Molécula por molécula

En 1969, un derrame de petróleo en California conmocionó al mundo y dio origen al Día de la Tierra. Cincuenta y seis años después, estamos aprendiendo a producir, molécula por molécula, lo que el petróleo ofrece.
Por Emiliano Huergo
Mundo12 de junio de 2026 Bioeconomía.info

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En enero de 1969, una plataforma petrolera frente a las costas de Santa Bárbara, California, falló. Durante once días, más de tres millones de litros de crudo se derramaron en el océano Pacífico. Las imágenes que llegaron a los diarios y a los televisores —playas negras, pelícanos empapados, peces muertos flotando en la superficie— conmocionaron a una sociedad que hasta entonces había mirado la expansión petrolera con una mezcla de orgullo industrial y despreocupación.  El senador de Wisconsin, Gaylord Nelson, se convenció de la necesidad de un evento masivo para concienciar sobre el medio ambiente.  Al año siguiente, el 22 de abril de 1970, veinte millones de estadounidenses salieron a las calles en lo que se conocería como el primer Día de la Tierra. Fue el inicio del movimiento ambiental moderno. Y su detonante, había sido el petróleo.

Cuatro décadas después de Santa Bárbara, el mundo presenció algo mucho mayor. El 20 de abril de 2010 —exactamente cuarenta años después del primer Día de la Tierra— la plataforma Deepwater Horizon, operada por Transocean y arrendada por la petrolera británica BP, explotó en el Golfo de México a 80 kilómetros de la costa de Louisiana. Murieron once personas. Durante 87 días consecutivos, más de 800 millones de litros de petróleo crudo fluyeron sin control hacia el océano. Fue el segundo mayor derrame de la historia.

Lo que vino después fue igualmente revelador. Un equipo de científicos de la Universidad de Miami, demostró años más tarde que el daño real había sido mucho mayor que el visible en las imágenes satelitales. Había una fracción del derrame invisible para los satélites pero igualmente tóxica para la vida marina, que se extendió hasta las costas de Texas, los Cayos de Florida y partes de la costa este. El derrame había sido, según ese estudio publicado en Science Advances, aproximadamente un 30% mayor de lo estimado. Tóxico e invisible: una combinación que resume, con precisión incómoda, bastante más que ese accidente puntual.

Quince años después, los trabajadores de limpieza y los residentes locales que sufrieron impactos en la salud aún tienen problemas para que sus casos sean escuchados en los tribunales, y pocos han recibido una compensación significativa. La multa inicial de 4.500 millones de dólares que debió afrontar BP no logró desalentar a los inversores: las acciones de la compañía subieron un punto porcentual tras el anuncio. El daño ambiental, en cambio, no cotiza en bolsa. Y eso dice mucho sobre la lógica del modelo.

Este 22 de abril, cincuenta y seis años después de aquel derrame en Santa Bárbara, más de 190 países conmemoran el Día de la Tierra. Y el petróleo sigue siendo el hilo que conecta casi todo: la energía que mueve los automóviles y los aviones, el plástico que protege los alimentos, los solventes que fabrican los medicamentos, las fibras sintéticas que componen la ropa. El mundo moderno está construido, en una proporción enorme, sobre una sola materia prima. Una que la naturaleza tardó millones de años en formar y que llevamos dos siglos extrayendo sin pausa, con consecuencias crecientes sobre el clima y la biodiversidad.

Pero algo cambió en estos cincuenta y seis años. Y vale la pena contarlo.

Mientras los derrames se sucedían, las multas se negociaban y los ecosistemas tardaban décadas en recuperarse, algo más estaba pasando en laboratorios, campos y plantas industriales de todo el mundo. La ciencia estaba aprendiendo a producir, con recursos biológicos, gran parte de todo lo que el petróleo ofrece. No de golpe. No con una tecnología única. Sino molécula por molécula, proceso por proceso, con años de investigación detrás de cada avance.

El etanol fue uno de los primeros, y es un caso testigo de lo que la biología puede dar. Producido a partir de la fermentación de azúcares —de la caña de azúcar, del maíz, del sorgo— es químicamente idéntico al alcohol que el petróleo producía de manera sintética, pero con una diferencia fundamental: el carbono que emite al quemarse es el mismo que la planta absorbió de la atmósfera durante su crecimiento. No suma carbono al sistema. Lo recircula. Hoy, Brasil mezcla un 30% de etanol en sus naftas y tiene más de 40 millones de vehículos flex que pueden funcionar con cualquier proporción de las dos. Estados Unidos produce más etanol de maíz que ningún otro país. Y Argentina, que tiene condiciones naturales para hacerlo igual o mejor, todavía discute si el corte obligatorio debería subir del 12%. Lo cierto, es que el etanol biogénico desplazó casi por completo al sintético. La última planta que quedaba en Europa cerró hace un año. Nadie la despidió.

