
Obra de Kinjo Minoru que representa el bombardeo de Chongqing.
Uno de los paneles en el taller de Kinjo merece especial atención: se realizó en colaboración con artistas de Chongqing, China, que viajaron a Okinawa para trabajar junto a él. Durante la Guerra Mundial Antifascista, el ejército japonés sometió a Chongqing a años de bombardeos estratégicos, particularmente entre 1938 y 1943, matando a miles y obligando a la población a refugiarse en cuevas y búnkers excavados en las laderas de la ciudad. Dos pueblos en lados opuestos de una misma guerra imperial, ambos refugiados en cuevas, crean arte juntos ocho décadas después.
La relevancia se profundiza cuando Kinjo comparte una historia notable que conecta las historias de resistencia de ambos pueblos. En octubre de 1962, en pleno apogeo de la Crisis de Octubre (conocida en Occidente como la Crisis de los Misiles en Cuba), las tripulaciones de la Fuerza Aérea estadounidense en Okinawa reciben órdenes de lanzar 32 misiles de crucero Mace B armados con armas nucleares contra objetivos en toda Asia, incluido Beijing, donde vivo. Los oficiales encargados del lanzamiento en tierra cuestionaron la orden y se negaron a ejecutarla. Que hoy artistas de Chongqing y un escultor de Okinawa construyan algo juntos −manos que moldean el mismo hormigón, tallando la misma historia desde dos lados− no es sólo simbólico. Es un rechazo vivo a la guerra que casi los destruye y a la Nueva Guerra Fría que amenaza con hacerlo de nuevo.
No llores, estudia tu propia historia

Obra de Kinjo Minoru sobre la Batalla de Okinawa.
Los padres de Kinjo se casaron a los 18 años. Tras la muerte de su padre en la guerra, su madre nunca se volvió a casar. Lloraba cada año el 23 de junio, el Día de Conmemoración de Okinawa. Un año, Kinjo le dijo: “No llores. No estoy triste de que mi padre haya muerto. Era una época así. Todo el mundo sufrió. Uno de cada cuatro murió en la guerra de Okinawa. Este no es un día para llorar. Es un día para estudiar tu propia historia: la historia okinawense”.
Esto es lo que Kinjo Minoru ha hecho con su vida. Transformar el duelo y la ira en escultura, plasmar las formas de los muertos en el hormigón para que los vivos no puedan fingir que nunca estuvieron allí. Su taller no es una galería burguesa. Las esculturas están al aire libre, resistiendo la intemperie como la propia isla, visitadas por estudiantes, invitados internacionales y viejos amigos que vienen a ver su trabajo y escuchar sus historias.
Pero la pregunta ya no es solo sobre 1945. Kinjo ve claramente lo que está sucediendo ahora. El 70% de los jóvenes de Okinawa, señala, no saben lo que Japón hizo en Asia durante la guerra, en China, en Corea, en el Sudeste Asiático. “Quizás no apoyarían al primer ministro”, dice, “y los medios hablan de China como una amenaza”. La misma maquinaria que una vez convenció a madres okinawenses de matar a sus propios hijos −educación militarizada, miedo fabricado y supresión del conocimiento histórico− se reensambla hoy en torno a la “amenaza” de China. Okinawa, una vez más, se prepara como zona de sacrificio. Pero okinawenses como Kinjo siguen recordando y resistiendo.
| Tinsagu nu hana ya, chimasaki ni sumiti Uya nu yushi gutu ya, chimu ni sumiri | La flor del bálsamo tiñe las puntas de los dedos Las enseñanzas de los padres tiñen el corazón |
| – Tinsagu nu Hana (てぃんさぐぬ花, Flores de bálsamo), canción folclórica okinawense. | |
Cordialmente,
Tings Chak
Directora de Arte del Instituto Tricontinental de Investigación Social




















