Cierra Ediciones de La Flor: ese loguito que está en todas las bibliotecas

Luego de seis décadas de existencia, se anunció el cierre de Ediciones de la Flor, la que supo ser casa de Quino, Fontanarrosa, Maitena y tantos más. ¿Qué consecuencias trae su desaparición?
Por Demian Urdin
Cultura y Ciencia08 de junio de 2026 El Grito del Sur

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Hace exactamente una semana, el sector cultural argentino, en general, y el campo editorial, en particular, comenzaban una nueva jornada de la 50° Feria del Libro de Buenos Aires con la noticia del cierre de Ediciones de la Flor. Aunque para muches fue una sorpresa, para quienes forman parte del día a día de la historieta nacional era algo esperable, cuando no sabido. 

En junio de 2025, la editorial anunció que desde el 1 de julio la obra de Quino dejaría de ser parte de su catálogo. Se cerraba una relación de 55 años y, al mismo tiempo, se rompía con un contrato en ningún lugar escrito pero por todos conocido: el creador de Mafalda había pedido expresamente a Julieta Colombo, su albacea, que su obra quedara para siempre en manos de Ediciones de La Flor. La muerte de Colombo, en 2023, dejó sin efecto más de cinco décadas de amistad cuando sus sobrinos, nuevos herederos, vendieron la propiedad intelectual al grupo Penguin Random House.

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La pérdida de los derechos sobre la obra de Quino se sumó a otras, cuando los herederos de Fontanarrosa decidieron llevar sus libros a Planeta DeAgostini y cuando Nik pasó a Penguin Random House. 

Exactamente un mes después del anuncio, falleció Daniel Divinsky, fundador de Ediciones de la Flor. Junto con la noticia de su muerte, llegó el rumor del cierre de la editorial. Aunque no formaba parte de la misma desde su alejamiento en 2015, cuando su socia Kuki Miler tomó las riendas fue un signo más para un ocaso anunciado.

Desde agosto de 2025 se comenta en los pasillos del arte gráfico nacional lo que se concretó a fines de abril de este año: de la Flor dejará de existir. La triste noticia dispara reflexiones acerca del momento de la industria, critica el modelo de concentración de los grandes grupos -que también se llevó El Eternauta hace pocos meses-, pero sobre todo habla del impacto que tuvo el trabajo de Ediciones de la Flor en sus seis décadas de trabajo ininterrumpido.

Mara Burkart es Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires, magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural por el IDAES-UNSAM, investigadora adjunta del CONICET y una de las personas que más sabe sobre humor gráfico en Argentina. Mara ubica el nacimiento del proyecto comandado por Divinsky en un contexto de mucha efervescencia cultural, particularmente para el humor gráfico. A la par de la salida de sus primeros libros, reaparecen las revistas de humor después de la dictadura de Onganía, con Hortensia en Córdoba, Satiricón en Buenos Aires y la nacionalización de la página de humor del diario Clarín.

«Dentro del campo editorial, Ediciones de la Flor toma una posta y abre un momento de consolidación muy importante para el humor, reuniendo a los principales dibujantes del momento: Quino y Fontanarrosa», explica la autora del libro De Satiricón a HUM®. Risa, cultura y política en los años setenta, editado por Miño & Dávila en 2017.

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Judith Gociol es coordinadora del Archivo de Historieta y Humor Gráfico Argentinos de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno de la República Argentina y reconoce que no puede ser muy objetiva al hablar del impacto que tuvo Ediciones de la Flor: «el camino que hice para llegar al lugar en el que estoy fue gracias a la confianza que me tuvieron Daniel Divinsky y Kuki Miler». En 1993, Judith se encargó de escribir la cronología de Toda Mafalda, el libro gigante amarillo que lazó la editorial en 1993. 

Para Gociol, la editorial tuvo un impacto muy grande en la cultura argentina y en la divulgación desde sus inicios, trayendo autores de literatura que no circulaban en la Argentina. Una potencia que sostuvo con las colecciones de terapia, de teatro, de psicología y de entrevistas. Una trascendencia que logró, sobre todo, transformándose en «la casa del humor», como la define Judith.

En la década de los ochenta, sostuvo este trabajo, pero con un paréntesis. «En Dictadura, Divinsky y Kuki Miler se tienen que exiliar a Venezuela y queda a cargo la mamá de Kuki», cuenta Burkart, y agrega el dato que construye gran parte de la épica de la relación editores-artistas: «los autores deciden no retirar sus libros, permitiendo que la editorial siga funcionando, pese a que sus editores no estaban».

Con el regreso de los editores y de la democracia, sucede un nuevo auge de la editorial de la mano de las reimpresiones de Mafalda y del resto de los libros de Quino, a los que se agregan las sagas de Fontanarrosa y, más hacia el final de la década, la publicación de Maitena.

