Europa se rearma a costa de las conquistas sociales - Una visión desde Argentina

El aumento acelerado del gasto en defensa implica necesariamente restricciones sobre otras partidas presupuestarias, especialmente las de carácter social. Por ejemplo, el presupuesto del Fondo Social Europeo Plus (FSE+) para el periodo 2021–2027 es de aproximadamente 142.000 millones de euros, lo que equivale a menos de un tercio del gasto militar anual actual.
Por Johan Madriz
Actualidad07 de mayo de 2026 IZQWEB

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“…el militarismo en todas sus formas -sea guerra o paz armada- es un hijo legítimo, un resultado lógico del capitalismo, de ahí que quien realmente quiera la paz y la liberación de la tremenda carga de los armamentos debe desear también el socialismo”.

Rosa Luxemburgo, Utopías pacifistas

Tras varias décadas de estabilidad geopolítica y con ausencia de guerras en el continente, Europa entra hoy en una nueva etapa caracterizada por el aumento sostenido del gasto militar, la reconfiguración de sus estructuras de defensa y la creciente integración entre política económica, industria y estrategia geopolítica. Los datos son elocuentes: el gasto militar global alcanza niveles históricos, mientras que el europeo crece a un ritmo superior al promedio mundial, acompañado por programas de inversión masiva, flexibilización fiscal y fortalecimiento del complejo militar-industrial.

Del dividendo de paz al rearme

El orden mundial surgido tras el fin de la Guerra Fría estuvo marcado por la idea del “dividendo de paz”: una etapa en la cual las principales potencias, especialmente en Europa, redujeron sus presupuestos militares e iniciaron acciones de integración económica y comercial. Se consolidó y expandió una arquitectura internacional dominada por Estados Unidos (la ONU, la OMC, el FMI, la OTAN…).

Sin embargo, los datos actuales muestran que ese periodo quedó atrás. A nivel global, el gasto militar alcanzó niveles históricos. En 2024 llegó a 2,7 billones de dólares, el valor más alto registrado, con una tendencia de crecimiento sostenido en las últimas décadas. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, siglas en inglés), este aumento fue de 9,4% interanual, el mayor incremento desde la década de los noventa, y marcó el décimo año consecutivo con esa tendencia.

Estos datos indican que el contexto actual es de una dinámica sostenida de rearme. En Europa, es aún más evidente. El gasto militar de los Estados miembros de la Unión Europea alcanzó 343.000 millones de euros en 2024 y 381.000 millones en 2025, lo que representa un aumento del 62,8% respecto a 2020. Además, el gasto ya equivale a aproximadamente 2,1% del PIB europeo, acercándose o superando los objetivos establecidos en el marco de la OTAN.

El punto de inflexión más importante en esta tendencia fue la guerra en Ucrania. Desde 2022, Europa apretó el acelerador del gasto militar. Por ejemplo, entre 2022 y 2023, creció un 16% y el total regional superó los 552.000 millones de euros, alcanzando los más altos niveles en cuarenta años. En este sentido, se transita por un momento de rearme de los bloques militares clásicos del siglo XX (sin dejar de lado la aparición de nuevos actores).

El incremento europeo es más rápido que el promedio global. Mientras el gasto mundial creció alrededor de 2,5%–9% anual según el año, en Europa se registraron aumentos de hasta 19% entre 2023 y 2024. El continente es, sin duda, uno de los principales motores de la dinámica armamentista. El carácter sostenido de este crecimiento, las políticas públicas al respecto y la cada vez mayor articulación con la industria y los mercados financieros, indican una transformación significativa, un proceso que va más allá de una respuesta coyuntural.

Un mundo en rearme

Esta dinámica se inscribe en una tendencia más amplia de crecimiento sostenido del gasto militar a escala global y la consolidación de un entorno internacional marcado por la competencia interimperialista, de reacomodo del espacio geopolítico.

