Inteligencia Artificial generativa, eficiencia laboral y plusvalía: una lectura marxista.

Desde el marxismo, la tecnología forma parte de las fuerzas productivas, es decir, los elementos materiales y técnicos que determinan cómo se produce la riqueza social. La IA generativa amplía considerablemente estas fuerzas: automatiza tareas cognitivas, acelera procesos antes intensivos en tiempo y conocimiento, y permite que un trabajador o trabajadora obtenga resultados de mayor calidad en menos tiempo.
Actualidad01 de marzo de 2026 Roberto Moreno Díaz

El despliegue acelerado de herramientas de inteligencia artificial generativa en los entornos de trabajo ha reabierto un debate clásico desde una óptica marxista: ¿Quién se beneficia realmente del incremento de productividad que aporta la tecnología? ¿El trabajador, que puede ver reducida su carga y aumentada su capacidad creativa, o la empresa, que capitaliza ese aumento de eficiencia en forma de plusvalía? Esta cuestión no es nueva; se inscribe en una larga tradición de análisis marxista sobre la relación entre tecnología, trabajo y capital. 

1. La IA como fuerza productiva y el papel del trabajador.

Desde el marxismo, la tecnología forma parte de las fuerzas productivas, es decir, los elementos materiales y técnicos que determinan cómo se produce la riqueza social. La IA generativa amplía considerablemente estas fuerzas: automatiza tareas cognitivas, acelera procesos antes intensivos en tiempo y conocimiento, y permite que un trabajador o trabajadora obtenga resultados de mayor calidad en menos tiempo.

Sin embargo, para Marx las fuerzas productivas nunca actúan solas: están insertas en relaciones de producción, y es esa estructura la que decide cómo se distribuyen sus beneficios. En un sistema capitalista, la mejora tecnológica tiende a ser apropiada por el capital —no por el trabajo— porque el incremento de productividad no se traduce de forma automática en mejores salarios, jornadas más cortas o mayor autonomía para el trabajador. Y en el caso de la IA, como en muchos otros ejemplos históricos, deviene además en amenaza de sustitución. 

2. La plusvalía y la captura empresarial del valor generado.

En términos marxistas, la plusvalía es el valor producido por el trabajador más allá de lo que se le paga en salario, valor que es apropiado por el capitalista. La inteligencia artificial generativa puede aumentar significativamente la cantidad de valor creada en una unidad de tiempo: un analista, diseñador, redactor o programador puede completar tareas en minutos que antes requerían horas.

La pregunta clave es: ¿Quién se queda con ese “extra”?

*   Si el trabajador mantiene el mismo salario y se le exige producir más, la plusvalía aumenta en beneficio de la empresa.

*   Si se reduce la jornada laboral manteniendo el salario, parte de la ganancia productiva se devuelve al trabajador.

*   Si la IA reemplaza directamente ciertos roles, el aumento de productividad se acompaña de desempleo o precarización.

En la práctica actual, la tendencia dominante es que la empresa capture la mayor parte del valor añadido, reforzando la asimetría estructural propia del capitalismo. 

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Foto de Pavel Danilyuk

3. Riesgos de alienación en la era de la IA.

La IA generativa también reconfigura la alienación, otro concepto central del marxismo. Aunque estas herramientas pueden liberar al trabajador de tareas repetitivas, también pueden:

*   Desposeerlo de su propio saber, externalizando su creatividad hacia algoritmos entrenados con datos masivos.

*   Convertir su rol en uno de simple supervisión o corrección de outputs automatizados, reduciendo su agencia.

*   Homogeneizar procesos creativos según patrones estadísticos generados por máquinas, reduciendo la dimensión humana del trabajo intelectual.

Esto genera un riesgo de desvalorización subjetiva del trabajador, incluso cuando su productividad aumenta. 

4. ¿Puede la IA beneficiar al trabajador?

Desde una perspectiva marxista, la IA podría convertirse en una fuerza emancipadora solo si cambian las relaciones de producción que determinan la apropiación del valor. Esto implica:

*   Democratizar el control de la tecnología, por ejemplo mediante cooperativas de trabajadores o modelos organizativos donde quienes producen deciden cómo se aplica la IA.

*   Reducción estructural de la jornada laboral sin pérdida salarial, repartiendo socialmente las ganancias productivas.

*   Reconocimiento económico del valor del trabajo cognitivo aportado por quienes entrenan, corrigen y supervisan modelos de IA.

*   Mecanismos de redistribución si la IA desplaza grandes cantidades de empleo.

De lo contrario, la IA reforzará la tendencia histórica del capitalismo: convertir aumentos de productividad en aumento de beneficios empresariales, no en bienestar colectivo.

5. Conclusión: la IA no es neutral, la lucha por la plusvalía continúa.

Desde la óptica marxista, la inteligencia artificial generativa no es un actor neutro: su impacto depende del sistema social y económico en el que se inserta. Hoy, en la mayoría de entornos laborales, la IA parece estar inclinando la balanza hacia una mayor apropiación empresarial de la plusvalía, reduciendo el valor relativo del trabajo humano. 

No obstante, también abre la posibilidad —si existe voluntad política y organizativa— de transformar radicalmente la relación entre trabajo y tecnología.

La disyuntiva no es tecnológica, sino social:  ¿La IA servirá para liberar tiempo de vida o para intensificar la explotación?

La respuesta dependerá de quién controle los medios algorítmicos de producción en el siglo XXI.

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