Cuerpos en conflicto: política y poder en tiempos de gordofobia

No existe manual para ser mujer en la política, menos aún con un cuerpo que no encaja en el molde. El poder exige presencia; la gordura, según el canon, debería esconderse. Una aprende pronto que el cuerpo también es una institución, se regula, se vigila y se comenta.
Mundo06 de febrero de 2026 pikaramagazine - Noemí Villagrasa
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Collage de Ruvitijeras

Nace este texto desde la serenidad de quien ha decidido hablar. No quiero hacer de la gordofobia el centro de mi acción política, ni pretendo convertirme en una activista de esta causa, con todo el respeto que siento por quienes sí lo son.

Escribo este texto precisamente por ellas, porque creo que ha llegado el momento de devolver algo a todas las mujeres que, con valentía y convicción, han abierto camino y han puesto el cuerpo, en todos los sentidos, para que otras podamos hablar hoy desde un lugar más libre.

Reconozco que no soy experta en teoría ni en los lenguajes precisos que acompañan a este debate. Este no es un texto académico ni pretende serlo. Es un relato político, emocional y corporal. Si en algún momento alguien siente que empleo mal una palabra, que me equivoco o que resulto torpe, pido que lo lean desde la indulgencia con la que intento leerme a mí misma. Es así como me he hablado durante años.

He aprendido que reconciliarse con una misma empieza por nombrar aquello que nos enseñaron a esconder

No quiero centrar mi acción política en esto, pero lo que nunca volveré a hacer es callarlo. Porque el silencio también ha sido una forma de obediencia, y hablar de ello es, para mí, un acto de justicia. Justicia conmigo y con todas las mujeres que han sido juzgadas por su cuerpo antes que por su palabra, por su talla antes que por su talento.

Y por justicia, también quiero decir que no estoy inventando nada. Que hay mujeres que desde la política y a través de su vivencia ya han hecho este ejercicio antes que yo, y de una manera mucho más valiente. Las he observado y las he admirado con sana envidia, reconociendo en ellas la libertad que a mí me faltaba para contarme sin pudor.

Este texto solo pretende sumarse a esa corriente de mujeres que han entendido que el cuerpo también es discurso y que ponerle voz es hacer política.

Lo personal es político


Kate Millett escribió que «lo personal es político». Esa frase, tantas veces repetida, terminó por hacerse carne, hasta convertirse en una verdad imposible de ignorar. Hay historias que una no elige contar: son ellas las que insisten, las que piden voz. Esta es una de esas.

Esto que escribo no es un discurso académico ni un testimonio victimista. Es una vivencia política, emocional y corporal compleja, contada desde la experiencia y el pensamiento feminista.

He dedicado más de la mitad de mi vida a la política. He ocupado lugares donde las palabras se convierten en leyes y las decisiones afectan vidas. Pero durante todo ese tiempo hubo algo de lo que no supe —o no quise— hablar: mi relación con el cuerpo. Ese cuerpo que me acompaña resiste, cambia y sostiene; el mismo que tantas veces se volvió obstáculo o espejo incómodo.

Guzaliia-FilimonovaCuidar por amor, cuidar por dinero

No existe manual para ser mujer en la política, menos aún con un cuerpo que no encaja en el molde. El poder exige presencia; la gordura, según el canon, debería esconderse. Una aprende pronto que el cuerpo también es una institución, se regula, se vigila y se comenta. No hay neutralidad posible.

Durante años hablé de igualdad y justicia, pero no de la desigualdad que me atravesaba más íntimamente: la que me hacía mirar mis fotos con pudor o evitar ver mis propias intervenciones en el Congreso. Hoy entiendo que ese silencio también era político. Que callar sobre el cuerpo es una forma de obedecer. Naomi Wolf en El mito de la belleza traslada que el ideal de delgadez no es una aspiración estética sino una herramienta de control. Siento que romper el silencio en este momento, es, por tanto, un acto de resistencia.

