El anuncio de una era de guerras religiosas

Este es un artículo de opinión de Azza Karam, presidenta de Lead Integrity y directora del Programa Kahane de las Naciones Unidas de la estadounidense universidad Occidental College.
Mundo19 de marzo de 2026 IPS - Azza Karam

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Imagen: Acnudh

NUEVA YORK – En los últimos meses, el lenguaje en torno a la creciente confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán ha adquirido un tono que debería preocupar a cualquiera que se interese por la paz mundial.

En estudios de televisión, sermones en línea y comentarios políticos, algunos predicadores y analistas estadounidenses han comenzado a describir el conflicto no solo como una cuestión de geopolítica o seguridad nacional, sino como una “guerra santa”.

Informes publicados en medios como The Guardian, junto con la cobertura de otros medios internacionales, han señalado el creciente número de voces nacionalistas cristianas y evangélicas que interpretan el conflicto en Medio Oriente en términos explícitamente teológicos.

Ciertos predicadores evangélicos en Estados Unidos han interpretado durante mucho tiempo las tensiones relacionadas con Israel a través de narrativas apocalípticas o bíblicas. En estas interpretaciones, la confrontación con Irán se presenta a veces como parte de una lucha divinamente ordenada entre el bien y el mal.

En sermones difundidos en línea y amplificados en redes sociales, la guerra se describe como un momento en el que los creyentes deben apoyar a Israel en una batalla percibida como espiritualmente trascendental, incluso vinculada al “rapto”.

La retórica no se limita a los púlpitos. Algunas figuras militares retiradas y comentaristas han repetido ideas similares, utilizando un lenguaje civilizacional que presenta la confrontación con Irán como parte de un choque más amplio entre la civilización judeocristiana y un adversario islámico.

Cuando ese lenguaje entra en el discurso estratégico, transforma un conflicto político en algo mucho más peligroso: una guerra cargada de significado sagrado.

La historia muestra que, una vez que las guerras se presentan como luchas sagradas, el compromiso se vuelve casi imposible. Los conflictos políticos pueden, al menos en teoría, negociarse. Las guerras santas, en cambio, se perciben como batallas por la verdad divina. En ese marco, negociar se considera una traición.

Este fenómeno no es exclusivo de la actual crisis en Medio Oriente. La legitimación religiosa de la guerra ha aparecido repetidamente en conflictos contemporáneos. Al inicio de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022, por ejemplo, el jefe de la Iglesia Ortodoxa Rusa, el patriarca Kirill, describió la guerra en términos espirituales.

En sermones y declaraciones públicas, sugirió que el conflicto representaba una lucha metafísica por el futuro moral del mundo ruso. El lenguaje de la guerra espiritual, la purificación cultural y la defensa civilizatoria se entrelazó con la justificación política de la acción militar.

Ese tipo de retórica importa. Cuando la autoridad religiosa santifica la violencia, otorga legitimidad moral a la guerra y desalienta el disenso entre los creyentes. Comunidades de fe que de otro modo podrían abogar por la paz pueden movilizarse detrás de agendas nacionalistas o militaristas.

Por lo tanto, estamos presenciando algo profundamente inquietante: el regreso explícito del lenguaje religioso a la guerra moderna. Durante décadas después de la Segunda Guerra Mundial, la diplomacia global intentó, de manera imperfecta pero deliberada, enmarcar los conflictos principalmente en términos políticos y jurídicos.

Las instituciones internacionales, los tratados y los marcos multilaterales se diseñaron precisamente para evitar el tipo de interpretación civilizatoria que en el pasado alimentó siglos de derramamiento de sangre.

Sin embargo, el momento actual sugiere que esas restricciones se están debilitando. Las guerras vuelven a narrarse como luchas existenciales entre sistemas de creencias. Líderes políticos, clérigos y figuras mediáticas recurren cada vez más al simbolismo religioso para movilizar apoyo.

El peligro no es solo retórico. Cuando las guerras se sacralizan, corren el riesgo de convertirse en conflictos ilimitados, sin restricciones de fronteras ni de diplomacia.

El colapso del multilateralismo y el silencio de las instituciones religiosas

Durante años he escrito y hablado sobre la compleja relación entre religión, gobernanza global y construcción de paz. En artículos, entrevistas y conferencias públicas he advertido repetidamente que los gobiernos y las entidades intergubernamentales no han logrado desarrollar un marco coherente para involucrar de manera constructiva a las religiones en los asuntos internacionales.