El gasto militar mundial mantiene una trayectoria ascendente, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, siglas en inglés), el gasto global alcanzó aproximadamente 2,63 billones de dólares en 2025, frente a 2,48 billones en 2024, lo que representa un crecimiento real cercano al 2,5% anual (estas cifras son un poco más bajas que las reportadas por SIPRI, pero dan cuenta de la misma dinámica).

A este incremento se suma una tendencia acumulativa: el gasto no solo crece, sino que lo hace de manera sostenida, es decir, hay un ciclo extendido de militarización. De acuerdo con los datos del SIPRI, el mundo registró más de diez años consecutivos de aumento del gasto militar, con incrementos especialmente acelerados desde 2022.

Estados Unidos, China y Rusia representan la proporción más significativa del total. Estados Unidos continúa siendo el principal actor, con un gasto que supera los 900.000 millones de dólares anuales, seguido por China, cuyo gasto se estima en más de 290.000 millones, y Rusia, que mantiene niveles elevados en relación con su PIB, especialmente en el contexto de la guerra en Ucrania.

En este momento, el aumento del gasto no se explica únicamente por conflictos activos, ya que este incluye a países que no enfrentan amenazas inmediatas. Los gobiernos no se están preparando únicamente para conflictos concretos, sino para un escenario de inestabilidad. En otras palabras, la guerra dejó de ser una excepción y se convirtió en una posibilidad.

En este marco, el proceso de rearme en Europa debe entenderse como parte de esta dinámica global. El aumento de su gasto militar es la expresión regional de una tendencia más amplia. Responde tanto a factores internos como a presiones derivadas de la competencia entre potencias y de la reconfiguración del orden internacional.

El salto militar europeo

El continente se convirtió en uno de los principales polos de expansión del gasto militar, con tasas de crecimiento superiores al promedio mundial. Los datos del Consejo de la Unión Europea muestran un incremento sostenido y significativo, con un aumento acumulado del 62,8% desde 2020. Este crecimiento es notable porque supera ampliamente la tendencia global, donde el aumento anual se sitúa entre el 2,5% y el 9% según el periodo.

El salto europeo es aún más evidente en el gasto en equipamiento militar. En 2024, la inversión en capacidades militares alcanzó 106.000 millones de euros, lo que supone un incremento del 42% interanual. Este dato es clave porque indica que no se trata únicamente de mantener estructuras existentes, sino de una expansión activa de las capacidades militares.

Según datos recopilados por Seguritecnia, el gasto militar europeo alcanzó aproximadamente 485.000 millones de euros en 2025, con un crecimiento del 12,6% en un solo año, muy por encima del promedio global. Este ritmo de expansión sitúa a Europa como uno de los motores del incremento del gasto militar mundial, representando alrededor del 21% del total global.

Esta intensificación está acompañada por una transformación cualitativa: la institucionalización del rearme a través de programas de largo plazo. Entre ellos destaca el marco estratégico Readiness 2030, que establece una hoja de ruta para garantizar la preparación militar en la próxima década. Este plan se articula con iniciativas como ReArm Europe, que contempla hasta 800.000 millones de euros en inversión en defensa, incluyendo 150.000 millones en préstamos a través del instrumento SAFE (Security Action for Europe).

Este instrumento introduce un mecanismo de financiamiento supranacional orientado a compras conjuntas de armamento, lo que busca la integración del mercado militar europeo. A esto se suma la ampliación del papel del Banco Europeo de Inversiones, que destinó hasta 3.000 millones de euros para apoyar a pequeñas y medianas empresas del sector defensa.

Otro aspecto es la flexibilización fiscal. La Unión Europea activó mecanismos que le permiten a los Estados miembros aumentar el gasto en defensa sin las restricciones habituales de déficit. En términos concretos, se habilita un margen adicional de hasta 1,5% del PIB anual para gasto militar. Esto implica un cambio significativo en la política económica, donde la acostumbrada disciplina fiscal (cuyo cumplimiento es históricamente flexible) cede ante la prioridad de la defensa.

