
Del silencio al orgullo: la lucha LGBT+ a través del arte

En novelas, canciones, fotografías, películas y escenarios surgieron preguntas para las que aún no existían respuestas acabadas y se imaginaron formas de existencia que desafiaban las normas dominantes. En esas preguntas y representaciones, generaciones enteras encontraron imágenes, relatos y lenguajes con los cuales reconocerse, construir comunidad y pensar otras maneras posibles de vivir. Hoy, esas obras continúan siendo recuperadas y resignificadas, al mismo tiempo que nuevas producciones artísticas siguen alimentando los debates y acompañando las luchas de las diversidades sexuales y de género por la emancipación.
La madrugada del 28 de junio de 1969 parecía destinada a ser una más. En el Stonewall Inn, un pequeño bar del Greenwich Village neoyorquino, la policía llevaba adelante una práctica habitual: una nueva redada contra personas homosexuales, travestis, trans y drag queens. Durante décadas, la persecución, la clandestinidad y la violencia institucional habían sido parte de la vida cotidiana de las disidencias sexuales. No obstante, aquella noche, nadie quiso retirarse y quienes se encontraban presentes apostaron a resistir. Los enfrentamientos se extendieron durante varios días y terminaron convirtiéndose en uno de los acontecimientos fundacionales del movimiento de liberación sexual contemporáneo. El orgullo de ser y vivir se transformó en organización y lucha contra un Estado opresor, contra la policía y los fachos, y desde ese día todos los años se celebra el Orgullo de existir.
Pero la historia que desembocó en Stonewall había comenzado mucho antes, y hubo novelas que desafiaron la censura, fotografías que se negaron a aceptar las identidades como destinos inmutables, escenarios donde las identidades ponían en crisis las normas de género impuestas y en relatos que, incluso sin proponérselo, permitieron a generaciones posteriores encontrar imágenes y palabras con las cuales reconocerse.
La lucha por la emancipación de las disidencias sexuales pertenece, antes que nada, a quienes la protagonizaron y protagonizan. Fueron las personas travas, trans, lesbianas y gays quienes enfrentaron la represión policial, organizaron movimientos, conquistaron derechos y transformaron la historia.
El arte, imbuido de las tensiones y contradicciones de cada época, acompañó (¡y aún acompaña) esas luchas e, incluso, retrató lo que aún no tenía nombre.
La literatura ha sido un espacio privilegiado para construir mundos y relatos que permitieran imaginar otras realidades, así como para filtrar entre las páginas de los libros las críticas y contradicciones de cada época. En este caso retomamos algunas obras que tuvieron impacto para un conjunto de la sociedad que halló dentro de estos relatos preguntas que ya estaban surgiendo en algunos sectores.

En 1928, Radclyffe Hall publicó El pozo de la soledad, una novela que nos presenta la vida de Stephen Gordon, una mujer británica de clase alta que, desde temprana edad, tiene definida su homosexualida. La historia relata cómo se enamora de Mary Llewellyn, una conductora de ambulancia durante la Primera Guerra Mundial; el problema radica cuando las protagonistas se dan cuenta de que su romance, narrado con total naturalidad por la autora, no es aceptado ni bien visto por la sociedad de su época y que, por esto, están condenadas al aislamiento y la soledad. A través de sus páginas, la autora construye un relato que deja explícito una demanda: «Concédenos también el derecho a existir».
La autora, con el paso del tiempo, se convirtió en una referente, abiertamente lesbiana y siendo criticada por vivir como deseaba en una época de alta hostilidad para las disidencias. El pozo de la soledad fué llevado a juicio y prohibido en Gran Bretaña siendo juzgado de obsceno y de promulgar prácticas “antinaturales” entre mujeres.
La novela se volvió aún más famosa por la polémica que generó tras la cesura y los debates en torno al relato siguen hasta hoy, algunes la leen hoy como progresiva y relato pionero, otres la critican por la visión derrotista y de autorrechazo que tenía la protagonista. Sin embargo lo que nos resulta fundamental es rescatar que el relato fue un foco de preguntas y de exposición de la sociedad opresora y homofóbica de esos tiempos.