Las organizaciones basadas en la fe están hoy en todas partes. Participan en labores humanitarias, programas de desarrollo, iniciativas diplomáticas y diálogos interreligiosos. Las instituciones internacionales reconocen cada vez más la importancia de los actores religiosos en la construcción de la paz y el desarrollo. Conferencias, seminarios, programas departamentales e iniciativas globales sobre “religión y…” o “fe y…” no solo son comunes, sino que se multiplican.

Sin embargo, pese a esta aparente proliferación de iniciativas, el problema estructural de fondo sigue sin resolverse: los propios actores religiosos permanecen profundamente fragmentados, al igual que los protagonistas políticos que interactúan con ellos.

En lugar de formar alianzas sólidas capaces de enfrentar la violencia cometida en nombre de la religión, muchas organizaciones religiosas continúan operando dentro de límites institucionales o teológicos estrechos. Existen iniciativas interreligiosas, pero a menudo siguen siendo simbólicas: muy visibles, pero con capacidad limitada para desafiar el poder político o movilizar a los creyentes a gran escala.

He sostenido que las organizaciones religiosas con demasiada frecuencia subestiman su responsabilidad de influir en las narrativas públicas sobre los conflictos, y de hacerlo de manera conjunta. Cuando la religión se invoca para legitimar la violencia, el silencio de los líderes religiosos se convierte en complicidad.

Al mismo tiempo, el sistema internacional que antes podía moderar estas dinámicas también está bajo presión. La erosión del multilateralismo ha sido una de las características definitorias de la última década. Las instituciones internacionales que antes actuaban como mediadoras en crisis globales parecen cada vez más debilitadas o marginadas.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas permanece bloqueado. El derecho internacional se invoca de manera selectiva, si es que se invoca. La competencia entre grandes potencias ha regresado con renovada intensidad. En ese contexto, los llamados a normas universales tienen cada vez menos peso.

Junto con este debilitamiento institucional ha surgido un preocupante aumento del autoritarismo en todo el mundo. Gobiernos de distintas regiones han adoptado prácticas cada vez más iliberales: restringen libertades civiles, marginan minorías y reprimen la disidencia. En muchos casos, la religión se instrumentaliza para reforzar narrativas nacionalistas o legitimar la autoridad política.

Esta combinación, el declive de la gobernanza multilateral y el auge de la religión politizada, crea un entorno global volátil. Sin marcos internacionales sólidos para mediar disputas, las narrativas y acciones imperialistas ganan terreno, como en la guerra de Trump y Netanyahu contra Irán. La religión, la etnicidad y la cultura se convierten en herramientas a través de las cuales se interpretan y movilizan los conflictos políticos.

Las organizaciones religiosas, pese a su potencial influencia, han tenido dificultades para contrarrestar esta tendencia de manera eficaz. Algunas siguen centradas en servicios humanitarios en lugar de confrontar las narrativas ideológicas que legitiman la violencia. Muchas dudan en desafiar a autoridades políticas con las que mantienen relaciones estrechas y de las que buscan respaldo financiero o político.

Como resultado, el panorama religioso global actual está marcado por una paradoja: la religión está cada vez más presente en el discurso global, pero su potencial como fuerza para la paz sigue sin aprovecharse plenamente.

Islamofobia y las semillas de un conflicto religioso más amplio

Quizás la dimensión más inquietante del momento actual es el resurgimiento de la islamofobia como una poderosa fuerza política en el discurso internacional.

Durante más de dos décadas después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, las narrativas que presentan al islam como intrínsecamente vinculado al extremismo se arraigaron profundamente en la retórica política y la representación mediática en muchas sociedades occidentales.

A pesar de los esfuerzos sostenidos de académicos, líderes religiosos y actores de la sociedad civil por cuestionar esas narrativas, estas siguen influyendo en las percepciones públicas.

En el contexto de la confrontación actual con Irán, estas narrativas corren el riesgo de reforzar la idea de que el conflicto no es solo geopolítico, sino civilizatorio. Cuando Irán se presenta no simplemente como un actor estatal sino como representante de una fuerza islámica amenazante, el conflicto adquiere un significado simbólico que supera a cualquier nación en particular.

