Jorge Luis Borges: el escritor que convirtió a Buenos Aires en un territorio universal

Crítica literaria
A cuarenta años de su muerte, la obra del escritor argentino continúa siendo una referencia ineludible de la literatura mundial.
Por Milagros Moreno
Cajón de Sastre01 de julio de 2026 IZQWEB

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Autor de cuentos, poemas y ensayos que transformaron para siempre la forma de narrar, Borges construyó una obra capaz de atravesar fronteras y generaciones. Más allá de las polémicas políticas que rodearon su figura, su legado literario permanece como una de las mayores contribuciones culturales surgidas desde América Latina.

Un escritor que desafío las convenciones de su época

El 14 de junio de 1986 murió en Ginebra, Suiza, Jorge Luis Borges. Tenía 86 años. Nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 y en el transcurso de su vida se convirtió en una de las figuras más influyentes de la literatura del siglo XX. Poeta, cuentista, ensayista, traductor y conferencista, su nombre trascendió ampliamente las fronteras argentinas para ocupar un lugar central en la cultura universal.

La formación de Borges estuvo atravesada desde temprano por una intensa relación con los libros. Durante su adolescencia vivió en Suiza y luego en España, donde entró en contacto con las vanguardias literarias europeas. A su regreso a la Argentina, en la década de 1920, Borges lideró el movimiento vanguardista ultraísta, fundó revistas míticas como Prisma y Proa, y publicó sus primeros poemarios, como Fervor de Buenos Aires (1923), en el que mitificó las calles de tierra y los arrabales porteños. En esos mismos años comenzó a publicar poemas y ensayos, en los que ya mostraba algunas de las preocupaciones que acompañarían toda su obra: la identidad, el tiempo, la memoria y el lenguaje.

Aunque durante buena parte de su juventud fue conocido principalmente como poeta y ensayista, sería a partir de las décadas de 1940 y 1950 cuando alcanzaría reconocimiento internacional gracias a libros como Ficciones y El Aleph. En ellos, desarrolló una literatura que parecía desafiar todas las convenciones de la época. Mientras gran parte de la narrativa contemporánea buscaba representar la realidad social de manera directa, Borges construía bibliotecas infinitas, laberintos imposibles, mundos imaginarios y paradojas filosóficas que obligaban al lector a preguntarse por la naturaleza misma de la realidad.

Su progresiva ceguera, que se volvió prácticamente total a mediados de los años cincuenta, lejos de detenerlo se convirtió en una de las experiencias fundamentales de su creación. Dictó gran parte de su obra posterior y transformó la memoria, la oralidad y la imaginación en herramientas centrales de su trabajo literario.

Sur: una ventana argentina hacia la literatura universal

La historia de Borges no puede comprenderse sin la revista Sur. Fundada en 1931 por Victoria Ocampo, la publicación se convirtió rápidamente en uno de los proyectos culturales más influyentes de América Latina. Desde sus páginas circularon algunas de las principales discusiones intelectuales del siglo XX y se dieron a conocer autores, corrientes filosóficas y movimientos literarios que marcarían a varias generaciones de escritores.

Más que una revista, Sur fue un espacio de encuentro. Allí confluyeron figuras como Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y el mismo Borges, entre muchos otros. En ese ámbito se desarrollaron debates sobre el papel de la literatura, la relación entre cultura nacional y tradición universal y las transformaciones artísticas que atravesaban el mundo contemporáneo. La importancia de Sur para Borges fue decisiva, ya que le permitió dialogar con autores y corrientes de pensamiento de distintas partes del mundo, acceder a traducciones, publicar ensayos y cuentos, y participar de una conversación intelectual que excedía ampliamente las fronteras argentinas. Buena parte de la amplitud cultural que caracteriza su obra, encuentra allí una de sus principales fuentes.