Décadas más tarde, en 2019, se publica una novela excepcional que daría mucho de qué hablar y que sería traducida a varios idiomas por la profundidad que contiene su historia. Con la intención de narrar la experiencia travesti atravesada por la exclusión y la violencia desde la vivencia propia, Camila Sosa Villada pública Las malas, una novela que combina el registro biográfico, elementos testimoniales, realismo mágico y una prosa poética magistral, con escenas de profunda crudeza. La autora desplaza la mirada tradicional sobre las personas travestis, en las que se les escenifica como víctimas y desarrolla personajes que poseen contradicciones, deseos y formas de resistencia que configuran una representación compleja y profundamente humana.
Uno de los ejes centrales de la obra es la construcción de una familia elegida como alternativa frente a la expulsión de las instituciones tradicionales capitalistas y homofóbicas. La pensión de la Tía Encarna y el grupo de travestis que habitan el Parque Sarmiento, constituyen un espacio de cuidado mutuo donde la maternidad deja de ser entendida como un vínculo exclusivamente biológico para transformarse en una práctica afectiva. La novela cuestiona las concepciones normativas sobre la familia y propone nuevas formas de parentesco, basadas en la solidaridad y la protección de quienes han sido históricamente relegadas a los márgenes de la sociedad.
Asimismo, la obra problematiza las formas en que las travestis son objeto de control y violencia por parte de un Estado opresor. La persecución policial, la precariedad económica y el rechazo social desde los sectores conservadores, aparecen como mecanismos constantes de disciplinamiento que condicionan la vida de las protagonistas. Sin embargo, las personas oprimidas no son representadas únicamente desde el sufrimiento, sino también como sujetos de deseo, de belleza y de creación. La escritura de Sosa Villada restituye a las travestis una subjetividad que las narrativas hegemónicas les han negado, convirtiendo la experiencia cotidiana de la marginalidad en una forma de resistencia frente a una sociedad que las condena a la invisibilidad.
Por otra parte, la incorporación de elementos fantásticos y sobrenaturales no funciona como una evasión de la realidad, sino como una estrategia narrativa que permite expresar aquello que escapa a los límites del realismo. Las transformaciones, las criaturas extraordinarias y los sucesos imposibles, conviven con naturalidad con las escenas de violencia y pobreza, generando una estética que recupera la tradición del realismo mágico latinoamericano. De esta manera, la fantasía se convierte en un recurso que adquiere una dimensión política, el cual habilita nuevas formas de nombrar experiencias históricamente silenciadas y de construir una memoria capaz de trascender las categorías impuestas por la mirada de clase dominante.
La novela invierte la lógica que históricamente construyó a estas identidades como monstruosas o desviadas y desplaza la monstruosidad hacia una sociedad incapaz de reconocerlas como sujetos plenos. A través de una escritura atravesada por la ternura, el humor y la tragedia, Camila Sosa Villada convierte la experiencia de la exclusión en una épica de la supervivencia y del amor, afirmando la posibilidad de construir vínculos, memoria y deseo, incluso en los espacios más hostiles.

Estrenado en 1990 y dirigido por Jennie Livingston, el documental Paris Is Burning constituye uno de los registros audiovisuales más importantes de la cultura ballroom desarrollada por comunidades afroamericanas y latinas LGBTQ+ en la ciudad de Nueva York durante las décadas de 1980 y comienzos de 1990. El documental se sitúa en un contexto atravesado por la crisis del VIH/SIDA, la precarización económica y la exclusión sistemática que sufrían las personas trans, gays y drag racializadas, quienes encontraban en los bailes y en las denominadas «houses», espacios de contención, pertenencia y reconocimiento.
Más que una simple competencia estética, la cultura ballroom se configuró como una forma de organización comunitaria que permitía construir vínculos afectivos y modelos alternativos de familia frente a la violencia y el rechazo ejercidos por las instituciones tradicionales. El documental muestra cómo las categorías de género, clase y raza se encuentran profundamente entrelazadas, las diferentes competencias o «categorías» de los balls consistían en encarnar determinados ideales de feminidad, masculinidad o éxito social, reproduciendo y al mismo tiempo poniendo en cuestión los modelos dominantes de la sociedad estadounidense
Sin embargo, el documental no se limita a registrar la creatividad y el carácter festivo de la cultura ballroom, sino que también pone de manifiesto las condiciones materiales que atravesaban las vidas de sus protagonistas. La pobreza, la discriminación racial, la violencia transfóbica y la precariedad laboral aparecen como dimensiones inseparables de las historias narradas. Los deseos de alcanzar la fama, la estabilidad económica o el reconocimiento social evidencian cómo incluso los sectores marginados se encuentran interpelados por los ideales de éxito y consumo promovidos por la cultura burguesa dominante. De esta manera, el documental permite comprender las tensiones existentes entre las estrategias de resistencia desarrolladas por estas comunidades y las estructuras de desigualdad provocadas por el capitalismo que condicionaban sus posibilidades de vida. Al presenciar las imponentes performances que parodian el “sueño americano”, vemos la alegría y la tenacidad con las que este grupo humano se autoafirmaba y se plantaba frente a las fuerzas que atentaban contra su existencia.
La noción de «house» adquiere una importancia central en este contexto, ya que estas agrupaciones funcionaban como verdaderas familias elegidas para jóvenes expulsados de sus hogares por razones vinculadas a su identidad sexual o de género. Las figuras de las «madres» y «padres» de las houses asumían tareas de cuidado, protección y transmisión cultural, configurando redes afectivas capaces de sostener a quienes habían sido excluidos de los modelos familiares tradicionales, demostrando cómo la familia también es una institución atravesada por los ideales impuestos por el poder dominante, pero sin embargo, también retrata otras formas de convivir, organizarse y construir una “familia” de manera colectiva y solidaria.
Paris Is Burning puede ser interpretado como un testimonio fundamental sobre las formas de resistencia desarrolladas por las comunidades LGBTQ+ racializadas en los márgenes de la sociedad estadounidense. La celebración, el baile y la performance no aparecen como simples formas de entretenimiento, sino como prácticas capaces de disputar los sentidos sobre el género y el deseo. Al visibilizar vidas históricamente condenadas a la invisibilidad, el documental transforma la experiencia cotidiana de la exclusión en una afirmación colectiva de existencia y dignidad. Su influencia posterior excede el ámbito cinematográfico y se proyecta sobre los estudios de género y las discusiones contemporáneas sobre representación y memoria, convirtiéndolo en una obra fundamental para comprender las dimensiones políticas y culturales de las identidades diversas de sectores oprimidos en el siglo XX.

