Campañas artificiales.

Quien trabaja en comunicación política desde posiciones progresistas, y ha construido su oficio sobre la persuasión honesta, la movilización y el trabajo de calle, debe asumirlo con claridad: el campo de juego ha cambiado, y las reglas que lo ordenaban no han cambiado con él. Nadie debería ir a las urnas sin conocer al menos algunos hechos que van a producirse durante toda la campaña. 
Opinión19 de octubre de 2026 Salvador J. Suárez Martín

Hay una escena que se repite y que ya no tiene nada de anecdótico: alguien recibe por WhatsApp un vídeo indignante, lo comparte sin verificarlo y, cuarenta minutos después, lo ha visto medio vecindario. Durante años tratamos esos episodios como un problema de higiene informativa. Hoy son una infraestructura de campaña. Quien trabaja en comunicación política desde posiciones progresistas, y ha construido su oficio sobre la persuasión honesta, la movilización y el trabajo de calle, debe asumirlo con claridad: el campo de juego ha cambiado, y las reglas que lo ordenaban no han cambiado con él. Nadie debería ir a las urnas  sin conocer al menos algunos hechos que van a producirse durante toda la campaña.

La cantidad.

La inteligencia artificial afectará a la cantidad de publicidad que vamos a recibir. Producir un cartel, un carrusel o un vídeo corto costaba antes horas de un equipo creativo. Hoy cuesta segundos, prácticamente un niño con un movil puede hacer una campaña en redes, quizás simples y burdas pero donde afectará al total de mensajes recibidos ahogando otros mensajes y donde incluso, por casualidad puede surgir una campaña que cambie votos. Mensajes  adaptados a cada audiencia y a cada hora de consumo. En términos de marketing político, el coste marginal de persuadir ha caído casi a cero, y con él ha caído la barrera de entrada para quien quiera saturar el debate público. La saturación, no la mentira, es la estrategia dominante: cuando todo parece posible, el ciudadano se agota y desconfía de todo, incluido lo verdadero. Este hastío puede dejar a muchos en cas y servir de desmotivación del voto rival.

261016_SalvadorCampañaCampaña de paradoja.

La propaganda hecha con IA puede ser mentira pero es legal.

Lo primero que conviene asumir es que los partidos pueden producir, y producirán, vídeos e imágenes generados con inteligencia artificial será distinguir lo real de lo fabricado. No hablo necesariamente de la falsificación grosera de un discurso, sino de algo más sutil y más eficaz: escenas verosímiles, voces clonadas, "testimonios" de ciudadanos que no existen, anuncios hiper-personalizados. La mejor mentira es aquella que contiene algo de verdad. El público objetivo de esta tecnología está perfectamente identificado: Aquellos segmentos con menos herramientas para detectar un contenido manipulado, entre los que destacan las personas mayores, que además son un granero electoral decisivo en nuestro país.

Estas noticias falsas no tienen limites, audio, vídeo, texto, suplantación o incluso pasarse por autoridades, en cambio la capacidad para controlarlas y el marco legal existente es muy limitado.

20250715_RedesAntisocialesRedes Antisociales

Desprofesionalización.

La reducción de costes a la hora de fabricar campañas y la facilidad para hacerlas sin conocimientos (ni ética) de ningún tipo tentara a los equipos de campaña a dejar de contar con profesionales. Esto junto con la multitud de campañas creadas a modo voluntario sin ningún control fomentará aún más la proliferación de noticias falsas o tergiversadas.

Perfiles falsos .

Este hecho es el más inquietante para la salud democrática: los bots y los comportamientos automatizados. Su función va mucho más allá de publicar. Apoyan y comparten mensajes para multiplicar su repercusión, empujan ciertas palabras, conceptos y problemáticas hasta convertirlos en tendencia y llenan de comentarios las publicaciones ajenas para intentar desmontar argumentos o fabricar sensación de mayoría. Pueden llegar a definir la agenda-setting que antes era algo prácticamente reservado a los grandes medios y referentes sociales y políticos.

La asimetría ideológica.

Existen inteligencias artificiales y bots trabajando para todas las ideologías, pero la evidencia disponible sugiere que la mayor parte de esta actividad beneficia especialmente a la extrema derecha. Les animo a buscar datos.

pexels-goumbik-590022Las encuestas no sólo informan, influyen.

Publicidad negra.

La publicidad de origen falso es un clásico pero ahora las fuentes de redes de origen falso será algo más habitual. Las Cuentas “ciudadanas” y creadores de contenido cuya relación con partidos o consultoras no se declara, es decir, apariencia de movimiento espontáneo donde hay maquinaria serán parte del ecosistema.

La micro-segmentación.

Los mensajes personalizados al extremo pueden llegar a conectar a candidaturas con electorado pero también, junto con la facilidad de las campañas, saturar a la ciudadanía.

Los grupos cerrados.

Plataformas como WhatsApp y Telegram, donde ningún verificador ve lo que circula y el mensaje llega de alguien de confianza, puedes ser caldo de cultivo junto con el origen desconocido de campañas realizadas con IA de mensajes extremistas o falsos. Sin contar que el solo estar rodeados de gente de tu mismo sesgo ideológico fomenta la radicalización de las posturas.

Copilot_20260129_122413Voto duro, voto blando.

El riesgo del fomento de la violencia.

Todas estas noticias falsas y perfiles automatizados que fomentan el enfrentamiento pueden desembocar en violencia y agresividad y no solo en las discusiones en redes sino en como se entienda la naturaleza misma de la democracia.