La política, que debería ser ámbito de ideas, se transforma en escenario de cuerpos

No escribo esto buscando compasión, sino coherencia. Mi cuerpo también ha hecho política, incluso cuando yo intentaba disimularlo. Porque la gordofobia no es solo un problema de apariencia, es una violencia contemporánea que intersecciona con el machismo, el clasismo y el racismo; una frontera invisible que decide quién merece ser escuchada y quién no.

He decidido escribir esto porque ya no me pesa tanto la incoherencia como el silencio. Porque sé que muchas mujeres viven esta misma contradicción: defender la diversidad corporal y, al mismo tiempo, sufrirla. Y porque he aprendido que reconciliarse con una misma empieza por nombrar aquello que nos enseñaron a esconder.

El cuerpo como frontera

El cuerpo es territorio. Desde niñas nos enseñan a medirlo y a calibrarlo frente a la mirada ajena. Pero cuando ese cuerpo se convierte en figura pública, deja de pertenecernos del todo. La política, que debería ser ámbito de ideas, se transforma en escenario de cuerpos. Y no todos son tratados igual.

He comprobado que el poder y el cuerpo no siempre coinciden. Se puede ocupar un cargo alto y, sin embargo, sentir que el cuerpo no tiene autoridad. Cada gesto, cada fotografía se analiza con más detalle que los argumentos. Ser gorda en ese contexto no es una cuestión física, es un condicionante político. Una frontera silenciosa.

Cuando una mujer gorda ocupa espacio público, su cuerpo se vuelve acto político en sí mismo

No hablo de vanidad, sino de legitimidad. Los cuerpos que se salen de la norma se vuelven objeto de sospecha. Mi gordura no afecta a mi inteligencia ni a mi capacidad de liderazgo, pero sí modifica la mirada de quienes buscan debilidad donde no la hay. Ese escrutinio pesa más que cualquier crítica pública.

Susan Bordo explica cómo el cuerpo femenino se convierte en superficie donde se inscriben las ansiedades culturales en la cultura occidental. En la política, esa superficie se amplifica. Por eso, cuando una mujer gorda ocupa espacio público, su cuerpo se vuelve acto político en sí mismo.

Fuera ya de la primera línea, puedo decirlo sin miedo a ser vulnerada: hablar del cuerpo no es desviarse del tema, es nombrar una estructura de poder. La gordofobia se filtra en la vida pública, en los gestos y silencios, en lo que se nos permite decir. Y, sin embargo, cada vez que elegimos mostrarnos, también elegimos resistir. Habitar el cuerpo sin pedir permiso es la primera forma de autoridad.

Transformaciones: el cuerpo que cambia

No era la primera vez que mi cuerpo cambiaba. Pero lo que ocurrió tras el COVID fue distinto. Una tiroiditis de Hashimoto transformó mi cuerpo en cuestión de semanas. Cada mañana era un desconcierto. No sabía qué ropa me valdría, ni quién me devolvería el espejo.

Yo, que planificaba discursos y campañas, no podía controlar mi propio cuerpo

Lo más difícil no fue el cambio físico, sino la pérdida de control. Yo, que planificaba discursos y campañas, no podía controlar mi propio cuerpo. Dejé de verme en las grabaciones del Congreso. No soportaba esa imagen ajena.

Asumí el diagnóstico con disciplina, hasta que entendí que no era una simple anécdota médica, era una transformación profunda. La enfermedad alteró mi relación con la comida, el sueño, la energía, la autoestima y conmigo misma. Entonces decidí rebelarme. Convertí la dolencia en militancia. Observé, anoté, experimenté. Busqué entender. No quería volver a ser la de antes, quería ser más delgada y a la vez aprender a vivir dentro de este nuevo cuerpo que había llegado sin permiso.

Descubrí que la enfermedad también tiene dimensión política. Como dice Judith Butler, los cuerpos son lugares donde se expresan las normas y los límites de lo humano, no son simplemente realidades biológicas, sino construcciones sociales y discursivas.  Las mujeres aprendemos a aceptar el malestar como parte de la normalidad. Yo preferí cuestionarlo. Ponerle palabras a un dolor que no era solo físico, sino simbólico.

