En defensa del arte y la cultura: la imaginación, la creación y lucha contra el capitalismo

Una visión desde la Argentina.
De cara al Segundo Plenario Nacional del ¡Ya Basta!, que tendrá entre sus comisiones de debate la de Arte y Cultura, presentamos algunas ideas como aporte a esta discusión.
Por Milagros Moreno
Cultura y Ciencia05 de octubre de 2026 IZQWEB

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Imagen- PIntura de la serie "Juanito Laguna" de Antonio Berni. - Izqweb

Mientras la extrema derecha avanza sobre derechos, salarios y condiciones de vida, también ataca las condiciones materiales de producción cultural y artística, intentando someter aquello que una sociedad crea e imagina a la lógica de la rentabilidad. Pero el arte no es un adorno ni una mercancía más: forma parte del entramado cultural, produce sentidos, expresa las contradicciones de una época y puede ampliar los límites de aquello que imaginamos como posible. Por eso defender el arte y la cultura independiente es también disputar la batalla de ideas contra el ultracapitalismo y organizarnos para construir otro futuro.

La cultura bajo la motosierra

El ataque de la derecha a la producción artística y a la cultura no es un fenómeno nuevo. A nivel internacional, hace tiempo vemos cómo se multiplican la censura de libros, los discursos violentos contra artistas y los intentos de restarle importancia a la producción cultural, presentándola como una actividad secundaria o prescindible. Detrás de estas ofensivas aparece una misma idea: aquello que no se ajusta a las necesidades del mercado o que cuestiona el orden existente no merece ser sostenido.

En Argentina, esta ofensiva tiene una expresión particularmente clara en el gobierno de Javier Milei. El ataque a la cultura no comenzó ayer ni se limita a una institución particular. Desde el inicio de su gestión, el INCAA, el Instituto Nacional del Teatro, el INAMU y otros organismos vinculados a la producción cultural fueron colocados bajo la lógica de la motosierra. El conflicto volvió a tomar fuerza con el proyecto de reforma laboral presentado a fines de 2025, que planteó modificaciones que afectan las fuentes específicas de financiamiento de organismos culturales. Diversos sectores del cine, el teatro y la música denunciaron que, detrás de disposiciones presentadas como parte de una reforma laboral, se escondía un nuevo golpe contra las condiciones que permiten sostener la producción cultural independiente.

Sin embargo, el ataque no se reduce solo a la falta de financiamiento, los discursos que cuestionan qué conocimientos, qué profesiones y qué producciones merecen ser sostenidas socialmente o tienen “prioridad” se intentan instalar en el debate público la idea de que lo relacionado a la creación artística es un “gasto prescindible”. Un ejemplo es la declaración del subsecretario de Políticas universitarias Alejandro Álvarez, quien en mayo de este año comparó el costo de formar un graduado de Ingeniería de la UTN con el de un graduado de la Universidad Nacional de las Artes: unos 50 millones de pesos frente a más de 423 millones, según las cifras difundidas por el propio Gobierno y correspondientes a 2024. A partir de esa comparación, defendió la necesidad de orientar los recursos hacia las áreas consideradas “estratégicas”.

Lo que nos interesa señalar es que no se trata solamente de discutir una cifra o la distribución de un presupuesto, sino lo que aparece detrás; una concepción sobre qué actividades tienen valor y cuáles deben justificar su existencia por su capacidad de producir una utilidad económica. Si el criterio para decidir qué merece ser financiado es exclusivamente la rentabilidad, el arte queda reducido a aquello que puede venderse.

Pero atención, sería muy reduccionista e ingenuo de nuestra parte proclamar que la derecha simplemente “no entiende” la importancia del arte y la cultura, porque al mismo tiempo que intentan presentar el arte como un gasto improductivo o la cultura cómo algo más individual alejado de los asuntos de importancia para la política, despliegan una ofensiva contra artistas que intervienen públicamente y cuestionan a estos régimenes. Un ejemplo claro es Javier Milei y sus ataques contra artistas como Lali Espósito y María Becerra, o la polémica alrededor de la cancelación de la presentación de Milo J en la ex ESMA. Tales ataques muestran otra cara de la moneda: tras el discurso de los gastos en torno a la cultura y qué tanto aportan a la sociedad se oculta la intención de seleccionar qué intervenciones pueden ocupar el espacio público y qué discursos o ideas resultan tolerables para la clase dominante.

