
Si me pedís que vuelva otra vez donde nací: Mundial y migración

Romelu Lukaku, actual jugador de Bélgica, entró a su casa y vio que su madre le mentía con la sonrisa. Todo parecía bien, hasta que la vio mezclar la leche con agua porque no había manera de hacerla durar una semana. Lo contó él mismo en un texto de The Players Tribune, en junio de 2018. A los ocho años sufrían las condenas económicas propias de las familias migrantes. Nacido en Amberes, Lukaku viene de una familia africana. Es el goleador histórico de la selección belga: 89 tantos en 124 partidos.
La migración es un tema álgido de este Mundial. 289 de 1248 jugadores, casi un 25%, representan a una selección que no es el país en el que cada uno nació. Por supuesto que los casos son complejos: no es igual la diáspora frente a la malaria social y la pobreza que la situación de Nicolás Paz, que nació en España de casualidad (su padre estaba jugando allí). Pero detrás de muchos de esos casos, se ven entrelazados el racismo y la hipocresía.
Ya más grande, a los 18 años, jugando como profesional en el Anderlecht, el actual delantero del Napoli detectó un curioso abordaje en los medios de comunicación. “Cuando las cosas iban bien, leía artículos de periódicos y me llamaban Romelu Lukaku, el delantero belga. Cuando las cosas no iban bien, me llamaban Romelu Lukaku, el delantero belga de ascendencia congoleña”.

El equipo de la diáspora
Un equipo simbólico. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) armó una selección de once futbolistas que en algún momento se vieron obligados a desplazarse o exiliarse junto a sus familias por decisiones forzadas, vinculadas a emergencias, guerras o la pauperización social. Tiene jugadores de peso en el fútbol mundial, como Antonio Rüdiger, defensor central del Real Madrid, cuyos padres se vieron obligados a huir de Sierra Leona; o su compañero Eduardo Camavinga, mediocampista de la “Casa Blanca”, que nació en Angola en el transcurso de la guerra civil. La ONU es buena armando equipos ficticios, o al menos más eficaz que poniendo en debate o frenando a Donald Trump y compañía.
El capitán del equipo es nada más y nada menos que Alphonso Davies, lateral izquierdo y carrilero del Bayern Munich, que nació en un campo de refugiados de Ghana, luego de que su familia se escapara de la guerra civil libanesa. Ayer debutó en la Copa del Mundo luego de una lesión, en la victoria de Canadá por 1 a 0 ante Sudáfrica. “No fue fácil para ellos abandonar un país devastado por la guerra como Liberia e ir a un campo de refugiados. Tuvieron dificultades para encontrar comida, para encontrar agua, y además tuvieron que lidiar con un niño, pero lo superaron. Fueron felices”, dijo en una entrevista con el diario The Sun. Luego la familia pudo radicarse en Canadá.
“Es un sueño hecho realidad”, declaró el representante australiano Nestory Irankunda, que convirtió el primer gol de los “Socceroos” ante Turquía en el partido inaugural. Su historia es similar a la de Davies: nació en un campo de refugiados de Tanzania en febrero de 2006, con una familia que huía de la guerra civil burundí. Finalmente pudieron trasladarse a Australia, donde el jugador pudo hacer sus primeras armas en el Adelaide United, de la A-League. A los 18 años fue adquirido por el Bayern Munich como un joven talento.
Su compañero Mohamed Toure se mudó al país oceánico desde Guinea y también creció en Adelaide. Nació en un campo en Conakry y se trasladó a Australia a los seis meses de vida, con una familia que se encontraba en ese lugar desde hacía catorce años. “Donde empezás no define donde podés ir”, dice su video del 13 de junio con ACNUR.
La diáspora no tira paredes.

