LAS TORRES ALTAS TAMBIÉN CAEN

Todo aquello que parece inexpugnable en realidad puede ser una apariencia engañosa, un espejismo que te hace creer lo contrario de lo que es...
Opinión06 de noviembre de 2026 Antonio Morales

LAS TORRES ALTAS TAMBIÉN CAEN

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Todo aquello que parece inexpugnable en realidad puede ser una apariencia engañosa, un espejismo que te hace creer lo contrario de lo que es. Por eso casi nada de lo que vemos es lo que parece, pero aún sabiendo esta antigua premisa conocida por culturas milenarias nos empeñamos en creernos el mensaje que esas torres no se pueden tumbar, no se pueden asaltar. Nada peor para la esperanza que el sentimiento de derrota antes de emprender cualquier batalla, y es aquí donde entramos en el terreno en el que determinados poderes o intereses quieren que estemos. Me refiero al de la derrota, al de la imposibilidad, al del pesimismo existencial, al de no se puede hacer nada para cambiar, transformar, voltear, tirar las torres que nos imponen una sombra que no queremos. Es curioso cómo determinados personajes se hacen construir o comprar edificios muy altos, los más altos, como signo de poder (de simbolismo fálico), distinción, de jerarquía. Es lo que tiene este sistema (capitalista), que te hace creer que es mal menor, el menos malo, el único. Para ello tiene trabajando a todos sus peones de briega 24/7 durante el año para que no podamos ver más allá de esas torres, para que no tengamos otro horizonte que el de sus sombras, para que no respiremos otro aire que el que nos llega de sus ventiladores ni alimentarnos con otra comida que no sea la de sus despojos. Porque en realidad las torres lo que nos transmiten es que no estamos a la altura de quienes residen ahí, que somos una partícula minúscula observada desde un piso 90 y con anteojos, que no podemos acceder ahí porque quizá no nos hayamos esforzado lo suficiente. El sistema se dota de mitos y leyendas como terapia a aplicar a la masa humana, una masa inconsciente guiada hacia un despeñadero cada vez que se lo propone. Una masa que consume, engulle, cualquier cosa que le echen, incluso hasta lo que puede ser bueno lo devora sin saborearlo. Esta dinámica es la lógica del capitalismo donde todo es basura para la masa. Comida, cine, televisión, literatura, radio, redes sociales, la democracia liberal burguesa, son juguetes del capitalismo, medios para que la gente se entretenga, no piense, se mueva al son de la música que se le toca, comer rápidamente, ver basura intelectual porque, en realidad, la masa no necesita más que sobrevivir ya que de vivir se encargan la gente rica, los que están arriba y van dirigiendo el cotarro hacia abajo, los que ordenan qué debe cobrar en forma de miseria la gente trabajadora haciendo, además, que ésta tenga que agradecerle hasta poder comer. El sistema te hace pagar un peaje, y si no estás dispuesto a entrar por el aro entonces moverá sus perros de presa para que te humillen, denigren, arrinconen, persigan, difamen, te hagan caer en el olvido o en el ostracismo, y en el caso más extremo hacerte desaparecer literalmente por cualquier mecanismo aunque pueda parecer un “accidente”.

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En pequeña escala esos perros al servicio del capital harán que pierdas tu trabajo, casa, pertenencias, arraigo social, familia, la salud en definitiva. Esos perros tienen sus oficios, su “prestigio” social cada vez más denostado. Cumplen órdenes, leyes dicen, que se dictan mirando de reojo al amo capitalista y no al pueblo al que debes servir. Quienes dan las órdenes son perros, quienes las ejecutan son perros también. El perro grande envía al pequeño o de menor escala. En esta partida de ajedrez que es la vida en este sistema hay quienes hacen de peones, otros de alfiles, torres, caballos, reyes o reinas, según la posición social en la que se encuentra. Nadie escapa del tablero que es la vida, la cuestión es saber cómo vamos a jugar cada pieza. Si como jugador protagonista contra un contrincante que quiere apropiarse de todas las piezas sin llegar a jugar, y dejarte sin margen de maniobra, o como una pieza más a la que hay que mover sin que se rechiste hacia dónde, cuándo, cómo se mueve uno como pieza. La gente conformista te dice “es lo que hay” y entonces, desde esta perspectiva, surgen las teorías del mal menor que no cambian nada. Quieren conservar algunas piezas que creen valiosas pero que al final les dan jaque mate porque no presentas oposición, porque no ves la oportunidad de poder anticiparte a la jugada del contrario. No se mueve nada hasta que no se está seguro pero cuando se hace se va asaltar la fortaleza del contrario, esa torre que se yergue hasta donde la vista casi no alcanza y la admiración se estira hasta la náusea. Salir a un combate tiene que ser acumulando fuerzas, con estrategia definida, con objetivo claro, protegiendo los flancos, ocupando posiciones altas para observar bien los movimientos del contrario, utilizando el arte del engaño haciéndole ver que eres débil cuando eres fuerte y que eres fuerte cuando eres débil, no comprando lealtades -ya que un mercenario mañana estará con el enemigo- sino ganándotelas con tu ejemplo.

