
Juan Ismael: el alquimista del símbolo y la sombra.
Diego De La Nuez MachinJuan Ismael no fue solo pintor. Fue poeta, fotógrafo, escultor, grabador, pensador. Su obra no se encierra en un estilo ni en una técnica: se despliega como un sistema simbólico, como una búsqueda constante entre lo visible y lo invisible. En Canarias, donde el paisaje suele imponerse como tema, él eligió el misterio. Su arte no describe: interroga.
Nacido en Fuerteventura en 1907, Juan Ismael vivió entre islas, Madrid y América, absorbiendo influencias sin perder su voz propia. Formado en la Escuela de Artes y Oficios de Santa Cruz de Tenerife y más tarde en Madrid, se vinculó al círculo de la revista Gaceta de Arte, epicentro del surrealismo insular. Su obra transitó por el dibujo, la pintura, la escultura, la fotografía y la poesía, siempre con una pulsión interior que lo alejaba del academicismo. Murió en 1981, dejando una obra dispersa pero profundamente coherente.
Aunque se le asocia al surrealismo, Juan Ismael no fue un imitador de Breton ni Dalí. Su surrealismo es íntimo, sobrio, casi místico. En sus dibujos y pinturas, las formas geométricas conviven con figuras humanas despojadas, con símbolos que parecen extraídos de un sueño antiguo. Su paleta es contenida, sus composiciones austeras. Hay en su obra una voluntad de silencio, de pausa, de contemplación. El símbolo no se impone: se insinúa.
Arte como revelación
Juan Ismael entendía el arte como una forma de conocimiento. Sus textos, sus poemas, sus reflexiones apuntan a una visión filosófica del acto creativo. No buscaba representar el mundo, sino desvelarlo. Su obra es una meditación sobre el tiempo, la muerte, la identidad, la memoria. En sus esculturas, en sus collages, en sus grabados, hay una búsqueda de lo esencial. Pintar, para él, era una forma de pensar.
Su pensamiento gravitaba en torno a la idea del artista como un mediador entre lo cotidiano y lo sagrado. Juan Ismael no buscaba la representación, sino la esencialidad. Para él, el objeto artístico era un 'vehículo de conocimiento', una herramienta para desvelar las capas de silencio que cubren la realidad. Esta postura intelectual lo alejó de las modas comerciales de su época, prefiriendo una coherencia interna que entendía el acto de crear como una forma de ética personal y resistencia espiritual.
A pesar de su aparente introspección, el posicionamiento de Juan Ismael fue de un compromiso inquebrantable con la libertad creativa en tiempos de opresión. Su vinculación con la vanguardia no fue solo estética, sino una declaración ideológica de apertura frente al aislamiento cultural. Entendía la cultura como un territorio común y universal, rechazando el regionalismo estrecho en favor de una identidad atlántica y cosmopolita. Su obra es, en sí misma, una crítica silenciosa a la rigidez del pensamiento dogmático, apostando siempre por la ambigüedad del símbolo como refugio de la libertad individual.
Conexión con Canarias: raíz sin folclore
Aunque su obra no se centra en el paisaje canario, está profundamente conectada con la insularidad. La soledad, el vacío, el horizonte, la luz dura, la introspección: todo eso está en sus piezas. Su vínculo con Canarias es existencial, no decorativo. Fue uno de los pocos artistas que entendió que lo canario no es solo lo que se ve, sino lo que se siente. Su obra es insular en el sentido más profundo: habla de aislamiento, de identidad fragmentada, de resistencia silenciosa.
Obras significativas: dibujo, escultura, palabra
Entre sus obras más destacadas se encuentran sus dibujos de figuras humanas reducidas a líneas esenciales, sus esculturas de madera y piedra con formas arquetípicas, y sus collages donde el papel se convierte en materia poética. También sus poemas, publicados en revistas y libros dispersos, donde el lenguaje se vuelve imagen. Su serie de grabados sobre la figura humana y su trabajo fotográfico experimental son testimonio de una mente que no se conformaba con un solo medio.
Hoy, la huella de este alquimista del símbolo puede rastrearse en las principales instituciones culturales de Canarias. Parte fundamental de su legado se custodia en el Centro de Arte Juan Ismael (CAJI) en Fuerteventura, así como en el CAAM (Centro Atlántico de Arte Moderno) y el TEA (Tenerife Espacio de las Artes). Sus piezas también forman parte de importantes colecciones privadas y archivos públicos que, poco a poco, rescatan del olvido la voz de uno de los creadores más singulares y necesarios de la modernidad insular.
El legado de Juan Ismael no está en la espectacularidad, sino en la profundidad. Fue un artista que eligió el margen, el silencio, la sombra. Su obra no busca agradar, busca resonar. Hoy, cuando el arte se vuelve cada vez más ruidoso, su propuesta sigue siendo necesaria: recordarnos que lo esencial no siempre se ve, pero siempre se siente.


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