
De Kast con Pinochet a Vox con Franco: por qué las dictaduras ya no asustan

José Antonio Kast ha ganado las elecciones en Chile. Jair Bolsonaro ganó las de 2018 en Brasil y Javier Milei gobierna en Argentina. En España puede ganar las próximas generales una coalición de la que forme parte Vox. Contra esos candidatos y partidos de una ultraderecha normalizada que reivindica o blanquea dictaduras del pasado, las “alertas antifascistas” o democráticas van dejando de funcionar. Las dictaduras y su memoria asustan cada vez menos a los electorados, que a su vez castigan cada vez menos su apología.
Ya no importa que Kast diga “si Pinochet estuviera vivo, votaría por mí”, o que Bolsonaro elogie como un “héroe nacional” al militar que torturó a su rival de izquierdas Dilma Rousseff. Tampoco que Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel promuevan el negacionismo del número de 30.000 víctimas de la dictadura argentina o que quieran demoler el museo de la antigua Escuela de Mecánica de la Armada, donde funcionó el principal clandestino de detención, tortura y exterminio. O que Santiago Abascal, más indirecto, más sibilino, diga que el de Pedro Sánchez es el peor Gobierno de España “en ochenta años”, siendo el segundo el Zapatero y el tercero el de Mariano Rajoy. ¿Por qué las dictaduras ya no asustan?
Mucha agua bajo el puente
Primero, porque la distancia temporal que nos separa de aquellas dictaduras va quedando muy lejos. Las personas que las vivieron van desapareciendo o las vivieron como niños o jóvenes que no experimentaron su peor parte. Para haber vivido un solo año del franquismo (1939-1975) con más de dieciocho años hay que haber nacido en 1957. Con cifras del Instituto Nacional de Estadística, quienes vivieron con dieciocho años el asesinato del político comunista Julián Grimau (1963) suman el 0,4% de la población española actual. Y quienes vivieron aquellos años siendo niños pueden idealizar situaciones de libertad o seguridad que no eran tal, sino una sensación infantil, protegida por las penurias calladas de los adultos, filtradas aún más con los años. Del descampado del barrio se recuerdan los juegos despreocupados, no las jeringuillas.
Sea como sea, para la mayoría de la población —como el autor de este artículo, que nació casi doce años después de la muerte del dictador—, el franquismo ya es historia remota. Una historia sobre la que muchos pueden no tener otra información que la que busquen en libros o en internet. Los libros que uno lea sobre Franco pueden ser los del impecable hispanista británico Paul Preston o los del pseudohistoriador franquista Pío Moa. Del pinochetismo hace menos tiempo, pero ya 35 años: en Chile, la población actual que vivió al menos un solo año de la dictadura (1973-1990) con más de dieciocho años no sobrepasa el 20%. Y sobre Pinochet pueden leer la biografía de Mario Amorós o la del propagandista Mario Spataro.
En internet, un mar lleno de trampas que favorece la fragmentación y los cherry pickings, uno puede encontrar los más groseros bulos y apologías. Pero incluso la información genuina puede versar sólo sobre los aspectos menos terribles de esas dictaduras —como la vivienda protegida del franquismo—, descontextualizados de un encuadre más amplio en el que cabe el horror de la represión. Además, esos “aspectos positivos” de la dictadura existían en todas partes en los “treinta gloriosos” del keynesianismo, pero consagrados como derechos, efectuados con más esfuerzo y dinero y mejores materiales que la magra caridad franquista. Dato no mata relato. Dato puede ser relato fascista, si no se acompaña de otros datos.
Cortar el nudo gordiano
La creciente complejidad del mundo del siglo XXI y lo inabarcable de sus problemas también juegan a favor de la nostalgia dictatorial. Las democracias desprenden cada vez más una sensación de incapacidad: “no hay quien arregle” la crisis de la vivienda, la expansión del narcotráfico, la inseguridad o el tema que se imponga. Todo ello es caldo de cultivo para el deseo de bukeles autoritarios que corten el nudo gordiano de un hachazo. Y a quienes les conceda el hacha, ya no un golpe de Estado, sino unas elecciones ganadas, como el propio Nayib Bukele en El Salvador, que mientras desmantela a las maras se atornilla al poder.
En España y Chile hay cierta nostalgia por las respectivas dictaduras. Según una encuesta del CIS del pasado octubre, un 21,3% de la población española considera que los años del régimen franquista fueron “buenos” o “muy buenos”. El Barómetro de la Política CERC-MORI había arrojado en 2023 que un 37% de los chilenos tenían una opinión muy positiva de la dictadura de Pinochet. El caso chileno forma parte de una tendencia latinoamericana: aunque quienes prefieren un régimen autoritario se han mantenido durante décadas en menos del 20%, la insatisfacción con la democracia pasó del 51% en 2009 al 72% en 2018, su punto más alto. En 2024 fue del 65%. Por el camino, la mano dura de Bukele, el discurso antiinmigratorio de Donald Trump o el ultraliberalismo de Milei se han convertido en referentes internacionales.
En el tránsito del siglo XIX al XX, marcado por una nueva revolución industrial con sus desbordes sociales y políticos, fue creciendo un anhelo de “cirujanos de hierro” que acabó alumbrando el fascismo. Salvando las distancias, nosotros empezamos a escuchar la misma música. El deseo de estas figuras aumenta en la medida en que hay una enfermedad, o varias, que ningún cirujano democrático acaba de operar ni curar. Este embrujo de los bukeles también se traduce en una mirada a la historia que se fascina con la eficacia que sí tenían aquellas dictaduras para hacer lo que se proponían, fuera lo que fuera, en lugar de limitarse a cambios cosméticos. Pinochet le dio la vuelta a la economía chilena, Franco llenó España de embalses, la dictadura brasileña construyó la carretera Transamazónica… Sus nostalgias son también la añoranza de programas políticos medibles en hectómetros de hormigón. Bukele, hoy, construye cárceles gigantescas.
¿Mamdanis contra bukeles?
Con todo, hoy en día se admira la fuerza más allá de a qué se dirija y al líder expeditivo más allá de qué lidere. Los candidatos de izquierda democrática también pueden triunfar cuando se aprecia en ellos el carisma y la esperanza de eficacia contra los grandes problemas: he ahí a Zohran Mamdani, aupándose a la alcaldía de Nueva York con promesas ambiciosas para resolver los problema del transporte y la vivienda. Su carisma parece embelesar incluso a Trump, que lo trata extrañamente bien cuando visita la Casa Blanca.
El presidente estadounidense sabe reconocer a un ganador. Y entre su electorado, como el de Kast, Abascal o Bolsonaro, hay ultraderechistas estrictos, pero también idólatras de la fuerza la hallen donde la hallen. Del New Deal de Roosevelt a la socialdemocracia sueca, la historia también tiene ejemplos de que es posible armar un antifascismo o una izquierda carismática y eficaz sin hacer concesiones al autoritarismo.







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