Abuelo
La migración deja historias curiosas también.
La de los hermanos Williams parece llevarse todas las miradas. Iñaki nació en 1994 en Bilbao, luego de que sus padres María y Felix migraran desde Ghana. Jugó en la selección española sub 21, donde disputó la Eurocopa, llegó a la previa del Mundial 2018 con el combinado mayor y hasta jugó un amistoso con la selección vasca. Pero nunca se consolidó. Tuvo la chance de sumarse a la selección de sus raíces y, desde 2022, año en el que jugó el Mundial como lo está haciendo ahora, tiene puesta la camiseta de Ghana.
La historia tomó otro tenor porque, también desde 2022, su hermano Nico, nacido en 2002 en Pamplona, también es mundialista, pero para España. En 2024 sorprendió como una de las principales figuras del plantel campeón de la Europa: junto a Lamine Yamal eran los dos delanteros por fuera.
Pasa lo mismo con Desiré y Guela Doué: ambos nacidos en Angers, el primero representa a Francia, mientras que el jugador de Racing de Estrasburgo lo hace para Costa de Marfil. Todas situaciones similares a las de Jérôme y Kevin-Prince Boateng, quienes fueron el primer caso de hermanos en diferentes selecciones en la misma Copa del Mundo y hasta se enfrentaron en Sudáfrica 2010 y Brasil 2014.
Es curiosa la razón que encontró Iñaki Williams para jugar en Ghana. Lo dijo en una entrevista con el medio Onda Cero (replica DAZN): «Las primeras veces dije que no. Hasta no viajar a Ghana no tomé la decisión. Mi abuelo me hizo cambiar de opinión. El sueño de mi abuelo era ver a su nieto jugar con Ghana».

Yo pido que tu fútbol no se robe mi país
La cuestión migratoria vinculada al fútbol tiene un problema político: al mismo tiempo que las potencias endurecen las políticas migratorias contra los países oprimidos, la FIFA encontró la veta para flexibilizar el traspaso de nacionalidades.
La Unión Europea acaba de hacer entrar en vigor el nuevo Pacto de Migración y Asilo. Según el análisis de la ONG Human Right Watch: “Las nuevas normas menoscabarán el derecho de asilo al facilitar que los gobiernos aceleren la evaluación de las solicitudes de protección, limitar las garantías en la tramitación de las solicitudes de asilo e incrementar la frecuencia y la duración de la detención de los solicitantes de asilo”. En la misma sintonía, Donald Trump hizo más restrictivo el alcance del Temporary Protected Status (TPS), suspendió el programa de admisión de refugiados (United States Refugee Admissions Program ), reforzó la militarización de la frontera con México, limitó los pedidos de asilo, puso al ICE en el centro de la escena política. Los problemas de visado para la delegación de Irán o para Lumumba Vea (hincha del Congo, imitador de Patrice), así como las dificultades para las aficiones africanas y para varios planteles de este Mundial, se inscriben en la lógica trumpista.
Desde el año 2020 a la fecha, la FIFA flexibilizó las condiciones para que un jugador se desempeñe en un país que no es el de su origen. Desde aquel entonces, por ejemplo, permite que los jugadores que solo hayan disputado tres encuentros o menos antes de los 21 años puedan cambiar de camiseta, con las condiciones familiares pertinentes.
Un 23% de los jugadores no tiene la misma camiseta que el suelo en el que nació. Casi uno cada cuatro, según varios registros (Jaime Macías, Telemundo/ viz.luarai). Algunos casos son de “scouting”: una selección como Curazao tiene 25 de 26 jugadores nacidos en Holanda (Países Bajos), en tanto pertenece al mismo reinado. Pasa algo similar con el caso de Congo, entre Francia y Bélgica, y los casos podrían seguir.
Pero la contradicción es otra: las potencias aceptan jugadores nacidos en otros lugares o provenientes de una migración que detestan y estigmatizan. Pasa con Lukaku. Quedó en evidencia en uno de los últimos amistosos que jugó España, previo a la Copa del Mundo: la hinchada comenzó el cántico de “el que no salta es musulmán”, cuando la principal figura del equipo, Yamal, reconoce sus raíces en esas creencias religiosas.
Con toda esta discusión volvió a circular una conocida caricatura de “Flavita Banana”, publicada en la viñeta del diario El País en 2023. Un grupo de migrantes llega por agua en un gomón. Las fronteras europeas los esperan con un alambrado cerrado. Del otro lado, un funcionario pregunta, con un megáfono: “¡Un momento! ¿Alguno juega bien al fútbol?”.


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