De cuando la perspectiva feminista llegue a las facultades de periodismo.

La academia y las estructuras universitarias necesitan una intervención transversal y radical para cambiar enfoques y contenidos y generar nuevas relacionales entre alumnado y profesorado.
General31 de octubre de 2025 pikaramagazine.com (Isabel Muntané)
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Ilustración: Mod Quaint / iStock.

Vamos a empezar siendo sinceras, el periodismo sin perspectiva feminista es el que se imparte en las facultades, aunque no es posible contar la realidad desde el periodismo mainstream, que continúa mostrándose y divulgándose como periodismo de calidad, como periodismo imparcial. Un periodismo que insiste en presentarse como objetivo cuando ciertamente objetivo es, como ya dijo Adrienne Rich, el nombre que han dado muchos hombres a su propia subjetividad.

Teoría de la comunicación; Historia del periodismo; Estructura social y política; Tecnologías de la información y la comunicación; Derecho de la comunicación y deontología profesional o Comunicación corporativa. Son solo unos ejemplos cazados al azar. Podríamos ir ampliando la lista de asignaturas que se imparten en las facultades de Periodismo. Pero ni el azar ni la búsqueda consciente nos llevaría a encontrar la perspectiva feminista ni en los títulos de las asignaturas ni en el contenido de las materias, salvo honrosas excepciones. Excepciones que la mayoría de veces, por no decir todas, se dejan en manos de la voluntad y del activismo –activismo universitario lo llamo yo– de las profesoras concienciadas. Esas que dedican su tiempo a dar una vuelta de tuerca a unas guías docentes que mantienen invisibilizado el saber de tantas mujeres periodistas que nos han precedido, y a introducir en cualquier materia la perspectiva feminista a costa, por supuesto, de esfuerzo individual sin esperar ninguna compensación ni reconocimiento de la colectividad.

Es cierto que mover estructuras no es fácil, que cambiar dinámicas consolidadas en años de ejercicio requiere de voluntad, valentía y presupuesto. Ya sabemos que en nuestra sociedad todo se acaba justificando por y con dinero cuando a veces, solo a veces, el dinero no es el factor determinante, aunque sí la excusa perfecta en el marco capitalista. Más allá de la necesaria inversión, el cambio en la academia y en el periodismo que se imparte requiere de no esconder el conflicto bajo una máscara de calidad. Para ello necesitamos parar, pensar, cuestionarnos, arriesgarnos. Necesitamos un tiempo que la prisa y el alcance de objetivos inmediatos que nos impone el sistema lo dificultan.

Y, además, todo ello incomoda. Incomoda colectivamente e individualmente. Incomoda mucho porque nos expulsa de la zona de confort, nos enfrenta a una realidad que no queremos ver. Incomoda porque nos obliga a revisar un saber que dábamos por cierto y que ahora cuestionamos.  Un saber con el que se ha obtenido el reconocimiento y el prestigio social y académico del conocimiento. Arriesgarnos a salir de la zona de confort nos lleva a aceptar la parcialidad de conocimiento y a admitir que nos hemos equivocado. Todo un proceso humano complicado, difícil de digerir, y más cuando el poder que sustenta este conocimiento no impulsa un cambio que haría temblar estructuras. Un cambio que generaría conocimiento crítico y que fácilmente se convertirá en arma contra establishment. Arriesgar siempre ha sido cosa de outsiders que aparentemente no tienen nada que perder. Y justamente de estas personas, pocas hay en la academia.

Si bien es cierto que estamos asistiendo a un cambio de discurso en algunas facultades, también lo es que este avance es lento y cae en incoherencias y contradicciones. No podemos depositar el cambio en la voluntad, la formación y la lucha, porque también es lucha, de la individualidad de determinadas profesoras. No podemos esperar que el cambio sea radical cuando no ponemos herramientas al alcance de todos los equipos docentes. No podemos esperar transformar la formación universitaria cuando trabajar por un periodismo feminista no obtiene reconocimiento ni formal ni informal. Y, por supuesto, no obtiene reconocimiento académico.

El cambio estructural que se requiere en la academia no se podrá llevar a cabo sin una implicación decidida de todo el aparato académico y docente y, por supuesto, no se podrá imponer y consolidar si no se promueve una formación feminista del profesorado y de toda la plantilla universitaria. No podemos esperar que los equipos docentes impartan periodismo feminista por pura inercia. El feminismo, aunque algunos quieran hacernos creer lo contrario, requiere de todo un proceso de aprendizaje que hay que cultivar y valorar, como se valoran otros saberes atribuidos a hombres.