Acá es donde nos encontramos con una contradicción que vale la pena indagar: si el arte fuera realmente una actividad inútil, ¿por qué resulta necesario desfinanciarlo, disciplinarlo y disputar sus sentidos?

La respuesta nos obliga a ir un poco más allá de la coyuntura. Para entender por qué la derecha ataca la cultura, primero tenemos que preguntarnos qué lugar ocupa la cultura en una sociedad y, dentro de ella, qué capacidad específica tiene el arte. Porque si el arte puede producir sentidos, expresar las contradicciones de una época y abrir posibilidades que todavía no existen, entonces la disputa por la cultura no es un asunto secundario: es también una disputa por cómo pensamos el mundo y por los límites de aquello que somos capaces de imaginar.

Imaginar el mundo para transformarlo

“Sería ridículo, absurdo e incluso estúpido hasta más no poder, pretender que el arte permanecerá indiferente a las convulsiones de nuestra época. Son los hombres los que preparan los acontecimientos, son los hombres los que los realizan, y los acontecimientos a su vez actúan sobre los hombres y los cambian. El arte refleja, de forma directa o indirecta, la vida de los hombres que realizan o viven los acontecimientos. Y esto es válido para todas las artes, desde la más monumental a la que se centra en lo más íntimo. Si la naturaleza, el amor o la amistad no estuvieran ligadas al espíritu social de una época, la poesía lírica habría dejado de existir hace mucho tiempo.” (Literatura y Revolución, León Trotsky, pp 30)

Antes de comenzar el análisis, analicemos el concepto de cultura para sacarnos de encima una idea bastante instalada: que ésta es un adorno de la vida social, un territorio separado de las condiciones materiales en las que vivimos. En Marxismo y literatura, Raymond Williams (1977) reconstruye cómo el concepto de cultura fue cambiando a lo largo de la historia, el autor nos dice incluso que es imposible llevar a cabo un análisis cultural serio sin tratar de tomar conciencia del propio concepto; una conciencia que debe ser histórica [pp 21]. A lo largo del primer apartado del texto mencionado, reconstruye cómo la concepción de cultura fue cambiando a lo largo de la historia junto con la función que se le otorgaba y las relaciones sociales y económicas vigentes en cada época. Además, nos relata cómo la cultura fue asociándose históricamente con una supuesta vida interior o espiritual, con la imaginación, la creatividad, el arte y la literatura, como si allí habitara algo esencialmente distinto de la vida social y material

Más avanzado el texto, a partir de su base marxista, nos propone pensar la producción cultural dentro del propio proceso social, atendiendo a las condiciones materiales en las que se producen y circulan significados, valores, experiencias y formas de comprender el mundo. La cultura, según este autor, no es entonces un reflejo pasivo de la sociedad ni tampoco un mundo suspendido por encima de ella, es una dimensión activa de la vida social.

Agregaremos también una reflexión sobre la cultura que  aparece, si bien con menos protagonismo, en Problemas de la vida cotidiana, donde Trotsky piensa la cultura como una dimensión inseparable del desarrollo de la vida social. La cultura no constituye un ámbito secundario frente a las grandes tareas económicas y políticas; por el contrario, se construye sobre determinadas condiciones materiales y, al mismo tiempo, participa en la formación de los individuos, en sus vínculos y en las formas en que una sociedad se piensa a sí misma. Por eso, transformar las condiciones de vida implica también ampliar las posibilidades de acceso, apropiación y creación cultural. Trotsky incluso cuestiona la idea de que la revolución deba construir desde cero una supuesta “cultura proletaria”, planteando que el desafío es que millones de personas puedan apropiarse de la cultura acumulada por la humanidad y participar activamente en su producción.

Ahora bien, si la cultura es este entramado amplio de prácticas, significados, conocimientos, valores y formas de relacionarnos, ¿Dónde ubicamos al arte? El arte es parte de esa trama, pero posee una especificidad propia. Una canción, una novela, una película o una pintura no son simplemente expresiones culturales en el mismo sentido en que lo son una costumbre o una forma cotidiana de relacionarse. La creación artística toma elementos de la experiencia social y los reorganiza mediante lenguajes, técnicas y formas particulares, produce así una elaboración específica de aquello que una sociedad vive, siente y piensa.