No puedo decir que me recuerdo infeliz, pero sí alarmantemente extraña dentro de mí. Tal vez escribir esto sea mi forma de reconciliarme con ese cuerpo que resistió y que, aún con sus cicatrices, sigue sosteniéndome.

La mirada ajena

En política una aprende pronto que el cuerpo no es solo suyo. La mirada pública lo ocupa, lo traduce y lo evalúa. Cada gesto puede convertirse en mensaje. Cuando el cuerpo no encaja, esa mirada pesa el doble.

Durante años creí haber construido una coraza. Me decía que lo importante eran las ideas. Pero el cuerpo iba siempre delante. Antes de hablar, algunos ya habían decidido qué pensar de mí. En la expresión contenida, en los silencios, en la condescendencia, porque la violencia estética se filtra en lo cotidiano.

La gordofobia a veces consiste en una mirada rápida o un comentario de falsa preocupación

Una vez, un dirigente de ultraderecha me comparó con una “foca” por mis críticas a su partido. No me dolió el insulto, sino lo que representaba: la facilidad con que se deslegitima a una mujer desde el cuerpo. Ese machismo que Naomi Wolf describió tan bien que usa el ideal de belleza como disciplina y como respuesta al avance de los derechos y libertades de las mujeres sigue vigente.

La gordofobia no siempre necesita palabras. A veces basta una mirada rápida o un comentario envuelto en falsa preocupación. Esa compasión encubierta es de las violencias más sutiles y persistentes.

Una noche soñé que, en un debate, alguien me llamaba gorda y yo respondía: “He estado flaca, gorda y más gorda, pero el cerebro nunca se me ha adelgazado”. Me desperté serena. Era mi inconsciente recordándome que la inteligencia no se pesa.

Durante años intenté que mi cuerpo no fuera tema, hasta entender que negarlo le daba más poder. Mirarme sin juicio se volvió una práctica de resistencia. Hoy sé que no hay política sin cuerpo: la voz, la emoción y la vulnerabilidad parten de ahí. Habitarlo sin pedir permiso es decir “aquí estoy, entera”.

La contradicción permanente

Convivir con el cuerpo no tiene final. No hay reconciliación definitiva, solo vaivenes entre orgullo y pudor, fuerza y fragilidad. Me gustaría contar la historia de una mujer plenamente reconciliada consigo misma. Pero esa no sería la mía.

He intentado disciplinar, esconder, celebrar y explicar mi cuerpo. Ninguna fórmula ha durado

He intentado disciplinar, esconder, celebrar y explicar mi cuerpo. Ninguna fórmula ha durado. Cada etapa trae una versión distinta de mí con la que debo volver a pactar. El deporte me ha devuelto a veces la calma, no por estética, sino por la sensación de poder, aunque haya tenido que negociar con la constancia.

Reconozco también mi propia condescendencia, he juzgado a otras mujeres como me juzgo a mí misma. He pensado que su seguridad era impostura, que su aceptación era consuelo. Repetí con ellas el mismo gesto que la sociedad repite con nosotras: creer que la libertad corporal es discurso y no experiencia.

image_compressor_68f639f44f62cDe cuando la perspectiva feminista llegue a las facultades de periodismo.

Las mujeres jóvenes me han enseñado otra mirada. Ellas muestran sus cuerpos con orgullo, sin pedir permiso. Han entendido que enseñar el cuerpo también es ocupar el espacio público. Este verano lo hice por primera vez: he enseñado la tripa sin culpa. No por provocación, sino por libertad.

Sostener la contradicción sin vergüenza quizá sea el verdadero acto político. Puedo defender la diversidad corporal y seguir incomodada con la mía. Puedo querer gustar y temer no hacerlo. Dice bell hooks que esa tensión también es resistencia, que amar el propio cuerpo es un gesto radical en una cultura que nos enseña a odiarlo.

