Trump le declara la guerra al Papa: Liderazgo autoritario y amenaza civilizatoria - Una mirada desde Costa Rica

Más que un conflicto político o ideológico, está en juego una disputa ética: entre una concepción del poder que se impone por la fuerza y otra que, desde el evangelio, llama a no ponerse del lado de quien empuña injustamente las espadas.
Por Abelardo Morales Gamboa.
Opinión15 de abril de 2026 Surcos

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Imagen Alexander Mils - unsplash

Al inicio de la Pascua, Donald Trump lanzó la siguiente amenaza a través de un tuit: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver más”. La reacción del Papa León XIV no fue política, sino profundamente ética: no solo cuestionó la guerra en Irán, sino también la instrumentalización del mensaje cristiano. Sus “ofensivas” palabras fueron: “¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! ¡La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida!

Lo que siguió por parte de Trump —ataques personales, descalificaciones, despliegue mediático— forma parte del repertorio habitual del poder autoritario. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es este gesto en sí, sino el hecho de que este tipo de liderazgos no solo se ha vuelto una moda, sino que seduce, incluso cuando contradice abiertamente los fundamentos éticos que dice defender.

Conviene aclararlo desde el inicio: no estamos ante un conflicto entre religión y política, ni entre fe e ideología. La tensión es más profunda, remite a los límites morales del poder. Por un lado, una concepción que justifica la fuerza, la amenaza y la dominación como herramientas de conducción; por otro, una tradición —la del evangelio— que insiste, de forma incómoda para las cúpulas, en no alinearse con la violencia injusta, en no sacralizar el poder y en no convertir la fe en instrumento de dominación. Dicho de forma menos solemne, el problema no es la religión en la política, sino cuando la política decide usar a Dios como coartada.

La forma más mediática es la del liderazgo autoritario. El caso particular de Trump no forma parte del repertorio de figuras particularmente sofisticadas. Más bien lo contrario: estilos toscos, gestos excesivos, una relación bastante elástica con la verdad… y, aun así, ahí están, acumulando adhesiones. No es un fenómeno nuevo. Desde Julio César hasta Napoleón Bonaparte, pasando por Adolf Hitler o Benito Mussolini, la historia muestra que estos liderazgos no son anomalías, sino patrones recurrentes. Hoy cambian los formatos —más redes sociales, menos balcones—, pero la lógica permanece. La pregunta, entonces, no es por qué existen, sino por qué encuentran terreno fértil. Estas son improvisadas respuestas desde las ciencias sociales, no desde la religión.

Una de ellas está en el vaciamiento de las instituciones. Durante mucho tiempo, prometieron orden, justicia y previsibilidad; hoy, en muchos contextos, esa promesa suena lejana. Las reglas dejan de percibirse como comunes y pasan a verse como herramientas capturadas por élites, mientras el poder no desaparece, sino que se dispersa, se informaliza y se vuelve opaco. En medio de esa fragmentación, emerge una nostalgia peligrosa por el orden pero sin consenso, mediaciones o legitimidad. Pero las instituciones no se sostienen solas: requieren confianza, y ese es, quizás, el recurso más escaso de nuestro tiempo.

No solo se desconfía del Estado, de los partidos o de las élites; también se erosionan los vínculos cotidianos, la comunidad, la familia, lo cercano. La fe misma —en algunos casos— se convierte en mercancía. El resultado no es una sociedad más libre, sino más vulnerable. No vivimos exactamente en la era del individuo autónomo, sino en una época de incertidumbre estructural: miedo difuso, ansiedad persistente, sensación de intemperie. El individuo deja de confiar incluso en sí mismo y busca, en su lugar, un referente externo que le devuelva una mínima certeza. Y en ese clima, el liderazgo autoritario encuentra su oportunidad: no ofreciendo soluciones complejas, sino certezas simples, una especie de placebo político que, cuando se mezcla con la fe, resulta eficaz … hasta que deja de serlo.

