La ciencia se vuelca en frenar el impacto de las cremas solares sobre el mar

Varios proyectos del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC) tratan de ofrecer soluciones a la industria cosmética y a las entidades gestoras de los espacios costeros ante el daño que los fotoprotectores causan en los ecosistemas marinos
Actualidad08 de noviembre de 2025 CSIC octubre 2025
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Miles de toneladas de cremas solares llegan anualmente al océano procedentes, en gran medida de las playas, donde una parte de lo que las personas se aplican en la piel acaba en el mar. La ciencia comprobó hace tiempo que sus ingredientes activos, los filtros ultravioleta (UV), causan ciertos daños en ecosistemas marinos como los tan amenazados arrecifes de coral. Sin embargo, nuestra legislación no los ha catalogado aún como contaminantes.

Esto se debe a que aún queda mucho por investigar sobre los efectos de los filtros UV, que se consideran contaminantes emergentes porque no hace tanto que se pueden detectar en el ambiente y aún escapan a los sistemas de depuración de aguas, que carecen de la tecnología necesaria para filtrar los que llegan desde nuestros hogares.

¿Es posible proteger a la vez nuestra salud y la de los mares? La ecotoxicóloga Araceli Rodríguez Romero del ICMAN-CSIC responde así a esta cuestión: “Por el momento, no existe una crema solar totalmente inocua o biodegradable porque no se puede prescindir de los filtros UV en su formulación. Además, la matriz compleja de ingredientes dificulta identificar con exactitud los que son responsables del impacto ambiental. Aun así, creo que podemos reducirlo significativamente y, al mismo tiempo, seguir garantizando una protección eficaz de la piel”.

Para lograrlo, considera fundamental que la propia industria cuente con herramientas que permitan evaluar ambientalmente el producto desde su diseño. Ese es el objetivo del proyecto Sunscreen-Index dirigido por el grupo de Ecotoxicología del ICMAN-CSIC. Mediante ensayos de toxicidad en laboratorio, esta iniciativa busca definir protocolos “para que, al crear nuevas cremas, las empresas valoren sus posibles efectos en el medio marino y decidir, en base a información objetiva, cuáles lanzar al mercado con mayores garantías de seguridad ambiental”, explica Rodríguez, que lidera el proyecto.

“La ciencia, por sí sola, no puede responder a la demanda de la sociedad de productos más respetuosos con el medio ambiente que, a su vez, sigan protegiendo la piel. Necesitamos tender puentes con la industria, que también busca atender a esa demanda, pero no es sencillo. Aún hay quien nos percibe únicamente como la parte que señala el problema y alerta a la sociedad, cuando lo que queremos es transferir nuestro conocimiento y llegar a soluciones conjuntas”, señala la investigadora.

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Para seguir recabando evidencia sobre el daño ambiental de los protectores solares, Sunscreen-Index analiza los efectos de diversas cremas comerciales, y no solo de algunos de sus componentes, como han hecho la mayoría de los estudios hasta ahora. “Centrándote en un único compuesto, obvias las interacciones que pueda haber entre varios de ellos, que pueden disminuir o aumentar la toxicidad del conjunto”, cuenta Rodríguez.

Sin embargo, la falta de colaboración con la industria cosmética supone un obstáculo para la investigación. “Desconocemos muchos aspectos del proceso de elaboración de estos productos, que son esenciales para determinar su toxicidad. Además, cada compañía tiene su propia formulación y, dentro de ella, varias líneas de protectores con composiciones distintas. Esto dificulta enormemente la estandarización de protocolos de evaluación de la toxicidad”, explica la experta.

A ello se suma que la normativa europea de etiquetado dificulta descifrar la composición. “No es obligatorio especificar cuáles son los ingredientes activos del producto porque en Europa los protectores solares se consideran cosméticos y no medicamentos, como sí ocurre en Estados Unidos”, añade Rodríguez. Las etiquetas también permiten reclamos de sostenibilidad ambiguos: “Encontramos algunas que aseguran que el producto es respetuoso con los océanos porque la mitad del plástico del envase es reciclado, no por la composición de la crema”, ejemplifica.

El reto de simular las condiciones ambientales en el laboratorio
Por ahora, están comprobando que es difícil generalizar. No todas las cremas muestran los mismos efectos y, además, se ven influidas por variables ambientales, que tratan de recrear en el laboratorio. “La toxicidad de algunos ingredientes varía con la temperatura o los cambios de radiación UV, como los que se producen entre el día y la noche”, apunta la investigadora. Además, señala al cambio climático como posible agravante del daño ambiental de las cremas, pues influye en algunos de estos factores.

