
Los inicios del republicanismo en España

Las ideas republicanas se pueden observar en España ya en el propio siglo XVIII, aunque tendría que llegar el Trienio Liberal (1820-1823) para ver su primer desarrollo, especialmente como respuestas a la figura y política desarrollada por el rey Fernando VII, que había aceptado a regañadientes el cambio de régimen político, por la fuerza de los movimientos conspirativos de los realistas y ante la falta de profundización de las reformas liberales. En este contexto encontramos la sociedad secreta conocida como la Confederación de los Comuneros, que aprendió muchos aspectos organizativos de la Masonería, y que se conformó, además, con símbolos propios de la historia medieval y primera moderna española, como indicaría su pretensión de establecer un nexo de unión con los comuneros que se enfrentaron al comenzar el siglo XVI al rey Carlos. Reunió a un nutrido grupo de españoles que pretendía defender la Constitución de 1812 y la revolución liberal. Los comuneros no serían estrictamente republicanos, aunque algunos pudieron sentir simpatía hacia el establecimiento de una República, pero lo que les definía era su repulsa a la Monarquía encarnada en Fernando VII.
La idea de que la revolución liberal no parecía ser lo profunda que deseaban ciertos sectores políticos tiene mucho que ver con el surgimiento del primer republicanismo español. Establecido ya el régimen liberal con la Constitución de 1837 que, en realidad, no era tan progresista como tradicionalmente se ha afirmado, ya que suponía un recorte de muchos aspectos avanzados de la Constitución gaditana, así como la adopción de otras medidas que mantenían, en cierta medida, el poder económico de la nobleza, antiguo estamento privilegiado, tendrían mucho que ver con lo que decimos.
Durante la Regencia de Espartero (1840-1843) el republicanismo ya era una realidad evidente en España, especialmente a través de la prensa, como El Huracán, un periódico madrileño que se leía bastante, pero ya también con personajes destacados, como Abdón Terradas desde Barcelona. Terradas fue un gran difusor del ideal republicano, fundó una sociedad secreta, la denominada Sociedad Patriótica. Escribió en El Republicano (1842), siendo elegido alcalde de Figueres, su localidad natal, aunque tuvo que irse a Francia por oponerse a la Monarquía. En 1843 luchó por la República en el Ampurdán, siendo confinado en Cádiz.
Ante el inicio de las contestaciones al régimen isabelino, Narváez, la figura clave de la Década Moderada, emprendió una fuerte represión del republicanismo, especialmente a partir de 1844.
En este contexto surgiría el Partido Demócrata, no estrictamente republicano, pero que aglutinó a un conjunto de liberales muy avanzados con socialistas utópicos y también personajes republicanos.
La Década Moderada (1844-1854) supuso el definitivo establecimiento del Estado liberal en España en su versión más conservadora. El liberalismo doctrinario había alcanzado el poder. El progresismo no parecía una opción capaz de combatir o arrebatar el poder al moderantismo de forma permanente, pero tampoco planteaba una nítida alternativa ideológica; a lo sumo, defendía una apertura hacia la pequeña burguesía en la participación política, pero sin llegar al sufragio universal masculino, realizaba una lectura más abierta del reconocimiento de los derechos individuales, y era partidario de una cierta disminución del poder de la Corona, pero sin una plena soberanía nacional.
De los vientos más radicales de Europa y de la constatación de que no se profundizaba en las libertades dentro del Partido Progresista, un sector del mismo comenzó a movilizarse. En el año 1847 José María Orense publicaba un folleto titulado ¿Qué hará en el poder el Partido Progresista?, que supuso un avance en relación con el programa clásico del progresismo porque recogía aspiraciones democráticas como la abolición de las quintas, profundamente cuestionadas por el pueblo, además de las libertades completas de imprenta y de asociación, así como el reconocimiento del sufragio universal. En diciembre de ese mismo año Rafael María Baralt fundaba El Siglo. Periódico Progresista Constitucional. En su primer número se planteaba una clara apuesta por la democracia. En el grupo de los demócratas se estaban destacando también José Ordax Avecilla y Nicolás María Rivero.
Por otro lado, como ya hemos expresado, el futuro Partido Demócrata no sólo estaría compuesto por el ala izquierda del progresismo, sino que también conectaba con elementos republicanos y del primer socialismo. Estas distintas sensibilidades son importantes para entender a la nueva formación política porque terminarían por generar, con el tiempo, tensiones al poner cada una de ellas el acento en sus prioridades, como los aspectos relativos a las fórmulas de gobierno o la necesidad de plantear cambios socioeconómicos profundos con participación activa del Estado. En todo caso, las fronteras ideológicas entre demócratas del progresismo, republicanos “neojacobinos” de la época de la Regencia de Espartero, y socialistas utópicos de tendencia fourierista no eran muy nítidas. La defensa de la democracia se configuró como un espacio donde podían confluir todos, al menos durante un tiempo, porque luego, bien es cierto, que un conjunto de circunstancias provocaría tensiones y enfrentamientos.
Todo el movimiento que hemos señalado provocó un debate en el seno del Partido Progresista. Los líderes del Partido, como Manuel Cortina, Juan Álvarez Mendizábal y Salustiano Olózaga, entraron en polémica con Orense, Ordax y Rivero. Todos estaban de acuerdo en su profunda crítica hacia la Constitución de 1845, el pilar del régimen político vigente, y elaborada exclusivamente por los moderados, pero la controversia se generaba en relación con el reconocimiento o no del sufragio universal. Los primeros consideraban que era muy temprano para plantear esta batalla porque el pueblo español no parecía estar preparado para asumir tal responsabilidad hasta que no se extendiese la educación (“instrucción”) y aumentase el nivel de vida. Este punto de fricción fue clave para la ruptura y el surgimiento del nuevo Partido.
El estallido de la Revolución en Francia, que derribó la Monarquía de Luis Felipe, estableciendo la Segunda República, convenció a los demócratas no sólo de la importancia del sufragio universal, sino de la necesidad de plantear el debate entre Monarquía y República, aunque, por el momento no se formularía en la práctica. Pero los progresistas, fieles a su programa, vieron con intensa preocupación la violencia de la Revolución del 48 en el país vecino, tanto en febrero como, sobre todo durante los sucesos de junio. En este sentido, nos parece significativo que Cortina manifestara que el progresismo era leal a la Monarquía y al orden público. El entendimiento era imposible, por lo que los primeros decidieron romper con el Partido y dar un paso más para crear la nueva formación, a través del Manifiesto del Partido Progresista Demócrata, que se publicó en el mes de abril de 1849, redactado por la “fracción democrática del Congreso”: José Ordax, Nicolás M. Rivero, Aniceto Puig y Manuel M. Aguilar, y que no planteaba la fórmula republicana, aceptándose “el trono hereditario”. No se cuestionaban ni la familia ni la propiedad.
En el período de crisis final del reinado de Isabel II hay que destacar el protagonismo que adquirió Emilio Castelar con su crítica rotunda a la Corona, en un creciente proceso de desprestigio. En abril de 1865 tuvo lugar la conocida como “Noche de San Daniel”. Ante un artículo periodístico de Castelar que criticaba a la reina por no haber cedido su patrimonio para reducir la deuda pública, fue separado de su cátedra, provocando la repulsa de los universitarios y una fuerte represión.


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Periodista, abogado y analista político




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PorMartín Camacho

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Periodista, abogado y analista político