El peligro es claro: las guerras políticas están empezando a interpretarse como guerras religiosas.

Si ese encuadre se consolida, las implicaciones irán mucho más allá de Medio Oriente. Los conflictos percibidos como luchas religiosas pueden movilizar a creyentes a través de las fronteras. Pueden radicalizar comunidades, alimentar la polarización sectaria y socavar la frágil coexistencia entre poblaciones religiosas diversas.

La historia ofrece ejemplos contundentes. Las guerras de religión europeas de los siglos XVI y XVII devastaron regiones enteras, entrelazando luchas de poder político con disputas teológicas. Una vez que la identidad religiosa se entrelazó con la guerra, la violencia se extendió por reinos e imperios.

El mundo globalizado de hoy está aún más interconectado. Las diásporas, los medios digitales y las redes transnacionales permiten que las narrativas de conflicto circulen instantáneamente entre continentes. Una guerra percibida como dirigida contra el islam podría encender tensiones en comunidades a miles de kilómetros del campo de batalla.

Del mismo modo, el nacionalismo religioso en múltiples regiones ya sea cristiano, judío, hindú, budista o musulmán, ha ganado fuerza en los últimos años. Cuando surge un conflicto enmarcado religiosamente, puede reforzar otros. Las narrativas de choque civilizatorio se alimentan mutuamente.

A medida que la confrontación entre Estados Unidos, Israel e Irán se interpreta cada vez más a través de un prisma religioso, las consecuencias pueden ser profundas. Las tensiones entre cristianos y musulmanes, ya tensas en muchos contextos, podrían intensificarse de forma drástica. Tales conflictos no respetarían fronteras nacionales. Se desarrollarían dentro de las sociedades, entre comunidades y a través de redes globales de creyentes.

Irónicamente, esta escalada ocurre en un momento en que los líderes religiosos suelen enfatizar las enseñanzas pacificadoras de sus tradiciones. Las iniciativas interreligiosas celebran el diálogo, la coexistencia y los valores compartidos. Los textos religiosos de distintas tradiciones contienen poderosos llamados a la compasión, la justicia y la reconciliación.

Sin embargo, esos ideales siguen siendo frágiles frente a las realidades políticas.

Si las instituciones religiosas no desafían las narrativas que santifican la violencia, corren el riesgo de convertirse en espectadoras de una nueva era de conflicto religioso. Peor aún, podrían verse arrastradas a ella.

¿Las “religiones” son realmente fuerzas para la paz?

Podríamos estar, por lo tanto, al borde de un momento histórico profundamente peligroso.

El lenguaje religioso vuelve a utilizarse para justificar la guerra. Los conflictos políticos se presentan cada vez más como luchas civilizatorias. Las instituciones multilaterales que antes mediaban disputas globales parecen debilitadas. Y las comunidades religiosas, a pesar de su autoridad moral, aún no han logrado articular una respuesta unificada frente a las narrativas que sacralizan la violencia.

Nada de esto significa que la religión conduzca inevitablemente a la guerra. Por el contrario, las tradiciones religiosas contienen algunas de las enseñanzas éticas más poderosas de la humanidad sobre paz, justicia y compasión. Las comunidades de fe han desempeñado roles fundamentales en procesos de reconciliación, acción humanitaria y movimientos sociales por la justicia.

Pero esas posibilidades no son automáticas. Dependen de decisiones conscientes de líderes religiosos, instituciones y creyentes.

Si los actores religiosos permiten que sus tradiciones se movilicen en apoyo de la violencia política, entonces la religión se convertirá en parte del problema en lugar de parte de la solución.

La pregunta que hoy enfrentamos es, por tanto, urgente e incómoda.

En un momento en que las guerras se describen cada vez más como luchas sagradas, cuando los conflictos geopolíticos se interpretan a través de narrativas religiosas y cuando la islamofobia y otras formas de prejuicio religioso continúan expandiéndose, debemos preguntarnos: ¿de qué manera las religiones pueden ser verdaderamente fuerzas para la paz?

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La profesora Azza Karam es presidenta de Lead Integrity (Integridad del líderazgo) y directora del Programa Kahane de las Naciones Unidas de la estadounidense universidad Occidental College.

IPS

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