
Keynesianismo

El capitalismo cambió significativamente el devenir de la economía al sucederse períodos de prosperidad con otros de crisis o depresión a través de unos ciclos, que varían en su duración según los estudiosos. Los defensores a ultranza del liberalismo económico consideraban que esos períodos de crisis no sólo eran pasajeros, aunque cada vez más numerosos según se fue asentando el capitalismo con la Segunda Revolución Industrial, sino que además ellos mismos se superaban por la propia dinámica del sistema económico, por la lógica del mercado que generaría riqueza y, por consiguiente, el empleo. Pero, en realidad ya se había comprobado que había costado mucho superar la crisis de 1873, la primera gran depresión del capitalismo occidental. Además, la dimensión del Crack de 1929 hundió por un largo período de tiempo la teoría clásica del liberalismo económico porque la tradicional política liberal del dejar actuar al mercado y de reducir los salarios no aumentaba el empleo. El keynesianismo vino a ofrecer una alternativa.
La quiebra de los bancos, el cierre de las empresas, el paro galopante y la caída del consumo no parecían que se pudieran solucionar dejando funcionar la mano invisible del mercado. El keynesianismo planteó la necesidad de que el Estado interviniese en la economía especialmente devaluando la moneda, creando fuentes de producción, es decir fomentando la creación de industrias y empresas, emprendiendo grandes obras públicas, poniendo en circulación el dinero ahorrado, renunciando si fuera preciso al patrón-oro; en fin, estimular el consumo, la demanda. Algunos vieron en ese aumento de la circulación del dinero el peligro de la inflación pero Keynes les replicó que eso era imposible mientras hubiera paro.
Keynes estudió que una de las principales causas de las crisis del capitalismo tenía que ver con el hecho de que los empresarios tendían a inmovilizar sus rentas convirtiéndolas en capital especulativo en vez de destinarlas al gasto en bienes de consumo para estimular la demanda, invertirlas en las empresas o para crear nuevas industrias.
En consonancia con su defensa del consumo era radicalmente contrario a las políticas de reducción de los salarios y al aumento de la jornada laboral. Reducir el poder adquisitivo de los trabajadores generaba un mayor impacto en la economía que el que podía producir la caída de los beneficios empresariales. En esta misma línea no creía en la flexibilización de los contratos laborales porque generaban un mercado laboral muy volátil que repercutía en la calidad del empleo, en el proceso productivo y en la propia demanda, al contraer el consumo de esos trabajadores.
Sin regulaciones e intervenciones el sistema económico era inestable. Había que combatir con energía esa inestabilidad cíclica.


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