
Cuando el CO₂ deja de ser enemigo: un experimento real que lo convierte en combustible
Bioeconomia.info
¿Qué pasaría si en lugar de combatir al CO₂ como un villano atmosférico, lo transformáramos en un aliado energético? Eso es exactamente lo que propone FUELGAE, un proyecto europeo que se mete en el corazón de las emisiones industriales para darles un giro radical: transformarlas en biocombustibles avanzados usando microalgas.
No es ciencia ficción. En una planta siderúrgica en Rumanía y una biorrefinería en España, las microalgas están comenzando a trabajar donde antes solo había humo. Allí, estas diminutas formas de vida, expertas en capturar CO₂ desde hace millones de años, se cultivan, se transforman y se convierten en una fuente de energía renovable. La escena parece mínima, pero el impacto potencial es gigantesco.
Un proyecto con ambición europea y base científica española.
FUELGAE es una de esas apuestas que concentran la mirada estratégica de Europa en su transición energética. Con 5 millones de euros de financiación del programa Horizonte Europa, y un equipo de 13 socios de seis países distintos, el proyecto está liderado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el principal organismo público de investigación de España, dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.
Su objetivo es tan claro como desafiante: demostrar que el CO₂, uno de los mayores responsables del cambio climático, puede dejar de ser un problema si se convierte en parte de la solución. “Este proyecto es un paso hacia la sustitución de los combustibles fósiles por alternativas renovables”, resume la Dra. Silvia Morales de la Rosa, coordinadora de FUELGAE desde el Instituto de Catálisis y Petroleoquímica del CSIC.
Microalgas que se alimentan de emisiones industriales.
La primera etapa fue clave: elegir dos especies de microalgas capaces de sobrevivir —y prosperar— en entornos con altísimas concentraciones de CO₂, como los que se encuentran en una chimenea industrial. Pero no se trataba solo de que vivieran. Debían crecer rápido, generar biomasa útil y adaptarse tanto a la realidad de una refinería como a la de una acería.
Eso ya está ocurriendo. Con estas microalgas, el proyecto desarrolló procesos para fraccionar la biomasa obtenida y separar compuestos de interés: polisacáridos y lípidos que, gracias a innovadores catalizadores, se están transformando en combustibles líquidos avanzados. Son productos pensados para sectores donde la electrificación aún es inviable, como la aviación o el transporte marítimo.
FUELGAE no se limita al laboratorio. El equipo ya trabaja en el diseño de nuevos fotobiorreactores, dispositivos capaces de maximizar el rendimiento de las microalgas al regular el acceso a la luz, el CO₂ y los nutrientes. Estos reactores son el puente entre la biología y la industria: permiten que la transformación del carbono no sea solo teórica, sino replicable a escala.
Junto a esto, se están validando sistemas de licuefacción hidrotermal (HTL) y producción de biogás, lo que permite aprovechar al máximo los residuos del proceso. Incluso los subproductos tienen destino: el biocarbón que se genera puede usarse como enmienda para suelos agrícolas, cerrando así un círculo virtuoso entre industria, energía y agricultura.
Pilotos reales, impacto medible.
Uno de los aspectos más sólidos de FUELGAE es que todo lo que propone se está validando en contextos industriales reales. No se trata de pruebas abstractas, sino de plantas piloto que ya operan en España y Rumanía. Allí se evalúa no solo la eficiencia técnica, sino también el impacto ambiental y económico mediante estudios de ciclo de vida (LCA y LCC).
El objetivo es alcanzar el nivel de madurez tecnológica TRL5 hacia 2027, una etapa que permitirá mostrar que el modelo funciona y puede escalarse. Para ello, el consorcio también integrará tecnologías digitales como gemelos virtuales, que permiten simular y optimizar los procesos en tiempo real.
Un nuevo paradigma energético que convierte problemas en soluciones.
En plena crisis climática, FUELGAE propone algo radical: no esconder el CO₂, sino transformarlo. Donde antes había residuos, hoy puede haber recursos. Y donde antes solo veíamos humo, ahora aparecen moléculas de energía limpia.
Este proyecto no solo avanza en una tecnología. Redefine la forma en que pensamos el carbono: ya no como una amenaza, sino como una oportunidad. Una idea poderosa que, si logra escalar, podría reescribir el futuro energético de Europa.




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