
El liberalismo político en el siglo XIX

El liberalismo adopta una postura tolerante de la vida y que se plasmaría en las Constituciones, después de haber derribado el Antiguo Régimen y las Monarquías absolutas, en el período histórico conocido como el de las revoluciones liberal-burguesas, desde el último cuarto del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Nació de la conjunción de los principios ilustrados con los del derecho natural con influencia cristiana.
Hemos definido al liberalismo como una filosofía política basada en la salvaguardia de la libertad individual, que se convierte en la justificación última de la sociedad política, del Estado. La libertad individual no podía depender de la decisión del rey, como si fuera un privilegio que se otorga o se deroga. Así pues, el titular último del poder sería la nación, es decir, la soberanía sería nacional. Implicaría la limitación de las facultades de los monarcas, mediante las Constituciones. En esas Constituciones habría dos componentes: unas declaraciones de derechos con sus respectivas garantías o parte dogmática, y la división de poderes que no podrían concentrarse (legislativo, ejecutivo y judicial) o parte orgánica.
Los nuevos ciudadanos, antes súbditos de los reyes, no formarían parte de un conjunto homogéneo sino que terminarían agrupándose en partidos, cuyos principales componentes accederían al legislativo tras unas elecciones. Los partidos en la Europa continental tuvieron como referente los clubs de la Revolución Francesa, mientras que en Inglaterra había una sólida tradición desde el siglo XVIII con tories y whigs.
Las elecciones se organizarían en torno al derecho al voto, y el derecho a ser elegido. El liberalismo más conservador o doctrinario postulaba el sufragio censitario. Sólo podrían votar y ser elegidos los ciudadanos con un determinado nivel de renta y/o cultura, variando estos niveles del momento histórico. Se consideraba que sólo estos ciudadanos tenían tiempo y conocimientos para elaborar leyes y dedicarse a la política. La propiedad, símbolo del éxito social, permitiría tener el respaldo para poder dedicarse a gobernar y a elaborar leyes. El liberalismo democrático postularía el sufragio universal, al considerar que los asuntos públicos eran de todos y para todos.
El liberalismo político fue una ideología revolucionaria frente al Antiguo Régimen y la monarquía absoluta, pero, a medida que fue consiguiendo destruir el viejo orden en la primera mitad del siglo XIX, se fue haciendo cada vez más moderada. Las experiencias de las revoluciones y el creciente descontento popular provocaron un intenso temor a las revueltas y la posible pérdida de poder frente a los que nada poseían. Otro factor que explica esta moderación del liberalismo tiene que ver con la resistencia de los estamentos del pasado hacia los cambios y que obligó a los liberales a pactar para conseguir estabilizar los nuevos regímenes, a través de compromisos que integrasen a la aristocracia en el sistema, por lo que algunos autores han hablado de una larga pervivencia de elementos del Antiguo Régimen en Europa hasta la Primera Guerra Mundial.
El liberalismo más moderado es conocido con el nombre de liberalismo doctrinario. Sus principales exponentes fueron Benjamin Constant en Francia y Donoso Cortés en España, entre otros autores. Este liberalismo defendía el concepto de soberanía compartida entre el monarca y el parlamento, por lo que los reyes debían tener el poder ejecutivo, nombrado los gobiernos, e interviniendo en el legislativo, controlando sus medidas potencialmente radicales y designando a algunos de sus componentes. El legislativo debía ser bicameral, de modo que la cámara alta –cuyos miembros eran seleccionados por el rey y/o tenían un escaño por derecho propio- moderase a la cámara baja, cuyos miembros sí eran elegidos. Pero solamente podrían elegir y ser elegidos los denominados ciudadanos activos, es decir, aquellos con riqueza y cultura (sufragio censitario). Este liberalismo se oponía a la democracia, es decir a la participación del pueblo en el sistema político. El pueblo sería, siempre según esta concepción política, ignorante y, además intentaría imponer sus reivindicaciones de signo igualitario en lo económico y social.
Frente a este liberalismo se situaba otro más progresista o democrático, que propugnaba la soberanía nacional, luego popular, la democracia y el sufragio universal masculino.


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