SOBERANÍA DE LOS PUEBLOS

En estos tiempos donde el derecho internacional pero, también, el de los pueblos como ente en un determinado ámbito geográfico, está pasando a mejor vida, es necesario, conveniente, y hasta urgente que sepamos de qué hablamos...

Opinión02 de febrero de 2026 Antonio Morales
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En estos tiempos donde el derecho internacional pero, también, el de los pueblos como ente en un determinado ámbito geográfico, está pasando a mejor vida, es necesario, conveniente, y hasta urgente que sepamos de qué hablamos y qué debemos entender por soberanía de los pueblos o simplemente soberanía nacional cuando se trata de identificarla con un país. Ahora, bien, una cuestión es la teoría política de qué es o debe ser soberanía y otra en lo que se ha convertido con una práctica retorcida para lo cual tendríamos que ejemplificar en lo concreto, ya que la soberanía puede cederse como en el caso de la UE donde cada país integrante cede a ese ente supranacional una parte de su soberanía, y otra es que se pueda perder por invasión o agresión extranjera como, por ejemplo, lo que viene aconteciendo en su caso más extremo de Israel contra Palestina cuando, además, ni siquiera el primero tendría derecho a existir ya que es un Estado de facto herencia del colonialismo inglés. Un intento reciente, y característico, ha sido el de EEUU contra Venezuela secuestrando a su Jefe de Estado o Presidente y a su compañera, bombardeando la capital, cuyo único objetivo declarado finalmente es, y siempre fue, recuperar el control energético de Venezuela así como el de minerales y tierras raras para componentes de alta tecnología. Para entender esta cuestión la explico brevemente. Venezuela, en la actualidad, tiene la mayor reserva probada del mundo en combustible bruto, en petróleo pesado con una estimación, según datos auditados internacionalmente, de unos 338 mil millones de barriles fundamentalmente en la franja del Orinoco superando, por tanto, a cualquier otro país como Arabia Saudí que durante tiempo fue el alma petrolera y de donde partió, allá por el año 1973, la figura del petrodólar o dolarización del flujo de combustible fósil llamado petróleo en todas las transacciones internacionales. El petróleo venezolano siempre estuvo en manos de compañías extranjeras, principalmente estadounidenses pero en los años 70 se produce una primera nacionalización con el entonces presidnete Carlos Andrés Pérez el 29 de agosto de 1975 dando lugar al nacimiento de la actual empresa PDVSA. Y este presidente no es que fuera un extremista, simplemente hizo que ese líquido fuera controlado desde dentro de Venezuela lo cual no quiere decir que eso repercutiera, ciertamente, en beneficio visible y extendido para la mayoría social ya que las élites sociales y políticas (conservadoras) tenían influencia y, también, control al operar con el negocio del petróleo o sus derivados como, por ejemplo, la familia de la gusanera María Corina Machado. Esa primera nacionalización hizo que Venezuela, desde una posición liberal, tuviera a través del Estado más autonomía o soberanía energética pero, obviamente, con mucho déficit repito por la presencia influyente de las élites parasitarias de la riqueza cuyos capitales luego fluyen hacia paraísos fiscales escapando del control fiscal del Estado. La segunda nacionalización se produce con Hugo Chávez en el año 2007 haciendo posible que las operadoras mixtas, capital nacional y extranjero, se integraran totalmente en la estatal PDVSA pasando, pues, el Estado a controlar la totalidad de los recursos y soltar el lastre de la dependencia extranjera abriendo, además, nuevos canales de comercialización internacional, nuevos socios estratégicos como, por ejemplo, China. Lo de Venezuela es un claro ejemplo de recuperación de un aspecto de la soberanía, la energética en el caso, situándose, pues, en el centro de un tablero geopolítico con determinación e importancia. Los movimientos de liberación, en general, surgidos en la historia contra potencias ocupantes extranjeras son, en esencia, movimientos para la recuperación de la soberanía nacional perdida por el tradicional colonialismo de países como Gran Bretaña, España, Francia, Bélgica, Italia, Portugal etc., donde excepto Europa como continente colonial los demás eran continentes colonizados, parasitados, por las potencias europeas. India, Vietnam, Australia, Nueva Zelanda, Marruecos, Argelia, Filipinas, Sáhara (traicionado por España y dejada su soberanía en manos de Marruecos), Venezuela, Palestina, son tan solo algunos ejemplos sobradamente conocidos o que nos pueden refrescar la memoria, ya que la lista es mucho más extensa. Como podemos comprobar el mundo giraba alrededor de países europeos, su destino o soberanía dependía de decisiones ajenas a la realidad de ese pueblo concreto que estaba tutelado, parasitado, por una potencia extranjera. Estados Unidos, mención aparte, no existía como nación hasta que el 4 de julio de 1776 se proclama su independencia de la corona británica. Una nación que solo tiene 250 años y en pleno declive imperialista.