 Afectos, deseo y ternura

He tenido una vida afectiva plena, marcada por mis decisiones. He amado y he sido amada desde la autonomía. Pero también hubo momentos en los que sentí que mi cuerpo limitaba mi derecho a ser deseada. Sé quiénes fueron los que no dieron un paso más por mi cuerpo y ellos también lo saben, no hay reproche en eso, hubo dolor, pero solo queda conciencia.

Cuando el cuerpo no es el esperado, la vergüenza se vuelve una forma de autocontrol

El sistema nos enseña a confundir deseo con validación. Cuando el cuerpo no es el esperado, la vergüenza se vuelve una forma de autocontrol: no pedir, no mostrar, no exponerse. Muchas mujeres han aprendido a agradecer el afecto, como si el amor fuera un favor. Esa distorsión es política, el patriarcado regula también nuestra percepción de lo que merecemos.

Yo no me reconozco en la entrega por carencia, pero sí en la educación emocional que nos enseña a agradecer el amor. Entender que el deseo y la ternura son también espacios de libertad implica reapropiarnos del cuerpo y de su dignidad.

Las relaciones, como los cuerpos, son políticas. Nombrarlo no resta belleza al vínculo, sino que la amplía. He aprendido que amar desde la plenitud corporal es también una forma de justicia.

 Cuerpo y fuerza: movimiento, tiempo y libertad


Hoy vivo mi relación más plena con el cuerpo a través del movimiento. Me gusta sentirme fuerte, no por corrección ni estética, sino por placer y autonomía. El ejercicio se volvió refugio y una vez más, resistencia.

Moverme no ha sido corregirme, sino reconciliarme

Recuerdo las carreras por Madrid Río, la Cannondale, las clases de zumba, el box de crossfit, los gimnasios de Madrid y Lima que fueron refugios. Cada esfuerzo fue una manera de sostenerme. Hace casi dos años tomé una decisión esencial, confiar en mi entrenadora y en mi nutricionista. Recuperar el cuerpo como aliado, no como enemigo.

Moverme no ha sido corregirme, sino reconciliarme. La fuerza transforma no solo el cuerpo, sino también la mente. El cuidado personal es político, es afirmar que merecemos existir en plenitud, sin vergüenza.

Cada gesto de cuidado, cada movimiento consciente, es una forma de libertad. Habitar el cuerpo con lucidez es proyectar vida, continuidad, deseo. Es convertirlo en territorio de acción.

 El cuerpo político: una voz colectiva


«Lo personal es político». Kate Millett lo escribió, y Naomi Wolf lo desarrolló al mostrar cómo el ideal de belleza se impone como sistema de poder. Hablar del cuerpo, entonces, no es frivolidad, es hacer política.

La violencia sobre los cuerpos femeninos adopta muchas formas: acoso, discriminación, sexualización, imposición de cánones. La gordofobia (que también impacta sobre los hombres y personas no binarias gordas) se suma a ellas como una manera  una manera más de controlar quién merece espacio, afecto o reconocimiento. No es un asunto individual, es estructural.

Pero hay resistencia. Mujeres que muestran sus cuerpos, que escriben, que crean, que divulgan, que gritan. Que desafían los estándares y reclaman el derecho a existir tal como son. Ellas me han enseñado a mirar desde otros ángulos, a sostener mi cuerpo como acto de cuidado y poder.

Mi voz aquí no es solo mía, es colectiva. Hablar de gordofobia, de contradicción y de fuerza recuperada es poner en palabras lo que muchas viven en silencio. Vivir en un cuerpo no normativo no es un fracaso, créanme, es una forma de resistencia.

Hablar del cuerpo es hablar de derechos, dignidad y libertad. Los cuerpos de las mujeres importan, y merecen existir sin permiso, en su totalidad y contradicción.

****

Escribo desde mis mareas internas, recordándome casi a diario que me elijo. Este cuerpo que cambia y duda, pese a querer ser siempre más delgado, también sostiene mi forma de hacer política.

pikaramagazine - Noemí Villagrasa

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