El crecimiento del proyecto editorial se dio a la par del de sus autores. Para Judith, «se potenciaron mutuamente Quino y Ediciones de la Flor, Fontanarrosa y Ediciones de la Flor, y muchos historietistas, dibujantes y humoristas gráficos posteriores que surgieron bajo el ala y el cobijo de la editorial y de estos grandes nombres». Liniers, Nik, Decur, el Niño Rodriguez, Rovella y Julieta Arroquy, entre tantes otres, son algunos de los nombres que también nutrieron el catálogo de la editorial.

Diego Rey es dibujante, guionista y miembro fundador de la cooperativa Hotel de las Ideas, la editorial independiente de historietas más importante del país. Para Diego, la noticia del cierre genera ante todo tristeza. Tristeza por aquello que se pierde. «Se trata de un proyecto cultural muy importante, sostenido a lo largo del tiempo, que logró algo tan deseable: consolidarse como editorial, como marca de calidad», explica.

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Ediciones de la Flor instaló humoristas e historietistas dentro de la cultura argentina sobre todo, pero no solo, gracias a Mafalda. Para Gociol, es ahí donde se construye una fuerte ligazón con la subjetividad de las personas: «Ese loguito de la florcita está en casi todas las bibliotecas y es fácilmente identificable y querible por la gente». En este mismo sentido, para Diego Rey, «Ediciones de la Flor está profundamente vinculada a nuestra cotidianidad, y eso, para un editor, es quizá lo más valioso que se puede alcanzar».

Rey ubica esa potencia en su propia trayectoria como lector: «Recuerdo personalmente mis lecturas de los tomos de Mafalda y del libro 10 años con Mafalda, las ediciones de ¿Quién mató a Rosendo? y Operación Masacre forman parte de mi biblioteca desde hace más de veinte años». Esta memoria trae dos inevitables preguntas: «¿A cuántos nos inició en la lectura y en la historieta? ¿A cuántas generaciones? ¿A cuántos nos construyeron como lectores?». En la voz y en el recuerdo de Diego, el legado de Divinsky y Miler es enorme y valioso. Para Diego, «es una editorial que formaba parte de la agenda cultural y que dialogaba activamente con ella».

Con de la Flor, Judith Gociol editó en el año 2000 La historieta argentina: una historia, junto a Diego Rosemberg; y en 2012 La historieta salvaje: Primeras series argentinas (1907-1929), con José María Gutierrez. Dos libros imprescindibles para entender la historia de la historieta nacional. Para ella, la desaparición de la editorial representará un vacío para la cultura, un lugar difícil de reemplazar. «El poder aglutinador que tenía de la Flor para reunir tantos artistas, está ahora mucho más disperso», explica. Además, su cierre significa la desaparición de una de las pocas editoriales argentinas de capitales nacionales, atendida por sus propios dueños.

Para Gociol, se extingue además un modo particular de trabajar con les artistas: «los autores tenían mucha participación, seleccionaban los materiales, revisaban las maquetas de los libros y mantenían intercambios de correspondencia con los editores, como en el caso de Quino y Fontanarrosa». En un mundo dominado por los grupos empresariales transnacionales, Judith reconoce que el universo del libro se queda sin un modelo «basado en el respeto y la participación de los autores».

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Diego Rey cree que el cierre también marca el fin de una época, «una época en la que las editoriales no eran megagrupos económicos internacionales, donde el trato entre editores y autores era más cercano y donde el humor gráfico publicado en los diarios era popular, masivo y garante de un público lector». En su respuesta se vuelve necesaria una reflexión sobre lo que se entiende por modelo editorial y sobre el presente de la industria, sobre si un mismo circuito comercial y criterio editorial pueden atravesar distintas épocas. La voz de Rey no es cualquiera, es la de un integrante de una editorial que se pregunta: «¿Cómo hace un editor para leer su tiempo? ¿Cómo logra que un proyecto editorial perdure sin perder los principios que le dieron origen?».

Mara Burkart entiende que «la editorial acompañó el auge y también el repliegue del humor gráfico». Un humor que en la década de los noventa fueron perdiendo las revistas, con el cierre de aquella Hortensia que había sido parte del contexto propicio para su crecimiento y también de Humo® y Fierro, nacidas varios años más tarde.

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Si bien la incorporación de Nik le permitió mantenerse en el contexto neoliberal, para Burkart «la editorial va perdiendo el timing con los nuevos autores y le pierde el tranco al mundo del humor». Para los 2000, aparecen nuevas editoriales, con otras claves de gestión para la historieta y el humor gráfico, divididas entre independientes y grandes casas. «Para dar un ejemplo, Lunik ya no publica con de la Flor, sino con Planeta y luego con Hotel de las Ideas», explica Mara. «De la Flor tuvo una larga agonía, posible porque mantenía el catálogo de Quino y eso se terminó».

Para Diego Rey, el trabajo que acompaña la creación de una editorial es mucho más que la simple publicación de libros. «Kuki Miller y Daniel Divinsky lo supieron durante 60 años», sostiene.

El Grito del Sur

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