¿Quién gana cuando odiamos al vecino? El odio no cosecha, pero da beneficios.

El odio al vecino no es casual, es rentable. La extrema derecha agita el racismo en Torre Pacheco y lo extiende por el Estado para desviar el foco: del empresario explotador al jornalero sin papeles, del desfalco estructural al bulo viral. Este artículo no narra los hechos —ya conocidos—, sino que señala a quienes se lucran del miedo y la división: los de arriba.
Una mirada atras... Hemeroteca El Sol Noticias07 de febrero de 2026 AraInfo.org (Christian Ferrer García)
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El odio al vecino no es casual, es rentable. La extrema derecha agita el racismo en Torre Pacheco y lo extiende por el Estado para desviar el foco: del empresario explotador al jornalero sin papeles, del desfalco estructural al bulo viral. Este artículo no narra los hechos —ya conocidos—, sino que señala a quienes se lucran del miedo y la división: los de arriba.

Los náufragos de la globalización peregrinan inventando caminos, queriendo casa, golpeando puertas: las puertas que se abren, mágicamente, al paso del dinero, se cierran en sus narices. Algunos consiguen colarse. Otros son cadáveres que la mar entrega a las orillas prohibidas, o cuerpos sin nombre que yacen bajo tierra en el otro mundo adonde querían llegar. Eduardo Galeano.

Es verano y, sobreponiéndose al sonido de las chicharras, llega el atronador ruido de las raíces del odio que poco a poco se van abriendo paso. El racismo germina gracias al sustrato de una sociedad que se beneficia de las altas tasas de población migrante y en el interior de su simiente se concentra un discurso destinado a dividir y a marginar a un sector de la clase trabajadora. Una semilla que prende en la desesperación y florece en cada insulto, en cada mentira viral, en cada dedo que apunta al vecino más débil. Estos días, el municipio de Torre-Pacheco, en Murcia, se ha situado en el foco mediático debido a la persecución a población migrante llevada a cabo por grupos de extrema derecha desplazados desde distintos puntos del país. No es el objetivo de este artículo desarrollar los pormenores ni narrar los hechos, que son de sobras conocidos, sino poner el énfasis en los factores que han llevado a este auge reaccionario que va mucho más allá de los conflictos que han estallado estos días atrás.

Estos grupos de extrema derecha se escudan en la demagogia con un discurso de defensa del pueblo español, que se encuentra inseguro, frente al enemigo que viene de fuera, y su discurso llega amplificado por perfiles anónimos en las redes sociales y los canales de difusión de la conocida como alt-right, una suerte de “derecha antisistema”, “políticamente incorrecta” y que baila con zapatos nuevos al mismo compás que el fascismo. El objetivo fundamental de estos grupos no es ni mucho menos una defensa del pueblo de Torre-Pacheco, el cual le importa bastante poco. Estos grupos viven por y para sembrar el odio y la división en el seno del pueblo, recurriendo sin ningún tipo de reparo a las mentiras y los bulos. A través de un caso sensible y totalmente condenable, como fue la agresión a un anciano por parte de un delincuente común reincidente, se produjo una campaña de desinformación y criminalización con el objetivo firme de criminalizar a la población magrebí en la localidad, azuzando los enfrentamientos en las calles y difundiendo información sesgada y parcial, llegando al punto de los asaltos a comercios y las agresiones salvajes a población del municipio, incluyendo a menores de edad. Estos grupos, cabe decir, que en ningún momento alzaron la voz cuando en esa misma región quedaron impunes los empresarios involucrados en la red de pederastia y explotación sexual infantil que hubo en la región de Murcia o en el propio Torre Pacheco cuando un encargado agrícola abusó sexualmente de 20 trabajadoras del campo.