Necesitamos unas estructuras universitarias y equipos docentes que entiendan que el periodismo con perspectiva feminista no es una opción, es una necesidad. Construir desde las facultades de comunicación un periodismo feminista es mirar más allá de las relaciones y estructuras de género que son solo una parte de todas las opresiones que denunciamos desde el feminismo. Es mirar el mundo y la realidad como un todo que se mueve constantemente, que evoluciona, cambia, se cuestiona y te cuestiona desde el género, la etnia, la clase, la edad, las capacidades, el territorio, la economía, la política y una enorme lista de estructuras de dominación y de poder.

Introducir el periodismo feminista en la academia es exponerse al cambio, es permitir que tu mente y tu cuerpo se zarandeen, porque hacer periodismo feminista es también poner el cuerpo. El cuerpo para parar los golpes que vendrán desde el momento en que se cuestiona la realidad impuesta desde la academia y los medios. El cuerpo que luchará por enseñar una realidad diversa, veraz y contrastada. El cuerpo que se enfrentará a la crítica de las alumnas porque antes habremos abierto la caja de herramientas para que ellas puedan poner en duda lo que explicamos y lo que dejamos de explicar.

Se trata de una intervención transversal y radical donde las mujeres y todas las personas olvidadas por el periodismo oficial seamos las protagonistas y dejemos de transmitir la ideología machista a través de infinidad de medios que nos perpetúan en el periodismo oficial. Necesitamos, justamente, cambiar enfoques más allá de los contenidos académicos. Necesitamos un movimiento que cambie la materia que impartimos, cómo y desde dónde la impartimos y a quién interpelamos. Necesitamos generar nuevas relaciones entre las alumnas y entre las alumnas y el profesorado. Necesitamos un nuevo sistema relacional en el aula donde las alumnas asuman responsabilidades y un protagonismo activo y crítico con la materia y con el profesorado. Necesitamos un nuevo sistema de organización donde el profesorado no necesite de la amenaza ni del miedo para obtener el respeto y para hacer valer su conocimiento y autoridad. El sistema patriarcal de enseñanza no funciona si queremos periodistas con pensamiento crítico.

Si introducimos estos cambios en la academia ya no será un sueño contar con medios feministas. Revolucionando la academia revolucionaremos la profesión. No hay ninguna duda. Tendremos nuevas generaciones de periodistas ejerciendo la profesión desde una mirada crítica capaz de recuperar la historia no explicada, de nombrar las realidades y territorios omitidos, de situar en el centro las voces silenciadas, de generar nuevos significados, de reequilibrar la agenda informativa y dar más peso a la información de carácter social… Serán nuevas generaciones que situarán a las personas y a los derechos humanos en el centro de la información, más allá de las instituciones, del mundo político declarativo y de las voces consideradas autorizadas porque así lo habrán recibido desde la academia.

Saldremos ganando todas porque con este periodismo podremos romper el círculo perverso de una agenda setting que promueve que la ciudadanía excluya o incluya en sus conocimientos lo que los medios excluyen o incluyen en lo que difunden y en el cómo lo difunden. Cumpliremos con un periodismo digno, al servicio de la ciudadanía, garantizando una información de calidad, plural y veraz, desarrollando un espíritu crítico. Este aprendizaje profesional no solo cambiará las informaciones que producimos, sino que posiblemente incidirá en la organización empresarial y laboral aún marcadas por el androcentrismo social y económico. Una organización donde la mayoría de cargos de dirección son ocupados por hombres y donde impera una cultura empresarial que nos exige el máximo rendimiento sin tener en cuenta nuestras necesidades individuales, familiares y colectivas, o las diferentes condiciones personales y de vida.

El periodismo feminista es el resultado de un largo camino transformador que abarca aspectos de la propia vida y de la colectividad. Como el feminismo, el periodismo feminista es una revolución personal y social que irremediablemente tendrá su incidencia en la mejora de los productos periodísticos. Es un aprendizaje profesional que no se puede separar del cambio y la deconstrucción personal. Es “la revolución desde dentro” de la que fueron pioneras las mujeres de W.I.T.C.H. a finales de los años 60 del siglo XX. Es un periodismo que surge de un proceso de toma de conciencia que pone en crisis la concepción del mundo, los valores impuestos y la legitimidad de una verdad incuestionable hasta ahora. Un periodismo que cumple con uno de los objetivos claves de la profesión: contribuir a la transformación social para avanzar hacia un mundo más justo. Sabemos que no es tarea fácil, ni mucho menos. Ninguna revolución lo es. Pero el camino ya está dibujado, solo falta que se vaya llenando de caminantes y cada vez somos más en este andar feminista. La academia no puede ignorarnos.

Este artículo pertenece al monográfico Periodismo feminista #2, publicado en noviembre de 2021 y que puedes conseguir en tienda online de Pikara Magazine.

www.pikaramagazine.com

Texto: Isabel Muntané

Ilustración: Mod Quaint / iStock.

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