Plataformas.

Entender el terreno exige conocer a quienes lo habitan, y cada red tiene su público. WhatsApp es la red más transversal de España y, por su carácter cerrado, el canal predilecto de la desinformación: los bulos circulan entre familiares y grupos de confianza, sin moderación ni contraste. Facebook conserva un público mayor de 45 años, muy ligado a lo local, a los grupos de barrio y a la información de proximidad, y es especialmente receptivo a contenidos emocionales. Instagram concentra a un público urbano de entre 25 y 45 años, mayoritariamente femenino, que consume política a través de lo estético y lo identitario, con carruseles, stories y reels. TikTok, dominado por la Generación Z y cada vez más presente en la franja de 25 a 34 años, funciona como primera ventana informativa para muchos jóvenes que apenas leen prensa; su algoritmo premia la emoción y la brevedad, no la veracidad. X tiene en España una audiencia más reducida, mayoritariamente masculina y de mediana edad, pero un peso desproporcionado, porque en ella conviven periodistas, políticos y creadores de opinión, y es ahí donde se fabrica buena parte de la agenda mediática y donde los bots operan con mayor eficacia. YouTube y Twitch completan el mapa con el consumo de larga duración y la influencia de streamers y comunicadores entre los 18 y los 35 años, un territorio donde la política se mezcla con el entretenimiento. Estos perfiles son estimaciones orientativas basadas en estudios sectoriales de uso de redes y conviene contrastarlas con datos actualizados antes de diseñar una estrategia.

Los antídotos: quienes desmontan bulos

Frente a este panorama, España cuenta con un ecosistema de verificación de primer nivel que cualquier ciudadano, periodista o responsable de campaña debería tener en favoritos. Maldita.es, pionera en el país, combina verificación periodística con alfabetización mediática y un servicio de consulta a través de WhatsApp. Newtral, fundada por la periodista Ana Pastor, está acreditada en la red internacional de verificadores y verifica tanto declaraciones políticas como contenidos virales. EFE Verifica, de la agencia pública de noticias, y VerificaRTVE, de la radiotelevisión pública, aportan el respaldo de grandes estructuras informativas. Verificat cubre el ámbito catalán, y servicios internacionales como AFP Factual y Reuters Fact Check ofrecen contexto global. A ellos se suma IBERIFIER, el observatorio ibérico de medios digitales, que reúne a universidades y verificadores en el marco del Observatorio Europeo de Medios Digitales (EDMO) y aporta investigación rigurosa sobre desinformación.

260706_IdeologíaBondadLa ideología del bien

Lo que dice la ley (y lo que no dice)

El marco normativo es un mosaico en el que abundan las piezas europeas y escasean las españolas. La Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG), de 1985, regula la campaña, los tiempos de propaganda y la jornada de reflexión, pero fue concebida para carteles, mítines y espacios gratuitos en medios; no menciona la inteligencia artificial ni los bots, y la Junta Electoral Central ha ido interpretándola caso a caso. La Ley Orgánica de Protección de Datos recibió en 2018 un artículo que permitía a los partidos recopilar datos personales de internet sobre opiniones políticas, pero el Tribunal Constitucional lo anuló en 2019 por insuficientes garantías, un precedente que demuestra que la microsegmentación política tiene límites constitucionales. En el ámbito europeo, el Reglamento de Servicios Digitales obliga a las grandes plataformas a evaluar y mitigar los riesgos sistémicos para los procesos electorales; el Reglamento sobre transparencia y segmentación de la publicidad política, aplicable desde octubre de 2025, impone etiquetado y trazabilidad a los anuncios políticos, lo que ha llevado a algunas plataformas a restringirlos en la Unión; y el Reglamento europeo de Inteligencia Artificial establece obligaciones de transparencia para los contenidos sintéticos y los deepfakes, cuya aplicación efectiva está sujeta a un calendario escalonado que conviene consultar. España tramita además su propia ley de gobernanza de la IA, que prevé sanciones por no etiquetar contenidos generados con esta tecnología y designa a la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA) como autoridad de control. Mientras tanto, la Ley General de Comunicación Audiovisual ya extiende ciertas obligaciones a los usuarios de especial relevancia en plataformas, y el Código Penal sanciona las injurias, las calumnias y los delitos de odio con independencia del soporte. Lo que no existe, a día de hoy, es una norma específica que obligue a los partidos a declarar el uso de IA en su propaganda o que sancione la amplificación artificial mediante redes de bots en campaña. 

La democracia se defiende.

La lección de este análisis es doble. En el plano político, la izquierda tiene la responsabilidad de liderar una regulación exigente: etiquetado obligatorio de contenido sintético en campaña, transparencia sobre el origen de los mensajes pagados, cooperación con las plataformas para detectar redes coordinadas y sanciones proporcionadas para quien las financie, sea quien sea. Una izquierda que quiera ganar la batalla de la credibilidad no puede permitirse ni la ingenuidad ni la doble vara de medir. En el plano ciudadano, la recomendación es casi artesanal. Antes de dar por cierta una publicación viral, pregúntese quién la emite, qué gana con ella y si algún verificador la ha contrastado. Y, sobre todo, recupere los espacios donde la conversación no está mediada por algoritmos. En una campaña sin árbitro, el mejor antídoto sigue siendo el más antiguo: mirarse a la cara. Y en cualquier campaña el mayor valor: La cercanía

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