayores. Los datos de la OCDE muestran que la herencia media en España está en torno a los 5.000 euros para el 20% más pobre, mientras que para el 20% más rico es superior a 300.000. En este marco, la desigualdad en el lento crecimiento del patrimonio de los hogares en España, Portugal y Grecia se agrava con las herencias, especialmente con la vivienda, que representa casi el 70% del patrimonio de los hogares.

La vivienda: el eje del patrimonio español
En España, hablar de riqueza y desigualdad es hablar de vivienda. Como detalla Salas-Rojo, la generación boomer “accedió a un mercado con buenos precios y tipos de interés bajos cuyos bienes han subido de precio, permitiéndoles acumular más riqueza e, incluso, un segundo inmueble que ahora alquilan a las generaciones más jóvenes”. En cambio, éstos encadenaron la crisis de 2008, la pandemia y la inflación posterior sin haber despegado laboral o económicamente. El resultado es una aguda brecha generacional: entre 2001 y 2021, la renta mediana de hogares encabezados por un menor de 35 años bajó un 19,8%, mientras que la de los mayores de 74 aumentó un 40,5%, según la encuesta del Banco de España.

Si la vivienda ha sido un pilar del patrimonio, para las generaciones jóvenes la propiedad se ha convertido en un desafío estructural, ante una oferta mermada y unos precios disparados. Hoy en día, el 56,6% de los hogares jóvenes (entre dieciséis y veintinueve años) vive de alquiler, comparado con el 19,3% en el conjunto de la población. El panorama es una “generación inquilina” con falta de vivienda estable y una emancipación cada vez más tardía, de acuerdo con el último Informe Juventud España.

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Al mercado inmobiliario se suma el estancamiento de la productividad y del crecimiento económico.  Este contexto dificulta mejorar las condiciones de vida a través de los ingresos laborales, dándole más peso a las herencias. Para César Palomino es importante la relación entre herencias, precios de la vivienda disparados y salarios estancados: el encarecimiento de la vivienda limita el capital inicial sobre todo a quienes reciben una herencia, y el estancamiento salarial aumenta la dependencia de ese apoyo. Por tanto, “el precio de la vivienda refuerza el papel creciente de las herencias como factor clave de acceso”.

Ese fue el caso de Miguel G., jienense de origen y madrileño de adopción que pudo comprar una vivienda en el barrio de Carabanchel gracias a la herencia de una tía. “Trabajaba como técnico de sonido en un medio de comunicación. No tenía un buen sueldo y, aunque tenía ahorros, no era suficiente para comprar una casa”, cuenta. “Nunca creí que pudiera hacerlo sólo con mi salario; la herencia supuso mucho porque me permitió dar la entrada de la casa y pagar todos los gastos. A mis 37 años y sólo con mis ingresos tendrían que haber pasado mínimo otros diez años y sin pagar alquiler mientras tanto para poder comprar”.

Un estudio de la Fundación Afi Emilio Ontiveros estima que, en un escenario sin revalorización de activos, la generación milenial podría heredar de media 250.000 euros por persona entre 2042 y 2062, un 41% más que los baby boomers, debido a la fuerte reducción del número de herederos en relación con los donantes. Sin embargo, esa riqueza se concentrará en las capas mejor situadas, en contraste con los hogares con menos ingresos, en especial los de origen inmigrante. Por tanto, esta realidad no sólo acentúa la desigualdad intergeneracional, sino también las intrageneracionales, que como explica Salas-Rojo “continuarán expandiéndose y tendrán consecuencias sobre la siguiente generación de hijos”.

Heredocracia: cuando la herencia pesa más que el esfuerzo
Con todo, las herencias no empiezan ni terminan con una transferencia bancaria tras un fallecimiento. Son mucho más que un testamento: determinan desde la educación recibida hasta el acceso a la vivienda o el riesgo asumible para emprender. Es un proceso que dura toda la vida: “La gente que viene de un buen entorno socioeconómico estudia en un sitio u otro en función de lo que su familia se puede permitir. Hay quienes hacen un periodo de prácticas sin sueldo, en casa o en el extranjero, o aceptan cobrar poco o montan una startup porque su familia tiene recursos”, explica Salas-Rojo. “Todo eso también es herencia”.

