
¿Por qué Pakistán y Afganistán están enfrentados?

Pakistán y Afganistán están enfrentados por disputas territoriales y acusaciones pakistaníes de que los talibanes al mando del Estado afgano protegen a grupos insurgentes que atacan territorio pakistaní. En la madrugada del 27 de febrero de 2026, aviones pakistaníes bombardearon la capital afgana, Kabul, la ciudad de Kandahar y la provincia de Paktiyá, como parte de una escalada de mutuos ataques recientes. Horas después, el ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Asif, ha hablado de “guerra abierta”, terminando de romper el frágil alto el fuego vigente desde octubre de 2025.
Desde que los talibanes regresaron al poder en Afganistán en 2021, Islamabad acusa a Kabul de permitir que el Movimiento de los Talibanes Pakistaníes (TTP, por sus siglas en urdu), grupo insurgente relacionado con los talibanes afganos, utilice suelo afgano para atacar territorio paquistaní. Sólo en 2025, el grupo llevó a cabo más de seiscientos atentados. Desde 2024, además, Pakistán ha recurrido a la deportación masiva de afganos, al cierre de pasos como Torkham y Chaman y al comercio como herramientas de presión. Kabul, por su parte, denuncia bombardeos en su territorio, niega apoyar al TTP y nunca ha aceptado la frontera entre ambos países. Esta desconfianza acumulada ha hecho inviable cualquier intento serio de diplomacia.
La tensión actual tiene su origen en la Línea Durand, la frontera que divide a la población pastún entre Afganistán y Pakistán. También responde al fracaso de la doctrina paquistaní de “profundidad estratégica”, concebida para garantizar un Afganistán aliado frente a la India y que hoy parece haberse vuelto en contra de Islamabad. Además, el acercamiento entre Afganistán e India en octubre de 2025 encendió aún más las alarmas en Islamabad, que teme quedar cercada por su rival histórico en su frontera occidental.
Una herida colonial y el espectro del Pastunistán
El núcleo del conflicto entre Pakistán y Afganistán es la Línea Durand, una frontera de 2.640 kilómetros trazada en 1893 por el Imperio británico para delimitar esferas de influencia durante el “Gran Juego”, la rivalidad entre el Reino Unido y el Imperio ruso en el siglo XIX. La línea dividió el territorio de las tribus pastunes, el grupo étnico más numeroso de Afganistán y el segundo más grande de Pakistán.
Desde la independencia pakistaní en 1947, ningún Gobierno afgano ha reconocido esa frontera. Kabul sostiene que el acuerdo fue impuesto bajo coacción y que expiró en 1993. En 1949, la Asamblea afgana declaró nulos los tratados firmados con los británicos y calificó la frontera como una “línea imaginaria”. Islamabad, en cambio, defiende su legitimidad bajo el principio de uti possidetis juris, según el cual los nuevos Estados heredan las fronteras coloniales para evitar el caos territorial. La comunidad internacional ha tratado la frontera como reconocida, pero la Línea Durand todavía es una herida abierta en Afganistán.

Más allá del debate jurídico, el problema es identitario y demográfico. Pakistán alberga hoy a más de 36 millones de pastunes, frente a los quince millones que residen en Afganistán, donde son alrededor del 40% de la población y han ocupado históricamente posiciones centrales de poder. Esta división ha alimentado durante décadas la idea de un “Pastunistán” que uniría a la población pastún a ambos lados de la frontera. Para Pakistán, ese nacionalismo transfronterizo supone un riesgo estructural, especialmente tras la experiencia de la secesión de Bangladés en 1971. De ahí que haya invertido millones en vallar la frontera desde 2017, con el objetivo de reforzar el control territorial y limitar los flujos insurgentes y transfronterizos. La medida ha sido cuestionada por Kabul y, en ocasiones, combatida sobre el terreno.
Pakistán vs. Afganistán: el fracaso de la profundidad estratégica
Durante décadas, la política de seguridad paquistaní estuvo guiada por la “profundidad estratégica”. Formulada en los años ochenta, esta doctrina defendía que Pakistán necesitaba un Afganistán aliado que actuara como retaguardia en caso de conflicto con la India. Bajo esa lógica, Islamabad apoyó a facciones afines durante la guerra contra la Unión Soviética y, posteriormente, facilitó el ascenso de los talibanes en los años noventa para asegurar un Gobierno cercano en Kabul. Tras la invasión estadounidense de 2001, numerosos líderes talibanes se refugiaron en zonas fronterizas pakistaníes. Cuando regresaron al poder en 2021, en Islamabad se interpretó como una victoria estratégica: un vecino ideológicamente próximo que garantizaba estabilidad en la frontera occidental y evitaba un mayor acercamiento de Kabul a Nueva Delhi.
Sin embargo, el regreso de los talibanes al poder en 2021 transformó esa apuesta en un problema de seguridad interna. El TTP intensificó sus ataques dentro de Pakistán, especialmente en las provincias de Khyber Pakhtunkhwa y Baluchistán. Islamabad sostiene que el TTP opera desde suelo afgano y acusa a Kabul de no actuar contra sus combatientes. Desde 2021, la violencia insurgente ha aumentado de forma exponencial y 2025 se convirtió en el año con más ataques registrados del TTP.