Por eso la relación entre arte y sociedad tampoco puede pensarse como un espejo, ya que el arte no copia mecánicamente las condiciones materiales de una época, pero tampoco puede desprenderse de ellas. Esta relación es dialéctica, el artista crea desde un mundo que ya existe, utilizando lenguajes y experiencias que son históricas, y al mismo tiempo transforma esos materiales mediante su propia actividad creadora. En Literatura y Revolución, Trotsky insiste justamente en esta relación compleja entre las condiciones sociales y la creación artística: la cultura está atravesada por el desarrollo histórico y por las relaciones sociales, pero el arte posee sus propios procedimientos y no puede reducirse a una traducción inmediata de la política o de la economía.

Esto permite entender también por qué rechazaba que el arte revolucionario tuviera que convertirse en propaganda o someterse a una receta política determinada. Para él, la transformación social no podía producirse mediante la imposición de una estética oficial. La creación necesitaba experimentación, discusión y libertad, porque todavía no estaban definidas de antemano las formas artísticas que podía producir una sociedad en transformación. En el texto mencionado, incluso señala que la relación entre los artistas y una nueva sociedad debía desarrollarse a través de la experiencia y del intercambio, no mediante la coerción:

“[…]De ahí hay que concluir por regla general que no sólo no hay cultura proletaria, sino que no la habrá; y a decir verdad no hay motivo para lamentarlo: el proletariado ha tomado el poder precisamente para terminar de una vez por todas con la cultura de clase y para abrir la vía a una cultura humana. Parece que olvidamos esto con demasiada frecuencia.” (Trotsky, 1924/2002, p. 58)

En esa misma dirección, cuando distingue entre arte revolucionario y arte socialista, Trotsky señala que una obra no necesita hablar directamente de la revolución para estar atravesada por una nueva conciencia histórica. Puede abordar otros temas, otros conflictos o incluso mirar hacia experiencias aparentemente alejadas de la política y, sin embargo, expresar en su forma de sentir y de representar el mundo las transformaciones de una época. La relación entre arte y sociedad, entonces, no funciona mediante una fórmula que indique qué debe representar cada obra. Es una relación mucho más profunda: una sociedad transforma las condiciones en las que se crea y, al mismo tiempo, los artistas elaboran esas experiencias mediante formas que pueden devolverlas transformadas a la sociedad.

Entonces, pensemos una cosa, si el arte puede tomar la experiencia existente y transformarla en nuevas imágenes, relatos, sonidos y sensibilidades, entonces su potencia no reside solamente en representar el presente, también puede abrir una distancia respecto de él. Puede tomar elementos que ya conocemos y combinarlos de una manera que todavía no existe, puede mostrar un conflicto que permanecía oculto, hacer imaginable una relación que todavía no construimos o ponerle palabras a algo que muchas personas sienten, pero todavía no consiguen nombrar.

Acá aparece una de las dimensiones, y tal vez la más obvia pero que nos es imposible dejar afuera, de la creación artística: la actividad creadora, la capacidad humana de crear arte. Para pensarla tomaremos algunos aportes del psicólogo Lev Vigotsky el cual nos ofrece una concepción muy interesante. En La imaginación y el arte en la infancia, el autor indaga en la relación entre la imaginación y la realidad, poniendo especial hincapié en el concepto de fantasía partiendo de la premisa de que para él este no es un terreno aislado de la realidad. Él mismo nos dice “Advertiremos ya de lo erróneo del criterio vulgar que traza una frontera impenetrable entre fantasía y realidad” [pp 17]

En este sentido, la imaginación no aparece como una facultad opuesta a la realidad, ni como la capacidad de inventar algo desde la nada. Por el contrario, toda creación parte de elementos de la experiencia previa. La imaginación toma materiales que conocemos, los separa, los combina, los reorganiza y establece entre ellos relaciones nuevas. A esta capacidad Vigotsky la llama Actividad Creadora. Crear significa, en este sentido, transformar la experiencia.

Esto modifica bastante la idea habitual de imaginación. Imaginar no es escaparse a un mundo de fantasía escindido de la realidad, sino trabajar con él de otra manera; incluso las imágenes más fantásticas tienen algún vínculo con la experiencia acumulada: una sociedad futurista en la luna no existe materialmente (por lo menos aún), pero podemos visualizar más o menos la idea porque está construida a partir de elementos que sí conocemos. La imaginación puede llevarnos hasta lugares que la experiencia inmediata jamás nos mostraría, pero justamente porque parte de ella puede construir algo nuevo. La actividad creadora constituye así una de las formas en que los seres humanos ampliamos aquello que podemos pensar, sentir y representar.