EL IMPERIO MENGUANTEEL IMPERIO MENGUANTE

Creo que hasta aquí ya atisbamos lo que es la soberanía de un pueblo, y recuperarla a veces no ha sido posible de otra forma que no haya sido por el uso de las armas como respuesta de autodefensa o legítima defensa de agresiones de la potencia en cuestión. La mayor agresión es cuando te quieren robar, además, la dignidad como pueblo. Pero ahora vamos a avanzar un paso más y volvemos a Europa, al mapa actual que surge en plena guerra fría el 1 de enero de 1958 cuyos países fundadores fueron Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Francia, RFA (Alemania Occidental), Italia, con la firma del Tratado de Roma y constituyendo, de esta forma, lo que conocíamos como CEE o Comunidad Económica Europea. Este fue el germen de lo que conocemos hoy como UE y, digamos, como muro de contención -en un contexto de guerra fría- contra el bloque del Pacto de Varsovia. Esa avanzadilla va engrosando a sus filas nuevas incorporaciones, siendo la de España en 1986, casualidad o no el mismo año del referéndum -dopado mediáticamente- OTAN y que nos acercó al abismo en el que estamos hoy. Porque, ciertamente, ¿cuál es la autonomía defensiva que tienen los países que integran un bloque militar donde manda EEUU? Y ¿qué autonomía o soberanía tienen los países que, a día de hoy, integran de pleno la UE? Si cedes soberanía a entes supranacionales entonces hay una supeditación a los intereses globales que, en el caso, se trata del capitalismo, de las grandes corporaciones que ejercen presión, mediante lobbys, en la propia UE para que determinadas disposiciones salgan o no adelante. Y, curiosamente, nos encontramos con los “grandes patriotas” que dicen ser los del espectro ideológico de la derecha-extrema derecha a quienes no les duele en prenda ejercer de vendepatrias, los más promiscuos con los poderes oligárquicos con quienes fácilmente hacen de lacayos, de bufones. La muestra la tenemos recientemente cómo esta Europa, dirigida por una tal Von der Leyen, ha hincado las rodillas ante el emperador Trump con sus delirios arancelarios y armamentísticos sin que haya habido una respuesta seria y coordinada, sino pataleta de niño malcriado en un patio de colegio pijo. Esta UE, descendiente de aquel embrión de post guerra, no es más que una entelequia representativa de las élites y oligopolios de grandes corporaciones alejada de la soberanía que, como continente, debiera tener al unísono respecto a otras potencias mundiales. Puedes tener relaciones con EEUU sin doblegarte a sus intereses y dejar de comerciar con China o Rusia porque te lo digan desde Washington, lo cual demuestra que la autonomía es una asignatura aún pendiente a nivel colectivo. Una autonomía o soberanía que se ha ido cediendo a través de las disposiciones legislativas, política comercial, moneda única que, además, no cohesiona, política exterior y de seguridad, políticas ambientales y sociales, libre circulación de capitales, servicios, personas y bienes pero bajo determinadas condiciones ya que se acotó en el Tratado de Maastricht firmado en 1992 como base para la posterior constitución de la actual UE. Un acuerdo de unión monetaria y económica donde, ni que decir tiene, que en ese acuerdo alguien salió ganando más que otro alguien. Perdieron, en el caso español, el sector primario de agricultura y pesca así como la industria. El concepto de economía global o aldea global se iba imponiendo, la famosa globalización, a marchas forzadas dejando en la cuneta fundamentalmente a las pequeñas empresas en sus distintas manifestaciones de los sectores indicados. Una Europa de varias velocidades pero que, en realidad, se iba a la que marcaban las grandes corporaciones y el hegemón yanki en última instancia. Cuando pierdes terreno en sectores como agricultura, ganadería, pesca, industria (textil, confección, manufactura, automotriz, alimentaria), liberalizas sectores en los que dominaba lo público, entregas sectores estratégicos como la energía a manos privadas, estás desposeyendo esa soberanía en aras de algo llamado libertad de mercado que no es otra cosa que la libertad del rico para que el pobre no pueda ser libre, para que eso que llamamos soberanía popular se limite a depositar un voto cada cuatro años y si te vi no me acuerdo para la gente que vota, aunque fíjate bien que los vendepatrias siempre votan. Europa, en definitiva, es un continente algo más que viejo. Es decadente con una pérdida total de rumbo. Surgen las voces euroescépticas que están asociadas a posiciones ultra nacionalistas, o sea xenófobas, racistas y, por tanto, fascistas, para qué engañarnos. Y es el migrante que viene a Europa el problema, siguiendo esa corriente, no la corporación extractivista que asola la economía con su explotación de los recursos y la fuga de capital, o con los ricos que utilizan paraísos fiscales para no tributar en sus respectivos países si no les conviene. La pertenencia a este modelo europeo de integración hay que reformularlo totalmente y será, entonces, cada pueblo el responsable de ello llegado el momento. Cada pueblo, como en España, donde tendremos que redefenir qué Europa queremos, si la de los oligopolios y economías sometidas por el yugo del capitalismo depredador o, por el contrario, una Europa social de los pueblos, del bien común, aliada de la paz y la diplomacia y alejada de la lógica de la guerra como está ocurriendo en estos momentos. Una UE que sea capaz, por tanto, de funcionar con otro paradigma de cohesión e integración, que recupere la dignidad de un continente multicultural donde cohabitan cientos de lenguas, costumbres, etnias, donde nadie sobra más que el explotador, el depredador del planeta que no vamos a poder dejar en herencia de forma sostenible. Estamos viviendo un tiempo oscuro, quizá de vuelta a una Edad Media bajo la figura de un nuevo vasallaje, cuya inercia ha de romperse elevando el rango de conciencia y compromiso cuyo primer paso es, comenzando en casa, apartando a las ideologías autoritarias nazis de nuestro entorno pero, sobre todo, organizadamente y en nuestra vida cotidiana recuperar la dignidad como pueblo que debe ser capaz de gestionar y adueñarse de sus propios recursos no dejando que la semilla del campo esté en manos extranjeras, no dejando que las ciudades se conviertan en un puñetero escaparate turístico que expulse a su vecindario de los barrios de toda la vida. Recuperar la soberanía como cuestión de supervivencia.

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