Ahora bien, es importante señalar que Sur no fue un espacio neutral, sino que evidenció las contradicciones de su tiempo: la revista expresaba, en gran medida, la visión de una fracción de la élite intelectual liberal argentina. Tuvo posiciones firmemente antifascistas durante los años treinta y cuarenta, lo cual fue un aspecto progresivo de su intervención cultural. No obstante, también defendió una concepción bastante elitista de la cultura. Esta tensión atravesó buena parte de la trayectoria de Sur y forma parte de los debates que todavía hoy genera su legado.

Reconocer esas contradicciones no implica desconocer su importancia histórica, pues desde sus páginas se construyó uno de los espacios de mayor renovación intelectual y literaria de América Latina. Comprender a Borges supone también comprender ese entramado cultural del que formó parte y que contribuyó a proyectar la literatura argentina hacia el mundo.

El hombre que cambió la literatura

Hablar de Borges no es solamente hablar de un gran escritor. Es hablar de alguien que modificó la manera misma de entender qué podía ser la literatura y cómo se debía escribir.

Antes de Borges, la narrativa fantástica era frecuentemente considerada un género menor o una forma de entretenimiento desligada de las grandes preguntas filosóficas, Borges demostró lo contrario. Sus relatos proponían una aventura literaria, en un momento en el que predominaba la novela como formato hegemónico para narrar, él tuvo la habilidad de construir historias en formatos breves como los cuentos, dándole un nuevo lugar a estos relatos cortos. Los espejos, los sueños, los laberintos, las bibliotecas y los libros imaginarios dejaron de ser simples recursos narrativos para convertirse en instrumentos capaces de explorar cuestiones profundas sobre el conocimiento, el infinito, la identidad y el tiempo.

Su aporte más revolucionario quizá haya sido la ruptura de las fronteras entre géneros. En Borges, el ensayo podía convertirse en ficción y la ficción podía adoptar la apariencia de un ensayo académico. Un cuento podía estar compuesto por citas inexistentes, referencias inventadas y autores que nunca habían existido. Esa mezcla permanente entre realidad y artificio anticipó buena parte de la literatura contemporánea y abrió caminos que luego recorrerían escritores de todo el mundo.

Borges jugaba con su escritura de una manera extraordinaria, la disolución de los géneros tradicionales es una de sus características más destacadas, la habilidad con la que construye la arquitectura de sus relatos sin limitarse a un género, le permitió explorar terrenos poco conocidos para la literatura argentina de su época. En libros fundamentales como Ficciones (1944) o El Aleph (1949), Borges inventó una forma híbrida en la que el cuento, el ensayo filosófico y la falsa crítica literaria se confunden. Creó relatos que reseñaban libros inexistentes, demostrando que la lectura es un acto tan creativo como la escritura misma. Otro elemento es el de la literatura como una gran red, es decir, mucho antes de la llegada de la era digital, Borges ya concebía la literatura como un inmenso hipertexto interconectado. Para él, escribir es siempre recombinar y reescribir textos ajenos. El tiempo circular, los dobles y los laberintos, eran herramientas conceptuales para cuestionar la identidad y las certezas de la realidad.

También, modificó profundamente la relación entre la literatura argentina y la tradición universal. Frente a quienes creían que la cultura nacional debía limitarse a determinados temas o escenarios, Borges sostuvo que los escritores argentinos tenían derecho a apropiarse de toda la cultura mundial. La literatura inglesa, la filosofía alemana, las sagas nórdicas, la teología medieval o los clásicos orientales, podían convivir con los suburbios porteños; un caso de esto es el magistral y gran aclamado cuento La Casa de Asterión (1949), en el cual hace una reinterpretación del mito griego de Teseo y el Minotauro tomando la perspectiva de este último encerrado en el laberinto de Creta.

Esa operación intelectual, por medio de la cual tomaba cosas de la literatura y la cultura universal para llevarlas hacia el terreno nacional, le permitió pensar una literatura argentina abierta al mundo sin renunciar a su singularidad.