Además, en el marco de la OTAN, se plantea elevar el gasto en defensa hasta niveles cercanos al 5% del PIB para 2035, lo que supondría más que duplicar los estándares actuales en muchos países europeos. Este tipo de metas muestra que el rearme no se concibe como una respuesta temporal, sino como una política sostenida en el tiempo.

El énfasis de estas políticas es la preparación operativa, prioriza la capacidad de respuesta rápida, la movilidad militar y la interoperabilidad entre ejércitos, elementos clave para escenarios de guerra de alta intensidad. Esto incluye inversiones en infraestructura logística, transporte militar y coordinación a nivel continental.

Europa bajo la OTAN

Este proceso, además, se desarrolla dentro del marco de la OTAN, que sigue siendo el eje de la defensa europea, lo que introduce una tensión entre los intentos de autonomía del bloque y su dependencia efectiva de Estados Unidos dentro de la organización. Lo cual se ha visto expresado, por ejemplo, con las críticas de Trump a la alianza que “no estuviera ahí” en su incursión en Irán.

Esta sujeción es evidente, según IISS, los países de la OTAN concentraron más del 55% del gasto militar mundial en 2025, con Estados Unidos representando aproximadamente el 68% del gasto total de la Alianza. En términos absolutos, el gasto estadounidense supera los 900.000 millones de dólares anuales, mientras que el conjunto de los aliados europeos, aunque en crecimiento, se mantiene significativamente por debajo de ese nivel.

Esa dependencia es crítica en capacidades como inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR); sistemas de alerta temprana de misiles y capacidades espaciales y satelitales. Por ejemplo, en el ámbito espacial, Europa carece de sistemas completos de alerta temprana y depende en gran medida de la infraestructura estadounidense. Asimismo, el uso de sistemas como redes satelitales privadas vinculadas a Estados Unidos ha sido fundamental en operaciones recientes, evidenciando su inferioridad tecnológica, lo cual no puede resolverse a corto plazo.

La guerra en Ucrania puso de manifiesto crudamente esta dependencia. Estados Unidos, a pesar de cierta reticencia de Trump, proporciona una porción muy significativa del apoyo militar y logístico, incluyendo inteligencia en tiempo real, sistemas avanzados de armamento y coordinación. El papel de la OTAN para Europa es el de una estructura operativa central de su sistema de defensa, mientras que para Trump parece ser un ancla a la que está atado.

Sin embargo, paralelamente, la Unión Europea impulsa iniciativas orientadas a reducir esta dependencia, aunque sus resultados parecen ser limitados bajo las condiciones actuales. El objetivo de la llamada “autonomía estratégica” se traduce en políticas como el fortalecimiento de la Base Industrial y Tecnológica de Defensa Europea y el desarrollo de capacidades propias. Programas como el Fondo Europeo de Defensa y el instrumento SAFE buscan precisamente aumentar la producción interna y reducir la dependencia externa.

A pesar de estos esfuerzos, la autonomía está lejos de alcanzarse. No pueden revertirse décadas de atraso en pocos años. El IISS estima que lograr una capacidad verdaderamente independiente en áreas clave requeriría inversiones adicionales de entre 10.000 y 25.000 millones de dólares, solo en el ámbito espacial. En otras áreas, como transporte o inteligencia, los costos y tiempos de desarrollo serían aún mayores.

Además, la estructura de gasto dentro de la OTAN refuerza la supeditación. Aunque los países europeos aumentan su gasto (con más de 20 países alcanzando o superando el objetivo del 2% del PIB en defensa en 2024), la brecha con Estados Unidos sigue siendo significativa tanto en volumen como en capacidades.