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Tampoco el daño de los fotoprotectores es el mismo en todas las etapas de la vida de los organismos marinos. Como relata Rodríguez, “la mayoría de los estudios se centran en un momento concreto del desarrollo, la fase adulta o la larvaria, sin contemplar el ciclo completo. Con Sunscreen-Index estamos dando ese paso”. Todo esto supone un desafío para los estudios ecotoxicológicos en laboratorio, donde resulta imprescindible reproducir escenarios lo más realistas posible, pues solo así será posible convertir los resultados en protocolos efectivos de seguridad ambiental.

Drones para detectar la crema solar en las costas
Mientras la ecotoxicología busca las respuestas que la industria de las cremas solares necesita, el grupo de Oceanografía de Ecosistemas del ICMAN-CSIC está desarrollando herramientas para monitorizar la presencia de estos productos en las aguas costeras desde las alturas, sobrevolando las playas con el equipo de drones de la Unidad Operacional de Campo (OPECAM).

Esta unidad ya ha puesto sus equipos a disposición del Grupo de Asesoramiento en Desastres y Emergencias del CSIC (GADE) ante eventos como la erupción volcánica de La Palma, en 2021, las inundaciones por la dana en la Comunidad Valenciana en 2024, o el incendio en Las Médulas (León) el pasado mes de agosto. Ahora, sus drones servirán al proyecto TurisDron, que busca desarrollar un índice de calidad ambiental de las playas basado en datos recogidos por teledetección.

Una de las variables que integrarán dicho índice es precisamente la presencia y cantidad de crema solar en las aguas costeras. Para su detección, el equipo del investigador del grupo de Oceanografía de Ecosistemas del ICMAN-CSIC Gabriel Navarro Almendros, en el contexto del proyecto SEN2SUNSCREEENS, desarrolló un pequeño espectrofotómetro sensible en el rango del espectro UV y que se puede incorporar en un dron.

“Primero, comprobamos en laboratorio que este sensor era capaz de detectar diferentes concentraciones de crema gracias a los filtros UV de su composición. Después, en las pruebas que hemos hecho este verano con el prototipo en las playas de la Caleta y Camposoto (Cádiz), hemos calibrado las mediciones desde el dron con muestras de agua tomadas in situ y vemos que también ha funcionado”, explica el investigador.

Protocolos al servicio de las administraciones locales
Hasta la fecha, no existe ningún dispositivo de teledetección capaz de detectar filtros solares. Por tanto, el que ha desarrollado el ICMAN-CSIC abre muchas posibilidades al mercado y a las administraciones públicas. Pero el proyecto TurisDron, que nace de la necesidad de evaluar algunos de los impactos de la afluencia de público a las playas, pretende calcular un índice a partir de más parámetros indicativos de dichos impactos: concentraciones de nutrientes, metales pesados, microplásticos, cantidad de personas, etc.

La idea es que el índice “permita a los gestores ambientales de los ayuntamientos, por ejemplo, saber si una playa ha rebasado un límite que requiera tomar medidas”, explica Antonio Tovar Sánchez, investigador principal del proyecto. “Por eso, las herramientas que diseñamos están preparadas para que puedan utilizarlas directamente las personas encargadas de gestionar estos espacios. Tanto el sensor embarcable en drones, como el índice, que será como un semáforo indicador de la calidad de las aguas”, continúa.

'One Ocean, One Health'
Lo que hagan las administraciones con la información que les proporcione el índice dependerá de muchos otros factores, pero los investigadores esperan que les sirva para gestionar de alguna manera el uso de las playas “de manera que, al menos, puedan mantener su calidad ecológica en niveles aceptables”, concluye Tovar. Este científico es también el actual director del ICMAN-CSIC, un centro que, como otros de ciencias marinas del CSIC, apuesta por el enfoque One Ocean, One Health, es decir, “estudiamos de manera individual algunos aspectos dentro del concepto One Health, como la salud de los ecosistemas o de algunas especies del océano, para luego integrarlo en el concepto One Ocean, porque el océano es el que engloba todo ello”, explica.

El proyecto TurisDron es un ejemplo de cómo el desarrollo tecnológico de un dispositivo sencillo, transferido a unos experimentos de detección de contaminantes inicialmente aislados, puede contribuir al objetivo, mucho más ambicioso, de mejorar la salud del océano para cuidar nuestra propia salud, y viceversa. “Los drones nos han permitido expandir la aplicación de nuestras tecnologías, que nos permitirán conocer cuánto contaminamos y cuál es la salud de nuestros ecosistemas”, concluye el experto.

Ana Lozano del Campo / Contenido realizado dentro del Programa de Ayudas CSIC – Fundación BBVA de Comunicación Científica, Convocatoria 2023 CSIC

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