Su influencia atraviesa generaciones enteras, desde el llamado «boom» latinoamericano hasta la narrativa posmoderna, pasando por la filosofía, la crítica literaria e incluso los debates actuales sobre inteligencia artificial y virtualidad, las huellas de Borges aparecen una y otra vez. Para dar un ejemplo, muchos de los relatos que hoy nos recuerdan a las tensiones de la era digital, tales como la proliferación inabarcable de información, la dificultad para distinguir entre verdad y ficción o el poder de las representaciones para moldear nuestra percepción del mundo, ya aparecían de cierta manera bajo una forma literaria y filosófica en relatos como «La Biblioteca de Babel» o «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius». Esta es una de las razones por las que sus obras, hoy, siguen teniendo mucha actualidad, ya que permiten reflexionar sobre las problemáticas y preocupaciones propias de este siglo XXI. No resulta exagerado afirmar que Borges fundó una forma nueva de leer y de escribir.

Borges hoy: apropiarse de una herencia sin renunciar a la crítica

Cuarenta años después de su muerte, Borges sigue generando debates. Y probablemente eso también forme parte de su legado.

Sus posiciones políticas fueron motivo de controversias durante toda su vida. Sus declaraciones favorables a determinadas dictaduras y su cercanía con sectores conservadores, han sido objeto de críticas justificadas desde amplios sectores, son aspectos imposibles de ignorar y que forman parte de una evaluación histórica integral de su figura.

Sin embargo, reducir a Borges exclusivamente a esas posiciones, implicaría empobrecer nuestra comprensión de la cultura, el arte y la literatura, cuya historia está llena de contradicciones. Los procesos culturales no avanzan de manera lineal ni son propiedad exclusiva de una corriente política determinada. Las obras, una vez creadas, adquieren una existencia que supera a sus autores y pasan a formar parte del patrimonio común de la humanidad.

Desde nuestro punto de vista, la defensa de la cultura no puede confundirse con el sectarismo. Reconocer la grandeza literaria de Borges no significa compartir sus ideas políticas, más bien significa comprender que la humanidad produce conocimientos, formas artísticas y conquistas culturales que exceden los límites de cualquier individuo. La cultura no avanza por compartimentos ideológicos puros, cada generación recibe una herencia contradictoria, atravesada por luchas sociales, intereses de clase y visiones del mundo enfrentadas. La tarea no consiste en aceptar esa herencia sin crítica ni en destruirla por completo, sino en apropiarse de aquello que amplía las capacidades humanas para comprender la realidad y transformarla. En ese sentido, la obra de Borges forma parte de un patrimonio cultural que excede ampliamente las posiciones políticas de su autor (un criterio que se debe aplicar a todos los autores y autoras en general).

Borges amplió las posibilidades de la imaginación, enriqueció el idioma español y abrió caminos que todavía recorren escritores, lectores e investigadores en todo el mundo. Su obra continúa siendo leída, discutida y reinterpretada por nuevas generaciones porque contiene preguntas que siguen vigentes. En una época atravesada por la aceleración tecnológica, la sobreabundancia de información y las disputas por el sentido de la realidad, sus laberintos siguen dándonos de qué hablar y pensar.

A cuarenta años de su muerte, la mejor manera de homenajear a Borges no es convertirlo en una figura intocable ni tampoco descartarlo por algunas de sus posiciones políticas, es leerlo críticamente. Recuperar aquello que su obra aportó al desarrollo de la cultura humana y ponerlo al servicio de nuevas generaciones. Porque la emancipación también consiste en apropiarse de todas las conquistas culturales de la humanidad, examinarlas con espíritu crítico y transformarlas en herramientas para comprender y cambiar el mundo.

Nos quedamos con el Borges subversivo en las formas, rescatamos su inmenso valor cultural y avanzamos en la lucha revolucionaria integrando, sin prejuicios, pero con ojo crítico, lo mejor del patrimonio universal.

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