Como detallaba el estudio previo de Palomino, el origen familiar —medido por el nivel educativo y la ocupación de los padres— contribuye de forma más moderada a la desigualdad de la riqueza, del 9% al 17%. Pero al combinarlo con las herencias, casi la mitad de la desigualdad de riqueza puede atribuirse a lo recibido del entorno familiar, ya sea en forma de patrimonio directo o de ventajas sociales acumuladas.

En la familia de María B., de un barrio acomodado de Madrid, apenas se habla de dinero o herencias: “Tú vives en tu burbuja de privilegio y no eres consciente hasta que te encuentras con personas de otro entorno. Hasta que fui a la universidad en el extranjero no conocí a nadie que no hubiera ido a un colegio privado. Mi despertar social se produjo ahí”. Aunque no sabe si heredará propiedades ni cuánto valen, reconoce que ese contexto le ha permitido vivir con cierta seguridad: “Me fui a estudiar a Londres y desde ahí hice mi vida con mi trabajo, pero siempre he tenido la sensación de que podía pedir ayuda o rectificar”.

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En España, aunque la educación ha reducido brechas, las desigualdades siguen transmitiéndose sobre todo por el mercado laboral. “Si tu padre es médico, abogado o ingeniero, tus probabilidades de acceder a un empleo cualificado y bien remunerado son mucho mayores. En Canadá, por ejemplo, el 40% de los jóvenes acaba trabajando en el mismo sector que sus padres”, apunta Salas-Rojo. Cita un estudio del Instituto Alemán de Estudios Laborales, que muestra que a mayor desigualdad hay menos movilidad. En los países nórdicos, con una distribución más equitativa de la renta, es más fácil ascender socialmente; en cambio, en Estados Unidos, Reino Unido o Italia, las personas tienden a quedarse en el mismo estrato en el que nacieron. España va en esa línea, con la progresión empeorando en las últimas décadas.

En la práctica, los recursos familiares transmiten riqueza de manera continua, desde el acceso a la educación, al mercado laboral y la capacidad de hacer inversiones, hasta recibir la herencia. A medida que la riqueza se concentra más en el 1% más rico, aumentan los mecanismos que permiten a este grupo asegurar las ventajas de sus hijos: mejor educación, acceso a oportunidades exclusivas y redes laborales cerradas. Por el contrario, para las familias más desfavorecidas es un camino vital de desigualdades acumuladas. En este contexto, el ideal meritocrático pierde fuerza y, con él, la promesa de que el esfuerzo personal pueda romper el techo de cristal de las desigualdades heredadas.

‘Tax the rich’
Aunque las herencias benefician sobre todo a los más ricos, en los últimos años ha ganado fuerza la postura contraria: en ciertos contextos, también tienen un efecto igualador. Sin embargo, es relativo. Es decir, pueden reducir la participación de los más ricos en la riqueza total, pero tienden a aumentar la desigualdad absoluta. Investigaciones en Suecia y Dinamarca muestran que, tras recibir una herencia, la proporción del patrimonio aumenta más entre los hogares que tenían menos, lo que reduce la desigualdad. Pero este efecto se va diluyendo: los más ricos suelen invertir y hacer crecer lo heredado, mientras que los menos ricos tienden a consumirlo. En diez años, la desigualdad regresa a sus niveles anteriores o incluso se amplía.

Por otro lado, desde 1980 la riqueza privada ha aumentado, mientras que la riqueza pública y los activos estatales han disminuido en muchos países. Esta tendencia limita la capacidad de los Gobiernos para abordar estas desigualdades y acelera otro debate: ¿cómo usar los impuestos para paliarlas?

Los economistas detrás del World Inequality Report consideran que los impuestos son clave para reducir la desigualdad, “en especial si se coordina a nivel internacional”. Recomiendan fortalecerlos sobre herencias y donaciones para mejorar la equidad fiscal, reducir la concentración de riqueza y fomentar la movilidad social. El informe también propone crear impuestos progresivos sobre el patrimonio, en especial sobre los multimillonarios y grandes fortunas, para redistribuir la riqueza y reducir la concentración en la cima.

