
BERMÚDEZ RECOGE CABLE. Y CARMEN PÉREZ A LO SUYO.
AHORA, DESPUÉS DE DECIR QUE ANTES DE FINAL DE AÑO SE AMPLIARÁ DOS DÍAS DE APERTURA COMERCIAL, DICE QUE NO, QUE TIENE QUE HABER CONSENSO.

En alguna ocasión hemos realizado algunas observaciones en artículos sobre los distintos conceptos que se han dado en la historia contemporánea, especialmente, en nuestro país, sobre orden, desorden y violencia, intentado demostrar que existen visiones distintas de estas cuestiones, a pesar de que tradicionalmente parece que solamente impera una de las mismas, las de los ámbitos conservadores en política y economía. Queremos profundizar con esta nueva entrega, reflexionando con uno de los pedagogos más interesantes que ofrece la historia del socialismo español, Rafael Martínez, un personaje al que nos hemos acercado más por su faceta educativa teórica y práctica. Se da la circunstancia de que Rafael Martínez sería víctimas de los defensores del orden tradicional.
En marzo de 1923 publicó un artículo en El Socialista con el significativo título de “El orden social amenazado, según los señores del “orden””.
Martínez contaba que constantemente se oía decir a los capitalistas y sus defensores que el orden social estaba amenazado, y que a toda costa debía ser defendido para que la sociedad estuviera bien organizada. Esa queja solía aparecer cuando había huelgas o agitaciones obreras, y se pedía por esos sectores que las autoridades emplearan la mano dura para restablecer el “buen orden social”.
Pero, ¿qué era el “buen orden social”? Martínez lo tenía bien claro: la anarquía desenfrenada y el libertinaje de poder explotar a los demás de la mejor manera posible; era una especie de derecho tiránico para poder explotar al pueblo sin que tuviera derecho a protestar. Todo lo que tendiera a modificar o suavizar la miseria de la inmensa mayoría de los españoles era atentar contra el orden social. Ese “buen orden social” era, en realidad, un desorden, y solamente se pretendía que continuase por tiempo indefinido la explotación de la mayoría, y se mantuviesen los privilegios.
Para Martínez los defensores del “buen orden social” eran los aristócratas que temían la pérdida de sus privilegios, los “modernos señores feudales”, los dueños de inmensas extensiones de terreno donde muchos habitantes sufrían espantosas condiciones,