La escalada se aceleró entre 2024 y 2025. Ante el aumento de los ataques del TTP, Pakistán abandonó la contención diplomática y recurrió a bombardeos directos en territorio afgano en octubre de 2025 contra posiciones vinculadas al grupo. Los talibanes respondieron con fuego en la frontera y los enfrentamientos dejaron decenas de muertos en ambos lados. Las negociaciones mediadas por Catar y Arabia Saudí se estancaron ante la negativa de Kabul a expulsar al TTP. Para Islamabad, la estrategia diseñada para asegurar influencia en Afganistán había producido el efecto contrario: una insurgencia más fuerte y un vecino cada vez menos dispuesto a cooperar.
Refugiados, economía y la sombra de la India
Ante el deterioro de la seguridad, Pakistán amplió la presión más allá del terreno militar. Desde finales de 2023 aceleró la expulsión de refugiados afganos mediante el Plan de Repatriación de Extranjeros Ilegales, reforzado en 2024 y 2025. Alrededor de 800.000 personas, muchas asentadas en el país desde hace décadas, fueron obligadas a abandonar territorio pakistaní. La frontera, ya marcada por los enfrentamientos armados, pasó así a convertirse también en un foco de tensión social y humanitaria.
La presión se trasladó también al ámbito económico. El cierre recurrente de pasos clave como Torkham y Chaman provocó una caída del 53% en el comercio bilateral a comienzos de 2026. El Acuerdo Comercial de Tránsito entre Afganistán y Pakistán (APTTA, por sus siglas en inglés), que garantiza a Afganistán el acceso al puerto de Karachi y constituye la principal vía de conexión de Afganistán con los mercados internacionales, dejó de funcionar como un mecanismo estable de integración económica y pasó a convertirse en una herramienta de presión política. Ante esa vulnerabilidad, Kabul aceleró la búsqueda de rutas alternativas a través de puertos iraníes y trata de buscar en China diversificar sus corredores comerciales y reducir su dependencia de la infraestructura pakistaní.
En paralelo, la crisis se amplió con el acercamiento entre los talibanes y la India. A medida que se deterioraban las relaciones con Islamabad, Kabul buscó diversificar sus alianzas regionales. En octubre de 2025, en pleno repunte de los ataques pakistaníes, el ministro de Exteriores afgano visitó Nueva Delhi. Durante esa visita, India elevó su “misión técnica” en Kabul al rango de embajada y permitió que los talibanes designaran representantes en la delegación afgana en la capital india. Muttaqi ofreció garantías de que el territorio afgano no sería utilizado contra intereses indios y abrió la puerta a inversiones en sectores estratégicos como el litio, el cobre o el hierro. Para Islamabad, esta visita reforzó la percepción de que la India estaba ganando influencia en su frontera occidental.
China, por su parte, intenta mantener un equilibrio pragmático. Pekín tiene intereses directos en la estabilidad de Pakistán a través del Corredor Económico China-Pakistán y observa con atención las oportunidades mineras en Afganistán, especialmente en tierras raras. Por ello se ha prestado a mediar entre los dos países. Sin embargo, los ataques del TTP contra personal chino en territorio paquistaní han añadido presión para que la frontera no se convierta en un foco permanente de inestabilidad. En este contexto, la relación entre Kabul e Islamabad trasciende la disputa bilateral: se ha convertido en un punto de fricción donde confluyen rivalidades regionales, intereses económicos y diferentes estrategias de seguridad.
Navarra, 2002. Graduado en Relaciones Internacionales por la URJC. Máster en Geopolítica y Estudios Estratégicos por la UC3M. Interesado en geopolítica, con especial atención al Indo-Pacífico, movimientos sociales y dinámicas políticas contemporáneas.


Deriva negacionista del PP al pactar con Vox eliminar la violencia de género de una PNL en la Comisión de Insularidad




La carrera comenzó: ¿Quién será el nuevo secretario o secretaria general de la ONU?

Las mujeres viven más tiempo, pero no vidas más saludables

Milei impulsa las importaciones y destruye la industria y el empleo en Argentina

El fracaso escolar: niñas afganas repiten curso para evitar su expulsión de las aulas


El racismo que no vemos


Igualdad y enseñanza en el socialismo español (1928)

‘Memorias colectivas / Represiones cotidianas’