Europa busca consolidarse como un actor autónomo, capaz de actuar de forma independiente pero su arquitectura de seguridad sigue profundamente integrada en la OTAN, donde Estados Unidos mantiene un papel dominante. De hecho, La UE reconoce explícitamente que la defensa europea debe ser “complementaria a la OTAN”, no sustitutiva. Esta tensión no es meramente política, sino que refleja límites materiales: capacidades tecnológicas, escalas de inversión y tiempos de desarrollo que hacen que la situación no pueda revertirse de manera inmediata.

Industria para la guerra

El rearme implica la orientación a transformar una parte sustancial de la base industrial hacia la producción orientada a la guerra. Este proceso, conlleva el tránsito hacia una economía de guerra caracterizada por la integración entre Estado e industria. Uno de los elementos centrales es la creación de un mercado europeo de defensa con mayor coordinación y menor dependencia externa.

Históricamente, una parte significativa del gasto militar se destina a proveedores no europeos. Entre 2021 y 2023, aproximadamente el 78% de las adquisiciones de defensa de los Estados miembros se realizaron fuera de la UE, principalmente en Estados Unidos. En respuesta, el bloque impulsa medidas orientadas a reforzar la producción interna. Uno de los objetivos establecidos es que al menos el 50% del gasto en adquisiciones de defensa se realice dentro de la UE para 2030, con la meta de alcanzar el 60% para 2035.

Para esto, la Unión Europea impulsa el fortalecimiento de su Base Industrial y Tecnológica de Defensa, apoyándose en instrumentos financieros y regulatorios orientados específicamente a la producción y adquisición de armamento. A esto se suma el incremento del gasto en equipamiento militar, que alcanzó 106.000 millones de euros en 2024.

Este robustecimiento amplía la escala productiva a través de la relación entre el sector público y el privado. La industria de defensa opera bajo un modelo en el que el Estado actúa simultáneamente como financiador, regulador y cliente principal. Por ejemplo, el Banco Europeo de Inversiones destinó hasta 3.000 millones de euros para apoyar a empresas del sector.

Con esta transformación se da la adopción de modelos de producción más flexibles, inspirados en la experiencia de la guerra en Ucrania. Según el IISS, la capacidad productiva del sector defensa ucraniano pasó de aproximadamente 1.000 millones de dólares a más de 35.000 millones en pocos años, debido a una apertura amplia a empresas privadas .

Europa busca replicar este enfoque, promoviendo la reducción de barreras de entrada, la cooperación entre empresas y la aceleración de la innovación tecnológica. La guerra en Ucrania dejó como enseñanza que la producción militar moderna requiere capacidad de adaptación constante, integración con el campo de batalla y ciclos de desarrollo más cortos, lo que contrasta con los modelos tradicionales de producción lenta.

Quien lidera este aspecto es Alemania, donde sectores de su industria manufacturera, incluida la automotriz, comienzan a integrarse en cadenas de producción militar. “Cerca del 90% del capital de riesgo europeo destinado a tecnologías de defensa ahora fluye hacia empresas alemanas”. Por ejemplo, la empresa de autopartes Schaeffler ahora fabrica motores para drones, sistemas para blindados y componentes de aviación militar, lo que representa un 10% de su facturación (24.000 millones de euros). Además, el gobierno creó una plataforma que enlaza las cadenas logísticas militares con empresas de otros sectores.

Otro aspecto es la reconfiguración de las cadenas de suministro. La industria militar europea depende de redes globales complejas, especialmente para componentes críticos. Depende de Asia para muchos de estos insumos, incluidos semiconductores, por lo que la ansiada autonomía también está sujeta a las redes globales de suministros.

En este contexto, hay una creciente integración con el Indo-Pacífico. Países como Corea del Sur y Japón se perfilan como socios industriales y tecnológicos, mientras que China sigue siendo un proveedor importante de componentes, a pesar de las tensiones geopolíticas. Esto refleja la globalización del complejo militar-industrial, donde la producción se distribuye a escala transregional, lo cual es un problema en tiempos de disputas interimperialistas.