Pero el etanol es solo el comienzo. El biodiesel —producido a partir de aceites vegetales o grasas animales— reemplaza al gasoil en camiones, maquinaria agrícola y generadores. El SAF —combustible sostenible de aviación— mueve aviones exactamente igual que el querosene, con una fracción de las emisiones netas. Los bioplásticos reemplazan al PVC y al polietileno en envases. La madera y microbios diseñados por la bioingeniería producen textiles. Las fibras de lino forman materiales compuestos. Los residuos de crustáceos se convierten en materiales para prótesis médicas. La química verde reformula, con moléculas de origen biológico, solventes, adhesivos, lubricantes y principios activos que la petroquímica venía produciendo desde hace un siglo.

Detrás de cada uno de esos productos hay un concepto que lo ordena todo: la biorrefinería. La idea es simple y poderosa. Así como una refinería de petróleo toma crudo y lo convierte en nafta, gasoil, plásticos y químicos, una biorrefinería toma biomasa —un cereal, una oleaginosa, un residuo orgánico, una alga o un microorganismo — y aprovecha cada fracción. Las proteínas van a alimentación. Las fibras van a materiales. Los aceites y azúcares van a energía o a química. Lo que sobra se convierte en biogás o en fertilizante orgánico. Nada se pierde. Todo se transforma. Y el carbono, en lugar de salir de un pozo donde llevaba millones de años enterrado, circula dentro de un sistema vivo que la naturaleza ya sabe manejar.

Avanzar hacia una producción basada en recursos biológicos no implica renunciar a nada. El etanol no hace que los autos anden peor —andan mejor, con mayor octanaje y menos depósito de carbono en el motor. El bioplástico protege el alimento igual que el plástico convencional. El SAF mueve aviones exactamente igual que el querosene fósil. Los fertilizantes biológicos no reemplazan a los minerales: los potencian, haciendo que la planta aproveche mejor lo que ya tiene disponible en el suelo. La calidad de vida no está en juego. Lo que cambia es el origen de las moléculas que la sostienen. Y esa diferencia, que puede parecer técnica y abstracta, tiene consecuencias muy concretas: en las emisiones que se acumulan en la atmósfera, en los ecosistemas que se preservan o se destruyen, en las comunidades que se fortalecen o se abandonan cuando la energía se produce cerca de donde vive la gente.

Este proceso no es automático. Avanza donde se invierte en conocimiento. Se frena donde los intereses instalados tienen más peso que la evidencia científica. Y hay intereses instalados muy poderosos: una industria que lleva más de un siglo y medio construyendo infraestructura, mercados y regulaciones alrededor de los combustibles fósiles no celebra cada avance de la biología. Eso es parte del paisaje. Pero también lo es algo que se suele pasar por alto: la ciencia derrama aguas abajo. Y lo hace mucho más generosamente que el petróleo.

Captura desde 2025-11-25 22-58-14Amigarse con la Agenda 2030

Brasil es el ejemplo más elocuente. Cuando decidió apostar al etanol en los años setenta —en plena crisis del petróleo, con la economía contra la pared— no estaba comprando un combustible. Estaba invirtiendo en un proceso de aprendizaje. Los ingenieros que desarrollaron las primeras plantas de fermentación a escala industrial aprendieron a optimizar levaduras, a aprovechar el bagazo como fuente de energía, a mejorar las variedades de caña. Esos conocimientos generaron nuevos conocimientos. Y de ahí salió, décadas después, el motor flex: una tecnología que permite a un vehículo funcionar con cualquier mezcla de etanol y nafta, desarrollada por ingenieros brasileños y hoy exportada a fabricantes de todo el mundo. Brasil no solo produce etanol. Exporta la ingeniería que lo hace posible. Exporta los procesos, los equipos, el conocimiento acumulado en décadas de práctica. Eso es lo que la inversión en ciencia produce cuando se sostiene en el tiempo: no un producto, sino una capacidad. Una industria. Un ecosistema de conocimiento que genera trabajo calificado, exportaciones de valor agregado y autonomía tecnológica.

El 22 de abril de 1970, veinte millones de personas salieron a las calles porque una mancha de petróleo en Santa Bárbara les mostró, con una claridad brutal, el costo de depender de algo que no se puede controlar del todo y que, cuando falla, no distingue entre el mar, la costa y los que viven de ella.

Cincuenta y seis años después, la respuesta no es salir a la calle a protestar. Es más silenciosa, más técnica y, en muchos sentidos, más profunda. Es un investigador que entiende cómo una bacteria convierte celulosa en alcohol. Es un productor que captura carbono en su suelo mientras cosecha. Es una empresa que reformula con moléculas biológicas lo que la petroquímica inventó hace cien años.

La Tierra no necesita que la salvemos. Necesita que sigamos aprendiendo a trabajar en armonía con ella. Eso es lo que la ciencia viene haciendo, año a año, sin pausa. Molécula por molécula.

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