INSUMISION CIVIL, REBELDÍA CON CAUSAINSUMISIÓN CIVIL, REBELDÍA CON CAUSA

Podría emplear más líneas y tiempo para desgranar, quizá, lo básico en un antiguo manual de estrategia tan conocido como El arte de la guerra de Sun Tzu y que las corporaciones, a través de sus distintos departamentos, emplean tanto para sí mismas en su relación con el personal a su servicio como para el exterior. Este manual de estrategia es aprovechado por el gran capital para mantener sus altas torres intactas si bien hay algunos matices ya que una gran parte de su éxito es la compra de voluntades o de lealtades que van a hacerle el trabajo sucio, lo que viene en llamarse peones de briega o tontos útiles al sistema, lacayos lamebotas que sirven de cortocircuito para su propia gente, para las de su clase aunque, eso sí, investidos de una aparente aura de protección que les puede desaparecer en cuanto el amo de turno le baje el dedo. El sistema se vale, para ello, tanto de políticos conservadores como reaccionarios (fascistas), y de gente adornada con la banda de izquierda siendo la principal aliada la comprendida en el espectro de la socialdemocracia que no son otra cosa que gerentes del capitalismo y sus crisis, domadores de leones en un circo para entendernos. Y en ese espectro metemos a toda la gente que habiendo luchado, en apariencia, por causas justas han abandonado a la organización que les aupó entregándose a los sicarios del sistema (medios de comunicación) para tener más visibilidad, más proyección personal o, incluso, profesional. Abandonando haciendo ruido, traicionando los principios por los que comenzaron a luchar en un momento dado pero que, he aquí una de las claves, no se acompañaba de un cuerpo ideológico consistente sino que se diluía en la ambigüedad. El sistema se vale de cualquiera que esté dispuesto a vender su dignidad, su integridad personal, a traicionar a aquello por lo que se movilizó a cambio de unas migajas de minutos de gloria, aunque no sólo eso. Se vale de la duda, de la mentira, de la intoxicación, del hartazgo, de los enfrentamientos por las posiciones ególatras, para mantener su estatus quo. Se vale de la gente indeseable, cicatera, desclasada, desprovista de conciencia de grupo o de clase, del sentido de la solidaridad, empleando todas las posibles técnicas de persuasión para atraerla a sus intereses, pero si son irreductibles como la aldea gala de Astérix y Obélix entonces no habrá piedad y valdrá cualquier medio para destruir a esa pieza molesta que impide sus objetivos. Para hacer esas altas torres, por tanto, se requiere tener todas las virtudes (aun con errores) de integridad, modestia, sagacidad, audacia, valentía, control del daño, planificación estratégica, sentido de clase, altura de miras, distancias con los poderes y su música. Se requiere gente tanto en cantidad como en calidad personal, se requiere herramientas adecuadas para minar las torres y hacer que salten por los aires, pero -sobre todo- mucha paciencia y constancia. Paciencia para no perder la perspectiva ya que antes o después van a caer, constancia para no dejar de golpearlas. El sistema es global, por tanto la lucha debe ser global también y se debe aprovechar el movimiento de las olas para surfear con ellas cuando están altas o sumergirte cuando escasean. Hay una ola reaccionaria a nivel mundial que se extiende a nivel mundial haciendo peligrar no ya la democracia de mierda que tenemos que se usa como falaz excusa para quedarnos en el mal menor, sino la supervivencia de la dignidad humana que trasciende a cualquier sistema político y lo atraviesa. Hay una ventana de oportunidad que se ha ido abriendo con los movimientos de protesta que se están extendiendo, en sentido contrario, exigiendo lo básico como el derecho a una vivienda como derecho y no como bien de mercado, además del coste de la vida que se dispara por la especulación alimentaria y la concentración en pocas manos de los medios de distribución y la cada mayor amenaza también en los de producción. Una especulación alimentada por una escalada belicista que hace que los gobiernos inviertan en armas en lugar de en servicios públicos. Esto trae el descontento, la desafección, y es ahí donde entran en juego factores de distorsión cuando, además, los gobiernos de turno no hacen nada para eliminar esos factores (fascismo) porque les interesa mantener sueltos a los perros que hagan proteger los intereses del gran capital a quienes sirven. España, Francia, Portugal, Italia, Alemania, Grecia son algunos de los países europeos donde el movimiento de protesta iniciado por la gente joven y atravesado, luego, por otros conflictos sectoriales, está demostrando que se puede transformar la realidad ya que ésta no solamente está para contemplarla parafraseando a Karl Marx. Un movimiento que debe impregnarse de cohesión ideológica si quiere sobrevivir en el tiempo aunque cambie con el mismo la táctica de lucha. Pero los movimientos de protesta naufragan justo porque carecen de ese cuerpo ideológico, y la derecha-extrema derecha es a lo que le teme, le tiene pavor. Todo su afán de batalla cultural contra lo woke, todo su afán de desprestigio hacia lo ideológico del contrario no es más que negarla imponiendo la suya con un discurso anti- ideológico que es falso. Así, pues, debemos aprender de la historia y de por qué triunfan en unos casos y fracasan en otros determinados movimientos de protesta. La movilización es el arma de conquista que tenemos las clases populares para arrebatarles las torres al gran capital y tirarlas abajo como símbolos de decadencia y fracaso social. Pero para que ello sea así no vale el espontaneísmo sin sostén en el tiempo, no vale salir descalzo a un campo de cardos. La cohesión del movimiento obrero internacional en su fundación se la dio la ideología, el pensamiento colectivo que se traduce en lo concreto sabiendo quién eres, de dónde vienes y hacia dónde vas, sabiendo que formas parte de un grupo, de una clase, que sin solidaridad fenecerá, sabiendo que no puedes servir al amo y no ser explotado, sabiendo que te va la dignidad en liberarte de las cadenas que impone el capital para oprimirte, y de los medios de represión si intentas emanciparte. Si los movimientos de protesta no tienen en su horizonte ese pegamento ideológico estarán abocados a caer en brazos del capital al que están desafiando. Sin horizonte, estrategia planificada, todo podrá ser en vano que, en definitiva, es lo que al capital le interesa y sobre lo que trabajará para que sea así. Los movimientos deben tener una identidad, una expresión social que, a la vez, es política, a la que deben dar salida proyectando sus necesidades, tejiendo alianzas. Lo ideológico es lo que hace que el movimiento se mueva con sentido y no como pollo sin cabeza, es el alma mater, el núcleo de lo que impulsa a actuar sabiendo por qué y para qué más allá del propio individualismo. Si el movimiento obrero se levantó en el S. XIX fue por eso, si la revolución rusa impulsada por Lenin y basándose en el pensamiento de Marx y Engels, por ejemplo, alcanzó su objetivo fue por ideología, si Hitler llegó a implantar el estado de terror fue por ideología. Si surgen procesos de emancipación popular como hemos asistido en África o América, es porque han tenido un componente ideológico central. La historia nos enseña el camino de cómo poder acabar con las torres de poder, pero ya no falta solamente cohesión ideológica sino, también, capacidad de resistencia porque resistir es vencer. Resistirse a la desesperanza, a la desmotivación, a la desafección, a mantener el estatus quo, al engaño, al engaño, a la intoxicación, a la ignorancia, es una obligación de un militante de la vida. Resistirse a perder tu integridad, dignidad, principios, a costa -incluso- de no poder acceder a un empleo, o echarte del que tienes, o desplazarte a comprar varios kilómetros para no alimentar un déspota que tienes a 3 minutos de tu casa, de no comprar a empresas que hacen negocio en territorio palestino ocupado, de no ver determinados programas de televisión, son ejemplos de actos de resistencia cotidiana que ayudan a que tú seas mejor que quienes viven en esas torres, alguno de prestado. Son actos que hacen que tu vida merezca algo más la pena porque tienes conciencia, y eso es el principio básico del cuerpo ideológico al que me he referido a lo largo de este artículo. Es a eso a lo que le teme el capital, a tu independencia, libertad de pensamiento y toma de decisiones. Por eso, porque tienen miedo a eso es ahí donde debemos atacar para que veamos caer las altas torres que son puro espejismo.

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