Cuando la tierra envenena a sus hijos

Fumigaciones, poder y silencio
La tierra que nos alimenta se ha convertido, en demasiados lugares del mundo, en un campo de venenos. Bajo el pretexto de producir más, de exportar más, de sostener un modelo económico que solo entiende de cifras y mercados, se están fumigando pueblos enteros como si fueran plagas. No hablo de teorías. Hablo de niños con malformaciones, de madres con cáncer, de vecinos con enfermedades respiratorias crónicas, de comunidades enteras respirando pesticidas como si fuera aire normal.
Cajón de Sastre29 de marzo de 2026 Pressenza - Pedro Pozas Terrados

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En Argentina, el caso de Pergamino se convirtió en un símbolo doloroso. Allí se demostró judicialmente la presencia de agroquímicos en el agua potable y en el cuerpo de los vecinos. Se fumigó incumpliendo normativas, sin respetar distancias mínimas respecto a viviendas y escuelas. La justicia intervino, hubo condenas, pero el daño ya estaba hecho. No es un hecho aislado: sucede en Santa Fe, en Entre Ríos, en Córdoba, en tantas localidades rodeadas de monocultivo de soja transgénica dependiente de herbicidas como el glifosato y otros compuestos aún más tóxicos.

Cuando se pulveriza desde el aire o con máquinas terrestres a escasos metros de las casas, no se fumigan cultivos: se fumiga a personas. Se fumiga a niños que juegan en el patio de la escuela. Se fumiga a mujeres embarazadas. Se fumiga a ancianos. Y se hace, muchas veces, mirando hacia otro lado cuando la normativa es clara y establece límites que deberían proteger la vida.

`20251004_AbejasUn estudio advierte de que el objetivo marcado por la UE para evitar el declive de los polinizadores no es suficiente

Pero esto ocurre no es solo Argentina. El modelo de agricultura intensiva basada en monocultivos y paquetes químicos se replica en América Latina, en Estados Unidos, en Europa, en Asia y en África. Grandes extensiones de soja, maíz, palma aceitera o algodón dependen de pesticidas que contaminan suelos, acuíferos y aire. Comunidades rurales en Brasil, Paraguay o México denuncian lo mismo: avionetas que pasan rociando sin aviso, deriva química que entra por las ventanas, enfermedades que aumentan mientras las empresas declaran beneficios récord.

Las multinacionales productoras de agroquímicos sostienen que sus productos son seguros si se usan correctamente. Pero ¿qué ocurre cuando el “uso correcto” no se controla? ¿Qué ocurre cuando el control depende de gobiernos que priorizan el ingreso de divisas antes que la salud de su pueblo? ¿Qué ocurre cuando los estudios científicos independientes son desacreditados mientras se financian investigaciones complacientes?

Aquí entramos en un terreno profundamente ético. No se trata solo de ecología. Se trata de derechos humanos. El derecho a la salud. El derecho al agua limpia. El derecho a un ambiente sano. El derecho a la vida. Cuando un Estado permite que se fumigue a pocos metros de una escuela rural, está fallando en su deber más básico: proteger a sus ciudadanos. Y cuando lo hace reiteradamente, se convierte en cómplice por omisión o por acción.

Es paradójico que hablemos tanto de progreso mientras intoxicamos el futuro. No podemos hablar de desarrollo si el precio es la enfermedad silenciosa de generaciones enteras. No podemos presumir de alimentar al mundo si envenenamos a quienes producen ese alimento.

20251005_Solar_001¿Energía solar verde y limpia?

La pregunta que deberíamos hacernos como humanidad es sencilla y brutal: ¿vale más una cosecha que la vida de un niño? Si la respuesta no es clara y contundente, entonces hemos perdido el rumbo.

Esta no es una lucha ideológica. Es una lucha por la dignidad. Por el derecho elemental a vivir sin ser rociados con sustancias tóxicas en nombre del mercado. Es hora de que la ciencia independiente, la justicia y la conciencia colectiva se unan para poner límites claros. Porque cuando la tierra se convierte en un laboratorio químico sin control, no solo enfermamos nosotros. Enferma el planeta. Y cuando enferma el planeta, se convierte en un crimen de lesa humanidad.

No se puede llamar progreso a lo que deja cáncer en los pueblos, ni desarrollo a lo que contamina el agua que bebe un niño. Cuando un gobierno permite fumigar sobre su propia gente, deja de ser protector para convertirse en cómplice. Y cuando una multinacional prioriza el beneficio económico sabiendo los riesgos, no estamos ante un error técnico, sino ante una decisión moral y un crimen que debe ser perseguido hasta las últimas consecuencias.

La tierra no necesita que la salvemos, necesita que dejemos de intoxicarla. El verdadero progreso no se mide en toneladas exportadas, sino en pulmones que respiran aire limpio y en niños que crecen sin miedo. Porque si producir riqueza implica sacrificar vidas en silencio, entonces no estamos cultivando campos… estamos sembrando injusticia.

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