Mucho antes de que existieran conceptos como «no binario» o «performatividad de género», Claude Cahun ya se negaba a aceptar que la identidad fuera algo estático. Su obra constituye una de las expresiones más radicales del surrealismo y una temprana exploración de la identidad como construcción. A través de sus fotografías, escritos y performances, la artista francesa elaboró una poética de la metamorfosis en la que el cuerpo deja de ser una esencia fija para convertirse en un espacio de experimentación permanente. Sus célebres autorretratos, realizados en colaboración con Marcel Moore, su compañera de vida desde adolescentes, presentan una sucesión de personajes y máscaras que oscilan entre lo masculino y lo femenino, cuestionando las concepciones binarias del género y anticipando debates que serían retomados décadas más tarde. En este sentido, su obra no se limita a representar una identidad determinada, sino que pone en escena la inestabilidad misma de toda identidad.
Asimismo, la utilización del autorretrato en Cahun no responde a una búsqueda narcisista ni a la intención de capturar una esencia individual, sino a una estrategia de desarticulación del sujeto moderno. A través del disfraz, la teatralidad y el fotomontaje, la artista transforma la imagen en un espacio de ficción, en el que las categorías tradicionales de sexo, género y subjetividad se vuelven ambiguas e inestables. Lejos de entender la fotografía como un dispositivo capaz de reflejar una verdad objetiva, Cahun la emplea como una herramienta para evidenciar el carácter performativo y construido de toda representación. De esta manera, sus imágenes no buscan responder a la pregunta acerca de quién es el sujeto, sino problematizar las formas en que una sociedad fundada en la explotación y la opresión, produce y clasifica las identidades.
Pero reducir a Cahun a una pionera de la disidencia de género sería ignorar la profundidad política de su trayectoria. Vinculada al surrealismo revolucionario y cercana al marxismo, desconfiaba tanto de las normas sexuales de la sociedad burguesa como de las concepciones burocráticas que pretendían convertir el arte en propaganda. Su defensa de la libertad creadora la acercó a los sectores antiestalinistas del surrealismo y a la idea de que la emancipación humana no podía reducirse a una dimensión exclusivamente económica. Para Cahun, la revolución también implicaba liberar la imaginación y era aquella convicción la que la impulsaría, durante la ocupación nazi de la isla de Jersey donde residía junto a su compañera, a desarrollar una intensa actividad clandestina destinada a socavar la moral de las tropas alemanas. Ambas fueron detenidas y condenadas a muerte.
El arte que acompaña a la lucha
Este junio se sale a las calles nuevamente para celebrar el orgullo de ser y de existir, pero también para continuar una lucha que comenzó hace ya muchos años contra un Estado opresor, una sociedad patriarcal y un sistema capitalista. En el contexto del avance de la derecha ultraconservadora en el mundo, ahora más que nunca es pertinente recordar los años de organización y resistencia que hicieron posibles las conquistas de derechos que hoy defendemos y comprender la necesidad de continuar enfrentando a quienes pretenden devolvernos al silencio y la marginación.
Las obras de arte aquí analizadas, como muchas otras, no sólo dieron un espacio de representación y visibilidad a las diversidades sexuales y de género, sino que también se constituyeron en herramientas de memoria y de resistencia. Estas producciones culturales testimonian que las identidades de la diversidad han construido históricamente formas de existencia y organización capaces de enfrentar la exclusión y la violencia.
Frente a la avanzada reaccionaria, decimos que al medioevo y al clóset no volvemos nunca más. Si los gobiernos y los fachos intentan borrar nuestras existencias, responderemos con más organización y más lucha, porque las mismas calles que fueron escenario de las revueltas, las marchas y las conquistas de ayer siguen llenándose hoy en todo el mundo con quienes defienden el derecho a vivir, amar y existir libremente. Y porque, como demuestra la historia del movimiento LGBTQ+, cada derecho conquistado fue el resultado de la organización colectiva y de la resistencia frente a quienes quisieron condenar nuestras vidas al silencio. El orgullo no es sólo una celebración de la diversidad: es también una memoria viva de las luchas del pasado y un compromiso con las peleas del presente y del futuro.


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