
Pi y Margall y los dos mundos

Sí, en Europa había dos mundos.
Por un lado, existía un mundo de hombres que vivían todavía en el siglo XVI, mirando la patria como una divinidad sangrienta, en cuyas aras debían verterse a la menor injuria la sangre de los ofensores, y había otra que, rompiendo con la idea de las nacionalidades, tomaba por patria la tierra. Los primeros querían que la paz fuera armada, manteniendo grandes ejércitos y poderosas escuadras, erizando las costas y las cordilleras fronterizas de fortalezas. Además, forjaban alianzas contra otras alianzas, y no acertaban a ver con sosiego que sus vecinos tuvieran un buque nuevo o añadieran una legión más a sus legiones. En monumentos de mármol o bronce buscaban perpetuar las victorias alcanzadas sobre sus enemigos. Pi y Margall aludía, ya que vivió en esa época plenamente, la expansión imperialista por otros continentes, afirmando que estos hombres de la patria profesaban el “bárbaro principio” de que la tierra, aún la poblada, pertenecía a quien la descubría. Explicaba que eran los que habían inventado lo de las zonas de influencia, territorios contiguos a los suyos a los que aún no podían aún extender sus armas. Estos patriotas tenían intranquila a Europa, amenazando al resto del mundo, empobrecidos y agobiados los pueblos.
Pero los otros hombres buscarían la paz por el trabajo. Eran los que protestaban contra todo conato de guerra y aborrecían el recuerdo de pasadas discordias. Esos habían sido los que habían derribado en París la Columna donde estaban esculpidas las batallas de Napoleón, en alusión a lo que se hizo en la Comuna. También habían sido los que habían, al poco tiempo, condenado la fiesta del Dos de Mayo en Madrid, en alusión a un hecho que hemos estudiado en esta misma sección en un trabajo sobre el dos de mayo internacionalista de 1871. Y, por fin, eran los que habían reprobado en Alemania la usurpación de Alsacia y Lorena. Estos hombres acariciaban la esperanza de una nueva era de ventura en el que no existiendo las divisiones de clase todos contribuyesen a las necesidades comunes de la vida. ¿Era un sueño?, era un “ideal humano y dulce”, frente a la “realidad inhumana y terrible” de los otros.

Así pues, pedía Pi y Margall que en nuestro viaje tomásemos ese sueño de los humildes, de los trabajadores, porque llegaríamos al final de nuestros días sin haber dejado de cumplir un solo día “la ley del hombre, la ley del progreso”.
El texto está en el número del 21 de mayo de 1911 de Vida Socialista. Pi y Margall murió, como es sabido, en 1901.


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