Para nosotros esta cuestión es central, ya que si la imaginación puede combinar elementos de la experiencia para producir algo que todavía no existe, entonces también puede ampliar el horizonte de lo posible; una novela puede inventar una sociedad que nunca existió, una película puede imaginar una ciudad futura, una canción puede poner en palabras una sensibilidad que todavía no encontraba cómo nombrarse, una pintura puede alterar las formas habituales de mirar un cuerpo, una relación o un acontecimiento. Nada de esto significa abandonar la realidad. Significa intervenir sobre los materiales de la experiencia para producir nuevas posibilidades.

La imaginación tiene, entonces, una dimensión profundamente humana y también potencialmente política. No porque toda obra de arte sea revolucionaria como tal, ni porque imaginar automáticamente conduzca a transformar la sociedad, sino porque una sociedad incapaz de imaginar algo diferente queda atrapada dentro de los límites de aquello que ya conoce y que le dicen que es posible. Cuando lo existente comienza a presentarse como natural, eterno e inevitable, imaginar otras posibilidades se vuelve también una manera de cuestionar esos límites.

El arte también es un campo de batalla

Para cerrar la idea, si el arte y la cultura tienen la capacidad de producir sentidos, cuestionar lo existente y ampliar aquello que podemos imaginar, resulta evidente que también son un terreno de disputa política. La derecha lo sabe. Por eso su ofensiva no puede leerse solamente como una cuestión presupuestaria o como una política de ajuste, detrás de la motosierra existe también una disputa en torno a qué sociedad podemos imaginar y, fundamentalmente, cuál estamos dispuestos a construir.

Precisamente porque el arte puede interpelar a las masas, hacer visible aquello que permanece oculto, poner en palabras experiencias compartidas y transformar problemas que parecen individuales en experiencias reconocibles como parte de una realidad social más amplia, defender el arte y la cultura independiente es también defender un terreno de disputa. La cultura está atravesada por la lucha de ideas y, por eso mismo, no podemos desentendernos de ella.

El arte es una herramienta en esa batalla cultural. Y si de lo que se trata es de disputar sentidos en un mundo convulsionado donde avanzan los regímenes derecha, nosotros queremos dar la pelea por un arte anticapitalista que le dispute sentidos a una cultura ultracapitalista basada en el individualismo, el consumismo y la idea del sálvese quien pueda. Necesitamos defender las condiciones materiales para crear, pero también disputar qué cultura queremos construir. Defendemos un arte independiente, capaz de desarrollarse sin quedar subordinado a las necesidades del capital y que encuentre en la propia capacidad creadora de la humanidad una fuente mucho más potente que la rentabilidad.

Frente al oscurantismo de la derecha y al avance de un ultracapitalismo que pretende convertir cada dimensión de nuestra vida en una mercancía, hace falta organizarnos. La batalla por la cultura es también una batalla por nuestro futuro. Si la derecha intenta reducir aquello que podemos imaginar para convencernos de que este mundo es el único posible, necesitamos hacer lo contrario, ampliar nuestra imaginación, recuperar nuestra capacidad creadora y convertirla en una fuerza colectiva.

Desde ¡Ya Basta!, la juventud anticapitalista del Nuevo MAS, junto con Manuela Castañeira, entendemos que necesitamos un espacio para debatir esta cuestión y es por eso que nos encaminamos al Segundo Plenario Nacional de ¡Ya Basta!, que se realizará el sábado 19 de septiembre a las 10:30 en la Facultad de Filosofía y Letras, con distintas comisiones de debate que culminarán en el voto de resoluciones para pasar a la acción. Entre ellas estará la comisión de Arte y Cultura, porque creemos que también desde este terreno tenemos algo para discutir, organizar y construir.

Frente a la ofensiva de la derecha, organicémonos desde el anticapitalismo para defender el arte independiente y la cultura. Para que la creación artística no dependa de cuánto puede ganar, sino de la inmensa capacidad creadora de quienes hacemos la sociedad. Para disputar no solamente el presente, sino también la posibilidad de imaginar y construir un futuro distinto sin opresión ni explotación.

“Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía”. Lenin

Bibliografía

Williams, Raymond. Marxismo y literatura. Barcelona: Península, 1977.
Vigotsky, Lev Semenovich. La imaginación y el arte en la infancia. Madrid: Ediciones Akal, 2003. Colección Básica de Bolsillo.

Trotsky, León. Literatura y revolución. 1924.
Edición digital consultada corresponde a Marxists Internet Archive, 2002.

____________. Problemas de la vida cotidiana y otros escritos sobre la cultura en la transición al socialismo. Buenos Aires: Ediciones IPS, Obras Escogidas, vol. 14. 2021.

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