Bioplásticos y algas: la inesperada dupla que podría construir hábitats en Marte.

Si algún día la humanidad quiere establecerse en Marte, no alcanzará con enviar cohetes ni construir bases con materiales terrestres. Hacer vida fuera del planeta exigirá algo más profundo: crear hábitats autosuficientes, capaces de sostenerse sin depender constantemente de la Tierra. En esa misión, un recurso tan simple como las algas podría ser la clave.
Una mirada atras... Hemeroteca El Sol Noticias10 de febrero de 2026Bioeconomia.infoBioeconomia.info
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Si algún día la humanidad quiere establecerse en Marte, no alcanzará con enviar cohetes ni construir bases con materiales terrestres. Hacer vida fuera del planeta exigirá algo más profundo: crear hábitats autosuficientes, capaces de sostenerse sin depender constantemente de la Tierra. En esa misión, un recurso tan simple como las algas podría ser la clave.

Un equipo de investigadores de la Universidad de Harvard acaba de demostrar que es posible cultivar un tipo común de alga verde, Dunaliella tertiolecta, en condiciones que simulan la atmósfera marciana. ¿La innovación? Lo lograron dentro de estructuras fabricadas con un bioplástico que las propias algas pueden generar. Es decir, un sistema vivo que puede crecer, regenerarse y sostenerse a sí mismo.

El hallazgo, publicado en la revista Science Advances, redefine lo que entendemos por arquitectura espacial y coloca a la biotecnología en el centro del diseño de hábitats extraterrestres.

Hábitats que se imprimen y se reproducen.

El experimento se desarrolló en la Escuela John A. Paulson de Ingeniería y Ciencias Aplicadas (SEAS) de Harvard, donde los investigadores diseñaron una cámara de crecimiento impresa en 3D con ácido poliláctico, un bioplástico derivado de recursos renovables. Esta cápsula cumple un rol multifuncional: regula la presión interna, filtra la radiación ultravioleta —letal en Marte— y permite el paso de luz visible, imprescindible para la fotosíntesis.

Dentro de ese entorno, las algas no solo sobrevivieron: prosperaron. El diseño de la cámara permitió estabilizar el agua líquida —que normalmente no puede existir a las presiones marcianas, unas 100 veces menores que en la Tierra— generando un gradiente de presión que crea un microclima favorable.

Pero lo más revolucionario es el potencial de autosuficiencia del sistema. “Si un hábitat está compuesto de bioplástico y en él crecen algas, estas pueden producir más bioplástico”, explicó Robin Wordsworth, autor principal del estudio. Así nace un sistema de “bucle cerrado”, donde los propios habitantes (las algas) producen el material que sostiene el hábitat. Vida que fabrica su propio refugio.

Una solución espacial… y terrestre.

Más allá del atractivo futurista, el experimento aporta soluciones muy reales. Por un lado, abre nuevas posibilidades para diseñar hábitats sostenibles en la Luna, Marte o cualquier entorno de baja presión. Por otro, ofrece un modelo replicable en zonas extremas de la Tierra, como bases polares, desiertos o regiones afectadas por el cambio climático. “Esta tecnología es una solución sostenible para permitir el crecimiento de plantas que sustenten la vida en otros planetas o en entornos de baja presión como la Luna”, explicó Rafid Quayum, uno de los investigadores del equipo. El avance se apoya en trabajos previos del mismo grupo, que en 2019 desarrolló estructuras de aerogel de sílice capaces de replicar el efecto invernadero terrestre. Según Wordsworth, la combinación de ambas tecnologías —bioplásticos para la presión y aerogeles para la temperatura permitiría crear entornos completamente habitables fuera del planeta.

El próximo paso: hábitats vivos, resilientes y expansibles.

Lo que hoy es un experimento de laboratorio podría ser la base de las primeras colonias autosostenibles en Marte. El equipo planea ahora escalar el sistema, explorar nuevos materiales y realizar pruebas en condiciones aún más cercanas a las reales.

En lugar de depender de un flujo constante de suministros desde la Tierra, la exploración espacial podría apoyarse en una lógica completamente distinta: llevar organismos vivos que construyan, reparen y expandan sus propios hábitats. Una biotecnología que no solo sobrevive, sino que crece.

La ecuación parece simple: sol, dióxido de carbono y un puñado de algas. Pero su impacto podría ser monumental. Porque quizás, el primer ladrillo de una ciudad marciana no lo fabrique una impresora 3D… sino la propia vida.

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