No fue un hecho aislado. Cada piedra lanzada en Torre-Pacheco resuena en un mapa más amplio, y Aragón no queda fuera. Aquí también hay pueblos donde se señala al migrante con el dedo. Donde se acepta y se fomenta la no integración y la ghettificación de la población de fuera con tal de no coincidir en los mismos espacios con los autóctonos. Donde se mira con recelo al trabajador marroquí del matadero pero no al empresario que lo contrata por menos de lo que dicta el convenio, sabiendo que no se atreverá a denunciar. Aquí también hay racismo, y es promovido por los de arriba, los que se lucran con discursos sobre la delincuencia importada y el atentado contra unas supuestas tradiciones que marcan la línea roja entre lo que es y lo que no es ser español, murciano o aragonés.

A través de las redes sociales y los canales de difusión se vienen regando las plantas de la conspiranoia partiendo del miedo y la inseguridad. Teorías como la del gran reemplazo o el Plan Kalergi, que han sido promovidas por los grupos de extrema derecha como el principal látigo con el que espolear su discurso racista, empiezan a tener cada vez más un eco importante entre la población española. Estas teorías sirven de nexo de unión de gran parte de los partidos ultraderechistas europeos y atacan a la imaginería identitaria forjada gracias a los aparatos culturales de masas. En estos discursos aluden a que está en peligro nuestra “tradición” frente a una invasión planeada y planificada desde hace años por parte de la población árabe.

Existe incluso un movimiento organizado a nivel europeo por parte de grupos abiertamente fascistas que exige la deportación masiva de inmigrantes y que está empezando a organizarse a nivel local y regional en España, con ramificaciones en las cuales se compaginan el discurso del odio, los memes “políticamente incorrectos” sobre Adolf Hitler, las persecuciones y amenazas de muerte a determinadas personas y las exaltaciones de la dictadura franquista. Este grupo, conocido como “Deport Them Now” y que nació auspiciado por los partidos de extrema derecha europeos, entre ellos Vox, utiliza estética abiertamente fascista y nazi como esvásticas, cruces célticas o simbología militar de la Wehrmacht o la División Azul.

En las comarcas del Bajo Cinca, la Litera o el Somontano, la economía agrícola e industrial depende de miles de personas migrantes que se dejan la salud en tajos, almacenes y mataderos. Empresas como Litera Meat en Binéfar, pilar de la industria cárnica aragonesa, funciona gracias a una mano de obra barata, invisible y precaria. Muchos trabajadores malviven en pisos hacinados o naves sin condiciones, con jornadas extenuantes y sin apenas derechos. Quien levanta la voz, sabe que puede perder el trabajo… y con él, la posibilidad de regularizar su situación. Y todo eso se silencia mientras los balances empresariales baten récords.

La irregularidad administrativa se convierte así en una herramienta más de control. Los empresarios y subcontratas lo saben: cuanto más vulnerable es alguien, más dócil resulta. El miedo a ser deportado o a no conseguir los papeles pesa más que cualquier comité de empresa. El capitalismo no tiene prejuicios raciales: necesita fuerza de trabajo barata, y si es fácilmente sustituible, mejor. Pero para justificar esta explotación, necesita también un relato. Y ahí entra el discurso del odio.

Vox lo dice sin rodeos: hay que expulsar a ocho millones de personas. Es una cifra inventada, pero útil. Sirve para presentar al migrante como una amenaza masiva, como si España estuviera en peligro de desaparición por culpa de quienes cosechan fruta, limpian hoteles o cortan canales de jamón. Santiago Abascal acusa a los menores extranjeros de “delincuentes en manada”. Rocío Monasterio habla de “estercoleros multiculturales”. Alvise Pérez difunde bulos a diario sobre delitos cometidos por migrantes. Roberto Vaquero publica una novela-panfleto en la que habla de la amenaza islámica para la cultura española. Todos ellos nutriéndose del altavoz que suponen los grandes medios de masas en los que participan todos a pesar del supuesto discurso “políticamente incorrecto” que tienen.

