Política indígena versus política colonial a propósito de Vandervelde

Una concepción moderada en relación con el colonialismo y el imperialismo.
Una mirada atras... Hemeroteca El Sol Noticias13 de julio de 2026 Eduardo Montagut
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El socialista belga Émile Vandervelde defendió una concepción moderada en relación con el colonialismo y el imperialismo, como hemos tenido ocasión de ver hace un tiempo. Sus ideas pueden ser comprobadas a través de un artículo que publicó a raíz de la conferencia que iba a dar en un ciclo sobre el socialismo, organizado por el matrimonio Webb en el King’s Hall de Londres. Se le había ofrecido hablar sobre imperialismo y colonialismo a raíz de su actitud en relación con el Congo.

Vandervelde defendía que el socialismo no podía contentarse con fórmulas “simplistas y negativas” en relación con las cuestiones coloniales, es decir, tenía que defender el establecimiento de una “política indígena” frente a la “política colonial” que practicaba el régimen capitalista.

Esa política colonial era un recurso fuerza con el fin de someter territorios ocupados por poblaciones que eran consideradas como inferiores, y someter a las mismas a la explotación capitalista. Los socialistas no podían hacer sino una oposición inflexible a esta política de signo colonial, porque era inadmisible la explotación del hombre por el hombre.

Vandervelde valoraba la necesidad de que las materias primas procedentes de países tropicales fueran a los templados porque en los mismos no se podían dar, pero este cambio de productos no podía implicar el empleo de la fuerza para colonizar a los países productores. Se podía concebir que para conseguir esas materias se recurriese al comercio libre con las poblaciones indígenas, libres y que consintiesen porque en ello, opinaba el socialista belga, tenían interés en la penetración pacífica y no militar de una “civilización más avanzada”. Así pues, los socialistas debían luchar para hacer fracasar la política de “bandidaje capitalista”, que tendía a hacer sufrir a países como Turquía o Serbia la misma suerte que acababa de ser infligida a la Tripolitania o a Marruecos.

Pero en lo que concernía a los países tropicales, había un hecho consumado. La cuestión no era saber si había que colonizar, sino qué había que hacer con las colonias existentes. Y aquí era donde Vandervelde quería aplicar su idea inicial sobre el abandono de “fórmulas generales o abstractas”.

Era fácil oponer la penetración pacífica a la militar, la libertad de relaciones comerciales a la coacción o la violencia de la colonización al modo capitalista, pero desde el momento en que había que enfrentarse con los hechos, consideraba que no se podía dejar de reconocer que entre los dos extremos, es decir entre la sumisión por la fuerza de los pueblos colonizados y la libertad absoluta de relaciones económicas, había una gama de intermedios.

Vandervelde era partidario de analizar la diversidad de situaciones coloniales existentes. Además, se ponía en la situación sobre qué debían hacer los socialistas cuando alcanzaban el poder en países que tenían colonias o donde su poder era tal que podían influir en los gobiernos de esos mismos países. ¿Podían defender el abandono de las colonias? Había que diferenciar cada caso, pero, en general, dudaba de que se pudieran solucionar de una forma rápida la cuestión, o si se prefería, si la solución pasaba por la inmediata liberación de las colonias.

Eso podía darse en casos de pueblos que hubieran alcanzado un cierto grado de civilización. Pero, ¿eso se podía hacer con pueblos que no hubieran alcanzado conciencia nacional y que, en caso de ser abandonados, “volverían inmediatamente al estado salvaje” Y ponía el ejemplo del África Ecuatorial. Lo que debían hacer los socialistas era trabajar para asegurar a las poblaciones indígenas el máximo de autonomía compatible “con sus propios intereses y los intereses de la civilización”. Eso era la “política indígena” frente a la colonial dedicada, como había señalado, a la explotación de los pueblos colonizados. Ambas políticas podían llegar a acuerdos entre ambas, como ocurría cuando se votaban políticas sociales, aunque con espíritu distinto en los países europeos. Pero, en esencia, eran dos políticas antagónicas.

Hemos trabajado con el número del 5 de diciembre de 1913 de El Socialista.

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