El negocio de la guerra

El esfuerzo bélico implica la consolidación de un núcleo empresarial que actúa como soporte material del proceso y, por su puesto, principal beneficiario económico. Los datos disponibles muestran que el aumento del gasto militar se traduce directamente en crecimiento de ingresos, beneficios y valorización bursátil de las principales compañías del complejo militar-industrial europeo.

Entre las empresas más relevantes destacan Rheinmetall, Thales, BAE Systems, Leonardo, Saab e Indra. Estas compañías concentran buena parte de la producción militar de la región y están directamente vinculadas a los programas de rearme.

Uno de los rasgos más evidentes es el crecimiento acelerado de sus beneficios. Según análisis de Bankinter, empresas como Rheinmetall, Hensoldt o Renk presentan proyecciones de crecimiento anual de beneficios superiores al 40%–50%, mientras que compañías como Thales o BAE Systems mantienen tasas del orden del 10%–15% anual. Este comportamiento muestra que el mercado anticipa y financia un ciclo prolongado de expansión del sector defensa.

En términos de ingresos, el crecimiento también es significativo. Por ejemplo, Rheinmetall registra incrementos de ventas superiores al 30% anual, impulsados principalmente por contratos relacionados con municiones, vehículos blindados y sistemas de artillería. De manera similar, BAE Systems reportó ingresos superiores a 25.000 millones de libras anuales, con un crecimiento sostenido ligado a contratos gubernamentales.

Este crecimiento está vinculado a la obtención de contratos públicos, debido a que a diferencia de otros sectores, la industria de defensa depende en gran medida de la demanda estatal. En muchos casos, más del 70%–80% de los ingresos de estas empresas proviene directamente de contratos con los gobiernos. Esto significa que el aumento del gasto militar público se traduce casi automáticamente en expansión del sector privado.

Las empresas de defensa han experimentado una fuerte valorización en los mercados bursátiles desde el año 2022. Las acciones de compañías como Rheinmetall o BAE Systems registraron aumentos superiores al 100% en bolsa en un periodo de dos a tres años, reflejando las expectativas de crecimiento del sector. La guerra y la militarización se convierten en factores de valorización del capital.

Además, el sector muestra un alto grado de concentración. Un número relativamente reducido de empresas domina la producción militar europea, lo que facilita la obtención de contratos y de ganancias. Estas compañías participan en grandes programas conjuntos (como sistemas de combate aéreo o proyectos navales) que requieren inversiones de miles de millones de euros y que suelen estar financiados con recursos públicos.

Tensión militar vs. social

El aumento acelerado del gasto en defensa implica necesariamente desplazamientos, presiones o restricciones sobre otras partidas presupuestarias, especialmente las de carácter social. Hay que considerar que la magnitud del incremento es excepcional, para la Unión Europea pasó de aproximadamente 233.000 millones de euros en 2020 a 381.000 millones en 2025, lo que supone un aumento del 62,8% en cinco años.

Este ritmo contrasta con el comportamiento del gasto social, que muestra una evolución mucho más moderada. Por ejemplo, el presupuesto del Fondo Social Europeo Plus (FSE+) para el periodo 2021–2027 es de aproximadamente 142.000 millones de euros, lo que equivale a menos de un tercio del gasto militar anual actual. En términos comparativos, el gasto en defensa de un solo año (2025) triplica prácticamente todo el presupuesto de este fondo para siete años.

Otro caso ilustrativo es el programa Erasmus+, uno de los principales instrumentos de movilidad educativa. Su presupuesto total para el periodo 2021–2027 es de 26.200 millones de euros, es decir, menos del 7% del gasto militar anual del 2025. Así, incrementos relativamente pequeños en defensa pueden equivaler a programas sociales completos de escala continental.