A esto se suma la fragmentación de lo social. La sociedad ya no funciona como un espacio integrado, sino como un conjunto de islas que apenas se conectan: archipiélagos humanos que comparten territorio, pero no experiencias, lenguajes ni horizontes. Es coexistencia sin integración. En ese paisaje, el individuo queda desprotegido: se cree “libre”, pero carece de soportes reales, y en ese vacío quienes logran articular redes de control —económicas, tecnológicas, políticas, de obediencia— adquieren una ventaja decisiva. No es casual que algunos hablen de nuevas formas de feudalismo; más allá de la etiqueta, la intuición es clara: resurgen relaciones de dependencia allí donde se debilitan las mediaciones institucionales.

En este contexto, el liderazgo deja de ser una función y se convierte en un atajo. No es solo que el líder captura las instituciones; es que, en cierto modo, las reemplaza simbólicamente. El Estado se vuelve rostro, gesto, tuit, presencia constante. La complejidad cede ante la narrativa personal. Max Weber hablaría de autoridad carismática, aunque hoy se trata, muchas veces, de un carisma fabricado, optimizado para circular en entornos donde la emoción desplaza al argumento. El líder simplifica, traduce conflictos estructurales en antagonismos; su mayor mérito si es que tienen alguno otro, es ser maestros de la confrontación y en aparentar una relación directa con “la gente”, saltándose cualquier mediación. El resultado no es solo concentración de poder, sino su simplificación extrema.

Cuando estos liderazgos se consolidan, no solo gobiernan; reconfiguran las condiciones mismas de la vida social. Debilitan la autonomía, erosionan lo común y normalizan la lógica de la confrontación. Por eso, la amenaza no es únicamente política, sino civilizatoria: no porque estemos ante un colapso inmediato, sino porque se deterioran lentamente los fundamentos éticos que hacen posible la convivencia.

Captura de pantalla 2026-04-08 122736La obscenidad del poder: nuevo giro político de la dominación contemporánea

Llegados a este punto, conviene evitar tanto el alarmismo fácil como el cinismo resignado. La propuesta que emerge desde la voz del Papa León XIV no es una consigna religiosa, sino una orientación ética: no ponerse del lado de quien empuña injustamente las espadas, no caer en la idolatría de “uno mismo y del dinero”. Eso implica algo más exigente que tomar partido inmediato; implica reconstruir criterios, revisar caminos y reencarnar en la historia la fe y la esperanza. Supone reconstituir instituciones que no solo existan, sino que sean legítimas; reconstruir la confianza desde lo cotidiano; recuperar la dimensión ética de la vida pública; y, sobre todo, desacralizar el poder, recordando que ninguna figura, por carismática que sea, puede sustituir la responsabilidad colectiva.

Tal vez lo más incómodo sea reconocer que estos liderazgos no vienen de fuera. Son, en parte, el reflejo de nuestras propias fracturas. De un sistema económico y de hegemonías en declinación. Por eso, enfrentarlos no consiste únicamente en denunciarlos, sino en transformar las condiciones que los hacen posibles. Es un camino más lento, menos espectacular y bastante menos rentable en términos de visibilidad, pero también el único que no reproduce el mismo problema que pretende resolver.

No se puede reducir esta coyuntura a un mero antagonismo entre poder religioso y poder político. Por suerte, la llama del fuego pascual, para plantearlo en términos cristianos, significa el paso de la muerte a la vida y promete disipar la oscuridad del momento presente, de la guerra y del sufrimiento. Se trata sin reservas de una confrontación entre formas distintas de mirar hacia adelante. La amenaza de la destrucción o la promesa de la vida: Bienaventurados los pacificadores, ha rezado el Papa.

Si algo deja claro este momento histórico es que la disputa de fondo no es solo por el poder, sino por su sentido. Y ahí, paradójicamente, hay una posibilidad: cuando el poder se muestra en su forma más desnuda, también se vuelve más evidente la necesidad de límites, de ética y de comunidad. Tal vez no estemos solo ante una crisis, sino —todavía— ante la oportunidad de una reconstrucción moral de la vida colectiva. Para eso se necesita confianza, sentido moral y voluntad de transformación.

Aquí vale recordar a San Oscar Arnulfo Romero de América: La resurrección de Cristo es la esperanza de que la injusticia no tendrá la última palabra.

(*) Sociólogo, comunicador social y analista internacional. Se ha empleado la herramienta de IA para la revisión formal del texto. Todas las ideas son originales del autor y están basadas en la revisión de fuentes acreditadas.

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