
¿El bullying empieza en casa?
Cristian Ruiz García
Miguel es un niño de 2º ESO que asiste a un centro educativo de Canarias. Ante sus ojos existen dos realidades: las que aprecia un joven de trece años, pero a su vez, la de un adulto responsable y preocupado por el sistema educativo.
En su clase hay veintiocho alumnos de los cuales quince son chicos y trece, chicas. Ha escuchado que lo máximo permitido en las aulas son veinticinco y que, si existe alumnado con necesidades especiales, equivaldría a dos plazas en vez de una. Casualmente tiene tres compañeros así, una chica con Trastorno del Espectro Autista y dos con Déficit de Atención e Hiperactividad. A Miguel, los cálculos le salen que la ratio se excede en seis según la normativa.
Aunque el aula lleva sin pintar dos años por falta de presupuesto, tiene las persianas rotas desde antes de él nacer y los pupitres son los mismos que usaron sus padres; Miguel se encuentra cómodo. Tienen un proyector que funciona la mayoría de las veces, aunque la luz se ve algo amarilla; y su tutor ha comprado unos altavoces que se oyen mucho mejor que los anteriores. Eso sí, cuando ponen un vídeo, tienen que tapar con sus chaquetas o con cartulinas las ventanas para que no pase la luz y ver bien la imagen.
El gran fastidio es el calor que se acumula en el aula, sobre todo a partir del mediodía. Cuando hay mucha calima, el termómetro suele llegar a los 50ºC, pero no sabe si realmente es más o no, pues es el máximo al que marca. Se rumorea
que los políticos de educación sí disponen de equipos de aire acondicionado en sus trabajos, pero que no los quieren compartir con nosotros.
Miguel tiene los libros y libretas de todas las materias. Estas se componen de las comunes, es decir, Lengua Castellana y Literatura, Matemáticas, Inglés, Geografía e Historia, Física y Química, Educación Física, Trabajo Monográfico y Alemán. Además, tiene cuatro opcionales: Educación Plástica, Visual y Audiovisual, Música, Tecnología y Digitalización y por último, Atención Educativa.
En total, hay treces profesores pendientes de su proceso de enseñanza – aprendizaje. Cada viernes reflexiona durante el trayecto a casa de los abuelos de cómo ha ido la semana, pero nota que sus profesores no están bien, que parece que llevan una máscara para no mostrar lo que verdaderamente sienten. Pero Miguel sí puede ver lo que hay detrás. Cinco de sus profesores toman pastillas para poder afrontar los temblores cada mañana en el centro educativo e incluso, dos de ellos plantean acabar con todo y dejar de sufrir.
Miguel no entiende por qué en su clase insultan a diario a tres profesores:“gorda”, “subnormal”, “maricón”, “calvo de mierda”, etc., y mientras tanto, ellos ni se inmutan. Están tan acostumbrados a las faltas de respeto que lo verdaderamente sorprendente es ver su cara de sorpresa cuando les decimos “buenos días” por los pasillos. También, de todos los profes, dos han cogido la baja porque les han agredido. A una, una compañera la empujó y se le encaró, frente a frente. Al otro profe, el compañero repetidor le lanzó la silla y vino a clase con cabestrillo hasta que dejamos de verlo. Esta es la violencia que ve Miguel en su instituto día tras día.
Los profes están tristes y eso que desconocen que siete de ellos son insultados por el grupo de WhatsApp. A Miguel también le preocupa que algunos padres también lo hacen cuando hablan en el grupo de los mayores. Se mofan porque
el equipo directivo ha puesto carteles de que está prohibido grabar y filmar las conversaciones en las reuniones de padres. Es que “son unos cobardes”. Al fin y al cabo, si diez de mis trece profesores saben que su labor no está siendo reconocida por la sociedad, por algo será.
Y es que, de todos los niños que estamos en clase, solo he escuchado que apoyan y valoran a los profesores siete de las veintiocho familias. El resto, solo los critican, se ríen de ellos y cuando La Provincia o Canarias 7 publican noticias sobre los docentes, ponen en comentarios que son unos “caraduras”, “gandules” y les recuerdan que tienen “tres meses de vacaciones”.
Miguel está triste porque ve como el bullying ha comenzado en casa. Él pensaba que sería entre chicos, a la salida del cole, pero nunca llegó a imaginarse que el acoso empezaría en el hogar y que las víctimas fueran la mitad del profesorado que conoce.
Y es que ¿a quién le gustaría ir a su trabajo sabiendo que va a recibir insultos, amenazas y vejaciones a diario? Si denuncian las agresiones, no llegan absolutamente a nada y la Consejería solo hace la vista gorda con una baja de larga duración hasta el curso escolar siguiente. No hablemos del estigma que les queda de por vida, pues pasará de boca en boca y de curso a curso, que “Fulanito le pegó a la profe de mates y acabó yéndose”.
Si las familias, las instituciones y la sociedad tratan así a los responsables de mi educación, ¿cómo podrán sacar lo mejor de mí?, reflexiona Miguel. Artículo realizado a partir de los resultados del “Estudio Nacional sobre el Estado de Ánimo de los Docentes de 2023”, del Consejo General de Psicología de España.


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