La presión también se observa en términos fiscales. La Unión Europea activó mecanismos que permiten aumentar el gasto militar fuera de las reglas habituales de déficit, habilitando hasta 1,5% adicional del PIB anual para defensa. En contraste, no se han establecido mecanismos equivalentes de flexibilización para el gasto social.

Países como Alemania crearon fondos extraordinarios para defensa (como el fondo especial de 100.000 millones de euros anunciado en 2022) sin medidas equivalentes para expansión social. Polonia, por su parte, destina más del 4% de su PIB a defensa, uno de los niveles más altos de Europa, lo que reduce el margen fiscal para otras áreas.

Además, el aumento del gasto militar está acompañado de compromisos a largo plazo. Programas como ReArm Europe, con hasta 800.000 millones de euros en inversión, implican obligaciones financieras que se extienden durante años o décadas. Esto introduce una rigidez presupuestaria que limita la capacidad de atención de las crecientes necesidades sociales. La consecuencia es una tensión brutal en la asignación de recursos públicos, donde la prioridad creciente de la defensa tiende a desplazar o limitar otras áreas.

Un ejemplo fue la lucha por el presupuesto en Francia el año pasado, lo que abrió una crisis política por la inestabilidad del gobierno. Finalmente, la propuesta fue impuesta sin voto parlamentario debido a la falta de mayoría. El presupuesto incluyó recortes por 44 mil millones de euros, congelación al nivel del 2025 de prestaciones y ayudas sociales, eliminación de 3 mil puestos del sector público, la supresión de dos días festivos y recortes en el reembolso de medicamentos para enfermedades crónicas.

Capitalismo en modo guerra

El rearme europeo expresa la reorganización del capitalismo europeo en condiciones de crisis y competencia interimperialista. El punto de partida es que el mundo atraviesa una fase de inestabilidad creciente, donde las tensiones geopolíticas, lejos de ser anómalas, muestran un cambio en la dinámica del sistema. En este contexto, Europa “muta aceleradamente hacia una agenda marcada por el rearme y la militarización”.

Las potencias no compiten únicamente por mercados o inversiones, sino por posiciones en un sistema jerárquico de naciones que está en transformación. La intensificación del comercio de armas y el aumento del gasto militar reflejan precisamente esta disputa entre imperialismos consolidados y emergentes. Esto implica que el rearme europeo debe entenderse como parte de un reacomodo del equilibrio global, donde Europa busca posicionarse frente a Estados Unidos, China y Rusia.

En este marco, la militarización es una prolongación de la competencia económica por otros medios. La crisis de la globalización (expresada en tensiones comerciales, reconfiguración de cadenas de suministro y desaceleración económica) empuja a los Estados a reforzar sus capacidades coercitivas. No se trata del abandono de la lógica económica, sino de su transformación: la acumulación capitalista comienza a apoyarse cada vez más en el control de “esferas de influencia”, con las cuales cada potencia imperialista busca garantizarse el control de recursos y territorios. En este marco, el factor militar volvió a ganar centralidad.

Al mismo tiempo, el rearme también es una respuesta a las tensiones internas del propio capitalismo europeo. En un contexto de bajo crecimiento, crisis energéticas y conflictos sociales, el gasto militar funciona como un mecanismo de intervención estatal que dinamiza sectores industriales, impulsa la innovación tecnológica y genera nuevas áreas de acumulación. La defensa, la producción y la innovación se integran en una misma lógica, donde el objetivo no es solo la seguridad, sino la capacidad de competir en un sistema internacional fragmentado.

Sin embargo, esta vía no resuelve las contradicciones existentes, sino que las desplaza. La militarización intensifica la competencia internacional, refuerza la dependencia de estructuras como la OTAN y profundiza tensiones internas, como la redistribución del gasto público. En este sentido, el rearme es un mecanismo que puede amplificar las dinámicas de conflicto, por ejemplo, contra los ataques contras las conquistas sociales.

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