Por otro lado, la pléyade de cuentas anónimas de Twitter (ahora X) —a las que me vais a permitir no dar más difusión de la que ya tienen en este artículo— y que están destinadas prioritariamente a varones que se sienten incomprendidos y acosados por la “cultura woke”, se vuelcan con este discurso igual que lo hacen contra las mujeres o el colectivo LGTBI. Son los mismos nostálgicos de una tradición inventada, inexistente, y que camufla tras ella una exaltación de los valores ultraconservadores y reaccionarios. El patrón común que siguen estas cuentas es la de auténticos agitadores del odio, responsables directos de las algaradas y aliados de los grupos fascistas que han iniciado los disturbios. Muchos de ellos, que nunca salen de la seguridad de su habitación y que siempre buscan una excusa por la cual al final no han podido acudir, están bombardeando continuamente con propaganda reaccionaria a nuestros jóvenes incitando al odio.

Y ese discurso prende. En grupos de WhatsApp, en bares, en radios locales donde se culpa a los migrantes de que “ya no se pueda vivir tranquilo”. Se azuza la división y se fomentan los enfrentamientos, se presenta el conflicto como un “o ellos o nosotros”, el “último bastión de la Hispanidad” frente al enemigo de fuera. Pero es más fácil culpar al de abajo y generar división. Es este discurso el que fomenta que los jóvenes descendientes de inmigrantes de 2ª o hasta 3ª generación sientan un desarraigo y una desafección total hacia el país que les vio nacer e incluso les provoque el sentimiento de rechazo hacia una cultura supuestamente española y tradicional que les señala como el enemigo. Esta mezcla de ingredientes es la que fomenta los disturbios y enfrentamientos y que sirve, nuevamente, para señalar la inseguridad como un factor determinante. Yendo al registro de datos del Ministerio del Interior, los delitos conocidos en España se sitúan ahora en una tendencia al alza desde la pandemia de la COVID-19 pero en ningún caso son superiores al número de delitos en el período 2010-2014.

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Datos del Ministerio de Interior sobre la evolución anual de los delitos conocidos en España en el período 2010-2023.Si aumentamos la perspectiva a períodos anteriores, donde según estos voceros la inmigración no era un problema ni trataba de invadir nuestro país de forma violenta, como pueden ser los años 80, vemos que este argumento no se sostiene y que, en nuestros días, la delincuencia se sitúa en números brutos en alrededor de la mitad de casos totales. La diferencia fundamental es la utilización que se hace de estas cuestiones, que generan un impacto muy fuerte en la opinión pública. El miedo es un factor determinante en la toma de decisiones de las personas y es azuzado siempre por parte de los grandes medios de masas y de los partidos del régimen para favorecer sus intereses. Un pueblo con miedo siempre va a ser mucho más fácil de controlar y además es susceptible de discursos belicistas y punitivistas, que es uno de los pilares de los grupos de extrema derecha para justificar tanto un aumento generalizado de la represión a la vez que se fomentan la creación de grupos parapoliciales con la excusa de que es necesario tomarse la justicia por su mano y actuar ante la inacción y la complicidad con “el enemigo” de las fuerzas del estado. Estas dos vertientes, aparentemente contradictorias, tienen una alta carga ideológica en un contexto de nacionalismo exacerbado.

¿Pero por qué recurrir a la inseguridad a sabiendas de que es un argumento falso? Porque el racismo no es sólo ignorancia: es estrategia. La inseguridad apela al miedo en el seno de la población civil y ese es un sentimiento muy poderoso, activa los mecanismos más primitivos de defensa y es en esa sensación de vulnerabilidad donde más susceptibles son los ciudadanos de aceptar argumentos fáciles, aunque sea propaganda falsa. Es una forma de dividir a los trabajadores, de enfrentar al último con el penúltimo. En vez de señalar al terrateniente que paga 4 euros por caja recogida, se señala al jornalero sin papeles que hace el Ramadán. En vez de mirar al empresario que externaliza empleos para pagar menos, se mira al operario senegalés que no entiende bien el español y se le acusa de no adaptarse. En vez de exigir condiciones dignas para todos, se exige que “vuelvan a su país”.

