
Gestión Turística Empática.
En su tesis doctoral, aboga la investigadora de ‘Twintur’, Ana Soliguer Guix, de la Universidad Abierta de Catalunya, por una gestión empática en lo que al turismo respecta pues “significa diversificar la economía, limitar flujos en zonas saturadas, garantizar el derecho a la vivienda y combatir el incivismo”. También supone cambiar el discurso oficial. En lugar de hablar solo de competitividad o atracción de visitantes, se debe hablar con toda naturalidad de bienestar social.
Opinión08 de noviembre de 2025
Salvador García Llanos
En su tesis doctoral, aboga la investigadora de ‘Twintur’, Ana Soliguer Guix, de la Universidad Abierta de Catalunya, por una gestión empática en lo que al turismo respecta pues “significa diversificar la economía, limitar flujos en zonas saturadas, garantizar el derecho a la vivienda y combatir el incivismo”. También supone cambiar el discurso oficial. En lugar de hablar solo de competitividad o atracción de visitantes, se debe hablar con toda naturalidad de bienestar social.
Está demostrado que el turismo no solo transforma las calles. También afecta cómo sienten los vecinos su ciudad. En algunas ciudades canarias, en realidad sus actuales destinos turísticos, hay varios procesos sociales de construcción y transformación Entender el turismo desde la psicología social permite verlo como una relación humana, con tensiones y límites, no solo como una industria. “Hablar de emociones puede parecer poco técnico. Pero es esencial para crear modelos turísticos sostenibles y ciudades habitables”, escribe Soliguer, que arranca de una base cuando se detiene ante grafitis como el popular “Tourists go home”, síntesis, si nos permiten, de las protestas contra los pisos turísticos. Según la investigadora, no expresan odio al visitante. “Reflejan el cansancio de quienes sienten que su ciudad ya no les pertenece”, precisa. En su investigación doctoral sobre vecinos y turismo, quiso entender o interpretar este malestar. Analizó medios, protestas vecinales y emociones cotidianas de los residentes. Descubrió que la turismofobia no es odio al turista. Es una reacción emocional ante un modelo turístico que ha sobrepasado los límites de la convivencia.
Aunque el término turismofobia se popularizó en los medios españoles en 2016, no nació en los barrios. Al analizar el tratamiento mediático del turismo en Barcelona, por ejemplo, comprobó que el concepto surgió ¡en las redacciones de los medios! Estos lo usaron para simplificar un fenómeno complejo. Cualquier crítica vecinal al turismo se interpretaba como “odio al turista”. Esta etiqueta desvió la atención. Sirvió para desactivar la protesta y presentar a los vecinos críticos como enemigos del progreso. Pero sus quejas no iban contra los turistas: se dirigían al modelo turístico. Señalaban la presión sobre la vivienda, la saturación del espacio público y la pérdida de identidad barrial. En trabajo posteriores, mostró cómo este discurso mediático refuerza los estereotipos y dificulta la empatía. Cuando el conflicto se presenta como una fobia, se pierde la posibilidad de diálogo, razona Soliguer.
Así se va acercando a las conclusiones: “del no al turismo” al “sí a la ciudad”, por ir estableciéndolas. “Queremos poder vivir aquí”, alude a una opinión convergente de muchos ciudadanos. Realmente, es un pensamiento que significa toda una reivindicación política y emocional. Los vecinos, independientemente de circunstancias o transformaciones históricas y políticas, se convirtieron en agentes de cambio. Surgieron promotores, profesionales, empresarios, autónomos y sindicalistas destacados. Brotaron opciones para promocionar, consolidar y cualificar el negocio. Por eso, principalmente, cuando ha habido conflictos o manifestaciones de protesta, hay muchas personas que prefieren evitar el “no al turismo” y emplear el “sí a la convivencia”.
La doctora Soliguer se acerca así a la que denomina “gestión turística empática”. Una gestión empática significa diversificar la economía, limitar flujos en zonas saturadas, garantizar el derecho a la vivienda y combatir el incivismo. También supone cambiar el discurso oficial. En lugar de hablar solo de competitividad o atracción de visitantes, se debe hablar de bienestar local. En realidad, la turismofobia es un síntoma de que una ciudad necesita respirar. Una gestión más humana –con límites, participación y reconocimiento emocional– puede devolver ese aire perdido. Una ciudad sostenible no solo necesita equilibrio económico o ambiental: también debe ser emocionalmente habitable.
En fin, la solución no pasa por reducir turistas sino por aumentar la empatía institucional. Escuchar a los residentes y reconocer su malestar como legítimo debe formar parte de cualquier política turística.


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