
La democracia en peligro: ¿Títere o ciudadano?
Sergio Santana Santana
Nunca antes la democracia había estado tan cerca del precipicio como en nuestros días. Vivimos tiempos en los que un número creciente de ciudadanos acepta, difunde y defiende soluciones simples para problemas complejos, sin detenerse a cuestionar si detrás de esas propuestas se esconde una manipulación sistemática de su descontento y su aislamiento.
Basta con observar cómo la inmigración se ha convertido en el principal tema de preocupación en localidades donde no reside un solo inmigrante; pueblos que se vacían por la marcha de sus jóvenes, y sin embargo concentran su malestar en un enemigo ficticio. Son marionetas y no lo saben...
La realidad es que la inmigración presenta problemáticas distintas a escala local, comarcal, provincial, autonómica, estatal e internacional. Cada contexto exige respuestas específicas, matizadas. Sin embargo, el titiritero ofrece siempre la misma solución simple, infalible y milagrosa: un discurso vacío que ignora la complejidad y alimenta el conflicto.
Esta sociedad, que ha renunciado en gran medida a ejercer una ciudadanía activa para convertirse en mero consumidor —tanto en lo económico como en lo político—, vive sumida en una frustración constante. Ser solo consumidor nos vacía de humanidad, nos reduce a la condición de clientes pasivos de un sistema que no nos representa, sino que nos utiliza.

El individualismo ha triunfado, y con él, las redes sociales se han erigido como refugio de millones. Pero lejos de ser un espacio de encuentro, se han convertido en caldo de cultivo para la manipulación. Hábilmente dirigidas, estas plataformas canalizan las frustraciones de las personas contra otros individuos —iguales o más débiles—, nunca contra quienes mueven los hilos. El verdadero titiritero permanece en la sombra, mientras nosotros nos enfrentamos entre nosotros.
Este aislamiento digital nos aleja de la participación activa, del intercambio real de ideas, de la construcción colectiva. Y, en ese vacío, la manipulación se fortalece. La democracia, que debería ser el gobierno del pueblo con el pueblo, se ve amenazada cuando se reduce a una mera elección periódica, a una “dictadura de cuatro años” cada vez que un partido logra mayoría absoluta en el parlamento —que no equivale, necesariamente, al respaldo mayoritario de la sociedad—.
El fundamento de la democracia no es la mayoría absoluta, como el titiritero nos quiere vender, sino la propuesta y el debate plural para llegar a consensos. Quienes solo anhelan la mayoría absoluta como respaldo del gobierno de turno no son demócratas; esconden un pensamiento totalitario que busca la destrucción del Estado democrático.
Frente a este panorama, es urgente recuperar nuestra capacidad crítica. Cortar los hilos del titiritero implica pensar por nosotros mismos, buscar fuentes fiables de información, contrastar opiniones, dialogar con quienes piensan distinto. Solo así avanzaremos en el conocimiento y fortaleceremos una democracia que, hoy más que nunca, necesita ciudadanos activos, no consumidores pasivos.
La decisión está en nuestras manos: seguir siendo títeres o asumirnos, de una vez por todas, como ciudadanos.



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