Y así, la rabia legítima por los bajos sueldos, los horarios eternos y la vida apretada se redirige hacia el vecino más frágil. Se fomenta la guerra entre pueblos para que no estalle la lucha de clases. Pero si miramos de cerca, el jornalero camerunés que recoge fruta en Fraga, el operario rumano de Fribin o la mujer hondureña que cuida a una anciana en Zaragoza comparten más con cualquier trabajador autóctono que con el dueño del campo o el CEO del matadero. Les une la precariedad, el miedo al despido, la imposibilidad de ahorrar, la dificultad para llegar a fin de mes. Lo demás —el color de piel, la lengua materna, la religión— son diferencias superficiales que se agrandan para que no se vea lo esencial.

La consigna “ni guerra entre pueblos ni paz entre clases” no es solo una frase bonita: es un diagnóstico y una advertencia. Hoy, mientras el ejército israelí arrasa Gaza y deja decenas de miles de muertos palestinos, los mismos partidos de extrema derecha que atacan a los migrantes aquí justifican la masacre en nombre de la defensa de Europa. Se deshumaniza a un pueblo entero para poder bombardearlo con tranquilidad. Es lo mismo que se hace aquí a menor escala: se deshumaniza a quien viene del sur para poder explotarlo sin culpa. La violencia racista y la violencia imperialista comparten estructura. Son dos caras de la misma lógica: la de quienes necesitan dividir para seguir mandando.

Y mientras eso ocurre, quienes deberían poner freno callan o colaboran. Las instituciones miran a otro lado. Las inspecciones laborales apenas rascan la superficie del fraude que se esconde en las ETTs o en las falsas cooperativas del sector agroalimentario. Los sindicatos mayoritarios tardan en llegar, cuando llegan. Y los partidos progresistas temen hablar claro, no vaya a ser que pierdan votos. Así, el odio avanza. A veces en forma de insulto, otras en forma de agresión. Y siempre con el beneplácito de quienes sacan beneficio del desorden.

Pero no todo está perdido. En Aragón también hay dignidad. En Binéfar, colectivos han denunciado la situación de los trabajadores migrantes durante la pandemia, cuando se los culpó de los contagios mientras seguían trabajando sin medidas de seguridad. En Zaragoza, barrios como el Gancho o Delicias resisten la estigmatización con redes vecinales. Y en muchos pueblos, pese a la presión, hay gente que entiende que el futuro no pasa por expulsar al otro, sino por organizarse juntos.

Porque la verdadera amenaza no es el joven marroquí del polígono industrial. Es el sistema que permite que su trabajo genere riqueza para unos mientras él malvive. Y si no se rompe esa lógica, el odio seguirá creciendo. No hace falta esperar a que las agresiones se conviertan en linchamientos. Basta con mirar alrededor: ya están ocurriendo. Ya hay barrios donde la convivencia se rompe. Ya hay niños que crecen pensando que nunca serán de aquí. Grupos de jóvenes que asumen su entorno como algo violento y marginal. La formación de los ghettos que tanto repugnan a la extrema derecha se dan favorecidos precisamente por unas políticas destinadas a maximizar los beneficios de una patronal que es muy consciente de que la no adaptación de la migración es la única opción que tienen para seguir aumentando las cotas de explotación. La solución para estos barrios, donde no hay unas condiciones de vida dignas y la violencia y la delincuencia se acaban convirtiendo en algo común, pasa principalmente por poner la cuestión de clase en el centro y señalar a los responsables de que la situación se haya enquistado hasta el punto de convertirse en zonas marginales de nuestras ciudades y pueblos que no son otros que aquellos que torpedean a diario los derechos sociales y las coberturas más básicas para la clase trabajadora, sea de donde sea.

El reto es enorme. Requiere nombrar al enemigo real: quienes viven de precarizar nuestras vidas mientras nos enfrentan entre nosotros. Requiere organización, alianzas, conciencia de clase. Y sobre todo, requiere recuperar el internacionalismo no como un argumento etéreo, sino como herramienta viva. Porque nadie se salva solo. Porque si expulsan al vecino hoy, mañana no habrá quien nos defienda cuando vengan a por nosotros.

La disyuntiva es clara: o solidaridad de clase o barbarie. O entendemos que nos necesitamos unidos, o el odio nos seguirá devorando por dentro.

www.arainfo.org

Christian Ferrer García (Historiador, profesor de instituto y sindicalista)

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