
Las motivaciones de la política social: reflexiones históricas

Industria química BASF en Ludwigshafen, Alemania, 1881. Las fábricas fueron una edificación fundamental para el desarrollo de la Revolución Industrial. BASF Werk Ludwigshafen. pintura.
El liberalismo estableció que el Estado debían abstenerse de intervenir en el ámbito socioeconómico, pero a partir del último tercio del siglo XIX cambió el panorama ideológico planteándose la necesidad de la intervención pública en materia social. En este ejercicio breve queremos aportar algunas reflexiones sobre las motivaciones que hicieron que se diera este cambio, y no son comunes, ni mucho menos.
Desde el poder contamos con el ejemplo pionero de Bismarck, y que plantea algunas claves para entender las razones por las que había que intervenir en lo social. Y este modelo alemán, contestado tanto por los poderes más reaccionarios de su época, como por el movimiento obrero, obedecía a dos motivaciones. Por un lado, Bismarck quería desmovilizar a los obreros y a un potente movimiento obrero sindical y político con un ya poderoso SPD. No bastaba con reprimir, había que ofrecer alternativas, y por eso montó la primera legislación social de envergadura en Occidente. No estaríamos hablando de sensibilidad social sino de interés para combatir al socialismo siendo consciente, dada su inteligencia política, de que no bastaba con reprimir.
La Iglesia Católica, con algún precedente, tiene en la Rerum Novarum de León XIII la base de la doctrina social de la misma. A la Iglesia le motivaba más la sensibilidad de origen cristiano que al poder político, encarnado en el ejemplo del canciller prusiano, pero también la constatación del empuje de la secularización de la la sociedad cuando no del más puro anticlericalismo del movimiento obrero. Si se quería frenar estos dos fenómenos no bastaba con seguir negando realidades evidentes como la intensa brecha social entre los que poseían los medios de producción y los trabajadores. No bastaban las condenas apocalípticas contra el socialismo o el anarquismo, y convenía rescatar el mensaje cristiano sobre la caridad y la pobreza, pero con medios modernos. Había que introducirse en los talleres y fábricas formando algún tipo de sindicalismo católico, además de solicitar que el Estado interviniese. Pero la preocupación social de la Iglesia era intensamente paternalista y muy tutelada. En todo caso, supuso un cambio importante en sus planteamientos ante los retos de la contemporaneidad.
El tercer sector preocupado por la política social estaría en el seno del socialismo, en lo que los partidos socialistas, creados en esta época y luego coordinándose en la Segunda Internacional, denominaron el programa mínimo. El socialismo buscaba la emancipación de la clase obrera, el programa máximo, pero en el camino había que adoptar una intensa política social en favor de dicha clase. Lo que ocurrió es que, al final, el socialismo occidental no daría el paso al programa máximo, sino que se dedicó solamente al mínimo.


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