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“No se trata de gravar por gravar, sino de establecer umbrales razonables: que quien herede una casa de 300.000 euros no se vea penalizado injustamente, ya que puede haber mínimos exentos, pero que quien reciba un millón y varias propiedades sí contribuya. […] Podemos elegir entre gravar la riqueza o las herencias, pero al menos una debe existir”, sostiene Palomino a El Orden Mundial. El problema es que hay países donde no se hace ninguna de las dos, y en España la delegación a las comunidades lo hace aún más ineficaz. “La respuesta no puede ser sólo técnica, sino también política: necesitamos coordinación estatal o incluso europea para que estos impuestos tengan sentido y no perpetúen las desigualdades”.

El informe de la OCDE también pide fortalecer los impuestos de donaciones y herencias, especialmente si se diseñan de forma progresiva, con mínimos exentos adecuados y reglas claras, y se coordinan con otros impuestos sobre el capital. Además, la organización critica que hayan perdido peso en las últimas décadas hasta casi desaparecer. En los años setenta, estos gravámenes suponían de media más del 1% de la recaudación estatal en las economías desarrolladas; ahora es del 0,53%. Esta reducción responde a factores como la percepción de doble imposición, una aplicación compleja y la competencia entre países para atraer capitales. Todo ello ha erosionado su función redistributiva y ha facilitado el auge de la heredocracia, al reducir la capacidad del sistema fiscal para corregir la concentración de riqueza entre generaciones.

En España, varias comunidades autónomas han aprobado en 2025 reformas que reducen el impuesto de sucesiones y donaciones. Madrid, Andalucía, Extremadura o Castilla y León, entre otras, han establecido bonificaciones del 100% para los herederos directos, lo que en la práctica supone eliminar el impuesto en la mayoría de los casos. Estas reformas han reactivado el debate sobre la equidad del impuesto, al generar diferencias notables en la tributación según el lugar de residencia y limitar la capacidad redistributiva del sistema fiscal. A nivel estatal, el impuesto existe, pero su cesión a las comunidades autónomas permite un margen amplio para bonificaciones y exenciones, lo que ha dado lugar a una aplicación desigual.

La herencia, más que un final, es un punto de partida
La Gran Sucesión marca un antes y un después, tanto en la estructura de la riqueza como en las oportunidades en las economías desarrolladas. No sólo refleja el éxito económico de décadas pasadas, sino que, en el contexto actual de bajo crecimiento, salarios estancados y precios de la vivienda disparados, acentúa la desigualdad y limita la movilidad social. La transmisión de patrimonio se ha convertido en el principal canal de acceso a la vivienda y a nuevas oportunidades, desplazando al trabajo o la educación como motores de ascenso social. Este fenómeno no sólo perpetúa las diferencias entre generaciones, sino que refuerza las desigualdades en cada generación.

Así, el ideal meritocrático pierde peso frente a una realidad donde el punto de partida determina en gran medida el punto de llegada. En la era de la heredocracia, el origen pesa más que el esfuerzo. No se trata sólo de heredar un apellido, una casa o los ahorros familiares. En un impacto que condiciona toda una vida, una herencia significa acceso y oportunidades. Se heredan las redes de contactos, los códigos sociales, las pautas educativas y las expectativas.

No está en juego una sucesión de ingresos y patrimonios, sino oportunidades vitales. Cuando el origen pesa más que el esfuerzo, la idea de que alguien puede prosperar si se lo propone y trabaja duro tambalea hasta derrumbarse casi por completo. Mientras algunos comienzan su camino con una casa en propiedad garantizada o un buen colchón financiero y acceso a excelentes oportunidades educativas, otros lo hacen con alquileres imposibles, salarios precarios y sin red de apoyo o manos que impulsen en los determinantes primeros años de vida. La herencia no es entonces una desigualdad de resultados, sino de posibilidades. En la heredocracia, la pregunta no es cuánto luchas, sino desde dónde comienzas. Y en esa partida cada vez pesa más lo que se hereda y menos lo que se merece.

EOM

Raquel Rero Periodista especializada en economía y máster en cooperación internacional y desarrollo económico. Los datos más complejos pueden convertirse en historias y relatos, explorando cómo las dinámicas globales repercuten en lo local y personal.

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